26/10/09

"HERENCIA DE SUEÑOS", DE MARÍA GUERA Y ARTURO MENGOTTI

(ESTE RELATO FUE PUBLICADO EN LA REVISTA NUEVA DIMENSIÓN, nº extra 5, enero 1971, p. 91-114, publicación de la cual lo hemos transcrito)

© Relato publicado con permiso de Alexandra Mengotti, hija de Atturo Mengotti y nieta de María Guera. La finalidad de esta publicación es únicamente divulgativa.
Podéis encontrar más información sobre estos antores en: El misterio de María Guera y Arturo Mengotti.






He vuelto a la Tierra. Los jóvenes no sentís la nostalgia y no sé si vale la pena hablaros de ella. Pero yo no puedo olvidar.

Me agaché a tocar el polvo, sentí su tacto suave y dejé las huellas de mis manos en él. Volví a recordar el llanto con su amargo sabor. Polvo y cenizas, padre y madre, nuestros rechazados orígenes.

En el lugar que había elegido para mi regreso, moría un día de finales de otoño. Un viento frío soplaba hacia mí a través de la ilimitada llanura. Mis huesos se estremecieron y me sentí agobiado por la soledad, bajo el inmenso cielo gris, en el que únicamente parpadeaba una estrella, en lejano saludo. Al fondo, tras un horizonte de bruma rojiza, se ocultaba la ciudad.

El aire alzaba remolinos de antiguos olores, que mis pulmones respiraban temerosamente, casi con rechazo. Moho de milenarias piedras, o tal vez cráneos desenterrados, humedad de musgo y hojas podridas, relente de agua estancada, la acogida del viejo cementerio de la humanidad.

Y el silencio. Sólo el gemido del viento, que se olvidaba en su continuidad. Ningún grito de animal en llamada de celo, ningún gorjeo o furtivo susurro de alas. Había llegado en una hora muerta a un mundo abandonado.

Permanecí allí, en el mismo sitio en el que había bajado, luchando de rodillas contra la muda atracción de la tierra, percibida en el torpe fluir de mi sangre, en el latido alocado de mi corazón que pugnaba por rechazarla, mientras ella trataba de sorber, a través de mis pies enraizados, mi energía vital, en ciega busca de renovación.

Entonces, amigos, me invadió el pánico que azotó a los nuestros antaño, brotando en salvajes borbotones de la profundidad de mi ser. Se alzó la jauría de sombras que ni el fuego podía hacer retroceder, cuando vivimos en la oscuridad de las noches. El alma llamó a la ciudad abandonada, al inseguro refugio de las agrietadas paredes que podían amparar, porque las habían construido los hombres.

La luna se asomó en el cielo, indecisa, como el ojo ciego de un gigante, negro en su invisibilidad. Y corrí a través de la llanura gris, en la que no despertaban eco mis pasos, guiado por el resplandor fosforescente de las piedras que jalonaban el camino.
Volví las espaldas a mi nave, con la certeza consciente de encontrarla como la había dejado, en este mundo habitado únicamente por mi intuición temerosa que intentaba captar algún sentido.

No sé cuánto tiempo tardé en llegar, a lo largo de aquella ruta interminable que se desenrollaba ante mis pies. Hemos olvidado contar las horas de la Tierra. No nos acordamos de la elástica viscosidad de la noche, tan engañadora, ahora que vivimos en la luz.

Los espinos se balanceaban en torno mío, única vegetación del suelo yermo en nuestro abandonado mundo, al que había hecho estéril la violencia de los hijos del hombre. Flotaba una herencia de pesadumbre, un opaco veneno en el aire, y a mis sentidos soñolientos por la monotonía de la marcha parecían llegar murmullos; silbidos de llamada, apagado ulular de bestias lejanas desde la enorme ciudad acostada como límite a la desolación. Creí adivinar centelleos rojos o verdes de ojos atemorizados, al acecho tras los matorrales desnudos, y rastreo de pisadas furtivas a mi espalda, pero me tranquilizaba al pensar que no era más que el roce de mi propia capa, azotando mis piernas en la velocidad de la carrera, en mi afán por atravesar la helada oscuridad. Estaba en el lugar más solitario bajo las estrellas.

Mis pies comenzaron a tropezar con esos objetos insólitos que arroja la marea de las calles hacia los arrabales: trozos de vidrio en los que tal vez la luz de la luna fingía una vida, viejos útiles que pulieron manos humanas. Empapado de sudor y sin aliento, me detuve ante las primeras casas.

El frío y el arrinconado temor a la noche que yacía en el fondo de mi alma me empujaban a seguir avanzando. Allí estaba guardado nuestro legado, que yo tanto había ansiado volver a contemplar, todas las creaciones de nuestros antepasados que se rescataron a la destrucción. Sin embargo, hubimos de abandonarlas como un tesoro que alguna vez soñábamos con volver a buscar. Vosotros, que ya no sentís interés por ellos, acaso os burlaríais.

El sonido de mis pasos rebotaba por las calles silenciosas, produciendo ecos que habrían alertado oídos humanos, si por ventura hubiesen existido para escucharlos. Dudé durante unos cincuenta latidos de mi corazón, bajo la luna plateada, tratando de orientarme a través del laberinto de túneles que entretejían las calles sin luces ni nombres.

Yo sé que me preguntaréis por qué quería afrontar con mi cuerpo indefenso la amenaza que desencadena la oscuridad, revivir el cansancio y el miedo que han dejado de existir para nosotros. Siempre sentí la añoranza, y está en nuestra condición el impulso a desafiar el peligro.

Caminaba pegado a las paredes, y la superficie rugosa de las piedras se enganchaba a mis ropas. Las puertas de las casas permanecían abiertas, tal y como las habían dejado sus dueños en su precipitada huída, y de ellas salía un vaho húmedo con olor a alimaña. Los vehículos abandonados estaban convertidos desde hacía mucho tiempo en un montón de chatarra oxidada; árboles retorcidos en su agonía y fuentes secas. El suelo estaba erizado de cristales, y en los escaparates se pudrían cosas cotidianas.

Llegué a la gran plaza circular y me detuve, avisado por ese instinto que hemos rechazado. Había tropezado, pero no contra una piedra o raíz, sino con mi sobresalto. Algo iba a cambiar, lo percibía en la tensión de la espera...

De pronto, del reloj de la torre llegaron las campanadas.

No las conté de primeras, pero tuve tiempo de hacerlo cuando fueron repetidas desde los cuatro puntos cardinales por otros relojes que enviaban su contestación en oleadas que convergían hacia el centro.

¿Qué mano viva o muerta hacía girar las llaves que animaban la maquinaria? Nadie, absolutamente nadie quedó en la ciudad. ¿Acaso las bestias abandonadas? No... era imposible, la tierra ya no podía sustentarlas, se habrían devorado unas a otras, hasta extinguirse la vida.

Después otra vez el silencio, sólo arriba el aullido lejano del viento, que ahora arrastraba unas nubes cambiantes, evocadoras de formas legendarias: grandes pájaros, huesos de reptiles prehistóricos, abanicos abiertos.

El frío me penetraba hasta la médula. ¿Qué astucia vuelta contra mí había puesto en marcha las máquinas? No podía encontrar refugio, la ciudad me rechazaba. Corrí hacia las puertas del Museo. Estaban cerradas, como las dejamos.

En ese momento, al fondo de una calle lateral, oí pasos acompasados, y un lejano redoble de tambor, amortiguado, como una llamada de otra dimensión de irrealidad. Una extraña luz ambarina oscilaba entre las arcadas de los soportales.

Empujé los batientes de bronce, con la fuerza que me daba el terror. Temí encontrar resistencia de metal herrumbroso, no tocado durante muchos ciclos solares, pero giraron con tanta facilidad que casi caí de bruces, enredado entre los pliegues de mi capa. La luz se encendió automáticamente al abrirse la puerta y se precipitó en torrentes implacables sobre mí, alimentada por la energía de la estrella que aún calienta este viejo mundo.

Corrí los cerrojos con una sensación de seguridad, casi de vuelta al hogar. Esperé con los ojos cerrados hasta que cesó el golpeteo vertiginoso de la sangre en mis venas y, cuando los abrí, sentí un fogonazo de quemadura, creí en una ceguera momentánea. Las telas se alineaban en las paredes y veía los marcos, que no me parecieron dañados por el polvo y la humedad, de los que habían sido aislados. No obstante, los lienzos estaban grises, vacíos; únicamente conseguía distinguir algunas pinceladas sueltas de los fondos. Las figuras habían desaparecido.

Una puerta flanqueada por columnas de mármol comunicaba con las otras salas. En el umbral se recortó una figura. Sentí estupor ante lo imposible, incapaz de encajar en mi mente la insólita visión. Era una muchacha alta, de piel olivácea y cabello muy negro, que caía sobre sus hombros redondos y desnudos. A sus caderas se ceñía una falda de un bello color amatista con grandes dibujos geométricos rosa. Llevaba en las manos una bandeja rebosante de flores purpúreas, y sus pies desnudos no producían ningún ruido en el suelo al avanzar hacia mí.

En sus grandes ojos de animal bueno brillaba una sonrisa de bienvenida, que aún no se atrevía a asomar a sus labios. Me dirigió un saludo en una lengua armoniosa y primitiva. Nosotros ya no necesitamos las palabras. ¡Que agradable es el sonido de una cálida voz humana después de tanto tiempo!

-Te saludo, señor. Tú no eres de los nuestros -hizo un tímido gesto con la mano izquierda hacia mi cara, sin llegar a terminar el movimiento, como un pájaro que chocase contra un cristal- ¿En qué forma estás vivo? Tu traje, ¿es de tela o metal? ¡Que maravillosamente brilla! Igual que cobre pulido... y esa larga capa negra... Ninguno de nosotros viste así. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde vienes?

Me miraba con curiosidad exenta de temor, con la cándida inocencia de una niña.

-Me llamo Thur -mi respuesta la sobresaltó al resonar en su cerebro, sin palabras-. Y tú, muchacha, ¿cómo te llamas?

-Moana, señor. ¿Conoces el mar? Moana es el color que tiene al amanecer -me miró inquisitiva-. ¿Por qué tienes miedo?

No sabía como explicárselo, y tardé unos instantes en responder. Ella alzó los hermosos hombros oscuros en ademán de disculpa.

-Perdóname, no debiera preguntar a un viajero sus motivos. Porque estoy segura de que vienes de muy lejos. ¿Quieres descansar primero?

Hice un gesto de negación con la cabeza y me apoyé contra la columna. Efectivamente, estaba cansado, y mi espíritu confuso titubeaba con la verdad entrevista, casi a punto de aprehenderla.

. -Dime, Moana, ¿de dónde has salido? ¿Eres real o sólo eres un sueño?

-Yo, Thur, y permíteme, señor, que te llame por tu nombre, me gusta, -sonrió halagadora y sus dientes brillaron, blanquísimos- soy real, no soy ninguna ilusión, si eso es lo que piensas. Sé, aunque de un modo confuso que no comprendo bien, y eso que algunos de los nuestros, que son muy sabios, han tratado de explicármelo, que me ha dado vida la fuerza del recuerdo, la nostalgia de los hombres. ¿Tú lo entiendes y puedes hablarme con palabras sencillas?

-Sí, yo soy uno de los que te recordaron y por eso he vuelto, pero ignoro cómo lo hemos conseguido. Desconozco el mecanismo que ha puesto esto en marcha. Allá tanteamos, hemos ensayado nuevos rincones de la mente hasta dominarlos. ¡Que sé yo las fuerzas que hayan podido liberarse!

-Entonces, si os debemos este existir, tendrás que andar con cuidado. Unos te estarán agradecidos, como yo, pero otros te odiarán por ello.

-Al venir, he visto luces y he oído pasos acompasados por el redoble de un tambor. ¿Sabes quiénes son?

-Sí. Todas las noches tienen su tarea y han de cumplirla. Es la Ronda. Llevan una bandera y anchos sombreros adornados con plumas. Van armados de lanzas y arcabuces, así los llaman. Dicen que cumplen su obligación de vigilar la ciudad, hasta que vuelvan los que partieron.

Depositó la bandeja en el suelo y se sentó sobre sus talones, a mis pies. Luego alzó su mano hacia mí en señal de advertencia.

-Los hay peligrosos, monstruos y fieras. Han huido, y se refugian en las casas abandonadas. Algunos merodean por la llanura, rechazados por los demás. Me extraña que hayas podido llegar hasta aquí sin tropezártelos. Debes tener los poderes de un gran hechicero, si eres de los que nos crearon. No había pensado en ello. Naturalmente, no pueden nada contra tí.

-No lo creo yo así. -Recordé mi temor a la oscuridad- Vine sin armas y además, no sé cuáles podría utilizar contra nuestros sueños liberados.

Hundió su mano morena entre las flores y puso al descubierto un cuchillo, que me tendió.

-Toma, yo tengo una. Estamos vivos y el metal nos mata. Lo afilo contra las piedras del camino, cuando me despierto por las noches.

Lo rechacé con una sonrisa y me entristeció su gesto de desilusión. Era tan humana, tan perteneciente a la antigua Tierra, que me habría gustado acariciar su piel oscura y tersa y aspirar su perfume, casi violento, que llegaba hasta mí cuando sacudía sus cabellos. Me contuvo la vergüenza de lo que somos ahora.

-No -dije-; te lo agradezco, pero sé que no debo tomarlo. Yo no he venido a matar y tampoco necesitaría armas para destruir, si así lo desease. He querido volver con el alma desnuda y mis manos vacías, igual que al nacer.

Moana me miró, extrañada, sin comprender, y guardó silencio.

Ya iba a comenzar a hacer una pregunta sobre los otros y el porqué de su soledad, cuando las puertas de bronce se abrieron de golpe. En una ráfaga de aire inquieto de la noche, surgió recortada contra la luz de la luna una extraña aparición. Al principio sólo distinguí las negras siluetas de un hombre acompañado de un lebrel, que al verme lanzó un corto aullido de aviso, apretándose contra su dueño. Este lo apartó con el pie, sin rudeza, y avanzó hacia mí. Iba vestido con calzas y jubón de terciopelo, de un verde profundo, y las amplias mangas ribeteadas de piel flotaban alrededor de su cuerpo. Encima llevaba un peto de acero bruñido que lanzaba un brillo mate; un enorme sombrero parecido a un turbante y adornado con un joyel y plumas de pavo real cubría su cabeza, a la cintura llevaba una daga de chisporroteante empuñadura.

Era tan alto como yo y me miró resuelto a los ojos. Los suyos eran tan azules como los de un niño, con una expresión atrevida y. orgullosa. El color de su piel era muy blanco, casi lívido, y destacaba aún más rodeada por el halo cobrizo de la barba.

El negro lebrel se precipitó hacia Moana y la muchacha lo acogió con una risa, extendiendo los brazos; le murmuró en su lenguaje musical unas palabras de bienvenida, que acaso lo calmaron, aunque seguía observándome con un gruñido alerta.

Sentí la alarma que vibraba en el recién negado, y no podía por menos que admirar la gallardía con que me desafiaba, esperando que yo atacase primero.

-Háblale como tú sabes -murmuró Moana-. Es bueno, yo entiendo algunas de sus palabras.

Después, volviéndose hacia él, añadió en un torpe francés:
-Es amigo, creo que viene de las estrellas, aunque ha nacido en la Tierra.

Un fulgor de interés brilló un momento en los tristes ojos de mi nuevo interlocutor, que se inclinó con cortesía, y yo le tendí la mano. Dudó, indeciso ante mi gesto, y luego retiró su guante para ofrecerme la suya desnuda. La estreché, extrañado del calor de vida que había en ella.

-No será -dijo- el caballero Chrestien, pues ese es mi nombre, quien rehúse tenderle la mano a un peregrino. Sé que amargura hay en el alma del que está lejos de su patria.

Sí, eso debía haber sido Chrestien: «Retrato de un caballero por autor desconocido». Ante su imagen se habrían detenido generaciones, tratando de adivinar el enigma de su cara pálida, en la que se reflejaba el cansancio de un ciclo que siente su final, igual que nosotros antes de la partida.

-El nos ha hecho vivir -dijo Moana-. No sé cómo, pero lo hizo.

-Hiciste mal. Ella es una pagana, que se niega a recibir el Agua de la Vida. Yo, en cambio, esperaba la llamada del ángel para alzarme en mi tumba, y no esta falsa resurrección. Este sigue siendo un mundo de persecuciones y peligros, lo he visto esta noche una vez más, y hay hastío en mi espíritu.
-Si es así, Chrestien -respondí-, me considero culpable, y trataremos de enmendar el daño.

Me miró con asombro, como si no hubiese esperado una contestación a sus palabras, y luego inclinó la cabeza con un grave gesto de asentimiento.

Moana se puso de pie y sacudió su larga cabellera hacia atrás, luego tendió su brazo hacia mí en un gesto de súplica. El perro vino a frotar su cabeza contra mis rodillas y me miró en demanda de una caricia, con un movimiento esperanzado, casi imperceptible, de la cola.

-Ayúdanos, si sabes cómo. ¿Por qué he de vivir aquí, encerrada, rechazada por los demás? Esta tierra es muy fría. ¿Hay mar y luz que caliente, allí de donde vienes?

-Yo -dijo Chrestien- soy un hombre sencillo. Traté de luchar contra la culpa y el pecado; a pesar de eso maté, jugué a los dados alrededor de las hogueras el botín ganado a los muertos. Los narradores nos hablaban de leyendas heroicas, del Santo Grial y de la Tabla Redonda. La realidad era el humo de los incendios con olor a carroña quemada, la peste y el hambre, los Cuatro Jinetes. Y sin embargo tenía un sentido, una risa atravesaba la oscuridad y pensábamos que nuestro sacrificio servía. Pero volver y encontrarse esto...

Señaló con su mano afuera, hacia la ciudad que se desmoronaba. Yo buscaba en silencio la respuesta adecuada, estremecido de horror ante la caricatura de la vida.

-¿Qué hacen los otros? -les pregunté-. ¿Es que no podéis uniros para crear, para construir? Yo llamaré a los míos en vuestra ayuda.

-Puede que aún sea tiempo. Vosotros poseéis el conocimiento y sabéis dominar las máquinas.

-Hace tiempo que casi no las utilizamos, nuestra fuerza se basa en el espíritu y, en nuestra lucha por dominarlo, parte de ella, escapada a nuestro control, debió animaros.

-¿Qué has visto esta noche, Chrestien? -nos interrumpió Moana-. Tú eres amigo de la Ronda Nocturna, ellos deben saber.

-Se ocultan, se inmovilizan cuando pasa. Su luz les pone en aviso. Pero creo -miró hacia la puerta y bajó la voz- que algo traman los proscritos. No soy amigo de espiar, me gusta luchar a campo abierto y, aunque conozco el miedo, no huiría ni siquiera cuando la muerte me tendiera su mano para invitarme a la danza.

-Ya morimos una vez -dijo Moana alzándose de hombros con indiferencia. La miré asombrado y traté de imaginármela vieja, el brillante cabello de laca convertido en un trapo gris, la carne agostada y las flores marchitas. Había que evitarlo.

-Sí -contestó Chrestien-. El polvo de nuestros huesos espera en alguna parte. Pero dejemos eso y escuchad: Mi perro se ha detenido ante una casa que yo conozco, gruñía y. escarbaba junto a las ventanas del sótano, y tuve que arrancarle de allí por la fuerza. Siempre fue muy buen rastreador, y se atrevió a seguir las huellas de lobos y herejes.

-Entonces, salgamos con él -les dije-, y que nos conduzca. Tú quédate, Moana, hace frío y puede haber peligro.

Me contestó con una carcajada y corrió hacia la sala del fondo, para volver envuelta de pies a cabeza en un manto morado.

-¡Mirad! -y lo abrió para enseñarnos el forro, amarillo limón- Soy el día y la noche, según mi deseo.

El cielo se había cubierto, la luna luchaba con jirones de estrellas revueltas. El frío era tan intenso que me hizo pensar en la nieve, al acecho allá arriba. A pesar de la tempestad que se cernía, las calles se habían transformado en un abigarrado carnaval. Fantasmales, corrían de acá para allá extraños personajes, que con sus brocados y terciopelos arrastraban los cristales rotos y las hojas secas, indiferentes al viento. Tal vez vivían el ambiente de su propia dimensión, y si Moana tiritaba a mi lado es porque ya era demasiado humana. El perro correteó indeciso, olfateando las piedras, hasta que Chrestien le dio la orden que lo lanzó adelante como una flecha negra, casi invisible.

Cuando pasábamos ante una arcada semiderruída, nos deslumbró la luz de un farol que nos enfocaba. En sus rayos flotaba un perfume fresco, una bocanada de olor a violetas recién cortadas. Cuando la joven que lo sostenía lo desvió, pude verla. Era alta y su cabello rubio flotaba formando un halo en torno a su figura, un traje de gasa sembrado de flores de oro caía en pliegues inquietos hasta sus pies, un collar de hojas rodeaba su cuello y un manto transparente de un delicado matiz malva se arremolinaba a su espalda. Era un remanso de Primavera en la crudeza de la noche. Me miró con sus extraños ojos color de avellana con reflejos verdes y me preguntó:

-¿Adónde vas, desconocido? ¿Quién es la mujer que acompaña a Chrestien? Llevadme con vosotros, no debo dejarle solo, tengo que protegerle.

Moana había sacado su cuchillo con un gesto salvaje. La contuve con la mano. Chrestien podía contestarla y, en un lento italiano, dijo:

-¡Déjanos! Tenemos cosas importantes que hacer esta noche, y tú serías un estorbo.

Añadió unos cuantos juramentos para él mismo, por la desaparición del lebrel y la interrupción de aquella loca. Así dijo, pero yo sabía que se alegraba del encuentro, y que si antes había salido era con intención de buscarla. No me extrañaba, porque era una frágil maravilla, y por eso, empujado por la simpatía que sentía hacia él, no reflexioné en el peligro al que podíamos exponerla y le rogué:

-Admítela con nosotros, no llevamos luz y su fanal puede ser necesario.

Chrestien alzó los hombros con indiferencia y la hizo un gesto con la mano para que se acercase. Sin embargo, yo vi la animación que alegraba sus hastiados ojos y la sonrisa radiante con que ella lo miraba. Gozaban en la mutua contemplación de su belleza, y no necesitaban palabras.

Moana, en cambio, había retrocedido hacia la sombra y sus dientes brillaban en una mueca de odio, tanto como el cuchillo que apretaba en la mano. Las lágrimas arrasaban su cara, y se volvió de espaldas para secarlas con su manto. Pobres viejos sueños fijados en un lienzo, que se habían vuelto tan humanos y no sabían qué hacer con sus sentimientos, retazos de su verdadera vida, con los que instaban afianzarse en la nueva. Y yo arrastrado a su confusión, sintiéndome culpable.

El lebrel había vuelto, con sus grandes saltos silenciosos, y gemía en su ansia de continuar, como si hubiese olfateado una presa y estuviese impaciente porque su amo la cazase y le arrojara su caliente corazón.

-Esto es cosa de hombres -me dijo Chrestien-, y no deberíamos haber admitido con nosotros a Flora y Moana. El daño que nos hagan será verdadero.

-No me llames así -protestó la muchacha de la linterna- Confundirías al extranjero. Se burla de mí porque sirvo a la Primavera. En realidad soy Giannina y también serví vino a los campesinos, cuando volvían cansados de la siega, allá en la posada de mi padre. En fin, seré lo que queráis, pero admitidme con vosotros -imploró con su voz melodiosa.

-Vamos -ordené-. La noche pasa y no hacemos nada. Se fijarán menos en nosotros si vamos con ellas.

Pues algunos clavaban en mí miradas intrigadas y murmuraban. Iban en grupos, alumbrados por linternas y faroles. A nuestro lado pasó un grupo de saltimbanquis, vestidos de un bello azul con matices de turquesa. Unas damas engalanadas con pelucas empolvadas y miriñaques casi cerraban el paso. Dos monjes pálidos, con la capucha bajada sobre la frente y la vista fija en el suelo, rezaban entre dientes. Observé que pisaban a propósito los cristales, y que sus pies dejaban una huella sangrienta, que entretuvo por un momento al lebrel de Chrestien, hasta que su amo le llamó con un silbido.

Estaban también los niños, que me hicieron estremecerme, porque hacía tanto tiempo que había olvidado la piedad. Pobres niños destinados a servir a los cortejos o a jugar con un pájaro en un rincón del cuadro, para completar una línea imaginaria, y ahora se divertían con secretos juegos, en los rincones de los soportales. ¿Crecerían o se harían viejos así? ¿Con vicios copiados y posturas imitadas, sin tener quien los iniciase en la auténtica vida, que los otros seres sólo podían representar en fragmentos de proyecciones?

Cuando nos fuimos aproximando a los viejos barrios, la luz de Giannina se hizo imprescindible, aunque yo no sabía cuál era la que irradiaba más resplandor áureo, si la que alzaba en la mano o la que se desprendía de sus gráciles miembros y su rubio cabello.

Chrestien sacó el puñal cuando unos borrachos campesinos flamencos la rodearon, los ojos ansiosos y las bocas abiertas con sonrisas idiotas. Uno la sujetó por su túnica transparente, el caballero saltó y cercenó de un tajo su mano. El gañán huyó dando traspiés y alaridos.

Yo sentí náuseas al ver la mano cortada obstinada en engarfiarse a la gasa que rasgaba con su peso. Muy pálida, la muchacha la separó y la arrojó a lo lejos. Vi un enorme tigre, de pupilas fosforescentes y mal dibujado, cual un gato grande, por un inocente pintor de domingo, que se arrojaba sobre ella e iba a depositarla a los pies de un hechicero negro, que tocaba la flauta en un rincón de un jardín seco. Las notas fluyeron con un tono de mandato y los dedos comenzaron a agitarse igual que serpientes, abandonando el trozo de tela, que el brujo domador de cobras se apresuró a esconder en el cesto donde las guardaba.

Moana se adelantó, decidida. Intenté retenerla y me gritó:

-No puedo dejárselo. Haría de ella su esclava mediante la magia. La odio porque es más hermosa que yo, pero no puedo permitirlo.

Vi el brillo de los ojos de las otras fieras, que parecían peligrosos juguetes animados, y corrí a derribar de una patada la canastilla. Sentí colmillos que intentaban hundirse en mi pie, protegido por el metal de la estrella.

Recuperé la gasa que arrebataba el viento, el viejo se acurrucó gimoteando y con sus sarmentosas manos buscó en la oscuridad a las serpientes que huían entre las piedras.

-No me quites la mano -dijo-, y te daré un poderoso conjuro que te salvará del peligro que te espera.

-Déjasela -murmuró Chrestien mientras se persignaba-. Da a los demonios lo que es suyo. Tal vez necesitemos un aliado contra ellos.

Quise reírme y no pude. Allí estaban las toscas bestias, paralizadas tras su dueño, con su aspecto de estampas de abecedario infantil y una mirada redonda, que rezumaba malignidad verde.

-Guárdala, puedes enterrarla o hacer con ella lo que quieras.

Se estremeció al captar mis palabras y me dijo con una carcajada:

-Vete y llévatelos contigo, están perdidos. Tu .magia es más fuerte que la mía, han elegido mal compañero.

Chrestien, que había mantenido a su perro sujeto por el collar, lo soltó y lo azuzó otra vez, cuando yo le indiqué que teníamos el camino libre. Giannina lloraba no sé si de miedo o de pena por su hermosa túnica desgarrada, y Moana la cubrió con la mitad de su manto para consolarla. Las dos cascadas de cabellos, oro y negro, se entrelazaban a compás del viento.

Seguimos adelante, acompañados por la burlona música de la flauta.

-A partir de aquí -advirtió Chrestien- comienza el peligro. Hay muertes. todas las noches y, si no intervenimos, cada mañana habrá menos que retornen a la reunión del Museo. ¿Qué sabemos de los que han muerto, de aquellos que se separaron de nosotros para vivir en .las casas de la ciudad?

La linterna de Giannina tembló en sus manos y los haces de luz iluminaron confusos una escena alucinante. Habíamos llegado a un solar en cuya lejanía se veían casas desparramadas. Hacia nosotros avanzaba una cabalgata monstruosa. Petirrojos, gorriones, lechuzas y martines pescadores gigantescos; grifos, ciervos y peces cabalgados por hombres y mujeres desnudos que iban tocados con turbantes de grosellas y moras. Otros tenían cuerpo humano y cabeza de ave o alas de mariposa, algunas de las mujeres iban vestidas con trajes medievales y cofias blancas en forma de cuernos. Frailes y negras vestidas solamente con enormes flores de una extraña apariencia visceral. Una liebre del tamaño de un hombre, trotaba llevando colgado de su espalda al cazador.

Agitaban estandartes y campanas, aullaban y arrancaban alaridos a antiguos instrumentos musicales, desconocidos para mí, del tamaño de una casa de dos pisos, y bajo cuyo peso doblegaban sus espaldas con una mueca fija en sus caras de ahogados que hubiesen salido a flote.

Miré espantado a Chrestien, me di cuenta de su aire sereno de arcángel caído en un mundo demoníaco. Sus ojos de niño me sonrieron, tranquilizándome en su rostro serio:

-Son los escapados del Jardín, que se han refugiado en los suburbios. No creo que nos vean siquiera. Somos tan distintos a ellos que no nos advertirán, sumergidos como están en su propio infierno.

El cielo se había cubierto completamente, el viento cesó y allá arriba percibí un silencio expectante, a la espera de un acontecimiento. El frío era intensísimo. No obstante, en aquel torbellino de pesadilla, nadie parecía sentirlo. Chisporroteaban las antorchas con una luz azulada y verde, sin calentar con su resplandor de pantano. En aquella marea que nos arrastraba mis manos no encontraban asidero al que agarrarme. Moana tosía a mi lado.

-Tengo miedo, Thur -me dijo-. ¿A dónde nos llevarán?

-A donde queríamos ir -contestó Chrestien riéndose-o Mirad, allá al fondo de ese barranco en el que termina la ciudad está la casa.

No sabía que encontraríamos en ella, pero ansié su refugio, al menos sería un remanso fuera del insoportable graznido de las gigantescas aves. Me abrí camino a empellones y al poco rato comenzamos a bajar, unas veces resbalando y otras corriendo, porque en lo alto del barranco oscilaban sombras enormes que se arrastraban hacia nosotros.

La casa estaba a oscuras, únicamente brillaba una luz en el sótano, y arrimamos las caras a los sucios cristales, sin poder ver nada. El perro gruñía pegado a las piernas de su amo, que sostenía a la espantada Giannina.

-He aquí donde se reúnen -susurró Chrestien-. Es mejor entrar. Apaguemos la luz, ya no nos hace falta. Y no temáis nada, ahora vamos a saber.

Encontramos la puerta, que colgaba medio desencajada de sus goznes. La empujamos y entramos en lo que debía ser un destartalado zaguán en el que flotaba un sofocante olor a moho, cortado por ráfagas de olores violentos que brotaban del fondo, donde arrancaba la escalera de caracol, iluminada por el fuego que ardía en el sótano. Hacia ella nos dirigimos, y Chrestien animó en voz muy queda al lebrel para que nos precediese. El lo siguió, decidido, y la espiral de los escalones nos tragó. Moana y Giannina se quedaron arriba, rezagadas por el temor a lo desconocido. Afuera se aproximaban las figuras escapadas del Jardín de las Delicias, con un sordo ruido subterráneo de terremoto que cubría el de nuestros pasos sobre las gastadas piedras.

Llegamos a la última revuelta y me detuve, asombrado. Era un laboratorio, nada más que eso. El antiguo laboratorio del alquimista con su horno de tierra refractaria en el centro, rodeado de montones de escoria esparcidos por el suelo y sobre el que se apoyaban crisoles y fuelles.

Sentado junto a la mesa de trabajo, de espaldas a nosotros, estaba un anciano. El tablero se hundía, atestado de complicados objetos: alambiques, serpentines, retortas y frascos de vidrio verde. Comprendí por qué Chrestien, que vivía inmerso en su época de superstición, había intuido allí un peligro, y sentí deseos de reír, dar media vuelta y dejar de una vez abandonados a ellos mismos a esos locos sueños.

Pero el viejo se volvió, me miró a mí únicamente, y en sus pupilas apagadas vi un peligro real, dirigido directamente hacia mí. Tenía la cara arrugada como una seta venenosa que hubiese permanecido demasiado tiempo enterrada. Dejó junto a un manuscrito la retorta que estaba calentando a la llama azul del mechero, y vino a mi encuentro.

-Al fin habéis vuelto -me dijo-, para que pueda dar fin a mi trabajo. Te hemos ido atrayendo hacia aquí, y esto debo agradecérselo a los que te han servido de guía.

Chrestien se adelantó, indignado. Su flotante manga se enganchó en un frasco, que cayó, dejando una mancha de aceite color rubí al estallar.

-¿Qué quieres decir? -le gritó-. ¿Acaso insinúas que yo me he prestado a preparar una encerrona a un extranjero?

-¡Ten más cuidado! Has derramado la Sangre del León y es muy valiosa, la necesito para dar fin a mi obra. Si te revuelves de esa forma verterás la quintaesencia de los siete planetas, que está encerrada en esas redomas. Aunque ya no tiene importancia -añadió con una risa maligna-, creo que pronto va a verse coronada.

Chrestien miró en torno suyo, con algo de temor a pesar de él, y yo traté de tranquilizarle.

-No es más que un pobre loco, de tantos que buscaron la ciencia entre los ácidos, sales y álcalis, sin poder encontrarla, en el tiempo en que tú luchabas en el mundo.

-Eso es lo que tú crees, pero aquí hay más de lo que tus ojos ven, y puedo desencadenar contra ti otras fuerzas que las que se transmutan en mi horno. ¿Sabes lo que se acerca ahí fuera?

El cristal de la ventana saltó hecho añicos, golpeado por un brazo, ala o aleta. Miré a través del agujero. Muy lejos, arriba, las nubes se habían separado e, inaccesible, vi brillar una estrella. Después, rostros deformes cruzaron de un lado a otro.

-Es la fuerza de vuestros sueños, con la que nos dísteis vida, y que ahora puede alzarse contra vosotros y destruiros, por mucho que intentéis huir a través del espacio. Está aquí, y un momento después estará en vuestras mentes, para aniquilarlas.

Entonces, amigos, supe que tenía razón. Habíamos conseguido todos los dominios, pero esa fuerza escapa aún a nuestro control, yo mismo era la prueba. Había vuelto y me había dejado arrastrar, fascinado por ella, a través de la noche. Me sentí perdido, acorralado en este mundo que se nos ha hecho extraño, y vi como los demás regresaríais para ir cayendo uno a uno.


El viejo adivinó que casi me había vencido y se echó a reír. Chrestien me miró y en sus ojos había amistad, lealtad y desesperación.
-¿Puede hacer daño a los hombres de ahora? –me preguntó-. Dime la verdad, necesito saberla para conocer el daño que he hecho.

.Moana y Giannina había bajado, atraídas por el ruido de las voces, y nos contemplaban asustadas, sin atreverse a intervenir.

–Creo que sí, Chrestien -tuve que confesar-. Temo que nos hayáis vencido.

-¿Y no conoces la manera de destruirnos? Sois vosotros los que necesitáis esta vida que os hemos usurpado. La energía que nos anima os la hemos robado.

-¡Cállate, traidor! -le ordenó el viejo-. Nosotros seremos los auténticos vivos, nuestra será la Tierra, ellos ya no son humanos.

-jDestrúyenos, peregrino! Tal vez hayáis dejado de ser hombres, pero yo siento en mi alma que lo justo está en vosotros.
Continuad y dejad que acabemos. Nos creasteis y al mismo tiempo sois nuestros hijos, coged nuestra herencia y seguid al destino.

-¡No puede hacer nada! -gritó el viejo-. Vino con sus manos desnudas y cayó en la trampa. Ocupará mi lugar en el Museo e iré todos los días a burlarme de él, a verle inútil y dormido.

Comprendí que mi acción era inevitable y corrí escaleras arriba, seguido por mis amigos. Las carcajadas triunfales del alquimista me persiguieron por la espiral. Fuera, las sombras esperaban mi destrucción en silencio, para poder después entregarse a la orgía de sus pesadillas. Me abrieron paso cuando me encaminé a la llanura, volviendo la espalda a la ciudad que debía ser destruida si queríamos sobrevivir.
No se atrevían aún a atacarme, tal vez esperaban un signo del viejo que les infundiese la energía necesaria. Chrestien cubría mi espalda con su puñal erecto como un aguijón centelleante, y sobre él se lanzó la monstruosa jauría, con picos y garras, antorchas y alaridos.

Durante unos segundos interminables asistí a la lucha, inerme y sin decidirme a intervenir, porque el único medio de que disponía para aniquilarlos acabaría con él también.

Antes de caer, se volvió y recibí su última mirada desesperada, que guardo en mi corazón. Se derrumbó a mis pies y vi sangre, verdadera sangre que brotaba a borbotones de su cuerpo y salpicaba mi capa.

Oí una voz clamando venganza, no sé si era la de Moana o la de mi propia alma.

Entonces, con la certeza de lo inevitable, busqué con mis ojos la estrella en el claro de nubes e invoqué su luz, con el conocimiento que poseemos, antes de que fuera demasiado tarde.

La luz se precipitó en cataratas por la abertura del cielo y su color indescriptible, que hemos aprendido a dominar, arrancó de ellos un inmenso aullido que retumbó y rebotó en los muros de la ciudad. El insoportable color nuevo los consumía y desmoronaba. Yo mismo caí y no sé el lapso de tiempo que transcurrió hasta que me incorporé, medio cegado, para rechazar otra vez con todas mis fuerzas el torbellino por el que había clamado en mi desesperación.

Todo había acabado, el cielo volvió a cerrarse y la llanura estaba desierta a la luz incierta, casi submarina, del amanecer. Vi como el viento mecía remolinos de polvo, en el que se desintegraban todos los colores del arco iris, como restos cansados de un antiguo Carnaval, la última fiesta de la Tierra. Allí acababan de apagarse el bermellón, el azul ultramar, el verde Veronés, que vistieron nuestros sentimientos y nuestras pasiones. También poco a poco se irán borrando de nuestra alma y dejaremos de ser humanos, sin su apoyo.

Volví mi espalda para siempre a la ciudad del recuerdo, sintiéndome asesino de la belleza. Aún guardaré por mucho tiempo la imagen de Giannina, la graciosa servidora de la Primavera, de Moana cuyo nombre era el matiz azul del mar al amanecer, y sobre todo de mi amigo Chrestien. El mundo era ahora gris y muerto. Encaminé mis pasos hacia la nave a través de la llanura.

Como una caricia, comenzó a caer la primera nevada del invierno, en este rincón abandonado del universo. Todo el paisaje se trocó en una fulgurante albura, que anuló el más insignificante matiz. Un animalillo que huía cruzó ante mí, y sus huellas marcaron un nuevo camino que atravesaba el mío.

Amigos, no he destruido la vida, aquella rata que vi era la prueba. He hecho algo peor, he destruido nuestra herencia. Vuelvo para que me juzguéis.

Marzo-abril, 1967

24/10/09

"ROJO COMO LA SANGRE", DE TANITH LEE


Tanith Lee (Gran Bretaña, 1947)

Red as blood (1979)

"Rojo como la sangre", publicado en Ciencia ficción. 40ª selección. Barcelona, Bruguera, 1980, p. 109-127. Traducción de César Terrón.

Leer más sobre este relato en: "Rojo como la sangre" de Tanith Lee en el grupo de lectura feminista M. A. L. A. S

Y si quieres, puedes escuchar una espléndida Versión radiofónica de este relato.

La bellísima reina bruja abrió la caja de marfil del espejo mágico. De oro oscuro era el espejo, oro oscuro como el cabello de la reina bruja que caía en abundancia sobre su espalda. De oro oscuro era el espejo y tan antiguo como los siete atrofiados árboles negros que crecían más allá del pálido vidrio azul de la ventana.
—Speculum, speculum —dijo la reina bruja al espejo mágico—. Dei gratia.
—Volente Deo. Audio.
—Espejo, ¿a quién ves?
—Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Con una excepción.
—Espejo, espejo, ¿a quién no vees?
—No veo a Bianca.
La reina bruja se santiguó. Cerró la caja del espejo y, caminando lentamente hasta llegar a la ventana, observó los viejos árboles a través de las hojas de vidrio de color azul pálido.
Otra mujer había estado frente a esta ventana hacía catorce años, pero ella no era como la reina bruja. Su cabello negro le llegaba a los tobillos y vestía una túnica carmesí que se ceñía bajo sus pechos, puesto que se encontraba en avanzado estado de gestación. Y esta mujer había abierto la ventana de vidrio que daba al invernadero, donde los viejos árboles se agazapaban en la nieve. Después, tomando una puntiaguda aguja de hueso, la había clavado en su dedo y vertido sobre la tierra tres brillantes gotas.
—Que mi hija tenga cabello negro como el mío —había dicho la mujer—, negro como la madera de estos retorcidos y arcanos árboles. Que tenga la piel como la mía, blanca como esta nieve. Y que tenga mis labios, rojos como mi sangre.
Y la mujer había sonreído y chupado su dedo. Llevaba una corona en su cabeza que brillaba en la oscuridad como si fuera una estrella. Jamás se acercaba a la ventana antes del anochecer, no le gustaba el día. Ella fue la primera reina y no poseyó un espejo.
La segunda reina, la reina bruja, sabía todo esto. Sabía cómo, al dar a luz, había muerto la primera reina. Su ataúd había sido conducido a la catedral y se habían ofrecido misas. Corría un horrible rumor: unas gotas de agua bendita habían caído sobre el cadáver y la carne muerta había despedido humo. Pero la primera reina había sido considerada como una desgracia para el reino. Después de su llegada se había producido una extraña plaga, una enfermedad devastadora para la que no hubo remedio.
Transcurrieron siete años. El rey desposó con la segunda reina, tan distinta de la primera como el incienso lo es de la mirra.
—Y ésta es mi hija —dijo el rey a su segunda reina.
Era una niña menuda de casi siete años de edad. El cabello negro caía hasta sus tobillos y su piel era blanca como la nieve. Sus labios eran rojos como la sangre y sonreía con ellos.
—Bianca —dijo el rey—, debes querer a tu nueva madre.
Bianca sonrió esplendorosamente. Sus dientes brillaban como puntiagudas agujas de hueso.
—Ven —dijo la reina bruja—. Ven, Bianca. Quiero que veas mi espejo mágico.
—Por favor, mamá —replicó suavemente Bianca—. No me gustan los espejos.
—Es muy modesta —se disculpó el rey—. Y delicada, también. Nunca sale de día. El sol la angustia.
Aquella noche, la reina bruja abrió la caja de su espejo.
—Espejo, ¿a quién ves?
—Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Con una excepción.
—Espejo, espejo, ¿a quién no ves?
—No veo a Bianca.
La segunda reina regaló a Bianca un minúsculo crucifijo de filigrana dorada. Bianca no lo aceptó. Corrió hacia su padre y murmuró:
—Tengo miedo. No me gusta pensar en Nuestro Señor agonizando en Su cruz. Ella quiere asustarme. Dile que se lo lleve.
La segunda reina cultivaba blancas rosas silvestres en su jardín e invitó a Bianca a pasear por allí tras la puesta del sol. Pero Bianca se acobardó.
—Las espinas me pincharán —musitó a su padre—. Ella quiere que me haga daño.
Cuando Bianca tenía doce años, la reina bruja habló con el rey.
—Bianca debería recibir la confirmación —dijo—. De ese modo, podría comulgar con nosotros.
—Eso es imposible —replicó el rey—. Te lo explicaré. Ella no ha recibido el bautismo, porque en sus últimas palabras mi primera esposa se opuso a ello. Ella me lo suplicó, ya que su religión era distinta a la nuestra. Los deseos de los moribundos deben ser respetados.
—¿No debería gustarte ser bendecida por la Iglesia? —preguntó la reina bruja a Bianca—. ¿Arrodillarte en el reclinatorio dorado ante el altar de mármol? ¿Cantar a Dios, gustar el Pan ritual y probar el Vino ritual?
—Ella quiere que traicione a mi verdadera madre —dijo Bianca al rey—. ¿Cuándo dejará de atormentarme?
El día que cumplió trece años, Bianca se levantó de la cama y vio en ella una mancha roja, roja como una flor roja.
—Ya eres una mujer —explicó su aya.
—Sí —contestó Bianca.
Se acercó al joyero de su verdadera madre, extrajo la corona que había llevado ella y se la puso en la cabeza.
Al caminar bajo los viejos árboles negros, la corona brilló como una estrella.
La enfermedad devastadora, qae había dejado en paz al reino durante trece años, volvió a manifestarse repentinamente. Y no había remedio.
La reina bruja se sentó en una silla muy alta ante una ventana verde claro y blanco oscuro. En sus manos sostenía una Biblia forrada en seda rosada.
—Majestad —dijo el cazador, al tiempo que hacía una profunda reverencia.
Era un hombre fuerte y apuesto, de cuarenta años y experto en el oculto saber de los bosques, el oculto saber de la tierra. También era capaz de matar sin un solo titubeo, pues tal era su oficio. Podía acabar con el frágil y esbelto ciervo, las aves alígeras y las liebres de terciopelo de ojos tristes y prescientes. A él le daban pena, pero aun así, las mataba. La piedad no podía detenerle. Era su oficio.
—Mira el jardín —ordenó la reina bruja.
El cazador observó el jardín a través de un oscuro vidrio blanco. El sol se había hundido en el horizonte. Una doncella paseaba bajo un árbol.
—La princesa Bianca —dijo el cazador.
—¿Y qué más?
El cazador se persignó.
—Por Nuestro Señor, mi reina —dijo—. No lo diré.
—Pero lo sabes.
—¿Y quién no lo sabe?
—El rey no lo sabe.
—No lo sabe.
—¿Eres valiente? —preguntó la reina bruja.
—En verano he cazado y matado al jabalí. En invierno he masacrado lobos.
—¿Pero eres lo bastante valiente?
—Si tú lo ordenas, señora —replicó el cazador—, me esforzaré en serlo.
La reina bruja abrió la Biblia en una determinada página y extrajo de ella un crucifijo de plata, muy delgado, que había reposado junto a las palabras: No temerás el terror de la noche... Ni la pestilencia que se pasea en la oscuridad.
El cazador besó el crucifijo y se lo puso en torno a su cuello y por debajo de su camisa.
—Acércate —ordenó la reina bruja—, y te explicaré qué debes decir.
Al cabo de un rato, el cazador entró en el jardín cuando las estrellas relucían en el firmamento. Avanzó a grandes pasos hacia el atrofiado árbol enano bajo el que se hallaba Bianca y se arrodilló.
—Princesa —dijo—. Perdóname, pero debo darte malas noticias.
—Dámelas —replicó la muchacha, jugando con el largo tallo de una flor macilenta y nocturna que había arrancado.
—Tu madrastra, esa bruja detestable y celosa, quiere verte muerta. No puedes hacer otra cosa que no sea huir del palacio esta misma noche. Si me lo permites, te acompañaré hasta el bosque. Allí se hallan personas que cuidarán de ti hasta que puedas regresar sin ningún temor.
Bianca le miró fijamente con ojos que expresaban confianza.
—Siendo así, iré contigo —contestó.
Salieron del jardín por una puerta secreta, cruzando un pasadizo subterráneo, un huerto enmarañado y un sendero tortuoso que se extendía entre enormes setos crecidos en exceso.
La noche era una vibración profundamente azulada y titilante cuando llegaron al bosque. Las ramas de los árboles se cruzaban y entrelazaban, como formando una ventana, y el cielo resplandecía tenuemente, pareciendo extenderse al otro lado de hojas de vidrio de un color azulado.
—Estoy cansada —se quejó Bianca en un suspiro—. ¿Puedo descansar un momento?
—Por supuesto —respondió el cazador—. Los zorros acuden de noche a ese claro, allí. Mira en esa dirección y los verás.
—Cuan inteligente eres —repuso Bianca—. Y cuan apuesto.
La muchacha se sentó en el césped y contempló el claro. El cazador sacó silenciosamente su cuchillo y lo ocultó en los pliegues de su capa. Luego se agachó junto a la doncella.
—¿Qué estás cuchicheando? —inquirió el cazador, poniendo su mano sobre el negro cabello de Bianca.
—Una poesía que mi madre me enseñó, sólo eso.
El cazador la agarró por los pelos y la obligó a levantar la cabeza, de modo que el cuello de la muchacha estuviera dispuesto para acuchillarlo. Pero no usó su arma. Porque allí, en su mano, sostenía la cabellera de oro oscuro de la reina bruja, y veía su rostro sonriente. Riendo, la mujer le rodeó con sus brazos.
—Mi buen servidor, mi dulce servidor —dijo ella—, sólo deseaba probarte. ¿Acaso no soy una bruja? ¿Acaso no me amas?
El cazador se estremeció, porque la amaba y ella le abrazaba con tal fuerza que el corazón femenino parecía latir dentro de su propio cuerpo.
—Aparta el cuchillo —ordenó la mujer—. Despréndete de ese absurdo crucifijo. No necesitamos nada de eso. El rey no es ni la mitad de hombre que tú.
Y el cazador la obedeció, arrojando cuchillo y crucifijo entre las raíces de los árboles. Se apretó contra ella y la mujer hundió el rostro en su cuello. El dolor de su beso fue lo último que sintió en este mundo.
El cielo se ennegreció, el bosque todavía más. Ni un solo zorro correteaba en el claro. La luna fue elevándose y tiñendo de blanco las ramas y los vacíos ojos del cazador. Bianca limpió sus labios con una flor muerta. . —Siete dormidos, siete despiertos —dijo Bianca—. Madera por madera. Sangre por sangre. Tú por mí.
Se oyó un sonido como el de siete inmensas rasgaduras que provenía de más allá de los árboles, un sendero tortuoso, un huerto y un pasadizo subterráneo. Y otro sonido que parecía el de siete inmensas pisadas. Más cerca. Más cerca todavía.
Hop, hop, hop, hop. Hop, hop, hop.
En el huerto, siete temblores de la negrura.
En el sendero tortuoso, entre los elevados setos, siete negras figuras arrastrándose.
Matorrales crujiendo, ramas restallando.
Siete seres retorcidos, deformes, encorvados y atrofiados avanzaron penosamente por el bosque en dirección al claro. Un pelaje musgoso, negro y leñoso, máscaras desprovistas de secretos. Ojos como grietas relucientes, bocas cual húmedas cavernas. Barbas de liquen. Dedos de cartílagos rámeos. Sonriendo. Arrodillándose. Rostros apretados contra la tierra.
—Bien venidos —dijo Bianca.
La reina bruja estaba de pie frente a una ventana de vidrio cuyo color semejaba el del vino diluido. Miró el espejo mágico.
—Espejo, ¿a quién ves?
—Te veo a ti, señora. Veo un hombre en el bosque. Estaba cazando, pero no al ciervo. Sus ojos están abiertos, pero está muerto. Veo al resto del reino. Con una excepción.
La reina bruja se tapó las orejas con. ambas palmas de la mano.
En el exterior, el jardín estaba vacío. Le faltaban sus siete árboles negros, enanos y atrofiados.
—Bianca —dijo la reina.
Las ventanas habían sido cubiertas con colgaduras y no daban luz. La luz brotaba de un recipiente poco profundo. Luz en un haz, como trigo color pastel. Iluminaba cuatro espadas que apuntaban a este y oeste, a norte y sur.
Los cuatro vientos y el polvo gris plata del tiempo habían irrumpido en la cámara.
Las manos de la reina bruja flotaban como hojas desprendidas a merced del aire.
—Páter omnípotens, mítere digneris sanctum Angelum tuum de Infernis —recitaron los resecos labios de la reina bruja.
La luz decayó y se hizo más brillante.
Allí estaba el ángel Lucefiel, entre las empuñaduras de las cuatro espadas, lúgubremente dorado, con el rostro en la sombra y sus alas áureas abiertas y guarneciendo su espalda.
—Puesto que me has llamado, conozco tu deseo —dijo—. Es un deseo triste. Quieres dolor.
—Tú hablas de dolor, señor Lucefiel. Tú, que sufres el más despiadado dolor de todos. Peor que los clavos en los pies y muñecas. Peor que las espinas, la esponja de vinagre y la lanza en el costado. Ser convocado por amor del diablo, cosa que yo no hago, hijo de Dios, hermano del Hijo.
—Entonces, me reconoces. Te concederé lo que pides.
Y Lucefiel (llamado por algunos Satán y Rex Mundi y, sin embargo, la mano izquierda, la mano siniestra de la concepción de Dios), arrebató un rayo del éter y lo arrojó a la reina bruja.
El rayo la alcanzó en el pecho. Se derrumbó.
El haz de luz se elevó e iluminó los ojos dorados del ángel, unos ojos terribles, aunque luminosos a causa de la compasión. Las espadas se hicieron añicos y Lucefiel desapareció.
La reina bruja se levantó del suelo de la cámara. Había dejado de ser bella. Era una bruja arrugada y babeante.
El sol nunca lucía en el corazón del bosque, ni siquiera al mediodía. Las flores crecían en la turba, pero eran incoloras. Por encima de ellas, el techo verdinegro albergaba retículos de una espesa y sombría luz verdosa en los que polillas y mariposas albinas se agitaban febrilmente. Los troncos de los árboles eran lisos como los tallos de algas submarinas. Durante el día revoloteaban los murciélagos y otras aves que creían ser como ellos.
Había un sepulcro cubierto de musgo goteante. Los huesos yacían esparcidos en torno al pie de siete árboles enanos y retorcidos. Parecían árboles. A veces se movían. Otras veces, algo que semejaba un ojo o un diente brillaba en la sombría humedad.
En el umbráculo de la puerta del sepulcro estaba sentada Bianca, peinando su cabello.
Agitados movimientos turbaron la espesa oscuridad.
Los siete árboles volvieron sus cabezas.
Una bruja surgió del bosque. Era una mujer jorobada y su cabeza casi calva estaba inclinada hacia el suelo como si fuera un ave rapaz, un buitre.
—Por fin hemos llegado —dijo la bruja con la voz de un buitre.
Se acercó. Sus huesos crujieron cuando se paso de rodillas y hundió su rostro en la turba repleta de flores sin colorido.
Bianca volvió a sentarse y la contempló. La bruja se levantó. Sus dientes formaban una empalizada amarillenta.
—Te traigo el homenaje de las brujas y tres presentes —dijo la anciana.
—¿Y por qué?
—Una niña tan despierta, con sólo catorce años... ¿Por qué? Porque te tememos. Te traigo presentes para congraciarnos contigo.
Bianca rió.
—Enséñamelos —ordenó.
La bruja movió su mano, haciendo un pase en el aire verdusco. Apareció un cordón de seda, curiosamente trenzado con cabellos humanos.
—Aquí tienes un cinto que te protegerá de las artimañas de los curas, del crucifijo y el cáliz, de la detestable agua bendita. En él están anudados los cabellos de una virgen, de una mujer no mejor de lo que debería ser y de una mujer muerta. Y aquí tienes... —un segundo pase y surgió en su mano un peine de laca, color azul sobre verde— ...un peine del mar profundo, una joya de sirena, para fascinar y seducir. Peina tus cabellos con él y el aroma del océano henchirá el olfato de los hombres y quedarán ensordecidos por el ritmo de las mareas, las mareas que atan a los hombres como si de cadenas se trataran. Y por último, ese antiguo símbolo de perversidad, la fruta escarlata de Eva, la manzana roja como la sangre. Muérdela, y el entendimiento del Pecado, del que la serpiente se jactó, te será dado a conocer.
La bruja ejecutó su último pase en el aire y ofreció la manzana, junto con el cinto y el peine, a Bianca.
Bianca miró un instante los siete árboles atrofiados.
—Me gustan sus presentes, pero no confío mucho en ella.
Las escuetas máscaras atisbaron desde sus toscas barbas. Sus ojillos destellaron. Sus garras ramosas restallaron.
—Es igual —decidió Bianca—. Dejaré que me ate el cinto y peine mi pelo.
La bruja obedeció, sonriendo bobamente. Se arrastró hasta Bianca como un sapo y ató el cordón. Peinó los cabellos de ébano. Brotaron chispas blancas del cinto. Surgieron fulgores como el ojo del pavo real del peine.
—Y ahora, bruja, da un mordisco a la manzana.
—Será un orgullo contar a mis hermanas que he compartido esta fruta contigo —respondió la bruja.
La vieja mordió la manzana, masticó ruidosamente, tragó el bocado y chasqueó los labios.
Bianca cogió la fruta y mordió un trozo.
Bianca chilló... y se atragantó.
Se puso en pie de un brinco. Sus cabellos se arremolinaron en torno a ella como una nube de tormenta. Su rostro se puso azul, luego gris, finalmente blanco de nuevo. Cayó sobre las pálidas flores y quedó inmóvil, sin respirar.
Los siete árboles enanos batieron sus extremidades y sus rámeas cabezas de oso. Fue en vano. Faltos del arte de Bianca, no podían saltar. Estiraron sus garras y rasgaron los escasos cabellos y el manto de la bruja, que se escabulló entré ellos. Huyó a la zona del bosque iluminada por el sol, siguió por el tortuoso sendero, pasó el huerto y se introdujo en un pasadizo subterráneo.
La bruja volvió al palacio, entrando por la puerta secreta, y subió por una escalera oculta hasta la cámara de la reina. Estaba el doble de encorvada que antes y sostenía sus costillas. Abrió la caja de marfil del espejo mágico con una mano extremadamente flaca.
—Speculum, speculum. Dei gratia. ¿A quién ves?
—Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Y veo un ataúd.
—¿De quién es el cadáver que yace en el ataúd?
—Eso no puedo verlo. Debe de ser el de Bianca.
La bruja, que en otro tiempo había sido la bellísima reina bruja, se hundió en su silla alta ante la ventana de vidrio color pepino y blanco oscuro. Sus drogas y pócimas estaban dispuestas para anular el terrible conjuro de vejez que el ángel Lucefiel había ejecutado en ella, pero no las tocó todavía.
La manzana había contenido un fragmento de la carne de Cristo, la sagrada hostia, la Eucaristía.
La reina bruja cogió su Biblia y la abrió al azar.
Y atemorizada, leyó la palabra Resurgat.
El aspecto del ataúd era vitreo, de un vidrio lechoso. Había tomado esa forma después que un humo tenue y blanco hubiera brotado de la piel de Bianca. La muchacha despidió humo igual que una hoguera sobre la que cae una gota de agua extinguidora. El trozo de pan eucarístico se había atravesado en su garganta. La Eucaristía, agua extinguidora para su hoguera, hizo que Bianca humeara.
Después llegó el frío rocío del anochecer y el viento aún más gélido de la medianoche. El humo de Bianca se congeló en torno a su cuerpo. La escarcha se formó rodeando todo el bloque de hielo nebuloso que contenía a Bianca, en un exquisito trabajo de ornamentación en plata.
El corazón frígido de Bianca no podía calentar el hielo, como tampoco podía hacerlo la oscura luminosidad verdosa de un día sin sol.
Podía verse a la muchacha, tumbada dentro del ataúd, a través del vidrio. ¡Qué hermosa estaba Bianca! Negro de ébano, blanco de nieve, rojo de sangre.
Los árboles pendían sobre el ataúd. Pasaron los años. Los árboles tendieron sus ramas en torno al féretro, abrigándolo con sus brazos. De sus ojos brotaron lágrimas de hongos y resina. Verdes gotas de ámbar se solidificaron sobre el ataúd de vidrio como si fueran joyas.
—¿Qué es eso que yace bajo los árboles? —preguntó el príncipe cuando su cabalgadura le llevó hasta e! claro.
Una luna dorada parecía acompañarle, brillando en torno a su áurea cabeza, en la armadura de oro y en la capa de blanco satén decorada en oro, sangre, tinta y zafiro. El caballo albo pisoteó las descoloridas flores, mas éstas volvieron a erguirse una vez las pezuñas acabaron de pasar. Del fuste de la silla pendía un escudo, un escudo muy extraño. En un lado tenía la cabeza de un león, en el otro la de un cordero.
Los árboles crujieron y sus cabezas se abrieron para formar enormes bocas.
—¿Es éste el féretro de Bianca? —inquirió el príncipe.
—Déjala con nosotros —contestaron los siete árboles.
Tiraron de sus raíces. La tierra tembló. El ataúd de hielo vitreo sufrió una gran sacudida y se partió en dos mitades.
Bianca tosió.
La sacudida había arrojado de su boca el fragmento de hostia.
El féretro estalló en un millar de trozos y Bianca se sentó. Miró al príncipe y sonrió.
—Bien venido, amado mío —dijo.
Se puso en pie, sacudió sus cabellos y empezó a caminar hacia el príncipe y su caballo blanco.
Pero Bianca pareció entrar en una sombra, en una sala púrpura. Luego en otra habitación carmesí cuyas emanaciones la alancearon como cuchillos. Después entró en una sala amarilla en la que oyó un sonido de lloros que desgarró sus oídos. Bianca se sintió desnuda, sin cuerpo. Era un corazón latiente. Los latidos de su corazón se convirtieron en dos alas. Bianca voló. Primero fue un cuervo, luego una lechuza. Voló hasta el centelleante vidrio de una ventana. El fulgor la tiño de blanco. Blanco de nieve. Era una paloma.
Se posó en el hombro del príncipe y ocultó su cabeza bajo un ala. Ya no tenía nada de color negro, nada de color rojo.
—Ahora empieza de nuevo, Bianca —dijo el príncipe.
La tomó de su hombro. En su muñeca había una señal que semejaba una estrella. En otro tiempo, un clavo había sido hincado allí.
Bianca se alejó hacia el techo del bosque. Llegó a una ventana de exquisito color vino. Estaba en el palacio. Tenía siete años de edad.
La reina bruja, su nueva madre, colgó un crucifijo de filigrana en torno a su cuello.
—Espejo —dijo la reina bruja—. ¿A quién ves?
—Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Veo a Bianca.

Leer una reseña sobre este relato

23/10/09

"NO TODO MI SER MORIRÁ", DE MARÍA GUERA Y ARTURO MENGOTTI

(ESTE RELATO FUE PUBLICADO EN LA REVISTA NUEVA DIMENSIÓN, nº extra 5, enero 1971, p. 91-114, publicación de la cual lo hemos transcrito)

© Relato publicado con permiso de Alexandra Mengotti, hija de Atturo Mengotti y nieta de María Guera. La finalidad de esta publicación es únicamente divulgativa.

Podéis encontrar más información sobre estos antores en: El misterio de María Guera y Arturo Mengotti.



 
Había cesado de nevar, y un repentino viraje de la rosa de los vientos alejaba las nubes. En el cielo sin luna titilaban las estrellas, como lamparillas que intentasen sobrevivir contra el vendaval.

Muchas horas habían transcurrido desde que la campana del monasterio llamó para las últimas oraciones del atardecer, y la única luz que irradiaba sobre aquella tierra inhóspita eran los dos cirios que velaban en el altar, hasta que a la medianoche fuese anunciada la buena nueva.

Por eso, si alguien hubiese observado en el silencio, habría admitido en su alma ingenua, dispuesta a abrirse al milagro, que la oscura calma fuese desgarrada por aquella esfera de fuego. Era la Noche y Dios renacía eternamente.

La gigantesca máquina de metal incandescente había concluido su camino. Después de años y más años de un vacío sin fin, repleto de soles flameantes, se hundió en el légamo del marjal y un humo se alzó silbando, hálito ponzoñoso. El pantano se iluminó de fuego verde, en el que estallaban fosforescentes burbujas.

La nave se apagó en plata oscura y comenzó a hundirse con un balanceo lento y glotón. Dentro se oía un ruido de lucha, sin voces. De pronto, saltó una escotilla y dos manos engarfiadas se aferraron al borde en un forcejeo desesperado por alzarse contra una atracción que debía intentar retenerle hacia el fondo, a una segura tumba. Una masa viscosa se deslizaba ya por la abertura, la sombra se desasió y consiguió mantenerse un momento en pie sobre la plataforma de metal abrasador para caer con un impulso ciego y calculado, cruzar la ciénaga de un salto y tantear un asidero en los matojos.

El pantano acabó de succionar lo que fue una estrella errante, con un último eructo de bestia ahíta agazapada en la oscuridad.

Él se quedó en pie a la orilla del cenagal, tratando de orientarse en las tinieblas desconocidas.

El páramo se extendía como si fuese el hostil fin de aquel mundo. Manchas aún más oscuras que la noche señalaban las engañadoras turberas, que ahora sabía ocultaban un devorador peligro. Al fondo del horizonte, el eco del viento le envió una imagen. Era un círculo de negras piedras y su simetría indicaba un propósito. Aún irradiaban, envueltas en las ráfagas, oleadas de calor de astros almacenado y de materia viviente. Olor a sangre seca.

Del vientre de la tierra yerma se alzó un ulular hambriento. Una horda de seres grises, de pelaje hirsuto, pasó corriendo a su lado, en persecución de otro que saltaba derecho hacia la muerte segura, bajo la vegetación podrida. La nieve empezó a aguijonearle la piel desnuda, rodeándole como un enjambre de avispas blancas. Era un mundo salvaje y extraño.

Ignoraba las emociones, no había sido preparado para ellas, eran un aditamento innecesario, un lujo de su mundo, pero ansiaba la supervivencia. Volvió sus ojos, incapaces de distinguir los colores, hacia la fuente de calor que captaba con más fuerza en la dirección Sur. Allí brillaba un haz de luces y de su centro se encumbró el canto de un animal triunfante de las tinieblas, acompañado por una melodía metálica y rítmica, que más tarde sabría era la voz de las campanas. Comenzaba la medianoche mágica del año terrestre y caminó corriendo hacia ella.

Ya hacía mucho tiempo que los siervos del monasterio aguardaban, con la paciencia infinita de la miseria, el comienzo de la ceremonia; todavía no se habían encendido las velas del altar, y una luz íntima y misteriosa envolvía la capilla en neblina verdosa, dando la impresión de hallarse en el fondo del mar, acentuada por el dibujo triangular de los arcos que sugería las fauces de un monstruoso leviatán, dentro de cuyas entrañas esperaban el renacimiento a una vida mejor, en la noche cargada de misterio.

Las mujeres y sobre todo las muchachas llevaban las galas de fiesta que contrastaban con el pardo o gris uniforme de los hombres. El rosa se combinaba con el morado y el verde con el azul, por supuesto predominaba el rojo como ideal de color más bello, el amarillo se oponía al anaranjado y de las mangas pendían campanillas de cobre y en algunos más ricos hasta de plata, que tintineaban destellos. Llevaban ofrendas, panes recién sacados del horno, aves y corderos, cestillos con frutas secas, castañas, bellotas y avellanas recogidas en el bosque. Estaban sentados en el suelo o en las losas sepulcrales y un grupo de aldeanos jugaba una partida de cartas utilizando como mesa una de ellas. Había parejas que se unían tras las columnas; el espíritu medieval se encontraba a gusto entre el polvo y los gusanos, en su sensibilidad embotada.

El altar estaba adornado de muérdago y acebo, paganas ramas que rodeaban a las toscas imágenes, sólo cristianas en apariencia. Su realidad estaba en un sentimiento multiforme de vida que se introducía en una forma cristiana como durante milenios anteriores en tantas otras, igual que las estrellas indiferentes iluminan en su recorrido las casas de los hombres. Era el fin de una civilización que se descomponía sin madurar, como una fruta podrida, la expresión en el arte de una marea mental que se retira, abandonando restos del naufragio, hacia un eterno retorno de reconstrucción sobre la muerte.

Al fin, el órgano derramó su armonía de canto de arcángeles y pájaros y la puerta se abrió al fondo para dar paso al Padre Brendan revestido con una capa pluvial refulgente de oro, sobre el pecho la paloma de Espíritu Santo destellante de piedras preciosas. El altar se iluminó en un florecer de rosas en llamas y el humo del incienso ascendió hacia las sombras abovedadas.

El rostro ascético, semejante a una máscara de cera pegada a los huesos, se volvió hacia el pueblo en pie y su voz retumbó en el súbito silencio.

–Asombraos, Dios nace esta noche para que su sangre sea fuente de vida eterna, aunque no seamos dignos.

El cántico se alzó, blanco y negro como los hábitos de los novicios y los monjes, y desde el coro la oración de sus voces subía gradualmente de tono para levantar el corazón de los hombres.

Llegó el momento en que el sacerdote dobló la rodilla ante el milagro de la transustanciación y calló la música. El susurro de seda de los copos en las vidrieras se transformó en un roce de plumas doradas, en un mensaje de calma y libertad, de tregua en la lucha, que se derramaba más allá de la noche y del páramo.

Y entonces el pórtico se abrió de par en par y entró aquello, arrastrando tras él el viento nocturno, que barrió las luces con un torbellino de nieve. El mundo de fuera volvió a ser una cruel mordedura en la carne, una niebla helada y oscura, no relacionada al calor y la luz sino a la desesperanza y a lo desconocido. Entró un frío que erizaba los cabellos y estremecía la médula.

Era alto y delgado, su cuerpo se erguía muy por encima de las cabezas de los campesinos acostumbrados a doblar el espinazo sobre los terrones de los surcos. Estaba desnudo, pero revestido de légamo, cieno y sangre coagulada. Titubeando en su carrera, corrió hacia el altar, fascinado por el centelleo del oro y el calor de las luces, y al pie de los escalones cayó de bruces, los brazos abiertos en cruz y la boca contra el mármol.

Las mujeres gritaron y hubo un movimiento de huida en el rebaño. En sus mentes supersticiosas se agitaban confusas formas, ondinas, espíritus de las aguas, ciudades hundidas en el pantano; leyendas y fantasías ingenuas escuchadas a los titiriteros y a los frailes errantes, a cambio de una moneda de cobre o un vaso de cerveza agria y un trozo de pan negro.

El abad Brendan se volvió hacia el pueblo, y sus fanáticos ojos negros eran dos brasas.
–¿Qué podéis temer en esta noche, hombres de poca fe? Tenéis el alma seca a la caridad. Dios ha abierto la puerta para que acojamos a este miserable entre nosotros. Cerradla ahora y recordad que Cristo sufrió por todos los hombres, no sólo por vosotros.

Los cánticos volvieron a alzarse con un rumor de oleaje y se encendieron los cirios apagados por el viento. Terminó el sacrificio y los siervos se fueron aproximando, temblorosos, a depositar sus ofrendas en las gradas del altar, en torno a aquel cuerpo caído, que hedía a ciénaga bajo las nubes de incienso. El Padre Brendan se despojó de la cruz que centelleaba sobre su pecho con un fuego de oro y rubíes y todos se fueron arrodillando por turno, con un orden de respeto, para besarla. Por último se acercó a aquel pobre ser desnudo que tiritaba sobre las losas y se la presentó. Se incorporó y sacudió de su rostro los cabellos cubiertos por un caparazón de nieve helada para mirarla, después tendió sus manos ávidas hacia ella, sus dedos la recorrieron, acariciándola, amparándola en el hueco de las palmas como si le desentumeciesen las ascuas escarlata de las gemas. La apretó contra su corazón con un gesto posesivo y una sonrisa iluminó la cara ascética del monje, que pasó la cadena de oro a través de la cabeza del extraño. Inmediatamente dejó de tiritar y estremecerse, como si la sangre se descongelase en sus venas, al contacto del oro con su piel.

Cuando la iglesia quedó vacía, los monjes recogieron aquel cuerpo que necesitaba la salvación, porque tal vez, seguramente, encerraba un alma inmortal que errase perdida en las sombras, lejos del encierro del cuerpo, ajena a ese momento de espera, como la semilla que aguarda a germinar en la tierra, roto el encierro de la cáscara.

Le lavaron las heridas con aceite y vino caliente, hasta que consiguieron bruñir la piel con un color de marfil patinado. Le limpiaron de barro los largos cabellos, que a la luz de la mecha del candil lucían insólitos reflejos de un matiz violeta. Los ojos, muy abiertos e inexpresivos, tenían unas pupilas enormes, semejantes a las de las fieras que ven en la oscuridad, y el iris gris estaba moteado de partículas doradas, como las que el hermano Kinadus pegaba con meticulosidad en la inicial del nombre de Dios.

No poseían más ropas que sus deteriorados hábitos y se vieron obligados a vestirle con uno raído y lleno de torpes remiendos. Rechazó con repugnancia el vino y la carne fiambre, pero devoró con avidez animal una escudilla de legumbres secas cocidas con nabos, casi hirviendo. Les extrañaba su silencio.

Le guiaron hacia el dormitorio común, y se dejó acostar en una de las duras yacijas.
No protestó cuando el abad la roció con un hisopo, para ahuyentar a los demonios que acechaban un momento de debilidad en la carne, durante el descanso, y a los espectros de la noche, pero tuvo un momento de sobresalto cuando las luces se extinguieron, y su mirada quedó clavada en la lamparilla roja que ardía bajo la tosca imagen de la Virgen.

Los monjes también se tendieron sobre las tablas que les servían de lecho, sin despojarse de lo que a aquel ser le parecían pieles artificiales que cubrían el desnudo de sus cuerpos. Quedaron inmóviles. No comprendía el sueño, nunca dormía, para él esa necesidad fue suprimida al elaborar la maqueta de su mente. ¿Muertos? La muerte sí la comprendía, era un estado instantáneo en el que se borraban el pasado y el porvenir, sustituible por otro engranaje, para que el orden y el ritmo no se alterasen. Algunos monjes comenzaron a removerse inquietos y de sus labios se escapaban sonidos confusos.

Algo le faltaba, el continuo golpeteo de las gotas sobre el techo de su celdilla metálica, aislada entre el laberinto de túneles y celdas de la colonia, y en la inmensa bóveda transparente que les protegía de la eterna lluvia los nubarrones grises y la sacudida de las descargas eléctricas. El zumbido de las máquinas a las que servía, condicionado para ser su vigilante sin descanso, con la misma meticulosidad para cumplir una función que los milenios de la Tierra ponen en construir el pico de un ave o los apéndices de un insecto. Siempre encerrado en un sistema clausurado.

No le habían despojado de la cruz, sus manos la acariciaban mecánicamente y sentía que una fuerza desconocida irradiaba de ella, estremeciendo sus complicadas conexiones nerviosas y a la que su cerebro no podía clasificar. Era la misma energía que había captado al cruzar corriendo junto al círculo de enormes piedras, en la llanura oscura, algo nuevo que debía estructurar, analizar y comprender, si estaba obligado a encajar en este mundo.

Mucho antes de que la luz del día acariciase las paredes encaladas, la campana dejó escapar sus sonidos lentos, graves y metálicos, que ahuyentaron las pesadillas nocturnas. Todos se levantaron, tras hacer aquel gesto incomprensible desde la frente hasta el pecho y de hombro a hombro, aquel gesto que debía obedecer a un sentido y estar cargado de significado pero con el que le resultaba imposible identificarse.

Sus dedos volvieron a palpar maquinalmente esa forma perfecta de equilibrio que reposaba sobre su pecho y la corriente del conocimiento le sacudió durante un instante.

La procesión negra y blanca se encaminó otra vez hacia la capilla, con un ajustado arrastrar de sandalias sobre los corredores enlosados de mármol, como un tablero de ajedrez. De trecho en trecho, la pálida luz de las antorchas materializaba la hilera de fantasmas encapuchados, que soñolientos y con el estómago aullante se encaminaban hacia el coro glacial, para ahuyentar con su canto al enemigo que está escondido al acecho de una grieta en la muralla.

Se unió a ellos; tanteando en aquella geometría de tinieblas, albura y penumbra brusca, hacia las radiaciones de calor que le guiaban hasta la iglesia, donde los candelabros iluminaban con violencia la piedra en la que fraternizaba el bosque rechazado por el cristianismo, secretamente ligado a las imágenes por un caos de hojas y animales entrelazados con ellas en uniones inquietantes y ambiguas. También allí estaba presente la energía desconocida, ajena a todas las energías conocidas de la materia. Gritos furiosos de la piedra en anónimas corrientes subterráneas del infinito. La selva druídica intentaba una brutal y paciente revancha sobre el martirio redentor del Hombre.

A una señal del abad Brendan, se corrieron para cederle un asiento en el banco del coro. Su mente fría se quedó arrebujada, a la espera, en blanco. Y de pronto surgió la maravilla del órgano y las voces, ordenadas en octavas, un número perfecto; en acordes e intervalos que se combinaban como una matemática transfigurada en armonía, para abrirle un universo nuevo en el que los números se traducían en ondas sonoras, despertando en él una reacción de asimilación iluminada en la que su cerebro se convertía en un receptor, que captaba y archivaba, esforzándose por analizar el mensaje de los sonidos. Era un éxtasis de ecuaciones sublimadas. Y ante él cedían y se borraban datos almacenados en zonas silenciosas, inundándole de una sensación desconocida, al despertar con las cifras armónicas empalmes complicados y sutiles. Un álgebra que era un torbellino ordenado, superior, que venía a colmar un cero, una incógnita.

Después volvió el silencio y la realidad de su mundo sin matices, recortado en dura luz y sombra, ciego al calor, que sus diseñadores consideraron superfluo, con su extraña visión que tan solo reaccionaba al calor de los rayos infrarrojos, porque podían ser un índice de fatiga en las máquinas para las que fue organizado su porvenir de esclavo.

Tuvieron que sacudirle para que les siguiese hasta el refectorio. Vació su cuenco lleno de avena molida y leche como un autómata, sumergido aún en el eco.

Ignoraba que a su alrededor se había roto por su culpa el voto de silencio y los monjes discutían el camino hacia el que debían orientar su destino. Aquel amanecer no se leyó ninguna leyenda de santidad.

El hermano Finian fue el primero en protestar:
–Padre Brendan, ¿no será un enviado del demonio?
–El no ha rechazado la cruz –respondió el abad sonriendo–. Y vino a nosotros desnudo, solitario, acuciado por el frío y el hambre, perseguido por los lobos, en la Noche en que nació el Redentor. Es un enviado.

–También el Anticristo será un enviado –murmuró un novicio, y al cruzar su mirada con la severa del abad enrojeció por su atrevimiento.
–Es un pobre de espíritu. Si practicáis la ley, estáis obligados a la piedad.

–Yo más bien creo que es un gitano, uno de esa raza maldita que ha comenzado a extenderse como una plaga –terció el anciano hermano Columban–. Y tal vez lo que le atraiga en la cruz sea tan solo el oro y los rubíes, desaparecerá con ella en cuanto no le vigilemos.
–Y si así fuera –replicó el abad–, también sería suya. Yo ya se la he cedido, para que la adore o la venda.

–Pero ¿qué haremos con él? ¿En qué tarea podremos utilizarle?
–Por ahora es necesario mantenerle constantemente ocupado, así el demonio no podrá ocuparse de él. Puede ayudar a moler el grano, a limpiar los suelos, acaso sea capaz de guardar el ganado o cultivar el huerto.

–¿Será sordomudo? Aún no le hemos oído algo semejante a una palabra, ningún sonido ha salido de sus labios, ni siquiera una queja de dolor cuando curamos sus heridas.
–Estoy seguro de que oye. Yo he visto que temblaba igual que un poseído cuando hemos entonado el himno «Salve, cabeza ensangrentada, de espinas circundada».
–Hermano Patricio, parece que prestabais más atención al extranjero que a la oración; puede que unos disciplinazos os ayuden a no olvidar, en las apariencias de la carne, la atención que debe ser dirigida hacia Dios. Pero veamos primero porqué no habla, si es por ignorancia de nuestro idioma, ya que podemos dar por descontada su ignorancia del latín, o es por una anormalidad de su cuerpo.

Por señas, el Padre Brendan le indicó que abriese la boca; el extraño le miró sin comprender, con sus grandes ojos vacíos de espíritu.

Entonces se levantó un hermano y, después de persignarse por temor al demonio que podía escaparse al encontrar una salida para la conquista de un alma mejor, le empujó con rudeza la mandíbula hacia abajo. Se dejó hacer, pasivo, sin resistencia, y un grito de espanto hizo acudir a todos.

–¡Oh, Señor! –exclamó el abad– No tiene lengua. ¿Qué puede significar este horror?

Surgida de una abominable visión infernal, la fantasía de los monjes vio brotar, en la luz cenicienta del amanecer, la sombra del verdugo, con su capuchón rojo ocultando el rostro anónimo a la vergüenza y unas tenazas oscuras y ardientes en la mano.

–Tan solo la blasfemia o el perjurio merecen ese castigo –comentó el abad– Pero a este hombre no le han arrancado la lengua, no hay señal de cicatriz, nació sin ella.
–Entonces, la justicia de Dios castigó en él los pecados de sus padres.
–No confundáis la justicia con la Gracia –respondió el Padre Brendan–. Una privación puede ser un don divino.

Mientras, el extraño les miraba, como si sus pupilas no los viesen, vueltas hacia una abstracción interior, sin impaciencia ni espera. Un rostro perfectamente sereno, ignorante del dolor, de la angustia y de la muerte. El abad pensó que aquellos rasgos tenían la pureza inhumana de un arcángel o la ausencia de emociones de un monstruo, creación del Mal. Podría ser el desarraigo extremo de la desesperación.

–Bien –cortó el Padre Brendan–. He sido demasiado tolerante: humillémonos en la oración, porque hoy hemos roto uno de los votos de la Regla. Después, aunque sea el día de Navidad, como penitencia, nos dedicaremos al trabajo. Hermanos: «Orare et laborare», que la serpiente siempre acecha.

Todos se arrodillaron e inclinaron sus frentes en el polvo, después rezaron, con un murmullo devoto, una plegaria de arrepentimiento por haber cedido a la tentación de la curiosidad. A un gesto del abad, se desperdigaron en busca de sus quehaceres, y el extraño se quedó tan solo como un perro sin dueño.

El abad quería darle la oportunidad de que la absoluta necesidad le empujase a llenar su vacío en la búsqueda de su auténtica patria espiritual, el reino celeste.

Se incorporó con lentitud y sus pasos guiaron automáticamente su cuerpo hacia la escalera que en espiral conducía al campanario. En los escalones latía un débil eco de calor que aumentaba al ascender. Y arriba el enorme mundo desconocido, la blancura deslumbradora de la nieve, bajo esa brasa esférica y roja que calentaba la sangre e ilusionaba los ojos, con su longitud de onda distinta que su mente registraba en un susurro leve de maquinaria a la que se suministra energía nueva.

A su alrededor brillaba el encaje de piedra, adornado de estalactitas de carámbanos, y sombras de niebla se alzaban en los pantanos. Sobre su cabeza flotaban seres que no sabía clasificar, lanzando gritos sin ritmo, no como la maravilla calculada en los sonidos de esos otros seres de abajo, semejantes a él en su estructura exterior. Inesperadamente golpeó la campana, la piedra toda pareció derrumbarse hacia la inmensidad, como el eterno aguacero que caía en catarata sobre la bóveda protectora de su mundo. El ruido le cegaba, abría espacios inmensos, y anheló la seguridad de su celda metálica. Todo el universo oscilaba y se hundía en una nada. Ansió límites, paredes, funciones mecánicas que cumplir, parpadeos intermitentes de control.

Descendió a la carrera, tambaleándose, borracho de sensaciones desconocidas, a buscar un refugio abajo.

En el remanso de paz del taller, los monjes, sentados en los pupitres de madera desnuda, inclinaban las tonsuradas cabezas y las lentas horas se deslizaban en completo silencio. Se entendían por señas y sólo se oía el rasgueo de las plumas de ganso sobre el pergamino, dibujando las palabras y dejando libre tan sólo el cuadrado donde iba a ser trazada la inicial de Dios, que un hermano pintaba con un fino pincel, mojando en una concha marina en la que finas hojas de oro, delgadas como papel, eran mezcladas con goma fresca yagua templada, minuciosamente, con cuidado de que las ricas partículas de metal no se introdujeran bajo las uñas al remover con los dedos. Otros añadían arabescos y flores de colores fantásticos, fruto de recetas heredadas. Un fuego de troncos en la chimenea enviaba ráfagas de ardiente escarlata
.
El extraño tomó entre sus manos un manuscrito. Sus dedos vibraron, antenas receptoras dotadas de sentidos desconocidos para la humanidad, y los nervios transmitieron al cerebro, en conexiones instantáneas, más rápidas que el razonamiento lógico, combinaciones, leyes y similitudes.

Las formas estilizadas retrocedieron desde la esquematización a los primeros signos figurativos y los recrearon en su progresiva abstracción, tendiendo puentes entre el ritmo de esas abstracciones y la imagen, con una fuerza disciplinada, una corriente de fuera a adentro y una respuesta de dentro a afuera. La máquina de su cerebro traducía no las palabras, sino el pensamiento, los conceptos ocultos en los signos; había estado esperando a ponerse en marcha, para registrar, con velocidad electrónica y con memoria indeleble en zonas libres, neuronas vacías, próximas a otras células nerviosas ya ahítas de ecuaciones y cálculos perfectos. Fue un momento de iluminación, que le aproximó a sus nuevos hermanos humanos. Su lógica emparentaba con la intuición del misticismo.

Y al mismo tiempo sus dedos descubrían los colores y el monótono mundo negro, gris y blanco, se llenaba con el maravilloso resplandor del espectro solar; también era capaz de leer la suma de los elementos, en su gama ascendente y descendente, y los matices se transformaban en sonidos. El texto íntegro le hablaba con la voz de los hombres y cantaba con la armonía que iba desde más allá del violeta hasta más abajo del rojo.

El hermano Germanus, que le había estado observando, atrincherado contra las corrientes de aire por barricadas de legajos, debió percibir en él algo tan insólito que, olvidando el precepto– de silencio y el reciente castigo por haberlo quebrantado, corrió gritando hacia la celda del Padre Brendan, único que tenía el privilegio de una vida privada, sin eterna vigilancia y sin testigos. A veces se acusaba a sí mismo de soberbia por el placer que respiraba en el aislamiento.

Apremiado por las explicaciones confusas que no comprendía y temiendo una catástrofe, el abad cruzó con paso inquieto y precipitado los corredores. Él, que nunca perdía la calma, obligado a ser un ejemplo constante de dignidad serena.

Una mirada al rostro del desconocido le bastó. Algo parecía haberse resquebrajado en su cara, como si a través de una máscara inexpresiva brillase la luz titubeante de una bujía.
–La luz de Cristo –exclamó, alzando las manos hacia el cielo– disipa las tinieblas del corazón y la mente.
El extraño escuchó, con sus metálicos ojos fijos, escrutadores, en los del abad, y su dedo índice, como la aguja de un imán, recorrió la página y señaló la línea en donde estaban las palabras pronunciadas, después las fue indicando una a una. Los signos y las voces de los hombres obedecían a un orden, y la máquina matemática de su cerebro solucionaba automáticamente el problema.

Algunas voces gritaron ¡Milagro!, pero una mirada imperiosa del Padre Brendan las cortó en seco.

Aunque ya había registrado y archivado muchas palabras, más tarde trataría de interpretar y desentrañar el significado de esa palabra: milagro, que parecía producir un desasosiego en el jefe del grupo. Aquel mundo rebosaba de conocimientos nuevos, encerrados unos dentro de otros, para que él los fuese sacando de su prisión, los transformase en útiles y los adaptase como aptos... Milagro; ¿qué significaría?

A partir de ese día, cada momento fue más fácil. Sus manos estaban dotadas de una inteligencia propia, parecían trabajar autonomizadas del cerebro frío, que se despertaba al calor de las ideas. Había sido proyectado como un campo de fuerzas que, liberadas ahora, poseían una extralucidez preñada de posibilidades.

Rápidamente, aprendió a copiar los signos escritos. Los monjes le proporcionaban tablillas enceradas en las que podía grabar preguntas. El pergamino era demasiado valioso y no podía ser utilizado más que para los himnos y las palabras sagradas.

Y sus hábiles dedos sabían trabajar el duro marfil para hacer maravillosas tapas a los misales. Combinaba sobre él incrustaciones de piedras preciosas, en estructuras de colores y formas, buscando a través de las líneas geométricas la posesión de la Tierra y de sus dioses. El oro y el centelleo de las facetas podían ser esquemas que le sirviesen de base, pero seguían siendo signos, no conseguía expresiones. Copiaba los ojos hipnotizados de las figuras bizantinas, erguidas en su fondo brillante, que no era una verdadera superficie ni una auténtica profundidad, no eran el enunciado de una idea, les faltaba el dominio coherente de las equivalencias. Sus manos buscaban incansablemente el espíritu, con sus instintos a un tiempo ciegos y clarividentes, que trataban de analizar y clasificar la creación ilógica.

Preguntaba a los hermanos, unas veces en un lenguaje de gestos convenidos, otras en cortas frases escritas, pero las respuestas no le colmaban. Admiraban su habilidad, también había conseguido con facilidad leer la música y sus dedos recorrían los registros del órgano sin titubeos, encontrando siempre la nota exacta, aunque en su medida había una cualidad inhumana y una búsqueda que no comprendían. Todo le era fácil, tal vez si hubiese encontrado una imposibilidad conseguiría abrir esa puerta de ausencia. Intuía que tenía que individualizar la máquina de su mente y nadie sabía ayudarle, ninguno comprendía, tan solo era admitido por su miseria y su inocencia.

En el refectorio, saturado de olor a humedad, a incienso y a vahos de cuaresma, reinaba tal silencio que hasta se oía el zumbido de las moscas refugiadas del invierno contra los vidrios amarillentos. El padre superior le observaba, aislado en su mesa, flanqueada a los lados por las mesas estrechas de los frailes. Era una sombra recortada contra la pared enjalbegada, bajo un icono bizantino que representaba al Precursor, San Juan Bautista.

Decidió visitarle en su celda; era el jefe, podía tener una solución a la incógnita.
–¿Quién es? –preguntó el abad con tono sereno.
Volvió a llamar, no podía contestar de otro modo.

El padre Brendan intuyó quién esperaba fuera, sabía que un día acudiría.
–Pasa, hermano –en su voz había ahora calor.

Un pálido rayo del sol de febrero se deslizaba entre los barrotes, y sobre la mesa se amontonaban gruesos volúmenes encuadernados en vitela gastada, hojeados miles de veces. Sobre ellos, una calavera hacía oficio de pisapapeles y recordatorio.

El extraño la miró con asombro, reconociéndola. Era esa estructura interna cuya composición química sabía y de un valor aprovechable ínfimo.

El abad siguió su mirada, pero antes tenía preparada otra pregunta.
–¿Cuál es tu nombre? Necesitamos nombrarte.
Contestó con sus trazos casi instantáneos.
–En el mundo del que vengo no tenemos nombres.

El padre Brendan leyó y le miró después con tal sonrisa que se sintió aligerado y con el corazón más caliente.
–Perdóname, aquí no preguntamos a nadie de dónde viene, pero creo que sí te debo hacer una pregunta. ¿Cuál es tu religión?

El otro sacudió la cabeza: ¿qué podía responder? Números, más números y búsqueda.
–Ya veo, sin una religión pero con una fe. Sacrificas a Dios sin conocerle –reflexionó un momento–. Tendrás un nombre.
Acudiste a nosotros en la noche del nacimiento del Señor: te llamaremos Noel, y recibirás el agua de la vida eterna.

La mirada gris y dorada se clavó radiante en el abad, con la misma expresión de inocencia asombrada que la de un niño que recibe un regalo sin merecerlo. Después, sus ojos se volvieron otra vez hacia la calavera.

–¿No temes a la muerte?
Repitió el gesto de negar con la cabeza que había aprendido de los hombres.

–No la temes porque la ignoras; su conocimiento es necesario para recibir la eternidad. Desde mañana empezarás a cavar tu tumba, como hacen todos los hermanos.

Es posible que así llegue también a tu alma el saber a través de tus manos. Y ahora vete con Dios, hermano Noel, puedes volver cuando lo desees.

Noel estaba acostumbrado a obedecer. Inmediatamente, con la sumisión de un mecanismo perfecto, se encaminó hacia el cementerio de los monjes, que se extendía detrás del huerto de la abadía, defendido del viento del páramo por una tapia descuidada y en el que no había ni lápidas ni nombres, solo la eterna cruz sobre los montículos de tierra indicaba el lugar bajo el que dormían el sueño de la muerte hermanos anónimos. Los sepulcros de la iglesia eran un lujo destinado a los bienhechores del monasterio.

Allí, como única concesión a la fantasía, en un horror de belleza, estaba representada la Muerte, pintada en el hueco de una hornacina; un esqueleto con alas de murciélago y corona de emperador que se precipitaba en un galope, armado de una flecha y un arco.

Indiferente a la representación, acarició los matices de la pintura; rosa, malva, un fondo de posos de vino, con manchas anaranjadas y de un ceniciento azul; la materia en descomposición daba una calidad preciosa y efímera a los vulgares colores empleados. Sus dedos analizaron la composición química, pero había algo más, inaprensible en fórmulas. Abajo, en el hueco de la abierta capillita, se amontonaban sin orden más estructuras interiores de cuerpos: huesos, esa era la palabra. Los pisó, indiferente a su chasquido muerto de protesta. Debajo encontró una pala y buscó un hueco libre entre los matorrales donde comenzar a cavar. Otra costumbre incomprensible de los hombres.

En su mente resonaba un zumbido de grabaciones recién adquiridas, un ritmo subterráneo. Se había encendido una nueva señal, tal vez la de la revelación del espíritu. Tenía un nombre y lo repetía sin fatiga: Yo, Noel. Yo, Noel. Ya no había sido arrojado a este mundo, estaba ligado a él por la fuerza del nombre. Había recibido el inapreciable regalo de un nuevo nacimiento individual.

Hundió la pala en la tierra endurecida por la escarcha, que cedió rajándose como un espejo. Debajo el suelo rezumaba humedad, que olía a podredumbre, y los terrones se iban amontonando al borde mientras él se hundía en el agujero.

Y, de pronto, aquello surgió a la luz del sol; se arrodilló y, cuidadosamente, lo acabó de descubrir con las manos. Minúsculas galerías que se extendían en laberintos ordenados, y celdillas donde las larvas esperaban a ser condicionadas mediante la privación o la dosificación del alimento. Formas de vida distintas para ser transformadas en útiles que sirvieran a la comunidad: guerreros, siervos, seres asexuados, machos bien alimentados. Sus dedos ágiles y sensibles sacaban al sol ese mundo enterrado.

Al fondo, en el centro, estaba la madre, procreadora indiferente de la vida, máquina sin descanso. El calor hacía salir de su letargo a los insectos, y sus antenas se agitaban para comunicarse y organizar el retorno a la labor.
Todo tan igual, tan equivalente a su propio mundo.

Se tapó el rostro con las manos, manchadas de barro. Dentro de él se extinguía el alegre zumbido: Yo, Noel. Yo, Noel. El nombre adquirido había perdido su valor de intermediario. Hincado en el fondo de la fosa, se dejaba invadir, pasivo, por el recuerdo.
Un ruido de pasos le volvió a la realidad.

Al borde de la sepultura recién cavada, el Padre Brendan le miraba con una expresión de infinita compasión y ternura. Él le devolvió la mirada, y en sus ojos había lágrimas.

–Creo que ha sido una buena lección, hermano Noel –y al mismo tiempo le tendió las manos para ayudarle a salir de la fosa, indiferente al cieno y los gusanos adheridos a las del otro–. Hoy has recibido la bendición del llanto, la distancia que te separa de nosotros es ya muy corta. Has descubierto el sufrimiento y ya eres libre de tu destino. Ahora te ayudaremos a encontrar a Dios, que espera dentro de ti. A través de la enfermedad, del trabajo agotador, la necesidad, la tortura, el terror y la renunciación. Todo eso es su amor creador. Así le crearás en ti y él te creará para la eternidad.

Un repique de campanas y el canto de los frailes les llamaron hacia la capilla, encendida como una gigantesca flor de magia que se abriera al calor de los cirios.
Afuera dejaron una amenaza de borrasca.

El pantano helado semejaba una placa de metal gris, recubierto de óxido verde, y el cielo, cada instante más bajo, amenazaba aplastar la tierra.

Durante toda la noche el viento rugió, aulló y estalló en burlonas carcajadas, como si el mismo Satanás, sentado en la torre del campanario, se burlase de los hombres y se filtrase en sus almas con un soplo helado de nada, de anulación. La nieve rondaba en torbellinos lentos, como blancas bestias fatigadas, en lucha con la gravedad. Y, a lo lejos, el mar bramaba contra los cantiles. Del bosque venía un lamento de dolor pagano.

A la mañana siguiente, la tormenta se había tragado los caminos, pero en el aire en calma solo flotaba un polvillo plateado.

Los campesinos comenzaron a acudir, en bandadas, para pedir comida y ayuda para los enfermos, y trajeron en cambio noticias.

Se habían visto fuegos encendidos entre los escollos, falsas señales para los barcos que buscaban refugio, cegados en la tempestad. Aquel día hubo mucho trabajo en el monasterio, repartiendo grano de los almacenes, hierbas medicinales que ellos mismos cultivaban en el huerto, cerca del cementerio, frascos del famoso elixir cuyo secreto solo poseían los monjes. Todos se sentían agotados, habían permanecido durante la noche anterior en oración, en la capilla glacial, por los viajeros extraviados en las tinieblas y los náufragos que luchaban con las olas. Las pobres almas que abandonaban el cuerpo, sin esperanza y sin consuelo, y ahora había que atender la miseria de los vivos sin descanso. Pero el Padre Brendan dispuso que al otro día, después de la misa del alba, irían a la playa para enterrar a los muertos.

Noel permaneció leyendo durante toda la noche, para él no existía el sacramento del sueño y aprovechaba su tiempo, como si un oscuro cálculo le hubiese dado la medida de lo efímero que le aguardaba.

Sus dedos ateridos hacían renacer los escritos borrados en los palimsestos y se calentaban al rescoldo dorado de los fondos bizantinos. Lo que no comprendía, su memoria infalible lo archivaba, palabra tras palabra, en espera de la iluminación. Bajo las leyendas de los santos, desentrañaba teoremas y leyes de geometría de antiguos escritos griegos que se combinaban en su mente, tanteando analogías: la necesidad incomprensible del milagro y la necesidad lógica de las matemáticas.

Cuando se oyó el clarín matinal del gallo, la campana de la abadía respondió con un tañido triste.

Los lobos merodeaban cerca de las puertas del monasterio. Había pájaros muertos, cristalizados por la escarcha.

Los monjes emprendieron el camino hacia el mar, hundiendo en la nieve los pies descalzos dentro de las sandalias. Llevaban palas y linternas encendidas. Noel apretaba la suya contra su corazón helado.

Cuando llegaron a la orilla, los blancos escollos hacían que el agua destacase aún más negra, hirviendo en remolinos de pez derretida. Vieron una sombra aún más oscura que las olas, agachada entre los guijarros, ocupada en rebuscar el botín vomitado por la galerna a la costa. Estaba tan abstraído recontando su tesoro de tablones y telas empapadas, barriles desfondados y objetos sin nombre siquiera, que no advirtió la procesión que se aproximaba, zigzagueando a través de los escollos. Había dado con un cofrecillo del que se escapaba un delicioso tintineo de monedas e intentaba forzar la cerradura con un cuchillo para contar su nueva riqueza. Por su imaginación desfilaban los jarros de vino y las mujeres que podría pagarse con su hallazgo. Se estremeció como una alimaña atrapada en un cepo cuando la mano del Padre Brendan cayó sobre su hombro y le despertó de su sueño.

–Deja de hurgar en la miseria y ayuda a rescatar los cuerpos de los que guiaste con una mentira de salvación hacia la muerte. Debería entregarte al verdugo, pero no quiero dar a tus compañeros, los borrachos y las rameras, el placer obsceno de presenciar el tormento de tu carne y ver como te descuartizan y te arrancan las entrañas hasta que solo seas una carroña irreconocible como hijo de Dios. Más sufrirás teniendo que hacer el bien y admitir dentro de ti la pureza de una obra de misericordia. Además –añadió con una amarga sonrisa, casi de burla–, no creas que por eso voy a dejar que tu cuerpo escape al castigo. Yo voy a elegir tu martirio.

El hombrecillo fingía llorar, pero lágrimas verdaderas se helaron en los surcos de su cara cuando el prior le arrancó el cofre de las manos y dijo:
–El dinero de los muertos pertenece a Dios y lo heredarán los pobres.

Comenzaron la horrible búsqueda entre las rocas del acantilado. Noel encontró un remanso de agua helada bajo el que, como en una urna de cristal de un verde turbio, dormía una madre abrazada a su hijo. Tenía el pecho descubierto y la criatura aferraba a él sus manitas; los largos cabellos rubios, entrelazados de algas, ondeaban en torno al niño en un intento de protección y calor, aún después de la muerte. Un terror desconocido le brotó como una música, al mismo tiempo estridente y lejana, y en su alma saltó una barrera por la que se deslizaba el amor a través de la muerte, inundándola para siempre.

Cuando dieron fin a su tarea, el abad rezó frente al mar sin límites. Después escogió la viga más pesada y ordenó al hombre que se la cargase a la espalda. Muchas veces tropezó y resbaló, y en la nieve helada se marcaba un surco de sangre y también en la madera corrían serpientes rojas que se cuajaban al viento. Pero el abad no permitió a ningún monje que le ayudase en su carga o le levantase en su caída. En la misma puerta del monasterio le despachó con un gesto y una sola frase:
–Puedes volver cuando ya no seas un cobarde –y, volviéndose a Noel, le ordenó–: Ya tienes tu trabajo, transforma este madero en Dios clavado en la cruz.

Esa misma noche comenzó la obra. Sus manos liberaban la forma, guiadas por un nuevo sentido de orientación de su espíritu recién nacido. Y un mediodía la dejó concluida, en pie bajo un rayo de sol, para que la comunidad entera acudiese a contemplarla.

El inmenso crucifijo no era el Verbo, era la balbuceante réplica de una agonía de testimonio para despertar a los hombres.

El Padre Brendan la bendijo, inclinándose ante él. Después sugirió a los hermanos que murmuraban críticas:

–¿No creéis que es digno de una nueva capilla? Vosotros tallaréis la piedra para ayudar a la obra. –Y, con una mirada severa que abarcó a todos, añadió–: Recordad, todo lo que es sagrado es hermoso.

Un atardecer de marzo, a la luz blanca y mortecina, el hermano aposentador vio llegar a unos viajeros y corrió a su encuentro. Descabalgaron junto a la nueva capilla en construcción y ataron sus caballos en la base de los andamios. El monje los miró asombrado, sin atinar con palabras de saludo; no les seguía un séquito, pero parecían tan insólitos y magníficos como si fuesen embajadores del mismo Preste Juan.

El que montaba un caballo negro era de una estatura tan elevada como no había visto en ningún hombre, y sus movimientos tenían la gracia segura de un arcángel. Una amplia capa negra le caía en pliegues hasta los pies y las súbitas ráfagas de viento la alzaban en un revoloteo de alas, y entonces su color de sombra reflejaba todos los resplandores del ocaso. Su traje era de un metal centelleante como si le vistiese un millón de lunas, de un matiz a un tiempo ardiente y apagado como el cobre bruñido. La capucha ocultaba casi su rostro. Aunque después no supo definir el color de sus ojos, nunca olvidó su mirada.

El otro montaba un caballo blanco y vestía un alto abrigo de raso con bordados de oro y forrado de marta. Sus botas también tenían espuelas de oro y en la enguantada mano derecha sostenía un halcón de plumaje nevado, cubierto con una capucha áurea constelada de esmeraldas; de sus patas pendían cascabeles para poderle encontrar en la niebla de los pantanos.

El caballero blanco tenía arrugas de cansancio alrededor de los ojos azules, en los que había una mezcla de candidez y de insolencia, tristeza y audacia. En sus barbas, de un tono leonado, brillaba la plata mezclada, y se cubría con un complicado turbante que caía en pliegues sobre sus hombros, adornado por un joyel. Un lebrel negro le seguía. No parecían llevar armas, al menos espadas o lanzas.

–¿Podrías darnos albergue para esta noche, hermano? –preguntó–. Venimos de muy lejos y los caballos están agotados.
–Corro a avisar al padre Brendan. Él mismo saldrá a recibiros, es nuestro abad.

Mientras aguardaban, entraron en la capilla semiconstruida. El Cristo esperaba en pie contra el muro a que concluyesen su morada.
Thur se quedó contemplándolo abstraído, como si intentase descifrar un enigma.

Chrestien se déscubrió humildemente y dobló una rodilla, con la misma reverencia que haría a un rey, para saludar al carpintero desnudo que agonizaba.

–Sed bienvenido –dijo el abad a sus espaldas–, la casa de Dios es vuestra casa. Cenaréis conmigo si es que consideráis que merezco el honor de vuestra compañía.

Chrestien se inclinó cortésmente, pero no pudo disimular un gesto de inquietud que hizo reír al monje.
–¡Oh!, no temáis. Romperemos la regla para servicio vuestro. Ya he dado órdenes al cocinero, y el despensero preparará vino añejo y un buen fuego.

–Padre –intervino Thur–; si fuese posible, quisiera que sentaseis a la mesa al hombre que ha tallado esta imagen.
–Será para mí una alegría, aunque debo advertiros que es mudo. Posee un gran tesoro en su interior, a pesar de que en cierto modo sea pobre de espíritu. Pero –dijo, levantando la mano para imponer silencio– escuchad su música, él es el que toca el órgano, ha compuesto un himno a la Virgen.

Noel interpretaba el himno que surgió en él cuando vio a la mujer con el niño en brazos, bajo el cristal de hielo. Era algo íntimo, triste como una llamada lejana, que después se alzaba triunfante de dolor humano, para morir con una promesa jubilosa.

Chrestien dio unos pasos hacia la música, como un sonámbulo. Thur le sujetó por un brazo al tiempo que murmuraba a su oído:
–Aguarda, ten paciencia, que más tarde le conoceremos. Quiero comunicarme con él, y tú mientras tanto entretendrás al abad.

La mesa estaba preparada en la sala que en el monasterio se reservaba a los huéspedes de calidad. La habían colocado junto al fuego, pero sus lenguas rojas no conseguían vencer el olor a moho y humedad que se desprendía de los tapices con escenas bíblicas y que era más fuerte que el del incienso, aceite ardiente en las lámparas y cuero viejo de códice. Habían dispuesto cuatro asientos iguales, y sobre el blanco mantel lucían candelabros de plata y fuentes con empanadas de pescado, caza y frutas: manzanas, peras, nueces, conservadas en la despensa como golosinas prohibidas. Un frasco de cristal tallado semejaba, iluminado por el fuego, un corazón de rubí, repleto de sangre perfumada de uva, añeja por los años.

El abad esperó hasta que llegó Noel para bendecir la mesa. Se detuvo intimidado en la puerta, aquellos huéspedes irradiaban luz de sus vestiduras. Chrestien se había despojado de su abrigo y su jubón, de terciopelo violeta. Su daga con empuñadura de pedrería y la cadena de oro que pendía de su cuello derramaban un surtidor caliente de luz, que conseguía vencer al fulgor del traje del otro.

Su mirada se cruzó con la de Thur y, atónito, leyó la muda pregunta:
–¿De dónde vienes? Tú eres extraño a la Tierra.

Le explicó, ansioso de comunicarse con alguien que le comprendiese, en una simultánea y relampagueante sucesión de imágenes: su mundo cerrado y organizado en castas, su envío como máquina registradora hacia un mundo más apto a la vida, el mínimo error de cálculo que le hizo caer en la ciénaga a un paso de la piedra firme, su refugio en el monasterio. Y a su vez lanzó una avalancha de preguntas preparadas desde hacía tanto tiempo, sin encontrar nadie que supiese responder. Pero primero indagó:
–Y tú, ¿eres de este mundo?
–Fui de él y marché a las estrellas, aunque no en el pasado sino en el futuro; he retrocedido en el tiempo y he vuelto para unirme a mi amigo Chrestien. ¿Quieres volver a tu mundo? Puedo ayudarte.

Una expresión de terror apareció en los enormes ojos grises.

Chrestien cortó con su puñal la empanada y sirvió al abad, al mismo tiempo que preguntaba:
–¿Creéis, Padre, que es buena época para cazar el pato silvestre en los pantanos? Tengo un halcón maravilloso.

–Jamás volveré, te ruego que no les digas de dónde vengo, no quiero ser una máquina. Ahora soy un hombre. Pero dime, ¿qué es el demonio, al que tanto temen?

–Si queréis puede acompañaros un siervo del monasterio, que sospecho es cazador furtivo, pero eso es un pecado venial que la necesidad disculpa –respondió el Padre Brendan.

–Lo que dentro de nosotros anhela la destrucción –dijo Thur.
–Comprendo –recapacitó Noel–. Angustia, antes la sentía sin reconocerla. ¿Y Dios? He leído en el libro: «Ahora vemos un enigma por medio de un espejo, después estaremos cara a cara». Y he mirado en el pequeño espejo de la sacristía, pero creo que soy yo el que está en él.

El abad interrogaba a Chrestien sobre las costumbres de los sarracenos.
–¿Es cierto que su religión les prohíbe representar a Dios?
–Señor, para ellos las imágenes son un pecado.

–Escucha, Noel –transmitió Thur–.Miramos en ese espejo a través de otro espejo y ese con otro, hasta que la imagen que buscamos se borra en el infinito. Si estuviésemos expuestos a la radiación directa de Dios, sin la pantalla de las apariencias de tiempo, espacio y materia, nos evaporaríamos igual que el agua bajo el calor de esos rayos infrarrojos que a ti te atraen como Dios a nosotros.

El Padre Brendan se esforzaba por sostener una conversación que interesase a sus huéspedes, extrañado por el silencio de Thur. Debía haber recorrido la ancha Tierra y haber almacenado sabiduría y experiencia.

–¿Y es verdad que el lince penetra con su vista a través de la opacidad de nuestros cuerpos y puede ver las entrañas?
–No lo creo, aunque las leyendas lo afirmen –respondió Thur, que había captado en el abad la inquietud ante su mutismo–. Por muy cruel que esa fiera sea, ¿no os parece, Padre, que moriría ahíto ante la perpetua visión de la sangre de todos los demás seres?
–¿Y el basilisco? He leído en algunos libros antiguos que muere espantado si contempla su imagen en un espejo.

Noel se agitaba inquieto, sin probar bocado, le resultaba insoportable tener que reprimir su impaciencia.

–Eso no son más que consejas que nosotros, buenos cristianos, no debemos creer –replicó Chrestien, obedeciendo a la orden que Thur le envió mentalmente–. Como los gnomos, las sirenas, las ondinas y las salamandras, los espíritus de los cuatro elementos. Los únicos espíritus verdaderos son los ángeles, los mensajeros de Dios.
–Tenéis razón, solo hay una Verdad.

–Dime –suplicó Noel:–. ¿Qué es un milagro? Eso gritaban los hermanos cuando vieron que yo era capaz de aprender la lectura a través de mis dedos.
–Es como una tensión subterránea entre dos polos, cargados por la energía del espíritu. ¿Comprendes lo que es el espíritu?
–Sí, lo siento. Continúa.
–La iluminación divina brota entonces en un cortocircuito. Sin relación de causa, pero con un sentido.
–Entonces, ¿quieres significar que es una avería en la máquina del espíritu?
–Noel, si sabes lo que es el alma, sabes que no funciona como las máquinas.
–Perdóname –rogó Noel–. Todo es tan nuevo y tan maravilloso...

–Hermano Noel –reprendió el abad–, no has comido nada, y aunque nuestros invitados sean dignos de la admiración con la que los estás observando, creo que la modestia te debería impedir demostrar así tu asombro.

Noel inclinó apesadumbrado la cabeza sobre el plato, no era ese hambre la que le acuciaba.
–No me mires –le ordenó Thur con rápido pensamiento–. No es necesario. ¿No hay telépatas en tu mundo? –y añadió, dirigiéndose al Padre Brendan–: Os ruego que no reprendáis al Hermano. Su Cristo nos ha hecho un gran bien que nunca desaparecerá del recuerdo, y su música es un consuelo en el destierro de la vida.
Chrestien interrogó:

–¿Pensáis continuar la labor comenzada? Me imagino qué maravilla podéis hacer de la capilla y desearía ser enterrado en ella, si la concluís con vuestro arte cuando llegue mi hora.
–Sois valiente, pensáis en la muerte con la necesaria serenidad –comentó el abad– os aseguro que así será, si la voluntad de Dios lo permite. Reposaréis bajo el altar mayor hasta que suene la llamada que a todos nos despierta. En cuanto al hermano Noel jamás descansa, desconoce el sueño.

Noel escribió rápidamente con su punzón, en la tablilla encerada que siempre llevaba colgada del cordón del hábito:
–Desearía, si lo permitís, Padre, tallar las estatuas de los doce apóstoles y construir las vidrieras.

Y luego preguntó con su mente ansiosa a Thur:
–¿Te parezco preparado para conseguirlo?
–Estoy seguro de ello –le tranquilizó.
–¿Y cómo conseguiré reflejar su alma? Ese problema no lo sé resolver.
–No tiene solución, porque el alma no tiene rostro. Pero tú sabrás expresarlo en la caligrafía de los pliegues, en la inmovilidad de sus figuras, que sugerirá eternidad, y expresarás que su base pétrea es tan solo un límite humano.
–Los hombres me han dado mucho, y yo quiero devolverles el bien que me han hecho haciéndoles una advertencia. Sé de un peligro que les amenaza en el futuro, no porque yo sea capaz de leer el futuro, sino porque he visto el peligro y he calculado cuándo llegará.
–Entonces hazlo, y habrás cumplido tu destino.

El fuego se extinguía en el hogar, y la campana tocó a completas, la oración de la noche que invoca a los ángeles para que cobijen el sueño bajo sus alas.

Chrestien suspiró de alivio, su alma odiaba el fingimiento y estaba fatigado de narrar fantásticas aventuras. También el abad pareció descargarse del peso de la hospitalidad, que de las obras de misericordia era la que más le cansaba, cuando se trataba de grandes señores a los que había que halagar.

Todos se dirigieron hacia la capilla y después, mientras los demás se entregaban al descanso, Thur y Noel se aislaron en la biblioteca del monasterio, durante toda la noche, para proseguir intercambiando conocimientos.

Partieron cuando las estrellas se apagaban en el cielo rosado de la aurora, dejando una bolsa de oro como donativo para la construcción de la capilla. El abad no agradeció demasiado la limosna porque Chrestien daba el oro con facilidad, era botín de guerra y la guerra es un juego. El amaba a Dios igual que un jugador que también vela, ayuna, lucha, y tiene premoniciones de peligro de ganancia o pérdida.

En la fresca mañana galopó hacia el pantano para lanzar su halcón contra las aves silvestres. Thur le siguió, vagamente irritado: siempre destrucción. Pero la amistad perdona, y Chrestien destruía con la misma inocencia que el negro lebrel y la blanca ave de presa.

Sus siluetas se desvanecieron en la niebla y dejaron de ser una realidad en la vida de los monjes.



Cuando llegó el verano, la capilla estaba casi concluida. Noel había sabido combinar los metales con el cristal en la aleación de las vidrieras, con unos matices maravillosos que sus dedos acariciaban satisfechos; su resplandor parecía detenido en un momento único de serenidad, que irradiaba hacia una percepción más profunda, y bajo los rayos del sol los doce apóstoles dialogaban en silencio con el destino, desprovistos de atributos. Sus vestiduras caían en pliegues rectos, iluminados de cruces doradas, en recuerdo de la que recibió el día de su llegada y de las que Noel solo sabía el secreto que se encerraba en las combinaciones del signo. Tal vez llegaría un día y llegaría un hombre...

Aquel año, la niebla pútrida de los pantanos sitió al monasterio, con el calor del verano, que fue inusitado. Muchos monjes enfermaron, y ni los conocimientos de hierbas ni la continua oración servían de nada contra la muerte que los iba diezmando.

Una tarde caliginosa Noel tuvo vómitos y la calentura le helaba los huesos; a la noche le leyeron la oración de los agonizantes. Al amanecer rebuscó bajo sus hábitos el relicario de oro y sus manos se aferraron a él, se incorporó buscando con sus ojos ya ciegos el disco encendido del sol y después se derrumbó, cayendo muerto en su yacija. Al fin se había ganado el sueño.


Cientos de años habían caminado, machacando las piedras bajo sus pesados pasos. El monasterio cumplió distintas misiones: fue cárcel, granja, y refugio de alimañas. Pero la capilla permaneció siempre, protegida por su mismo abandono. La gran puerta de bronce quedó cerrada por el óxido del metal, que la sellaba. Ya había perdido su fuerza de atracción, al igual que los menhires del páramo, otras energías gobernaban al mundo. Dentro, los apóstoles, detenidos en el tiempo, hablaban para nadie su lenguaje subterráneo. Y la vidriera seguía viviendo milagros, ausente en la luz, lavada por la lluvia y la nieve, gritando con el acento intenso y anguloso de sus aristas rayos de sol hacia el páramo y transfigurada por ellos en una abstracción ardiente.

Los fugitivos habían atravesado la inmensa extensión de turberas enmascaradas de nieve, escondiéndose de día entre las peñas y los matorrales, que un viento de desolación sacudía con furia. Y así semanas, tal vez meses. Hoy era Nochebuena, como una burla, una indignidad más que soportar.

Al Este, las nubes cargadas de un torbellino de copos, les perseguían con tenacidad de perros adiestrados. Sus pies envueltos en trapos estaban medio congelados. Ya solo ansiaban un refugio, una madriguera y sueño.

Pero aquel hombre les hostigaba al continuo avance, les sacudía de su letargo y les obligaba a proseguir la huída. El se había encargado de seleccionarles, localizarles y reunirles en rebaño. Ellos tenían la ciencia, y el guía tenía la astucia y el instinto del peligro, contaba con recursos de animal sometido a la disciplina de un entrenamiento. Les había buscado alimentos, les arreaba hacia adelante con la promesa de un mundo ordenado en el que su labor sería dignificada, plena de un signo positivo y un valor de conciencia.

Había entre ellos un físico atómico, un químico, un biólogo y un especialista en cibernética. El matemático casi era un estorbo, sufría una miopía progresiva que le amenazaba con la ceguera, y el guía a veces dudaba si no habría sido preferible abandonarle a su suerte, pero obedecía órdenes, había sido formado para eso.
La capilla abandonada era su meta, el mar estaba cerca y por allí acudiría el rescate.

Su protector o su nuevo verdugo saltó la cerradura con su ametralladora, el sello de los siglos quedó roto y la ráfaga levantó una bandada de pájaros asustados, no cabía la esperanza de que se confundiesen los disparos con los de un cazador furtivo, era un arma de guerra. En aquella partida con la muerte había que conceder un margen de riesgo en la ley de las probabilidades.

Dentro, el ambiente era glacial, como si se hubiesen introducido en el mismo polo del frío, en aquel centro oscuro en el que se fabrica todo el hielo de la Tierra.

Las vidrieras bañaban en colores sobrenaturales a las estatuas, como si intentasen animarlas de su hieratismo con un martirio de hoguera. Y una verdadera hoguera, una fogata era lo que ansiaban los prófugos, para reanimar los miembros traspasados de alfilerazos dolorosos y secar las ropas empapadas. Pero era imposible encenderla, denunciaría presencia humana, y solo podían evitar el riesgo de congelación con el movimiento y la lucha contra el sueño.

Repartieron unas raciones de alimentos concentrados y bebieron unos tragos de aguardiente. El guía permaneció en pie junto a la puerta, con el arma preparada, observando el paisaje de desolación y ruinas al atisbo de un movimiento insólito, un vuelo de alarma, un crujido de pasos en la escarcha. Hasta el atardecer no acudirían a la ensenada, en donde, según el plan trazado con todo detalle, les aguardaría la barca para llevarles entre los escollos hasta el submarino y al rescate, o la nueva esclavitud de esos cerebros. Su genio les hacía ser buscados y disputados como útiles para el daño y la técnica de destrucción, amenazados por el naufragio en la locura o la anulación sin contemplaciones, cuando dejasen de ser efectivos. No los rescataban por un sentimiento de humanidad, sino por una pugna avariciosa entre los que deseaban conquistar el mundo para aniquilarlo.

Miraron en torno suyo. Ante el altar y bajo el Cristo había dos lápidas sepulcrales.

En una leyeron un nombre: «Chrestien», sin título de nobleza, ni siquiera apellidos.

En la otra; «A Noel, que murió al dar fin a esta iglesia, cuando su misión quedó cumplida».
Estaba escrito en un latín bárbaro, y las letras de los epitafios habían sido desgastadas por pisadas innumerables.

La capilla era de forma circular y las estatuas de los doce apóstoles, equidistantes, parecían encadenadas a la piedra dormida, no por la gravedad, sino por la verticalidad estilizada de sus cuerpos. Las paredes eran todas de vidrieras y resultaba incomprensible que hubiesen resistido el embate de los elementos, sin una grieta siquiera, como si una extraña cualidad las aislase de la atmósfera, invisible y transparente, rechazando todo lo que significaba destrucción, pero abriéndose a la luz sin resistencia.

Un rayo de sol atravesó la orientada más al Este. Los colores se transfiguraron en una maravilla de púrpuras y escarlatas, y una estela de calor marcó una recta que fue a incidir con la vertical del apóstol situado frente a ese primer cristal y pareció arrancarle a su sopor nocturno con una apremiante llamada.

Los científicos olvidaron el hambre y la desesperación, acumuladas durante la huida. El frío había desaparecido, cediendo paso a una sensación de estar en un santuario inviolable, aislado en otra dimensión de serenidad y paz, ajena a este mundo.

Dickhoff, el químico del grupo, se acercó a los cristales y los acarició con sus dedos, carcomidos por el continuo manejo de los ácidos.

–Miren –dijo a los demás–, esta coloración roja del vidrio sólo ha podido ser conseguida añadiendo oro en el momento de la fusión. Hay técnicas de la Edad Media que aún ahora nos maravillan.

–Hay más –añadió Zirngibl, el físico nuclear– Y no acierto a comprenderlo, aunque estoy seguro de ello. Actúan como filtros de los rayos infrarrojos, disociándolos de las demás radiaciones. ¿No notan que el ambiente se templa por momentos?

Si verdaderamente existió este Noel y reposa bajo esa losa, me gustaría poderle sacar de su sepulcro y volverle a la vida, porque estos cristales no son solamente un trabajo artesano maravilloso, sino un secreto científico que se llevó con él. Esas manos ya invisibles modificaron la materia y gracias a eso han sobrevivido a la muerte, porque están presentes en este calor de vida que nos regala.

Fuhrmann, el guía, los escuchaba distraído. ¿Valdría la pena arriesgar la vida por esos seres que ya habían traspasado el límite de la locura? Frases absurdas y rimbombantes... acaso fuese mejor descargar su arma en ellos y partir solo, liberado de su misión. Podría decir que fueron muertos por los otros que les seguían las huellas a distancia pero sin perder la pista. Estaba seguro, casi los olía. Hasta podía herirse a sí mismo para fingir que luchó en su defensa. Los odiaba por ser diferentes. Locura o genio, eran los escogidos, y para él quedaba la carga del valor y la astucia.

El rayo de luz se había deslizado y daba una nueva vestidura a la estatua del apóstol; entre los pliegues rectos se dibujaban ahora los signos ocultos, medio borrados por el tiempo. Cruces doradas en grupos ajustados a un orden y de dos tamaños, unas dobles de las otras.

–Se diría una escritura en clave –murmuró Dickhoff.

Tschistjakov, el matemático del grupo, escuchaba parpadeando deslumbrado tras los gruesos cristales de sus gafas. Se dirigió a la estatua y la palpó de arriba abajo.

Poco a poco se alumbró una chispa de comprensión en sus ojillos opalinos, casi ciegos.
–¡Es el alfabeto Braille! –exclamó atónito–. Los puntos han sido sustituidos por cruces, pero es idéntico. Esto es incomprensible, debe tratarse de una falsificación.

–¿Conoce usted ese alfabeto? –preguntó Gilder, el ingeniero electrónico.
–¿Y qué remedio me queda sino estudiarlo antes de que sea demasiado tarde? Así ya estoy prevenido –contestó el otro con amargura.
–Pues bien, traduzca mientras haya tiempo. Y si es una falsificación, el autor es un artista genial.
–Esto es verdadero –dijo Dickhoff–. La patina del oro tiene siglos. Podría jurar que estos signos se trazaron a finales de la Edad Media.

Tschistjakov comenzó a leer en un murmullo trémulo, como si rezase. Las yemas de sus dedos interpretaban el texto.

–«Este es mi legado a los hombres de la Tierra» –se interrumpió con una exclamación de asombro– ¡Qué extraño! La siguiente inscripción tiene la estructura de una ecuación matemática, aunque la equivalencia de los símbolos se me escape.

–¿Y qué más? –interrumpió Zirngibl.

–«El que no coja la espada perecerá bajo la cruz». –Sus miradas se volvieron hacia el crucifijo con inquietud, les recorrió un escalofrío de premonición. El matemático continuó–: «La presencia de la muerte es imaginaria, pero su ausencia es real y en esta realidad se nos aparece».

Hasta Vakrushin, el biólogo, escuchaba con ansia, y su último cigarrillo se consumía sin ser fumado. Mientras, el rayo de luz se había deslizado hasta el apóstol siguiente y Tchistjakov lo siguió.

–«El mal sitúa a Dios en el infinito, pero el que pone en él su vida lo lleva dentro».

El guía lanzó una carcajada y se alzó de hombros, era una forma como otra cualquiera de tenerlos entretenidos sin que sus nervios acabasen por fallar en la espera.

–Hay algunas fórmulas cuyo significado no puedo interpretar. Parecen rebasar lo conocido hasta ahora.

El sol se deslizaba de estatua en estatua a intervalos regulares. Gilder afirmó:
–Sólo una máquina electrónica podría haber calculado la trayectoria de los rayos solares en el solsticio de invierno con medio milenio de distancia en el tiempo.

El matemático leía, casi en éxtasis:
–«El presente no tiene finalidad y el porvenir tampoco pues será presente». –Un cerebro electrónico con ideas místicas –comentó Zirngibl irónicamente– Prefiero sus ecuaciones.

La atmósfera en el interior de la capilla era casi sofocante y el sudor perlaba sus frentes. Los dedos del matemático temblaron al descifrar.

–¡Ojalá fallen sus cálculos! Escuchen el mensaje: «Al pasar junto a una estrella gigante he visto una inmensa bola de fuego. Calculo que llegará al lugar donde se alza esta capilla el día del solsticio de invierno del año de Cristo... –Se interrumpió con un grito que repercutió contra la piedra. ¡Va a llegar este año! ¡Todas esas ecuaciones eran sus cálculos para avisarnos!

Fhurmann había abandonado su puesto de vigilancia. No entendía nada, pero había en él/un fondo de crueldad infantil, al que fascinaba ese orden mágico, esa combinación de frases ininteligibles que acababan en destrucción. Gilder afirmó:
–Repito que únicamente un calculador electrónico podría haber establecido todas esas conexiones entre causa y efecto. ¿Y cómo un hombre de la Edad Media se expresa, no digamos ya con fórmulas, sino hasta con palabras modernas?
–¿Pero no lo ha comprendido usted?
–dijo Vakrushin–. No era un ser de este mundo, tal vez su mente fuera distinta a la nuestra.
–Pero de todos modos...
–Es –dijo Tschistjakov– como si le hubiesen ayudado desde el futuro. –Bien –añadió Dickhoff–, veamos si eso es todo.

El rayo rojo había dado una vuelta completa y se había posado para agonizar sobre el crucifijo del altar, el frío reconquistaba el santuario al apagarse los cristales de las vidrieras. Afuera esperaba la noche más larga del año, resplandeciente de luz helada de escarcha.

Tschistjakov se dirigió hacia el Cristo, donde pudiera ser que hallase la solución, con pasos alucinados.

Y ninguno oyó los otros pasos pesados que se aproximaban a la puerta, hasta los goznes saltaron en brutal empujón y el arma de los enemigos trazó un abanico de muerte sobre el círculo perfecto de la capilla.

Cayeron como marionetas con los hilos rotos, y su sangre salpicó a las nocturnas estatuas, volviéndolas a teñir de púrpura antes de que estallasen en fragmentos.

Tuvo tiempo, en un momento de lucidez o delirio de agonía, para descifrar:
–«La salvación está en vuestro espíritu. No todo vuestro ser morirá».

Y se rió, oleadas de risa le sacudieron con un dolor terrible. Simplemente, esa era la clave y él estaba muerto.

Una esfera de llamas surcó el cielo de Nochebuena, seguida por un trueno ensordecedor. La gigantesca hoguera se alzó mucho más allá de la atmósfera terrestre, calcinándolo todo en un radio que abarcaba desde el mismo centro de la capilla, los bosques, los pantanos, los hombres y las bestias. La tierra se sacudió con convulsiones epilépticas y el mar avanzó en titánicas olas para luchar contra el fuego.

He acudido a sentarme al borde del cráter para llorar, una vez más sobre el vacío, la ausencia de los amigos muertos. Por encima de mi cabeza giraban, nubes plateadas, cargadas aún de fuerza radioactiva. Árboles negros y desolación indiferente por todas partes. ¿Dónde iré ahora, amigos?

Durante toda aquella larga noche ayudé a Noel, a la única luz de un cirio que se consumió por completo, a ordenar los signos, y traducir su sentido. Sabía que era inútil; hace ya tanto tiempo que he aprendido la lección de que el amor destruye. Pero le debía una compensación que le colmase de sentido. Puede ser que en otro lugar del infinito aún exista un porvenir que colme, aquí todo está consumado.

Me envolví en mi capa. Un fantasma, clamando por los otros fantasmas. Debo continuar mi peregrinaje solitario y errante de mundo en mundo, hasta la muerte, y repetir con la inocencia y la confianza de Noel: «No todo mi ser morirá». Converger hacia esa meta, donde todos nos esperamos.

Diciembre 1967–Enero 1968

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