9/11/09

"LOS PÁJAROS", DE DAPHNE DU MAURIER


DU MAURIER, Daphne (Gran Bretaña, 1907-1989)


Los pájaros (The Birds, 1952)

Espléndido relato fantástico sobre el que Hitchcock dirigió una película con el mismo título, en 1963.



El 3 de diciembre, el viento cambió de la noche a la mañana, y llegó el invierno. Hasta entonces, el otoño había sido suave y apacible. Las hojas, de un rojo dorado, se habían mantenido en los árboles y los setos vivos estaban verdes todavía. La tierra era fértil en los lugares donde el arado la había removido.
Nat Hocken, debido a una incapacidad contraída durante la guerra, disfrutaba una pensión y no trabajaba todos los días en la granja. Trabajaba tres días a la semana y le encomendaban las tareas más sencillas: poner vallas, embardar, reparar las edificaciones de la granja...
Aunque casado, y con hijos, tenía tendencia a la soledad; prefería trabajar solo. Le agradaba que le encargasen construir un dique o reparar un portillo en el extremo más lejano de la península, donde el mar rodeaba por ambos lados a la tierra de labranza. Entonces, al mediodía, hacía una pausa para comer el pastel de carne que su mujer había cocido para él, y sentándose en el borde de la escollera, contemplaba a los pájaros. El otoño era época para esto, mejor que la primavera. En primavera, los pájaros volaban tierra adentro resueltos, decididos; sabían cuál era su destino; el ritmo y el ritual de su vida no admitían dilaciones. En otoño, los que no habían emigrado allende el mar, sino que se habían quedado a pasar el invierno, se veían animados por los mismos impulsos, pero, como la emigración les estaba negada, seguían su propia norma de conducta. Llegaban en grandes bandadas a la península, inquietos; ora descri­biendo círculos en el firmamento, ora posándose, para alimentarse, en la tierra recién removida, pero incluso cuando se alimentaban, era como si lo hiciesen sin hambre, sin deseo. El desasosiego les empujaba de nuevo a los cielos.
Blancos y negros, gaviotas y chovas, mezcladas en extraña camaradería, buscando alguna especie de liberación, nunca satisfe­chas, nunca inmóviles. Bandadas de estorninos, susurrantes como piezas de seda, volaban hacia los frescos pastos, impulsados por idéntica necesidad de movimiento, y los pájaros más pequeños, los pinzones y las alondras, se dispersaban sobre los árboles y los setos.
Nat los miraba, y observaba también a las aves marinas. Abajo, en la ensenada, esperaban la marea. Tenían más paciencia. Pescadoras de ostras, zancudas y zarapitos aguardaban al borde del agua; cuando el lento mar lamía la orilla y se retiraba luego dejando al descubierto la franja de algas y los guijarros, las aves marinas emprendían veloz carrera y corrían sobre las playas. Entonces, les invadía también a ellas aquel mismo impulso de volar. Chillando, gimiendo, gritando, pasaban rozando el plácido mar y se alejaban de la costa. Se apresuraban, aceleraban, se precipitaban, huían; pero ¿adonde, y con qué finalidad? La inquieta urgencia del melancólico otoño había arrojado un hechizo sobre ellas y debían congregarse, girar y chillar; tenían que saturarse de movimiento antes de que llegase el invierno.
«Quizá —pensaba Nat, masticando su pastel de carne en el borde de la escollera— los pájaros reciben en otoño un mensaje, algo así como un aviso. Va a llegar el invierno. Muchos de ellos perecen. Y los pájaros se comportan de forma semejante a las personas que, temiendo que les llegue la muerte antes de tiempo, se vuelcan en el trabajo, o se entregan a la insensatez.»
Los pájaros habían estado más alborotados que nunca en este declinar del año; su agitación resaltaba más porque los días eran muy tranquilos. Cuando el tractor trazaba su camino sobre las colinas del Oeste, recortada ante el volante la silueta del granjero, hombre y vehículo se perdían momentáneamente en la gran nube de pájaros que giraban y chillaban. Había muchos más que de ordina­rio. Nat estaba seguro de ello. Siempre seguían al arado en otoño, pero no en bandadas tan grandes como ésas, no con ese clamor.
Nat lo hizo notar cuando hubo terminado el trabajo del día.
— Sí —dijo el granjero — , hay más pájaros que de costumbre; yo también me he dado cuenta. Y muy atrevidos algunos de ellos; no hacían ningún caso del tractor. Esta tarde, una o dos gaviotas han pasado tan cerca de mi cabeza que creía que me habían arrebatado la gorra. Como que apenas podía ver lo que estaba haciendo cuando se hallaban sobre mí y me daba el sol en los ojos. Me da la impresión de que va a cambiar el tiempo. Será un invierno muy duro. Por eso están inquietos los pájaros.
Al cruzar los campos y bajar por el sendero que conducía a su casa, Nat, con el último destello del sol, vio a los pájaros reuniéndo­se todavía en las colinas del Oeste. No corría ni un soplo de viento, y el grisáceo mar estaba alto y en calma. Destacaba en los setos la coronaria, aún en flor, y el aire se mantenía plácido. El granjero tenía razón, sin embargo, y fue esa noche cuando cambió el tiempo. El dormitorio de Nat estaba orientado al Este. Se despertó poco después de las dos y oyó el ruido del viento en la chimenea. No el furioso bramido del temporal del Sudoeste que traía la lluvia, sino el viento del Este, seco y frío. Resonaba cavernosamente en la chimenea, y una teja suelta batía sobre el tejado. Nat prestó atención y pudo oír el rugido del mar en la ensenada. Incluso el aire del pequeño dormitorio se había vuelto frío: por debajo de la puerta se filtraba una corriente que soplaba directamente sobre la cama. Nat se arrebujó en la manta, se arrimó a la espalda de su mujer, que dormía a su lado, y quedó despierto, vigilante, dándose cuenta de que se hallaba receloso sin motivo.
Fue entonces cuando oyó unos ligeros golpecitos en la ventana. En las paredes de la casa no había enredaderas que pudieran desprenderse y rozar el cristal. Escuchó, y los golpecitos continua­ron hasta que, irritado por el ruido, Nat saltó de la cama y se acercó a la ventana. La abrió y, al hacerlo, algo chocó contra su mano, pinchándole los nudillos y rozándole la piel. Vio agitarse unas alas y aquello desapareció sobre el tejado, detrás de la casa.
Era un pájaro. Qué clase de pájaro, él no sabría decirlo. El viento debía de haberle impulsado a guarecerse en el alféizar.
Cerró la ventana y volvió a la cama, pero, sintiendo humedad en los nudillos, se llevó la mano a la boca. El pájaro le había hecho sangre. Asustado y aturdido, supuso que el pájaro, buscando cobijo, le había herido en la oscuridad. Trató de conciliar de nuevo el sueño.
Pero al poco rato volvieron a repetirse los golpecitos, esta vez más fuertes, más insistentes. Su mujer se despertó con el ruido y, dándose la vuelta en la cama, le dijo:
— Echa un vistazo a esa ventana, Nat; está batiendo.
— Ya la he mirado — respondió él —; hay algún pájaro ahí fuera que está intentando entrar. ¿No oyes el viento? Sopla del Este y hace que los pájaros busquen dónde guarecerse.
— Ahuyéntalos —dijo ella — . No puedo dormir con ese ruido.
Se dirigió de nuevo a la ventana y, al abrirla esta vez, no era un solo pájaro el que estaba en el alféizar, sino media docena; se lanzaron en línea recta contra su rostro atacándole.
Soltó un grito y, golpeándolos con los brazos, consiguió disper­sarlos; al igual que el primero, se remontaron sobre el tejado y desaparecieron. Dejó caer rápidamente la hoja de la ventana y la sujetó con las aldabillas.
— ¿Has visto eso? —exclamó—. Venían por mí. Intentaban pico­tearme los ojos.
Se quedó en pie junto a la ventana, escudriñando la oscuridad, y no pudo ver nada. Su mujer, muerta de sueño, murmuró algo desde la cama.
—No estoy exagerando —replicó él, enojado por la insinuación de la mujer—. Te digo que los pájaros estaban en el alféizar, intentando entrar en el cuarto.
De pronto, de la habitación que dormían los niños, situada al otro lado del pasillo, surgió un grito de terror.
—Es Jill —dijo su mujer, sentándose en la cama completamente espabilada — . Ve a ver qué le pasa.
Nat encendió la vela, pero, al abrir la puerta del dormitorio para atravesar el pasillo, la corriente apagó la llama.
Sonó otro grito de terror, esta vez de los dos niños, y él se precipitó en su habitación, sintiendo inmediatamente el batir de alas a su alrededor, en la oscuridad. La ventana estaba abierta de par en par. A través de ella, entraban los pájaros, chocando primero contra el techo y las paredes y, luego, rectificando su vuelo, se lanzaban sobre los niños, tendidos en sus camas.
—Tranquilizaos. Estoy aquí —gritó Nat, y los niños corrieron chillando hacia él, mientras en la oscuridad, los pájaros se remonta­ban, descendían y le atacaban una y otra vez.
— ¿Qué es, Nat? ¿Qué ocurre? —preguntó su mujer desde el otro dormitorio.
Nat empujó apresuradamente a los niños hacia el pasillo y cerró la puerta tras ellos, de modo que se quedó solo con los pájaros en la habitación.
Cogió una manta de la cama más próxima y, utilizándola como arma, la blandió a diestro y siniestro en el aire. Notaba cómo caían los cuerpos, oía el zumbido de las alas, pero los pájaros no se daban por vencidos, sino que, una y otra vez, volvían al asalto, punzándole las manos y la cabeza con sus pequeños picos, agudos como las afiladas púas de una horca. La manta se convirtió en un arma defensiva; se la arrolló en la cabeza y, entonces, en la oscuridad más absoluta, siguió golpeando a los pájaros con las manos desnudas. No se atrevía a llegarse a la puerta y abrirla, no fuera que, al hacerlo, le siguiesen los pájaros.
No podía decir cuánto tiempo estuvo luchando con ellos en medio de la oscuridad, pero al fin, fue disminuyendo a su alrededor el batir de alas y luego, cesó por completo. Percibía un débil resplandor a través del espesor de la manta. Esperó, escuchó; no se oía ningún sonido, salvo el llanto de uno de los niños en el otro dormitorio. La vibración, el zumbido de las alas, se había extin­guido.
Se quitó la manta de la cabeza y miró a su alrededor. La luz, fría y gris, de la mañana iluminaba el cuarto. El alba, y la ventana abierta habían llamado a los pájaros vivos. Los muertos yacían en el suelo. Nat contempló, horrorizado, los pequeños cadáveres. Había peti­rrojos, pinzones, paros azules, gorriones, alondras, pinzones reales, pájaros que, por ley natural se adherían exclusivamente a su propia bandada y a su propia región y ahora, al unirse unos a otros en sus impulsos de lucha, se habían destruido a sí mismos contra las paredes de la habitación, o habían sido destruidos por él en la refriega. Algunos habían perdido las plumas en la lucha; otros tenían sangre, sangre de él, en sus picos.
Asqueado, Nat se acercó a la ventana y contempló los campos, más allá de su pequeño huerto.
Hacía un frío intenso, y la tierra aparecía endurecida por la helada. No la helada blanca, la escarcha que brilla al sol de la mañana, sino la negra helada que trae consigo el viento del Este. El mar, embravecido con el cambio de la marea, encrespado y espumo­so, rompía broncamente en la ensenada. No había ni rastro de los pájaros. Ni un gorrión trinaba en el seto, al otro lado del huerto, ni una chova, ni un mirlo, picoteaban la hierba en busca de gusanos. No se oía ningún sonido; sólo el ruido del viento y del mar.
Nat cerró la ventana y la puerta del pequeño dormitorio y cruzó el pasillo en dirección al suyo. Su mujer estaba sentada en la cama, con uno de los niños dormido a su lado y el más pequeño, con la cara vendada, entre sus brazos. Las cortinas estaban completamente corridas ante la ventana y las velas encendidas. Su rostro destacaba pálidamente a la amarillenta luz. Hizo a Nat una seña con la cabeza para que guardara silencio.
— Ahora está durmiendo —cuchicheó —, pero acaba de coger el sueño. Algo le ha debido de herir; tenía sangre en las comisuras de los ojos. Jill dice que eran pájaros. Dice que se despertó y los pájaros estaban en la habitación.
Miró a Nat, buscando una confirmación en su rostro. Parecía aturdida, aterrada, y él no quería que se diese cuenta de que también él estaba excitado, trastornado casi, por los sucesos de las últimas horas.
— Hay pájaros allí dentro —dijo—, pájaros muertos, unos cin­cuenta por lo menos. Petirrojos, reyezuelos, todos los pájaros pequeños de los alrededores. Es como si, con el viento del Este, se hubiese apoderado de ellos una extraña locura. —Se sentó en la cama, junto a su mujer y le cogió la mano —. Es el tiempo —dijo—; eso debe ser, el mal tiempo. Probablemente, no son los pájaros de por aquí. Han sido empujados a estos lugares desde la parte alta de la región.
— Pero, Nat —susurró la mujer—, ha sido esta noche cuando ha cambiado el tiempo. No han venido empujados por la nieve. Y no pueden estar hambrientos todavía. Tienen alimento de sobra ahí fuera, en los campos.
— Es el tiempo —repitió Nat—. Te digo que es el tiempo. Su rostro estaba tenso y fatigado, como el de ella. Durante un rato, se miraron uno a otro en silencio.
—Voy abajo a hacer un poco de té —dijo él.
La vista de la cocina le tranquilizó. Las tazas y los platillos ordenadamente apilados sobre el parador, la mesa y las sillas, la madeja de labor de su mujer en su cestillo, los juguetes de los niños en el armario del rincón...
Se arrodilló, atizó los rescoldos y encendió el fuego. El arder de la leña, la humeante olla y la negruzca tetera le dieron una impresión de normalidad, de alivio, de seguridad. Bebió un poco de té y subió una taza a su mujer. Luego, se lavó en la fregadera, se calzó las botas y abrió la puerta trasera.
El cielo estaba pesado y plomizo, y las pardas colinas que el día anterior brillaban radiantes a la luz del sol aparecían lúgubres y sombrías. El viento del Este cortaba los árboles como una navaja, y las hojas, crujientes y secas se desprendían de las ramas y se esparcían con las ráfagas del viento. Nat restregó su bota contra la tierra. Estaba dura, helada. Nunca había visto un cambio tan repentino. En una sola noche había llegado el invierno.
Los niños se habían despertado. Jill estaba parloteando en el piso de arriba y el pequeño Johnny llorando otra vez. Nat oyó la voz de su mujer calmándole, tranquilizándole. Al cabo de un rato, bajaron. Nat les había preparado el desayuno, y la rutina del día comenzó.
— ¿Echaste a los pájaros? —preguntó Jill, tranquilizada ya por el fuego de la cocina, por el día, por el desayuno.
— Sí, ya se han ido todos —respondió Nat—.Fue el viento del Este lo que les hizo entrar. Se habían extraviado, estaban asustados y querían refugiarse en algún lado.
— Intentaron picotearme —dijo Jill —. Se tiraban a los ojos de Johnny.
—Les impulsaba el miedo —contestó Nat a la niña—. En la oscuridad del dormitorio, no sabían dónde estaban.
— Espero que no vuelvan —dijo Jill —. Si les ponemos un poco de pan en la parte de fuera de la ventana, quizá lo coman y se marchen.
Terminó de desayunar y luego, fue en busca de su abrigo y su capucha, los libros de la escuela y la cartera. Nat no dijo nada, pero su mujer le miró por encima de la mesa. Un silencioso mensaje cruzó entre ellos.
— Iré contigo hasta el autobús —dijo él—. Hoy no voy a la granja.
Y, mientras la niña se lavaba en la fregadera, dijo a su mujer:
— Manten cerradas todas las puertas y ventanas. Por si acaso, nada más. Yo voy a ir a la granja a ver si han oído algo esta noche.
Y echó a andar con su hija por el sendero. Ésta parecía haber olvidado su experiencia de la noche pasada. Iba delante de él, saltando, persiguiendo a las hojas, con el rostro sonrosado por el frío bajo la capucha.
— ¿Va a nevar, papá? —preguntó —. Hace bastante frío. Levantó la vista hacia el descolorido cielo, mientras sentía en su espalda el viento cortante.
—No —respondió —, no va a nevar. Este es un invierno negro, no blanco.
Todo el tiempo fue escudriñando los setos en busca de pájaros, mirando por encima de ellos a los campos del otro lado, oteando el pequeño bosquecillo situado más arriba de la granja, donde solían reunirse los grajos y las chovas. No vio ninguno.
Las otras niñas esperaban en la parada del autobús, embozadas en sus ropas, cubiertas, como Jill, con capuchas, ateridos de frío sus rostros.
Jill corrió hacia ellas agitando la mano.
—Mi papá dice que no va a nevar —exclamó —. Va a ser un invierno negro.
No dijo nada de los pájaros y empezó a dar empujones, jugando, a una de las niñas. El autobús remontó, renqueando, la colina. Nat la vio subir a él y luego, dando media vuelta, se dirigió a la granja. No era su día de trabajo, pero quería cerciorarse de que todo iba bien. Jim, el vaquero, estaba trajinando en el corral.
— ¿Está por ahí el patrón? —preguntó Nat.
— Fue al mercado —repuso Jim—. Es martes, ¿no?
Y, andando pesadamente, dobló la esquina de un cobertizo. No tenía tiempo para Nat. Decían que Nat era superior. Leía libros, y cosas de esas. Nat había olvidado que era martes. Eso demostraba hasta qué punto le habían trastornado los acontecimientos de la noche pasada. Fue a la puerta trasera de la casa y oyó cantar en la cocina a la señora Trigg; la radio ponía un telón de fondo a su canción.
—¿Está usted ahí, señora? —llamó Nat.
Salió ella a la puerta, rechoncha, radiante, una mujer de buen humor.
—Hola, señor Hocken —dijo la señora Trigg—. ¿Puede decirme de dónde viene este frío? ¿De Rusia? Nunca he visto un cambio así. Y la radio dice que va a continuar. El Círculo Polar Ártico tiene algo que ver.
—Nosotros no hemos puesto la radio esta mañana —dijo Nat—. Lo cierto es que hemos tenido una noche agitada.
— ¿Se han puesto malos los niños?
—No...
No sabía cómo explicarlo. Ahora, a la luz del día, la batalla con los pájaros sonaría absurda.
Trató de contar a la señora Trigg lo que había sucedido, pero veía en sus ojos que ella se figuraba que su historia era producto de una pesadilla.
—¿Seguro que eran pájaros de verdad? —dijo, sonriendo—. ¿Con plumas y todo? ¿No serian de esa clase tan curiosa que los hombres ven los sábados por la noche después de la hora de cerrar?
— Señora Trigg —dijo él—, hay cincuenta pájaros muertos, peti­rrojos, reyezuelos y otros por el estilo, tendidos en el suelo del dormitorio de los niños. Me atacaron; intentaron lanzarse contra los ojos del pequeño Johnny.
La señora Trigg le miró, dudosa.
—Bueno —contestó—, supongo que les empujó el mal tiempo. Una vez en la habitación, no sabrían dónde se encontraban. Pájaros extranjeros, quizá de ese Círculo Ártico.
—No —replicó Nat—, eran los pájaros que usted ve todos los días por aquí.
—Una cosa muy curiosa —dijo la señora Trigg—, realmente inexplicable. Debería usted escribir una carta al Guardián contán­doselo. Seguramente que le sabrían dar alguna respuesta. Bueno, tengo que seguir con lo mío.
Inclinó la cabeza, sonrió y volvió a la cocina.
Nat, insatisfecho, se dirigió a la puerta de la granja. Si no fuese por aquellos cadáveres tendidos en el suelo del dormitorio, que ahora tenía que recoger y enterrar en alguna parte, a él también le parecería exagerado el relato.
Jim se hallaba junto al portillo.
—¿Ha habido dificultades con los pájaros? —preguntó Nat.
—¿Pájaros? ¿Qué pájaros?
—Han invadido nuestra casa esta noche. Entraban a bandadas en el dormitorio de los niños. Eran completamente salvajes.
— ¿Qué? —Las cosas tardaban algún tiempo en penetrar en la cabeza de Jim—. Nunca he oído hablar de pájaros que se porten salvajemente —dijo al fin—. Suelen domesticarse. Yo les he visto acercarse a las ventanas en busca de migajas.
—Los pájaros de anoche no estaban domesticados.
— ¿No? El frío, quizás. Estarían hambrientos. Prueba a echarles algunas migajas.
Jim no sentía más interés que la señora Trigg. «Era —pensaba Nat—, como las incursiones aéreas durante la guerra. Nadie, en este extremo del país, sabía lo que habían visto y sufrido las gentes de Plymouth. Para que a uno le conmueva algo, es necesario ha­berlo padecido antes.» Regresó a su casa, andando por el sendero, y cruzó la puerta. Encontró a su mujer en la cocina con el pequeño Johnny.
— ¿Has visto a alguien? —preguntó ella.
—A Jim y a la señora Trigg —respondió—. Me parece que no me han creído ni una palabra. De todos modos, por allí no ha pasado nada.
— Podrías llevarte afuera los pájaros —dijo ella—. No me atrevo a entrar en el cuarto para hacer las camas. Estoy asustada.
— No tienes nada de que asustarte ahora —replicó Nat—. Están muertos, ¿no?
Subió con un saco y echó en él, uno a uno, los rígidos cuerpos. Sí, había cincuenta en total. Pájaros corrientes, de los que frecuentaban los setos, ninguno siquiera tan grande como un tordo. Debía de haber sido el miedo lo que les impulsó a obrar de aquella forma. Paros azules, reyezuelos, era increíble pensar en la fuerza de sus pequeños picos hiriéndole el rostro y las manos la noche anterior. Llevó el saco al huerto, y se le planteó entonces un nuevo problema. El suelo estaba demasiado duro para cavar. Estaba helado, compac­to y sin embargo, no había nevado; lo único que había ocurrido en las últimas horas había sido la llegada del viento del Este. Era extraño, antinatural. Debían de tener razón los vaticinadores del tiempo. El cambio era algo relacionado con el Círculo Ártico.
Mientras estaba allí, vacilante, con el saco en la mano, el viento pareció penetrarle hasta los huesos. Podía ver las blancas crestas de las olas rompiendo allá abajo, en la ensenada. Decidió llevar los pájaros a la playa y enterrarlos allí.
Cuando llegó a la costa, por debajo del farallón, apenas podía tenerse en pie, tal era la fuerza del viento. Le costaba respirar y tenía azuladas las manos. Nunca había sentido tanto frío en ninguno de los malos inviernos que podía recordar. Había marea baja. Caminó sobre los guijarros hacia la arena y, entonces, de espaldas al viento practicó un hoyo en el suelo con el pie. Se proponía echar en él los pájaros, pero al abrir el saco, la fuerza del viento los arrastró, los alzó como si nuevamente volvieran a volar, y los cuerpos helados de los cincuenta pájaros se elevaron de él a lo largo de la playa, sacudidos como plumas, esparcidos, desparramados. Había algo repugnante en la escena. No le gustaba. El viento arrebató los pájaros y los llevó lejos de él.
«Cuando la marea suba se los llevará», dijo para sí.
Miró al mar y contempló las espumosas rompientes, matizadas de una cierta tonalidad verdosa. Se alzaban briosas, se encrespaban, rompían y, a causa de la marea baja, su bramido sonaba distante, remoto, sin el tonante estruendo de la pleamar.
Entonces las vio. Las gaviotas. Allá lejos, flotando sobre las olas.
Lo que, al principio, había tomado por las blancas crestas de las olas eran gaviotas. Centenares, millares, decenas de millares...
Subían y bajaban con el movimiento de las aguas, de cara al viento, esperando la marea, como una poderosa escuadra que hubiese echado el ancla. Hacia el Este y hacia el Oeste, las gaviotas estaban allí. Hilera tras hilera, se extendían en estrecha formación tan lejos como podía alcanzar la vista. Si el mar hubiese estado inmóvil, habrían, cubierto la bahía como un velo blanco, cabeza con cabeza, cuerpo con cuerpo. Sólo el viento del Este, arremolinando el mar en las rompientes, las ocultaba desde la playa.
Nat dio media vuelta y, abandonando la costa, trepó por el empinado sendero en dirección a su casa. Alguien debería saber esto. Alguien debería enterarse. A causa del viento del Este y del tiempo, estaba sucediendo algo que no comprendía. Se preguntó si debía llegarse a la cabina telefónica, junto a la parada del autobús y llamar a la Policía. Pero ¿qué podrían hacer? ¿Qué podría hacer nadie? Decenas de miles de gaviotas posadas sobre el mar, allí, en la bahía, a causa del temporal, a causa del hambre. La Policía le creería loco, o borracho, o se tomaría con toda calma su declaración. «Gracias. Sí, ya se nos ha informado de la cuestión. El mal tiempo está empujando tierra adentro a los pájaros en gran número.» Nat miró a su alrededor. No se veían señales de ningún otro pájaro. ¿Sería el frío lo que les había hecho llegar a todos desde la parte alta de la región? Al acercarse a la casa, su mujer salió a recibirle a la puerta. Le llamó, excitada.
— Nat —dijo —, lo han dicho por la radio. Acaban de leer un boletín especial de noticias. Lo he tomado por escrito.
— ¿Qué es lo que han dicho por la radio? —preguntó él.
— Lo de los pájaros —respondió —. No es sólo aquí, es en todas partes. En Londres, en todo el país. Algo les ha ocurrido a los pájaros.
Entraron juntos en la cocina. Nat cogió el trozo de papel que había sobre la mesa y lo leyó.
«Nota oficial del Ministerio del Interior, hecha pública a las once de la mañana de hoy. Se reciben informes procedentes de todos los puntos del país acerca de la enorme cantidad de pájaros que se está reuniendo en bandadas sobre las ciudades, los pueblos y los más lejanos distritos, los cuales provocan obstrucciones y daños e, incluso, han llegado a atacar a las personas. Se cree que la corriente de aire ártico, que cubre actualmente las Islas Británicas, está obligando a los pájaros a emigrar al Sur en gran número, y que el hambre puede impulsarles a atacar a los seres humanos. Se aconseja a todos los ciudadanos que presten atención a sus ventanas, puertas y chimeneas, y tomen razonables precauciones para la seguridad de sus hijos. Una nueva nota será hecha pública más tarde.»
Una viva excitación se apoderó de Nat; miró a su mujer con aire de triunfo.
—Ahí tienes —dijo—; esperemos que hayan oído esto en la granja. La señora Trigg se dará cuenta de que no era ninguna fantasía. Es verdad. Por todo el país. Toda la mañana he estado pensando que había algo que no marchaba bien. Y ahora mismo, en la playa he mirado al mar y hay gaviotas, millares de ellas, decenas de millares, no cabría ni un alfiler entre sus cabezas, y están allá fuera, posadas sobre el mar, esperando.
—¿Qué están esperando, Nat? —preguntó ella.
Él la miró de hito en hito y luego volvió la vista hacia el trozo de papel.
—No lo sé— dijo lentamente—. Aquí dice que los pájaros están hambrientos.
Él se acercó al armario, de donde sacó un martillo y otras herramientas.
— ¿Qué vas a hacer, Nat?
— Ocuparme de las ventanas, y de las chimeneas también, como han dicho.
— ¿Crees que esos gorriones, y petirrojos, y los demás, podrían penetrar con las ventanas cerradas? ¡Qué va! ¿Cómo iban a poder?
Nat no contestó. No estaba pensando en los gorriones, ni en los petirrojos. Pensaba en las gaviotas...
Fue al piso de arriba, y el resto de la mañana estuvo allí trabajando, asegurando con tablas las ventanas de los dormitorios, rellenando la parte baja de las chimeneas. Realizó una buena faena; era su día libre y no estaba trabajando en la granja. Se acordó de los viejos tiempos, al principio de la guerra. No estaba casado entonces, y en la casa de su madre, en Plymouth, había instalado las tablas protectoras de las ventanas para evitar que se filtrase luz al exterior. También había construido el refugio, aunque, ciertamente, no fue de ninguna utilidad cuando llegó el momento. Se preguntó si tomarían todas las precauciones en la granja. Lo dudaba. Harry Trigg y su mujer eran demasiado indolentes. Probablemente se reirían de todo esto. Se irían a bailar o a jugar una partida de whist.
— La comida está lista —gritó ella desde la cocina.
—Está bien. Ahora bajo.
Estaba satisfecho de su trabajo. Los entramados encajaban per­fectamente sobre los pequeños vidrios y en la base de las chime­neas.
Una vez terminada la comida, y mientras su mujer fregaba los platos, Nat sintonizó el diario hablado de la una. Fue repetido el mismo aviso, el que ella había anotado por la mañana, pero el boletín de noticias dio más detalles.
«Las bandadas de pájaros han causado trastornos en todas las comarcas —decía el locutor—, y, en Londres, el cielo estaba tan oscuro a las diez de esta mañana, que parecía como si toda la ciudad estuviese cubierta por una inmensa nube negra.
»Los pájaros se posaban en lo alto de los tejados, en los alféizares de las ventanas y en las chimeneas. Las especies incluían mirlos, tordos, gorriones y, como era de esperar en la metrópoli, una gran cantidad de palomas y estorninos, y ese frecuentador del río de Londres, la gaviota de cabeza negra. El espectáculo ha sido tan inusitado que el tráfico se ha detenido en muchas vías públicas, el trabajo abandonado en tiendas y oficinas y las calles se han visto abarrotadas de gente que contemplaba a los pájaros.»
Fueron relatados varios incidentes, volvieron a enunciarse las causas probables del frío y el hambre y se repitieron los consejos a los dueños de casa. La voz del locutor era tranquila y suave. Nat tenía la impresión de que este hombre trataba la cuestión como si fuera una broma preparada. Habría otros como él, centenares de personas que no sabían lo que era luchar en la oscuridad con una bandada de pájaros. Esta noche se celebrarían fiestas en Londres, igual que los días de elecciones. Gente que se reunía, gritaba, reía, se emborrachaba. «¡Venid a ver los pájaros!»
Nat desconectó la radio. Se levantó y empezó a trabajar en las ventanas de la cocina. Su mujer le observaba, con el pequeño Johnny pegado a sus faldas.
—Pero ¿también aquí vas a poner tablas? —exclamó—. No voy a tener más remedio que encender la luz antes de las tres. A mí me parece que aquí abajo no es necesario.
—Más vale prevenir que lamentar —respondió Nat—. No quiero correr riesgos.
—Lo que debían hacer —dijo ella— es sacar al Ejército para que disparara contra los pájaros. Eso les espantaría en seguida.
—Que lo intenten —replicó Nat—. ¿Cómo iban a conseguirlo?
—Cuando los portuarios se declaran en huelga, ya llevan al Ejército a los muelles —contestó ella —. Los soldados bajan y descar­gan los barcos.
—Sí —dijo Nat —, y Londres tiene ocho millones de habitantes, o más. Piensa en todos los edificios, los pisos, las casas. ¿Crees que tienen suficientes soldados como para llevarlos a disparar contra los pájaros desde los tejados?
—No sé. Pero debería hacerse algo. Tienen que hacer algo.
Nat pensó para sus adentros que «ellos» estaban, sin duda, considerando el problema en ese mismo momento, pero que cualquier cosa que decidiesen hacer en Londres y en las grandes ciudades no les sería de ninguna utilidad a las gentes que, como ellos, vivían a trescientas millas de distancia. Cada vecino debería cuidar de sí mismo.
— ¿Cómo andamos de víveres? —preguntó.
—Bueno, Nat, ¿qué pasa ahora?
—No te preocupes. ¿Qué tienes en la despensa?
—Es mañana cuando tengo que ir a hacer la compra, ya sabes. Nunca guardo alimentos sin cocer, se estropean. El carnicero no viene hasta pasado mañana. Pero puedo traer algo cuando vaya mañana a la ciudad.
Nat no quería asustarla. Pensaba que era posible que no pudiese ir mañana a la ciudad. Miró en la despensa y en el armario donde ella guardaba las latas de conserva. Tenían para un par de días. Pan, había poco.
— ¿Y qué hay del panadero?
—También viene mañana.
Observó que había harina. Si el panadero no venía, había suficiente para cocer una hogaza.
—Era mejor en los viejos tiempos —dijo—, cuando las mujeres hacían pan dos veces a la semana, y tenían sardinas saladas, y había alimentos suficientes para que una familia resistiese un bloqueo, si hacía falta.
— He tratado de dar pescado en conserva a los niños, pero no les gusta —contestó ella.
Nat siguió clavando tablas ante las ventanas de la cocina. Velas. También andaban escasos de velas. Otra cosa que había que comprar mañana. Bueno, no quedaba más remedio. Esta noche tendrían que irse pronto a la cama. Es decir, si...
Se levantó, salió por la puerta trasera y se detuvo en el huerto, mirando hacia el mar. No había brillado el sol en todo el día y ahora, apenas las tres de la tarde, había ya cierta oscuridad y el cielo estaba sombrío, melancólico, descolorido como la sal. Podía oír el retum­bar del mar contra las rocas. Echó a andar, sendero abajo, y hacia la playa, hasta mitad de camino. Y entonces se detuvo. Se dio cuenta de que la marea había subido. La roca que asomaba a media mañana sobre las aguas estaba ahora cubierta, pero no era el mar lo que atraía su atención. Las gaviotas se habían levantado. Centenares de ellas, millares de ellas, describían círculos en el aire, alzando sus alas contra el viento. Eran las gaviotas las que habían oscurecido el cielo. Y volaban en silencio. No producían ningún sonido. Giraban en círculos, remontándose, descendiendo, probando su fuerza contra el viento.
Nat dio media vuelta. Subió corriendo el sendero y regresó a su casa.
—Voy a buscar a Jill —dijo —. La esperaré en la parada del autobús.
— ¿Qué ocurre? —preguntó su mujer—. Estás muy pálido.
—Manten dentro a Johnny —dijo—. Cierra bien la puerta. Enciende la luz y corre las cortinas.
—Pero si acaban de dar las tres —objetó ella.
—No importa. Haz lo que te digo.
Miró dentro del cobertizo que había junto a la puerta trasera. No encontró nada que fuese de gran utilidad. El pico era demasiado pesado, y la horca no servía. Cogió la azada. Era la única herramien­ta adecuada, y lo bastante ligera para llevarla consigo.
Echó a andar, camino arriba, en dirección a la parada del autobús; de vez en cuando miraba hacia atrás por encima del hombro.
Las gaviotas volaban ahora a mayor altura; sus círculos eran más abiertos, más amplios; se desplegaban por el cielo en inmensa formación.
Se apresuró; aunque sabía que el autobús no llegaría a lo alto de la colina antes de las cuatro, tenía que apresurarse. No adelantó a nadie por el camino. Se alegraba. No había tiempo para pararse a charlar.
Una vez en la cima de la colina, esperó. Era demasiado pronto. Faltaba todavía media hora. El viento del Este, procedente de las tierras altas, cruzaba impetuoso los campos. Golpeó el suelo con los pies y se sopló las manos. Podía ver a lo lejos las arcillosas colinas recortándose nítidamente contra la intensa palidez del firmamento. Desde detrás de ellas surgió algo negro, semejante al principio de un tiznón, que fue ensanchándose después y haciéndose más amplio; luego, el tiznón se convirtió en una nube, y la nube en otras cinco nubes que se extendieron hacia el Norte, el Sur, el Este y el Oeste, y no eran nubes, eran pájaros. Se quedó mirándolos, viendo cómo cruzaban el cielo, y cuando una de las secciones en que se habían dividido pasó a un centenar de metros por encima de su cabeza, se dio cuenta, por la velocidad que llevaban, de que se dirigían tierra adentro, a la parte alta del país, de que no sentían ningún interés por la gente de la península. Eran grajos, cuervos, chovas, urracas, arrendajos, pájaros todos que, habitualmente, solían hacer presa en las especies más pequeñas; pero, esta tarde, estaban destinados a alguna otra misión.
«Se dirigen a las ciudades —pensó Nat—; saben lo que tienen que hacer. Los de aquí tenemos menos importancia. Las gaviotas se ocuparán de nosotros. Los otros van a las ciudades.»
Se acercó a la cabina telefónica, entró en ella y levantó el auricular. En la central se encargarían de transmitir el mensaje.
—Hablo desde Highway —dijo—, junto a la parada del autobús. Deseo informar de que se están adentrando en la región grandes formaciones de pájaros. Las gaviotas están formando también en la bahía.
—Muy bien —contestó la voz, lacónica, cansada.
—¿Se encargará usted de transmitir este mensaje al departamento correspondiente?
—Sí...sí...
La voz sonaba ahora impaciente, hastiada. El zumbido de la línea se restableció.
«Ella es distinta —pensó Nat—; todo eso le tiene sin cuidado. Tal vez ha tenido que estar todo el día contestando llamadas. Piensa irse al cine esta noche. Aceptará la mano de algún amigo: "¡Mira cuántos pájaros!" Todo eso le tiene sin cuidado.»
El autobús llegó renqueando a lo alto de la colina. Bajaron Jill y otras tres o cuatro niñas. El autobús continuó a la ciudad.
—¿Para qué es la azada, papá?
Las niñas le rodearon riéndose, señalándole.
—He estado usándola — dijo —. Y ahora vamonos a casa. Hace frío para quedarse por ahí. Miraré cómo cruzáis los campos, a ver a qué velocidad podéis correr.
Estaba hablando a las compañeras de Jill, las cuales pertenecían a distintas familias que vivían en las casitas de los alrededores. Un corto atajo les llevaría hasta sus casas.
— Queremos jugar un poco —dijo una de ellas.
—No. Os vais a casa, o se lo digo a vuestras mamás.
Cuchichearon entre sí, y luego echaron a correr a través de los campos. Jill miró, enfurruñada, a su padre.
—Siempre nos quedamos a jugar un rato —dijo.
—Esta noche, no —contestó él—. Vamos, no perdamos tiempo.
Podía ver ahora a las gaviotas describiendo círculos sobre los campos, adentrándose poco a poco sobre la tierra. Sin ruido. Silenciosas todavía.
— Mira allá arriba, papá, mira a las gaviotas.
—Sí. Date prisa.
— ¿Hacia dónde vuelan? ¿Adonde van?
—Tierra adentro, supongo. A donde haga más calor.
La cogió de la mano y la arrastró tras sí a lo largo del sendero.
—No vayas tan deprisa. No puedo seguirte.
Las gaviotas estaban mirando a los grajos y a los cuervos. Se estaban desplegando en formación de un lado a otro del cielo. Grupos de miles de ellas volaban a los cuatro puntos cardi­nales.
— ¿Qué es eso, papá? ¿Qué están haciendo las gaviotas?
Su vuelo no era todavía decidido, como el de los grajos y las chovas. Seguían describiendo círculos en el aire. Tampoco volaban tan alto. Como si esperasen alguna señal. Como si hubiesen de tomar alguna decisión. La orden no estaba clara.
—¿Quieres que te lleve, Jill? Ven, súbete a cuestas.
De esta forma creía poder ir más de prisa; pero se equivocaba. Jill pesaba mucho y se deslizaba. Estaba llorando, además. Su sensación de urgencia, de temor, se le había contagiado a la niña.
— Quiero que se vayan las gaviotas. No me gustan. Se están acercando al camino.
La volvió a poner en el suelo. Echó a correr, llevando a Jill como a remolque. Al doblar el recodo que hacía el camino junto a la granja vio al granjero que estaba metiendo el coche en el garaje. Nat le llamó.
— ¿Puede hacernos un favor? —dijo.
— ¿Qué es?
El señor Trigg se volvió en el asiento y les miró. Una sonrisa iluminó su rostro, rubicundo y jovial.
—Parece que tenemos diversión —dijo—. ¿Ha visto las gaviotas? Jim y yo vamos a salir y les soltaremos unos cuantos tiros. Todo el mundo habla de ellas. He oído decir que le han molestado esta noche. ¿Quiere una escopeta?
Nat denegó con la cabeza.
El pequeño coche estaba abarrotado de cosas. Sólo había sitio para Jill, si se ponía encima de las latas de petróleo en el asiento de atrás.
— No necesito una escopeta —dijo Nat—, pero le agradecería que llevase a Jill a casa. Se ha asustado de los pájaros.
Lo dijo apresuradamente. No quería hablar delante de Jill.
—De acuerdo —asintió el granjero—. La llevaré a casa. ¿Por qué no se queda usted y se une al concurso de tiro? Haremos volar las plumas.
Subió Jill, y el conductor, dando la vuelta al coche, aceleró por el camino en dirección a la casa. Nat echó a andar detrás: Trigg debía de estar loco. ¿De qué servía una escopeta contra un firmamento de pájaros?
Nat, libre ahora de la preocupación de Jill, tenía tiempo de mirar a su alrededor. Los pájaros seguían describiendo círculos sobre los campos. Eran gaviotas corrientes casi todas, pero, entre ellas, se hallaba también la gaviota negra. Por lo general, se mantenían apartadas, pero ahora marchaban juntas. Algún lazo las había unido. La gaviota negra atacaba a los pájaros más pequeños e incluso, según había oído decir, a los corderos recién nacidos. Él no lo había visto. Lo recordaba ahora, no obstante, al mirar hacia el cielo. Se esta­ban acercando a la granja. Sus círculos iban siendo más bajos, y las gaviotas negras volaban al frente, las gaviotas negras condu­cían las bandadas. La granja era, pues, su objetivo. Se dirigían a la granja.
Nat aceleró el paso en dirección a su casa. Vio dar la vuelta al coche del granjero y emprender el camino de regreso. Cuando llegó junto a él, frenó bruscamente.
—La niña ya está dentro —dijo el granjero—. Su mujer la estaba esperando. Bueno, ¿qué le parece? En la ciudad dicen que lo han hecho los rusos. Que los rusos han envenenado a los pájaros.
—¿Cómo podrían hacerlo? —preguntó Nat.
—A mí no me pregunte. Ya sabe cómo surgen los bulos. ¿Qué? ¿Se viene a mi concurso de tiro?
—No; pienso quedarme en casa. Mi mujer se inquietaría.
—La mía dice que estaría bien si pudiésemos comer gaviota —dijo Trigg—; tendríamos gaviota asada, gaviota cocida y, por si fuera poco, gaviota en escabeche. Espere usted a que les suelte unos tiros. Eso las asustará.
— ¿Ha puesto usted tablas en las ventanas?
—No. ¡Qué tontería! A los de la radio les gusta asustar a la gente. Hoy he tenido cosas más importantes que hacer que andar clavando las ventanas.
—Yo, en su lugar, lo haría.
— ¡Bah! Exagera usted. ¿Quiere venirse a dormir en nuestra casa?
— No; gracias, de todos modos.
—Bueno. Piénselo mañana. Le daremos gaviota para desayunar.
El granjero sonrió y, luego, enfiló el coche hacia la puerta de la granja.
Nat se apresuró. Atravesó el bosquecillo, rebasó el viejo granero y cruzó el portillo que daba acceso al prado.
Al pasar por el portillo, oyó un zumbido de alas. Una gaviota negra descendía en picado sobre él, erró, torció el vuelo y se remontó para volver a lanzarse de nuevo. En un instante se le unieron otras, seis, siete, una docena de gaviotas, blancas y negras mezcladas. Nat tiró la azada. No le servía. Cubriéndose la cabeza con los brazos, corrió hacia la casa. Las gaviotas continuaron lanzándose sobre él, en un absoluto silencio, sólo interrumpido por el batir de las alas, las terribles y zumbadoras alas. Sentía sangre en las manos, en las muñecas, en el cuello. Los agudos picos rasgaban la carne. Si por lo menos pudiese mantenerlas apartadas de sus ojos... Era lo único que importaba. Tenía que mantenerlas alejadas de sus ojos. Aún no habían aprendido cómo aferrarse a un hombre, cómo desgarrar la ropa, cómo arrojarse en masa contra la cabeza, contra el cuerpo. Pero, a cada nuevo descenso, a cada nuevo ataque, se volvían más audaces. Y no se preocupaban en absoluto de sí mismas. Cuando se lanzaban en picado y fallaban, se estrellaban violenta­mente y quedaban sobre el suelo, magulladas, reventadas. Nat, al correr, tropezaba con sus cuerpos destrozados, que empujaba con los pies hacia delante.
Llegó a la puerta y la golpeó con sus ensangrentadas manos. Debido a las tablas clavadas ante las ventanas, no brillaba ninguna luz. Todo estaba oscuro.
—Déjame entrar —gritó—; soy Nat. Déjame entrar.
Gritaba fuerte para hacerse oír por encima del zumbido de las alas de las gaviotas.
Entonces vio al planga, suspendido sobre él en el cielo, presto a lanzarse en picado. Las gaviotas giraban, se retiraban, se remonta­ban juntas contra el viento. Sólo el planga permanecía. Un solo planga en el cielo sobre él. Las alas se plegaron súbitamente a lo largo de su cuerpo, y se dejó caer como una piedra. Nat chilló, y la puerta se abrió. Traspuso precipitadamente el umbral y su mujer arrojó contra la puerta todo el peso de su cuerpo.
Oyeron el golpe del planga caer.
Su mujer le curó las heridas. No eran profundas. Las muñecas y el dorso de las manos era lo que más había sufrido. Si no hubiese llevado gorra, le habrían alcanzado en la cabeza. En cuanto al planga... El planga podía haberle roto el cuello.
Los niños estaban llorando, naturalmente. Habían visto sangre en las manos de su padre.
—Todo va bien ahora —les dijo —. No me duele. No son más que unos rasguños. Juega con Johnny, Jill. Mamá lavará estas heridas.
Entornó la puerta, de modo que no le pudiesen ver. Su mujer estaba pálida. Empezó a echarle agua de la artesa.
—Las he visto allá arriba —cuchicheó ella—. Empezaron a reunir­se justo cuando entró Jill con el señor Trigg. Cerré apresuradamente la puerta, y se atrancó. Por eso no he podido abrirla en seguida al llegar tú.
— Gracias a Dios que me han esperado a mí —dijo él—. Jill habría caído en seguida. Un solo pájaro lo habría conseguido.
Furtivamente, de modo que no se alarmasen los niños, siguieron hablando en susurros, mientras ella le vendaba las manos y el cuello.
— Están volando tierra adentro —decía él—. Miles de ellos: grajos, cuervos, todos los pájaros más grandes. Los he visto desde la parada del autobús. Se dirigen a las ciudades.
—Pero ¿qué pueden hacer, Nat?
—Atacarán. Atacarán a todo el que encuentren en las calles. Luego probarán con las ventanas, las chimeneas.
— ¿Por qué no hacen algo las autoridades? ¿Por qué no sacan al Ejército, ponen ametralladoras, algo?
—No ha habido tiempo. Nadie está preparado. En las noticias de las seis oiremos lo que tengan que decir.
Nat volvió a la cocina, seguido de su mujer. Johnny estaba jugando tranquilamente en el suelo. Sólo Jill parecía inquieta.
— Oigo a los pájaros —dijo —. Escucha, papá.
Nat escuchó. De las ventanas, de la puerta, llegaban sonidos ahogados. Alas que rozaban la superficie, deslizándose, rascando, buscando un medio de entrar. El ruido de muchos cuerpos apretuja­dos que se restregaban contra los muros. De vez en cuando, un golpe sordo, un fragor, el lanzamiento en picado de algún pájaro que se estrellaba contra el suelo.
«Algunos se matarán de esta forma —pensó —, pero no es bastante. Nunca es bastante.»
— Bueno —dijo en voz alta —, he puesto tablas en las ventanas. Los pájaros no pueden entrar.
Fue examinando todas las ventanas. Su trabajo había sido con­cienzudo. Todas las rendijas estaban tapadas. Haría algo más, no obstante. Encontró cuñas, trozos de lata, listones de madera, tiras de metal, y los sujetó a los lados para reforzar las tablas. Los martillazos contribuían a amortiguar el ruido de los pájaros, los frotes, los golpecitos y, más siniestro — no quería que sus hijos lo oyesen —, el crujido de los vidrios al romperse.
— Pon la radio —dijo—; a ver qué dice.
Esto disimularía también los ruidos. Subió a los dormitorios y reforzó las ventanas. Podía oír a los pájaros en el tejado, el rascar de uñas, un sonido insistente, continuo.
Decidió que debían dormir en la cocina; mantendrían encendido el fuego, bajarían los colchones y los tenderían en el suelo. No se sentía muy tranquilo con las chimeneas de los dormitorios. Las tablas que había colocado en la base de las chimeneas podían desprenderse. En la cocina, gracias al fuego, estarían a salvo. Tendría que hacer una diversión de todo ello. Fingir ante los niños que estaban jugando a campamentos. Si ocurría lo peor y los pájaros forzaban una entrada por las chimeneas de los dormitorios, pasarían horas, quizá días, antes de que pudiesen destruir las puertas. Los pájaros quedarían aprisionados en los dormitorios. Allí no podrían hacer ningún daño. Hacinados entre sus paredes, morirían sofo­cados.
Empezó a bajar los colchones. Al verlo, a su mujer se le dilataron los ojos de miedo. Pensó que los pájaros habían irrumpido ya en el piso de arriba.
— Bueno —dijo él en tono jovial —, esta noche vamos a dormir todos juntos en la cocina. Resulta más agradable dormir aquí abajo, junto al fuego. Así no nos molestarán estos estúpidos pajarracos que andan por ahí dando golpecitos en las ventanas.
Hizo que los niños le ayudasen a apartar los muebles y tuvo la precaución de, con la ayuda de su mujer, colocar el armario pegado a la ventana. Encajaba bien. Era una protección adicional. Ahora ya se podían poner los colchones, uno junto a otro, contra la pared en que había estado el armario.
«Estamos bastante seguros ahora —pensó —, estamos cómodos y aislados, como en un refugio antiaéreo. Podemos resistir. Lo único que me preocupa son los víveres. Víveres y carbón para el fuego. Tenemos para uno o dos días, no más. Entonces...»
De nada servía formar proyectos con tanta antelación. Ya darían instrucciones por la radio. Dirían a la gente lo que tenía que hacer. Y, entonces, en medio de sus problemas, se dio cuenta de que la radio no transmitía más que música de baile. No el programa infantil, como debía haber sido. Miró el día. Sí, estaba puesta la emisora local. Bailables. Sabía el motivo. Los programas habituales habían sido abandonados. Esto sólo sucedía en ocasiones excepcio­nales. Elecciones y cosas así. Intentó recordar si había sucedido lo mismo durante la guerra, cuando se producían duras incursiones aéreas sobre Londres. Pero, naturalmente, la B.B.C. no estaba en Londres durante la guerra. Transmitía sus programas desde otros estudios, instalados provisionalmente.
«Estamos mejor aquí —pensó —, estamos mejor aquí en la cocina, con las puertas y las ventanas entabladas, que como están los de las ciudades. Gracias a Dios que no estamos en las ciudades.»
A las seis cesó la música. Sonó la señal horaria. No importaba que se asustasen los niños, tenía que oír las noticias. Hubo una pausa. Luego, el locutor habló. Su voz era grave, solemne. Completamente distinta de la del mediodía.
«Aquí Londres —dijo —. A las cuatro de esta tarde se ha proclama­do en todo el país el estado de excepción. Se están adoptando medidas para salvaguardar las vidas y las propiedades de la pobla­ción, pero debe comprenderse que no es fácil que éstas produzcan un efecto inmediato, dada la naturaleza repentina y sin precedentes de la actual crisis. Todos los habitantes deben tomar precauciones para con su propia casa, y donde vivan juntas varias personas, como en pisos y apartamentos, deben ponerse de acuerdo para hacer todo lo que puedan en orden e impedir la entrada en ellos. Es absoluta­mente necesario que todo el mundo se quede en su casa esta noche y que nadie permanezca en las calles, carreteras, o en cualquier otro lugar desguarnecido. Enormes cantidades de pájaros están atacando a todo el que ven y han empezado ya a asaltar los edificios; pero éstos, con el debido cuidado, deben ser impenetrables. Se ruega a la población que permanezca en calma y no se deje dominar por el pánico. Dado el carácter excepcional de la situación, no serán radiados más programas, desde ninguna estación emisora, hasta las siete horas de mañana.»
Tocaron el Himno Nacional. No pasó nada más. Nat apagó la radio. Miró a su mujer y ella le devolvió la mirada.
— ¿Qué ocurre? —preguntó Jill —. ¿Qué ha dicho la radio?
—No va a haber más programas esta noche —dijo Nat—. Ha habido una avería en la B.B.C.
— ¿Es por los pájaros? —preguntó Jill —. ¿Lo han hecho los pájaros?
—No —respondió Nat—, es sólo que todo el mundo está muy ocupado, y además tienen que desembarazarse de los pájaros, que andan revolviéndolo todo allá arriba, en las ciudades. Bueno, por una noche podemos arreglarnos sin la radio.
—Ojalá tuviéramos un gramófono —dijo Jill—; eso sería mejor que nada.
Tenía el rostro vuelto hacia el armario, apoyado contra las ventanas. Aunque intentaban ignorarlo, percibían claramente los roces, los chasquidos, el persistente batir de alas.
— Cenaremos pronto —sugirió Nat—. Pídele a mamá algo bueno. Algo que nos guste a todos, ¿eh?
Hizo una seña a su mujer y le guiñó el ojo. Quería que la mirada de temor, de aprensión, desapareciese del rostro de Jill.
Mientras se hacía la cena, estuvo silbando, cantando, haciendo todo el ruido que podía, y le pareció que los sonidos exteriores no eran tan fuertes como al principio. Subió en seguida a los dormito­rios y escuchó. Ya no se oía el rascar de antes sobre el tejado.
«Han adquirido la facultad de razonar —pensó—; saben que es difícil entrar aquí. Probarán en otra parte. No perderán su tiempo con nosotros.»
La cena transcurrió sin incidentes, y entonces, cuando estaban quitando la mesa, oyeron un nuevo sonido, runruneante, familiar, un sonido que todos ellos conocían y comprendían.
Su mujer le miró, iluminado el rostro.
— Son aviones —dijo — , están enviando aviones tras los pájaros. Eso es lo que yo he dicho desde el principio que debían hacer. Eso los ahuyentará. ¿Son cañonazos? ¿No oís cañones?
Quizá fuese fuego de cañón, allá en el mar. Nat no podría decirlo. Los grandes cañones navales puede que tuviesen eficacia contra las gaviotas en el mar, pero las gaviotas estaban ahora tierra adentro. Los cañones no podían bombardear la costa, a causa de la pobla­ción.
— Es agradable oír los aviones, ¿verdad? —dijo su mujer.
Y Jill, captando su entusiasmo, se puso a brincar de un lado para otro con Johnny.
—Los aviones alcanzarán a los pájaros. Los aviones los echarán.
Justamente entonces oyeron un estampido a unas dos millas de distancia, seguido de otro y, luego, de otro más. El ronquido de los motores se fue alejando y desapareció sobre el mar.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó la mujer—. ¿Estaban tirando bombas sobre los pájaros?
—No sé —contestó Nat —, no creo.
No quería decirle que el ruido que habían oído era el estampido de un avión al estrellarse. Era, sin duda, un riesgo por parte de las autoridades enviar fuerzas de reconocimiento, pero podían haberse dado cuenta de que la operación era suicida. ¿Qué podían hacer los aviones contra pájaros que se lanzaban para morir contra las hélices y los fuselajes, sino arrojarse ellos mismos al suelo? Suponía que esto se estaba intentando ahora por todo el país. Y a un precio muy caro. Alguien de los de arriba había perdido la cabeza.
— ¿Adonde se han ido los aviones, papá? —preguntó Jill.
—Han vuelto a su base —respondió —. Bueno, ya es hora de acostarse.
Mantuvo ocupada a su mujer, desnudando a los niños delante del fuego, arreglando los colchones y haciendo otras muchas cosas, mientras él recorría de nuevo la casa para asegurarse de que todo seguía bien. Ya no se oía el zumbido de la aviación, y los cañones habían dejado de disparar.
«Una pérdida de vidas y de esfuerzos —se dijo Nat—. No podemos matar suficientes pájaros de esa manera. Cuesta demasia­do. Queda el gas. Quizás intenten echar gases, gases venenosos. Naturalmente, nos avisarían primero, si lo hiciesen. Una cosa es cierta; los mejores cerebros del país pasarán la noche concentrados en este asunto.»
En cierto modo, la idea le tranquilizó. Se representaba un plantel de científicos, naturalistas y técnicos reunidos en consejo para deliberar; ya estarán trabajando sobre el problema. Ésta no era tarea para el Gobierno, ni para los jefes de Estado Mayor; éstos se limitarían a llevar a la práctica las órdenes de los científicos.
«Tendrán que ser implacables —pensó —. Lo peor es que, si deciden utilizar el gas, tendrán que arriesgar más vidas. Todo el ganado y toda la tierra quedarían contaminados también. Mientras nadie se deje llevar por el pánico... Eso es lo malo. Que la gente caiga en pánico y pierda la cabeza. La B.B.C. ha hecho bien en advertirnos eso.»
Arriba, en los dormitorios, todo estaba tranquilo. No se oía arañar y rascar en las ventanas. Una tregua en la batalla. Reagrupa­ción de fuerzas. ¿No era así como lo llamaban en los partes de guerra? El viento, sin embargo, no había cesado. Podía oírlo todavía, rugiendo en las chimeneas. Y al mar rompiendo allá abajo, en la playa. Entonces se acordó de la marea. La marea estaría bajando. Quizá la tregua era debida a la marea. Había alguna ley que obedecían los pájaros y que estaba relacionada con el viento del Este y con la marea.
Miró al reloj. Casi las ocho. La pleamar debía de haber sido hacía una hora. Eso explicaba la tregua. Los pájaros atacaban con la marea alta. Puede que no actuaran así tierra adentro, pero ésta parecía ser la táctica que seguían en la costa. Calculó mentalmente el tiempo. Tenían seis horas por delante. Cuando la marea subiese de nuevo, a eso de la una y veinte de la madrugada, los pájaros volverían...
Había dos cosas que podía hacer. La primera, descansar con su mujer y sus hijos, dormir todo lo que pudiesen hasta la madrugada. La segunda, salir, ver cómo le iba a los de la granja y si todavía funcionaba el teléfono, para poder obtener noticias de la central.
Llamó en voz baja a su mujer, que acababa de acostar a los niños. Ella subió hasta la mitad de la escalera, y él le expuso lo que se proponía hacer.
—No te vayas —dijo ella al instante—, no te vayas dejándome sola con los niños. No podría resistirlo.
Su voz se elevó histéricamente. Él la apaciguó, la calmó.
—Está bien —dijo—, está bien. Esperaré a mañana. A las siete oiremos el boletín de noticias de la radio. Pero, por la mañana, cuando vuelva a bajar la marea, me acercaré a la granja a ver si nos dan pan y patatas, y también algo de leche.
Su mente se hallaba ocupada, formando planes en previsión de posibles contingencias. Naturalmente, esta noche no habrían orde­ñado a las vacas. Se habrían quedado fuera, en el corral, mientras los moradores de la casa se atrincheraban tras las ventanas entabladas, igual que ellos. Es decir, si habían tenido tiempo de tomar precauciones. Pensó en Trigg, sonriéndole desde el coche. No habría habido concurso de tiro esta noche.
Los niños se habían dormido. Su mujer, aún vestida, estaba sentada en su colchón. Miró nerviosamente a su marido.
— ¿Qué vas a hacer? —cuchicheó.
Nat movió la cabeza, indicándole que guardara silencio. Lenta­mente, con cuidado, abrió la puerta trasera y miró al exterior.
La oscuridad era absoluta. El viento soplaba más fuerte que nunca, helado, llegando en rápidas ráfagas desde el mar. Puso el pie sobre el escalón del otro lado de la puerta. Estaba lleno de pájaros. Había pájaros muertos por todas partes. Bajo las ventanas, contra las paredes. Eran los suicidas, los somorgujos, y tenían los cuellos rotos. Adondequiera que miraba veía pájaros muertos. Ni rastro de los vivos. Con el cambio de la marea los vivos habían volado hacia el mar. Las gaviotas estarían ahora posadas sobre las aguas, como lo habían estado por la mañana.
A lo lejos, sobre la colina donde dos días antes había estado el tractor, estaba ardiendo algo. Uno de los aviones que se habían estrellado; el fuego, impulsado por el viento, había prendido a un almiar.
Contempló los cuerpos de los pájaros y se le ocurrió que, si los apilaba uno encima de otro sobre los alféizares de las ventanas, constituirían una protección adicional para el siguiente ataque. No mucho, tal vez, pero algo sí. Los cadáveres tendrían que ser desgarrados, picoteados y apartados a un lado, antes de que los pájaros vivos pudiesen afianzarse en los alféizares y atacar los cristales. Se puso a trabajar en la oscuridad. Era ridículo; le repugnaba tocarlos. Los cadáveres estaban todavía calientes y en­sangrentados. Las plumas estaban manchadas de sangre. Sintió que se le revolvía el estómago, pero continuó con su trabajo. Se dio cuenta, con horror, de que todos los cristales de las ventanas estaban rotos. Sólo las tablas habían impedido que entraran los pájaros. Rellenó los cristales rotos con sangrantes cuerpos de los pájaros.
Cuando hubo terminado, volvió a entrar en la casa. Atrancó la puerta de la cocina, para mayor seguridad. Se quitó las vendas, empapadas de la sangre de los pájaros, no de la de sus heridas, y se puso un parche nuevo.
Su mujer le había hecho cacao, y lo bebió ávidamente. Estaba muy cansado.
— Bueno —dijo sonriendo —, no te preocupes. Todo irá bien.
Se tendió en su colchón y cerró los ojos. Se durmió en seguida. Tuvo un dormir agitado, porque a través de sus sueños se deslizaba la sombra de algo que había olvidado. Algo que tenía que haber hecho y se le había pasado. Alguna precaución que se le había ocurrido tomar, pero que no había llevado a la práctica y a la que no podía identificar en su sueño. Estaba relacionada de alguna manera con el avión en llamas y con el almiar de la colina. No obstante, siguió durmiendo; no se despertaba. Fue su mujer quien, sacudién­dole del hombro, le despertó por fin.
— Ya han empezado —sollozó —, han empezado hace una hora. No puedo escuchar sola por más tiempo. Y, además, hay algo que huele mal, algo que se está quemando.
Entonces recordó. Se había olvidado de encender el fuego. Sólo quedaban rescoldos a punto de apagarse. Se levantó rápidamente y encendió la lámpara. El golpeteo había comenzado ya a sonar en la puerta y en las ventanas, pero no era eso lo que atraía su atención. Era el olor a plumas chamuscadas. El olor llenaba la cocina. Se dio cuenta en seguida de lo que era. Los pájaros estaban bajando por la chimenea, abriéndose camino hacia la cocina.
Cogió papel y astillas, y las puso sobre las ascuas; luego alcanzó el bote de parafina.
— Ponte lejos —ordenó a su mujer; tenemos que correr este riesgo.
Arrojó la parafina en el fuego. Una rugiente llamarada subió por el cañón de la chimenea, y, sobre el fuego, cayeron los cuerpos abrasados, ennegrecidos, de los pájaros.
Los niños se despertaron y empezaron a llorar.
—¿Qué pasa? —preguntó Jill—. ¿Qué ha ocurrido?
Nat no tenía tiempo para contestar. Estaba apartando de la chimenea los cadáveres y arrojándolos al suelo. Las llamas seguían rugiendo y había que hacer frente al peligro de que se propagara el fuego que había encendido. Las llamas ahuyentarían de la boca de la chimenea a los pájaros vivos. La dificultad estaba en la parte baja. Ésta se hallaba obstruida por los cuerpos, humeantes e inertes, de los pájaros sorprendidos por el fuego. Apenas si prestaba atención a los ataques que se concentraban sobre la puerta y las ventanas. Que batiesen las alas, que se rompiesen los picos, que perdiesen la vida en su intento de forzar una entrada a su hogar. No lo conseguirían. Daba gracias a Dios por tener una casa antigua con ventanas pequeñas y sólidas paredes. No como las casas nuevas del pueblo. Que el cielo amparase a los que vivían en ellas.
— Dejad de llorar —gritó a los niños —. No hay nada que temer; dejad de llorar.
Siguió apartando los humeantes cuerpos a medida que caían al fuego.
«Esto les convencerá —se dijo —. Mientras el fuego no prenda a la chimenea, estamos seguros. Merecería que me fusilasen por esto. Lo último que tenía que haber hecho antes de acostarme era encender el fuego. Sabía que había algo.»
Mezclado con los roces y los golpes sobre las tablas de las ventanas, se oyó de pronto el familiar sonido del reloj de la cocina al dar la hora. Las tres de la madrugada. Aún tenían que pasar algo más de cuatro horas. No estaba seguro de la hora exacta en que había marea alta. Calculaba que no empezaría a bajar mucho antes de las siete y media, o las ocho menos veinte.
— Enciende el hornillo — dijo a su mujer—. Haznos un poco de té, y un poco de cacao para los niños. No tiene objeto estar sentado sin hacer nada.
Ésa era la línea a seguir. Mantenerles ocupados a ella y a los niños. Andar de un lado para otro, comer, beber; lo mejor era estar siempre en movimiento.
Aguardó junto al fuego. Las llamas iban extinguiéndose. Pero por la chimenea ya no caían más cuerpos. Introdujo hacia arriba el atizador todo lo que pudo y no encontró nada. Estaba despejada. La chimenea estaba despejada. Se enjugó el sudor de la frente.
—Anda, Jill —dijo—, tráeme unas cuantas astillas más. Pronto tendremos un buen fuego.
Pero ella no quería acercarse. Estaba mirando los chamuscados cadáveres de los pájaros, amontonados junto a él.
—No te preocupes de ellos —le dijo su padre—, los pondremos en el pasillo cuando tenga listo el fuego.
El peligro de la chimenea había desaparecido. No volvería a repetirse, si se mantenía el fuego ardiendo día y noche.
«Mañana tendré que traer más combustible de la granja —pen­só—. Éste no puede durar siempre. Ya me las arreglaré. Puedo hacerlo con la bajamar. Cuando baje la marea, se podrá trabajar e ir en busca de lo que haga falta. Lo único que tenemos que hacer es adaptarnos a las circunstancias; eso es todo.»
Bebieron té y cacao y comieron varias rebanadas de pan y extracto de carne. Nat se dio cuenta de que no quedaba más que media hogaza. No importaba; ya conseguirían más.
— ¡Atrás! —exclamó el pequeño Johnny, apuntando a las ventanas con su cuchara—. ¡Atrás, pajarracos!
— Eso está bien —dijo Nat, sonriendo—, no les queremos a esos bribones, ¿verdad? Ya hemos tenido bastante.
Empezaron a aplaudir cuando se oía el golpe de los pájaros suicidas.
—Otro más, papá —exclamó Jill—; ése ya no tiene nada que hacer.
—Sí —dijo Nat—, ya está listo ese granuja.
Ésta era la forma de tomarlo. Éste era el espíritu. Si lograban mantenerlo hasta las siete, cuando transmitiesen el primer boletín de noticias, mucho habrían conseguido.
—Danos un pitillo —dijo a su mujer—. Un poco de humo disipará el olor a plumas quemadas.
—No quedan más que dos en el paquete —dijo ella—. Tenía que haberte comprado más.
—Bueno. Cogeré uno, y guardaré el otro para cuando haya escasez.
Era inútil tratar de dormir a los niños. No era posible dormir mientras continuaran los golpes y los roces en las ventanas. Se sentó en el colchón, rodeando con un brazo a Jill y con el otro a su mujer, que tenía a Johnny en su regazo, cubiertos los cuatro con las mantas.
—No puedo por menos de admirar a estos bribones —dijo—; tienen constancia. Uno pensaría que ya tenían que haberse cansado del juego, pero no hay tal.
La admiración era difícil de mantenerse. El golpeteo continuaba incesante y un nuevo sonido, de algo que raspaba, hirió el oído de Nat, como si un pico más afilado que ninguno de los anteriores hubiese venido a ocupar el lugar de sus compañeros. Trató de recordar los nombres de los pájaros, trató de pensar qué especies en particular servirían para esta tarea. No era el rítmico golpear del pájaro carpintero. Habría sido rápido y suave. Éste era más serio, porque, si continuaba mucho tiempo, la madera acabaría astillándo­se igual que los cristales. Entonces, se acordó de los halcones. ¿Sería posible que los halcones hubiesen sustituido a las gaviotas? ¿Había ahora busardos en los alféizares de las ventanas, empleando las garras, además de los picos? Halcones, busardos, cernícalos, gavila­nes..., había olvidado a las aves de presa. Se había olvidado de la fuerza de las aves de presa. Faltaban tres horas, y, mientras esperaban el momento en que oyeran astillarse la madera, las garras seguían rascando.
Nat miró a su alrededor, considerando qué muebles podía romper para fortificar la puerta. Las ventanas estaban seguras por el armario. Pero no tenía mucha confianza en la puerta. Subió la escalera, pero al llegar al descansillo se detuvo y escuchó. Se oía una sucesión de apagados golpecitos, producidos por el rozar de algo sobre el suelo del dormitorio de los niños. Los pájaros se habían abierto camino... Aplicó el oído contra la puerta. No había duda. Percibía el susurro de las alas y los leves roces contra el suelo. El otro dormitorio estaba libre todavía. Entró en él y empezó a sacar los muebles; apilados en lo alto de la escalera protegerían la puerta del dormitorio de los niños. Era una precaución. Quizá resultara innecesaria. No podía amontonar los muebles contra la puerta, porque ésta se abría hacia dentro. Lo único que cabía hacer era colocarlos en lo alto de la escalera.
—Baja, Nat, ¿qué estás haciendo? —gritó su mujer.
—Voy en seguida —respondió —. Estoy terminando de poner en orden las cosas aquí arriba.
No quería que subiese; no quería que ella oyera el ruido de las patas en el cuarto de los niños, el rozar de aquellas alas contra la puerta.
A las cinco y media, propuso que desayunaran, tocino y pan frito, aunque sólo fuera por atajar el incipiente pánico que comenzaba a reflejarse en los ojos de su mujer y calmar a los asustados niños. Ella no sabía que los pájaros habían penetrado ya en el piso de arriba. Afortunadamente, el dormitorio no caía encima de la cocina. De haber sido así, ella no podría por menos de haber oído el ruido que hacían allá arriba, pegando contra las tablas. Y el estúpido e insensato golpetear de los pájaros suicidas que volaban dentro de la habitación, aplastándose la cabeza contra las paredes. Conocía bien a las gaviotas blancas. No tenían cerebro. Las negras eran dife­rentes, sabían muy bien lo que se hacían. Y también los busardos, los halcones...
Se encontró a sí mismo observando el reloj, mirando a las manecillas, que con tanta lentitud giraban alrededor, de la esfera. Se daba cuenta de que, si su teoría no era correcta, si el ataque no cesaba con el cambio de la marea, terminarían siendo derrotados. No podrían continuar durante todo el largo día sin aire, sin descanso, sin más combustible, sin... Su pensamiento volaba. Sabía que necesitaban muchas cosas para resistir un asedio. No estaban bien preparados. No estaban prevenidos. Quizá, después de todo, estuviesen más seguros en las ciudades. Su primo vivía a poca distancia de allí en tren. Si lograba telefonearle desde la granja, podrían alquilar un coche. Eso sería más rápido: alquilar un coche entre dos pleamares.
La voz de su mujer, llamándole una y otra vez por su nombre, le ahuyentó el súbito y desesperado deseo de dormir.
—¿Qué hay? ¿Qué pasa? —exclamó desabridamente.
—La radio —dijo su mujer. Había estado mirando el reloj—. Son casi las siete.
— No gires el mando —exclamó, impaciente por primera vez—; está puesta en la B.B.C. Hablarán desde ahí.
Esperaron. El reloj de la cocina dio las siete. No llegó ningún sonido. Ninguna campanada, nada de música. Esperaron hasta las siete y cuarto y cambiaron de emisora. El resultado fue el mismo. No había ningún boletín de noticias.
—Hemos entendido mal —dijo él—. No emitirán hasta las ocho.
Dejaron conectado el aparato, y Nat pensó en la batería, pregun­tándose cuánta carga le quedaría. Generalmente, la recargaban cuando su mujer iba de compras a la ciudad. Si fallaba la batería, no podrían escuchar las instrucciones.
—Está aclarando —susurró su mujer—. No lo veo, pero lo noto. Y los pájaros no golpean ya con tanta fuerza.
Tenía razón. Los golpes y los roces se iban debilitando por momentos. Y también los empellones, el forcejeo para abrirse paso que se oía junto a la puerta, sobre los alféizares. Había empezado a bajar la marea. A las ocho, no se oía ya ningún ruido. Sólo el viento. Los niños, amodorrados por el silencio, se durmieron. A las ocho y media, Nat desconectó la radio.
— ¿Qué haces? Nos perderemos las noticias —dijo su mujer.
—No va a haber noticias —respondió Nat—. Tendremos que depender de nosotros mismos.
Se dirigió a la puerta y apartó lentamente los obstáculos que había colocado. Levantó los cerrojos y, pisando los cadáveres que yacían en el escalón de la entrada, aspiró el aire frío. Tenía seis horas por delante, y sabía que debía reservar sus fuerzas para las cosas necesarias, en manera alguna debía derrocharlas. Víveres, luz, combustible: ésas eran cosas —necesarias. Si lograba obtenerlas en cantidad suficiente, podrían resistir otra noche más.
Dio un paso hacia delante, y entonces vio a los pájaros vivos. Las gaviotas se habían ido, como antes, al mar; allí buscaban su alimento y el empuje de la marea antes de volver al ataque. Los pájaros terrestres, no. Esperaban y vigilaban. Nat los veía sobre los setos, en el suelo, apiñados en los árboles, línea tras línea de pájaros, quietos, inmóviles.
Anduvo hasta el extremo de su pequeño huerto. Los pájaros no se movieron. Seguían vigilándole.
«Tengo que conseguir víveres —se dijo Nat —. Tengo que ir a la granja a buscar víveres.»
Regresó a la casa. Examinó las puertas y las ventanas. Subió la escalera y entró en el cuarto de los niños. Estaba vacío, fuera de los pájaros muertos que yacían en el suelo. Los vivos estaban allá fuera, en el huerto, en los campos. Bajó a la cocina.
— Me voy a la granja —dijo.
Su mujer le cogió del brazo. Había visto a los pájaros a través de la puerta abierta.
—Llévanos —suplicó—; no podemos quedarnos aquí solos. Pre­fiero morir antes que quedarme sola.
Nat consideró la cuestión. Movió la cabeza.
— Vamos, pues —dijo —, trae cestas y el cochecito de Johnny. Podemos cargar de cosas el cochecito.
Se vistieron adecuadamente para hacer frente al cortante viento y se pusieron guantes y bufandas. Nat cogió a Jill de la mano, y su mujer puso a Johnny en el cochecito.
—Los pájaros —gimió Jill— están todos ahí fuera, en los campos.
—No nos harán daño —dijo él—; de día, no.
Echaron a andar hacia el portillo, cruzando el campo, y los pájaros no se movieron. Esperaban, vueltas hacia el viento sus cabezas.
Al llegar al recodo que daba a la granja, Nat se detuvo y dijo a su mujer que le esperara con los niños al abrigo de la cerca.
— Pues yo quiero ver a la señora Trigg —protestó ella —. Hay montones de cosas que le podemos pedir prestadas, si fueron ayer al mercado; además de pan...
— Espera aquí —interrumpió Nat—. Vuelvo en seguida.
Las vacas estaban mugiendo, moviéndose inquietas por el corral, y Nat pudo ver el boquete de la valla por donde habían abierto camino las ovejas que ahora vagaban libres por el huerto, situado delante de la casa. No salía humo de las chimeneas. No sentía ningún deseo de que su mujer, o sus hijos, entraran en la granja.
— No vengas —exclamó ásperamente, Nat —. Haz lo que te digo.
Su mujer retrocedió con el cochecito junto a la cerca, protegién­dose, y protegiendo a los niños del viento.
Nat penetró solo en la granja. Se abrió paso por entre la grey de mugientes vacas, que, molestas por sus repletas ubres, vagaban dando vueltas de un lado a otro. Observó que el coche estaba junto a la puerta, fuera del garaje. Las ventanas de la casa estaban destrozadas. Había muchas gaviotas muertas, tendidas en el patio y esparcidas alrededor de la casa. Los pájaros vivos se hallaban posados sobre los árboles del pequeño bosquecillo que se extendía detrás de la granja y en el tejado de la casa. Permanecían completa­mente inmóviles. Le vigilaban.
El cuerpo de Jim..., lo que quedaba de él, yacía tendido en el patio. Las vacas le habían pisoteado, después de haber terminado los pájaros. Junto a él se hallaba su escopeta. La puerta de la casa estaba cerrada y atrancada, pero, como las ventanas estaban rotas, era fácil levantarlas y entrar por ellas. El cuerpo de Trigg estaba junto al teléfono. Debía de haber estado intentando comunicar con la central cuando los pájaros se lanzaron contra él. El receptor pendía suelto, y la caja había sido arrancada de la pared. Ni rastro de la señora Trigg. Estaría en el piso de arriba. ¿Para qué subir? Nat sabía lo que iba a encontrar.
«Gracias a Dios, no había niños», se dijo.
Hizo un esfuerzo para subir la escalera, pero, a mitad de camino, dio media vuelta y descendió de nuevo. Podía ver sus piernas, sobresaliendo por la abierta puerta del dormitorio. Detrás de ella, yacían los cadáveres de las gaviotas negras y un paraguas roto.
«Es inútil hacer nada —pensó Nat—. No dispongo más que de cinco horas, incluso menos. Los Trigg comprenderían. Tengo que cargar con todo lo que encuentre.»
Regresó al lado de su mujer y los niños.
—Voy a llenar el coche de cosas —dijo—. Meteré carbón, y parafina para el infiernillo. Lo llevaremos a casa y volveremos para una nueva carga.
— ¿Qué hay de los Trigg? —preguntó su mujer.
— Deben de haberse ido a casa de algunos amigos —respondió.
—¿Te ayudo?
—No; hay un barullo enorme ahí dentro. Las vacas y las ovejas andan sueltas por todas partes. Espera, sacaré el coche. Podéis sentaros en él.
Torpemente, hizo dar !a vuelta al coche y lo situó en el camino. Su mujer y los niños no podían ver desde allí el cuerpo de Jim.
— Quédate aquí —dijo—, no te preocupes del coche del niño. Luego vendremos a por él. Ahora voy a cargar el auto.
Los ojos de ella no se apartaban de los de Nat. Éste supuso que su mujer comprendía; de otro modo, no se habría ofrecido a ayudarle a encontrar el pan y los demás comestibles.
Hicieron en total tres viajes, entre su casa y la granja, antes de convencerse de que tenían todo lo que necesitaban. Era sorprenden­te, cuando se empezaba a pensar en ello, cuántas cosas eran necesarias. Casi lo más importante de todo era la tablazón para las ventanas. Nat tuvo que andar de un lado para otro buscando madera. Quería reponer las tablas de todas las ventanas de la casa. Velas, parafina, clavos, hojalata; la lista era interminable. Además, ordeñó a tres de las vacas. Las demás tendrían que seguir mugiendo, las pobres.
En el último viaje, condujo el coche hasta la parada del autobús, salió y se dirigió a la cabina telefónica. Esperó unos minutos haciendo sonar el aparato. Sin resultado. La línea estaba muerta. Se subió a una loma y miró en derredor, pero no se veía signo alguno de vida. A todo lo largo de los campos, nada; nada, salvo los pájaros, expectantes, en acecho. Algunos dormían; podía ver los picos arropados entre las plumas.
«Lo lógico sería que se estuviesen alimentando —pensó —, no ahí quietos, de esa manera.»
Entonces recordó. Estaban atiborrados de alimento. Habían comido hasta hartarse durante la noche. Por eso no se movían esta mañana...
No salía nada de humo de las chimeneas de las demás casas. Pen­só en las niñas que habían corrido por los campos la noche an­terior.
«Debí darme cuenta —pensó —. Tenía que haberlas llevado conmigo.»
Levantó la vista hacia el cielo. Estaba descolorido y gris. Los desnudos árboles del paisaje parecían doblarse y ennegrecerse ante el viento del Este. El frío no afectaba a los pájaros, que seguían esperando allá en los campos.
— Ahora es cuando debían ir por ellos —dijo Nat—; su objetivo está claro. Deben de estar haciendo esto por todo el país. ¿Por qué no despega ahora nuestra aviación y los rocía con gases venenosos?
¿Qué hacen nuestros muchachos? Tienen que saber, tienen que verlo por sí mismos.
Volvió al coche y se sentó ante el volante.
—Cruza de prisa la segunda puerta —cuchicheó su mujer—. El cartero está tendido allí. No quiero que Jill le vea.
Aceleró. El pequeño «Morris» saltaba y rechinaba a lo largo del camino. Los niños gritaban contentos.
A la una menos cuarto llegaron a la casa. Faltaba solamente una hora.
—Prefiero hacer una comida fría —dijo Nat—. Calienta algo para ti y para los niños; un poco de sopa, por ejemplo. Yo no tengo tiempo de comer ahora. Tengo que descargar todas estas cosas.
Lo metió todo dentro de la casa. Tiempo habría de ordenarlo. Todos debían tener algo que hacer durante las largas horas que se avecinaban. Ante todo, debía echar un vistazo a las puertas y ven­tanas.
Dio la vuelta a la casa, comprobando metódicamente cada puerta, cada ventana. Subió también al tejado y cerró con tablas todas las chimeneas, excepto la de la cocina. El frío era tan intenso que apenas podía soportarlo, pero era un trabajo que tenía que hacerse. De vez en cuando levantaba la vista hacia el cielo, esperanzado, en busca de aviones. No venía ninguno. Mientras trabajaba, maldijo la ineficacia de las autoridades.
— Siempre igual —murmuró —, siempre nos abandonan. Estúpi­do, estúpido desde el principio. Ningún plan, ninguna organiza­ción. Y los de aquí no tenemos importancia. Eso es lo que pasa. La gente de tierra adentro tiene prioridad. Seguro que allí ya están empleando gases y han lanzado a toda la aviación. Nosotros tenemos que esperar y aguantar lo que venga.
Hizo una pausa, terminado su trabajo en la chimenea del dormitorio y miró al mar. Algo se estaba moviendo allá lejos. Algo gris y blanco entre las rompientes.
—Es la Armada —dijo—; ellos no nos abandonan. Vienen por el canal y están entrando en la bahía.
Aguardó forzando la vista, llorosos los ojos a causa del viento, mirando en dirección al mar. Se había equivocado. No eran barcos. No estaba allí la Armada. Las gaviotas se estaban levantando del mar. En los campos, las nutridas bandadas de pájaros ascendían en formación desde el suelo y, ala con ala, se remontaban hacia el cielo.
Había llegado la pleamar.
Nat bajó por la escalera de mano que había utilizado y entró en la cocina. Su familia estaba comiendo. Eran poco más de las dos. Atrancó la puerta, levantando la barricada ante ella y encendió la lámpara.
— Es de noche —dijo el pequeño Johnny.
Su mujer había vuelto a conectar la radio, pero ningún sonido salía de ella.
— He dado toda la vuelta al dial —dijo —, emisoras extranjeras y todo. No he podido coger nada.
—Quizá tengan ellos el mismo trastorno —dijo—, quizás esté ocurriendo lo mismo por toda Europa.
Ella sirvió en un plato sopa de los Trigg, cortó una rebanada grande de pan de los Trigg y la untó con mantequilla.
Comieron en silencio. Un poco de mantequilla se deslizó por la mejilla de Johnny y cayó sobre la mesa.
—Modales, Johnny —dijo Jill—, tienes que aprender a secarte los labios.
Comenzó el repiqueteo en las ventanas, en la puerta. Los roces, los crujidos, el forcejeo para tomar posiciones en los alféizares. El primer golpe de un pájaro suicida contra la pared.
— ¿No harán algo los americanos? —exclamó su mujer—. Siempre han sido nuestros aliados, ¿no? Seguramente harán algo.
Nat no respondió. Las tablas colocadas en las ventanas eran recias, y también las de las chimeneas. La casa estaba llena de provisiones, de combustible, de todo lo que necesitarían en varios días. Cuando terminara de comer, sacaría las cosas, las ordenaría, las iría colocando en sus sitios. Su mujer y los niños podrían ayudarle. Era necesario tenerlos ocupados en algo. Acabarían rendidos a las nueve menos cuarto, cuando la marea estuviese baja otra vez; entonces, les haría acostarse en sus colchones y procuraría que durmiesen profundamente hasta las tres de la madrugada.
Tenía una nueva idea para las ventanas, que consistía en poner alambre de espinto delante de las tablas. Se había traído un rollo grande de la granja. Lo malo era que tendría que trabajar a oscuras, durante la tregua entre las nueve y las tres. Era una lástima que no se le hubiese ocurrido antes. Lo principal era que hubiese tranquilidad mientras dormían su mujer y los niños.
Los pájaros pequeños estaban ya enzarzados con la ventana.
Reconoció el ligero repiqueteo de sus picos y el suave roce de sus alas. Los halcones no hacían caso de las ventanas. Ellos concentraban su ataque en la puerta. Nat escuchó el violento chasquido de la madera al astillarse y se preguntó cuántos millones de años de recuerdos estaban almacenados en aquellos pequeños cerebros, tras los hirientes picos y los taladrantes ojos, que ahora hacían nacer en ellos este instinto de destruir a la Humanidad con toda la certera y demoledora precisión de unas máquinas implacables.
—Me fumaré ese último pitillo —dijo a su mujer—. Estúpido de mí, es lo único que he olvidado traer de la granja.
Lo cogió y conectó la radio. Tiró al fuego el paquete vacío y se quedó mirando cómo ardía.

8/11/09

"NOSOTROS AMAMOS LA LUZ", DE MARÍA GUERA Y ARTURO MENGOTTI

(ESTE RELATO FUE PUBLICADO EN LA REVISTA NUEVA DIMENSIÓN, nº extra 5, enero 1971, p. 91-114, publicación de la cual lo hemos transcrito)

© Relato publicado con permiso de Alexandra Mengotti, hija de Atturo Mengotti y nieta de María Guera. La finalidad de esta publicación es únicamente divulgativa.
Podéis encontrar más información sobre este relato y sus autores en.
Ver Índice de los relatos de María Guera y Arturo Mengotti en este blog.


En aquel mismo instante mi condena se terminó, había sido redimido.

Percibí la llamada de mis compañeros, un claro tañido de campanas que vibraba en ondas apremiantes, desde la distante estrella.

Una parte de mí casi desfalleció de júbilo, de nostalgia inaplazable, ante la certidumbre del regreso. La otra mitad luchó por resistir y permanecer para siempre entre los seres creados con mi propia vida. Pero era mejor abandonarlos a un libre destino y quedar en su recuerdo como un mito, sin fallos.

Venció la llamada del hogar, y en una vertiginosa caída a través del espacio, que rugió y se estremeció al abrirse durante el instante de un parpadeo, fui a reunirme con ellos.

Cuando soñé con mi vuelta, nunca esperé palabras de bienvenida. Sería un verdadero amanecer en la serenidad y el equilibrio de nuestra hermandad, después de los solitarios años de luchar .conmigo mismo. Abandonado, igual que el sublevado de un navío en el islote solitario, el errante cometa. Sin más alimentos que mis propias emociones, al fin consumidas.

Tuve tiempo de sobra para comprender lo que mis compañeros rechazaban, cuando me condenaron al aislamiento. Nosotros, los hombres, habíamos conseguido ese difícil equilibrio sobre la antigua ambivalencia de
nuestra mente, tal vez a costa de nuestra condición humana. Aún podíamos ceder, y una grieta en nuestra alma bastaría para arrastramos por la fascinante corriente entre los contrarios, en la que, durante milenios de aprendizaje, fuimos campo de batalla. Ahora ya sabía que todo estaba consumado y todas las misiones cumplidas. Las fronteras del Yo fueron cruzadas muy atrás en el tiempo, para poder alzar los cimientos de nuestra unión. Y sin embargo... ¿por qué una nostalgia ancestral me acuciaba siempre a abrir la puerta?

Aguardé en la enorme sala, decorada por la luz. Gavillas de haces tornasolados se desintegraban sin esfuerzo al atravesar los prismas de las columnas. Bloques transparentes que se precipitaban en una catarata silenciosa, desde la remota pirámide que los coronaba y vertía la armonía de miles de matices, que desde un suave escarlata tintineaban, a través de un esmeralda y ámbar, hasta más allá del índigo y violeta y bajaban a posarse en el suelo, alfombrándolo de vívidas estrellas, como luciérnagas que se hubiesen detenido un momento antes de volver a alzar el vuelo, en un tranquilo incendio del aire.

Ya nos era difícil recordar las antiguas vidrieras de las catedrales, destruidas por las guerras. Pero ¿podían ser acaso más maravillosas? Nosotros deseamos amar la luz. Y recogemos la luz errante que se detiene un momento a jugar, retenida en su salto desde las estrellas, para ser enjaulada en el corazón frío del cristal y después de templarlo con sus ardientes rubíes y topacios escapar por las aristas. Sobre el suelo era un mosaico aterciopelado, que cambiaba en inesperados intervalos geométricos de fulgores.

En el centro de la sala, temblaba de impaciencia. Convergieron hacia mí, con apagados pasos, surgiendo de entre los pilares resplandecientes. Me anunció su llegada el murmullo de sus largas capas que, al arrastrarse, espantaban los titilantes colores en tenues revoloteos e iban a posarse sobre ellos.

Volvieron a tenderme las manos, igual que cuando se despidieron al condenarme, y sentí dentro de mí la exaltación de sus pensamientos unidos en un esencial saludo. Otra vez formaba parte de la comunidad, su acogida golpeaba casi mi cerebro, después de tantos años de existencia apartada de los míos. De pronto, me abandonó el cansancio acumulado de soledad y aislamiento. Estaba orgulloso de mi tarea cumplida, pero al mismo tiempo un trasfondo de desasosiego me apartaba de ellos. Por un instante, intuí el conocimiento vago de una verdad que me singularizaba. Temí que percibieran el cambio y volviesen a rechazarme y me resguardé tras una barrera que alzó mi conciencia. Estaba seguro de que esta sensación de extrañeza acabaría por desaparecer.

-Os lo debo todo. Sin vuestra ayuda, no habría sabido llevar a cabo la tarea de creación que me había impuesto. Vosotros colaborasteis en mi sueño.

Percibí sus risas silenciosas.

-El sueño fue obra tuya, dictado por tu voluntad.

-Pero ¿no es verdad que he vuelto a crear la vida? Auténtica vida, no la espectral que destruí.

-Y has vuelto a abrir las puertas de la muerte.

Sus pensamientos se extinguieron, y capté un último clamor disonante de gritos.

Algo informe y oscuro se derrumbó a través de la constante pirámide y al estrellarse contra el suelo, lo salpicó de negrura. Las columnas se apagaron y sacudieron un terror vacío. Un soplo helado, un horrible viento sombrío arrastró en su corriente los rescoldos fragmentados de lo que fue construido con vivientes y centelleantes gemas.

Mis compañeros habían desaparecido. Quise gritar para llamarles, pero el pánico me agarrotaba la garganta. Les invoqué, implorando con voces interiores que les buscaban a tientas. Todo borrado en un instante, tan totalmente como si nunca hubiera existido.

Permanecí no sé cuanto tiempo, transido, atónito, en un intento de rehacer esa nada y comprender.

Y, de repente, la verdad estalló en el interior de mi ser. No era una ilusión o una realidad de pesadilla. La técnica adquirida mientras estuve encerrado en el núcleo del cometa, las enseñanzas de los seres que habitaban en las tormentas del lejano mundo que crucé en mi órbita, se habían transformado en un reflejo condicionado que, a pesar mío, reaccionaba a la menor señal de alarma, aún en contra de mi propia voluntad.

Esta vez no me había trasladado a través del espacio, puesto que seguía en medio de la enorme sala, inmóvil y en pie, tal y como estaba un instante antes, pero debí haber huido rompiendo la barrera del tiempo; ignoraba si en un salto hacia atrás, hacia el pasado, o a un futuro caótico e imposible de calcular.

La resplandeciente nave estaba muerta en su lugar, me envolvía el fantasma de una construcción en polvo y cenizas que se desmoronaban. Debía salir de allí antes de ser sepultado y afrontar la verdad. Podía ser que, al desaparecer el desasosiego que me impulsó a escapar, volviese a funcionar automáticamente el mecanismo de retorno.

Pero ahora era pánico lo que sentía, me paralizaba la intuición de una presencia extrahumana que me estaba vigilando y se burlaba de mis emociones.

Allí acechaba algo invisible o enmascarado tras la apariencia sombría de las cosas, agazapado como una sucia bestia, pero .con una mente inteligente, plena de una carga negativa, impulsada por un odio frío y calculador. Lo sentía flotar en torno mío y penetrar como un miasma en busca de un punto vulnerable de mi cerebro, como si unos órganos táctiles, que no podía percibir, palpasen en su interior de una forma obscena, hurgando para analizar mi sustrato humano, extraer lo animal que aún pudiese yacer en él y seleccionar con atroz deleite los vulnerables posos de sadismo, de placer macabro, de fascinación morbosa , ante el horror. Lo siniestro que había dejado huellas en mi alma, durante milenarias noches de la Tierra.

Lo rechacé con tremendo esfuerzo, estremecido de asco. A ello me ayudó ese resto ambivalente, claroscuro de humanidad, que mis compañeros me reprochaban. Sentí angustia y compasión por ellos, fáciles presas para esa ignota criatura venida de una extraña dimensión de maldad absoluta, ante la que ellos, con sus mentes claras y limpias, estaban inermes.

Venciendo mi repulsión, conteniendo mi primitivo instinto de defensa por paralizamiento, avancé hacia afuera, a enfrentarme con eso, aunque fuese el mismo infierno olvidado.

Mis pies tropezaron con los desintegrados y apagados fragmentos de lo que fueron centelleantes prismas de luz y que ahora, bajo mi peso, terminaban su agonía con un chirrido de vidrio arañado que repercutía en los dientes.

Hasta donde mi vista podía alcanzar, todo yacía destruido, bajo las ráfagas continuas de un viento pesado y pardo que silbaba con estridencia. Nuestro orbe ordenado se había transformado en una inútil inmensidad.

Los vi muy lejos, apiñados, inmóviles, como si hubiesen echado raíces de terror que les ataban al polvo, extraviados de sí mismos. Sus ropas tejidas de metal y sus ígneas capas les hacían visibles en la desolación. Los sentía desamparados, prisioneros de sus propias conciencias que ya era incapaces de asimilar la destrucción y la muerte.

La misma cálida esencia del paisaje se había transformado en materia muerta, como si las moléculas que la constituían hubiesen girado hacia un signo negativo. El suelo semejaba grisáceo polvo de tiza rallada, liso como una hoja de papel preparada para escribir una sentencia.

Y ante mis ojos se fueron dibujando sobre él dos inmensas parábolas, cuyos brazos se abrían hacia el infinito y se cortaban para encerrar en el área central a mis compañeros. Después, con lentitud de pesadilla, comenzó a desenrollarse una espiral, que se iba trazando poco a poco desde un punto imaginario que marcaba el centro del área; de vez en cuando surgían líneas trasversales inesperadas, para cortarla a intervalos irregulares, construyendo un laberinto. Del dibujo se sentía brotar una energía cargada de ponzoña. Intuí que aquellos trazos constituían una máquina emisora de ondas psíquicas y, en alguna forma, ya que yo era inmune, podía enloquecer a mis compañeros, encerrándolos en el odio y la maldad absolutos.

Intenté atravesar la barrera para unir mi mente a las suyas, pero tan sólo percibí un desequilibrado grito de angustia, como la llamada de socorro de un animal caído en la trampa, e incoherentes balbuceos imposibles de comprender. Al mismo tiempo me azotó una sensación de demoníaco triunfo, que surgía aullante del viento oscuro.

Para vencer al peligro me era necesario unirme a ellos y comprender e identificarme con sus vivencias, que me eran ajenas. Lo que para ellos debía ser un martirio insoportable en mí era un desasosiego que me mantenía alerta. Mi deber era salvarles de aquella máquina, que en realidad obraba como un monstruoso pecado, al mostrarles, trazado entre las líneas, el revés de su espíritu. Corrí desesperado a través de la diagonal; el laberinto de sus revueltas no llevaba para mí ninguna carga significativa, no podía atraparme si no creía en él, y lo crucé a saltos, evitando pisar los trazos indelebles. Sentía que tiraban de mí, como una red de fuerza magnética, pero yo podía mantenerla extraña a mi ambiente, sin dejarme capturar por ella.

La espiral se retorcía más y más, hasta abarcar toda la inmensa desolación visible de lo que antes era nuestro mundo. En cambio, las parábolas se iban estrechando y sus vértices apretaban como tenazas el centro del área, a cada momento más angosto, donde mis amigos se cobijaban. De algún modo real, les impedía escapar.

Al fin llegué a su lado, exhausto por la interminable carrera. Vi sus caras contorsionadas por el espanto, casi irreconocibles. Concentré mi voluntad en un acercamiento a sus sensaciones para poder asomarme a las imágenes que se alzaban ante sus ojos y así conseguir liberarles de su alucinación.

Recibí el impacto de un pánico salvaje, bestial. Lo que para mi percepción no era más que un dibujo geométrico, una infinita sucesión de puntos negros, para ellos era la clave de paso a una dimensión mágica. Su imaginación era forzada a ver las líneas como gigantescas oleadas de sangre espumeante, que realmente amenazaban ahogarnos con su continuo avance, rompiendo y saltando unas sobre otras como desencadenadas fieras de un rojo escarlata que extendieran sus garras. Dejaban salpicaduras de cuajarones espesos y parduzcos que manchaban las brillantes vestiduras y enmascaraban los lívidos rostros. Un olor nauseabundo y dulzón, el aroma de la putrefacción, flotaba en densa neblina sobre nuestras cabezas y con su peso nos agobiaba hacia el suelo, a la muerte.

Era una espantosa ilusión que desmoronaba su serenidad y convulsionaba el difícil equilibrio conseguido a costa de desarraigarse de nuestro origen. La fuente de la vida se transformaba en una fuerza destructora para arrastramos con su corriente alucinante a hundimos en una realidad olvidada...

Retenidos entre las murallas de sangre, estaban obligados a cruzar del otro lado de la frontera abolida y reconocer el malo ahogarse en él.

El hedor insoportable y el vaivén vertiginoso acabarían por arrastrarme con ellos. Forcé mi mente a desasirse de las caóticas emociones de mis compañeros, que se aferraban a mi pensamiento para sobrenadar.

Con una desgarradora sacudida de la voluntad, conseguí aislarme del retumbar creciente y rojo de la marejada, de la niebla que el viento empujaba en ráfagas de nudos corredizos en tomo a mi garganta, del sabor viscoso a materia en descomposición que pegaba mi lengua al paladar.

En un instante el muro desapareció, y volví a ver los trazos negros de las parábolas que se abrían y cerraban con un latido automático. Pisé entre ellos, los aplasté con mis pies y conseguí rechazar su carga. Grité entonces a mis compañeros:

-¿No podéis ver que estoy encima, que con mi cuerpo aplasto a la alucinación? ¿Acaso no sois más que animales acorralados? Algo está intentando hacernos sus esclavos o destruirnos para adueñarse de nuestro mundo y convertirlo en un infierno, ¡venid a refugiaros a mi lado!

El impacto de mi pensamiento consiguió taladrar la ceguera y despertar en ellos el antiguo instinto de lucha por la supervivencia. Avanzaron titubeantes, y admiré el sobrehumano valor que necesitaban para lanzarse al torbellino. Con mis manos tendidas como puente los fui rescatando uno a uno, sus miradas confusas se dirigían al suelo. Guiados por mí aún eran capaces de reconocer su engaño.

Las curvas que les habían retenido en su interior desaparecieron al hacerse inútiles.

-Thur -me preguntó uno de ellos- ¿Cómo conseguiste que eso no te venciera?
Gracias a ti nos hemos salvado.

-Yo soy más humano que vosotros, aún no he podido alcanzar esa perfección que os hace tan vulnerables, y por eso todavía puedo comprender el mal.

-Pero es seguro que se renovará el ataque, y entonces puedes fallar igual que nosotros.

-Con el destierro, me sometisteis a un aprendizaje que ahora nos sirve a todos de ayuda -les tranquilicé, aunque no me sentía muy seguro.

La espiral estaba desenroscándose sobre el suelo grisáceo, su punto final llegó a hundirse en el horizonte y, al retroceder hacia el fondo, se abrió en un enorme círculo central, sobre el que me mantuve firme, alerta para lo que viniese después. El vendaval oscuro cesó, sustituido por un silencio sobrecogedor cargado de amenazas desconocidas, al acecho. Les ordené:

-¡Huid antes de que sea demasiado tarde! Atravesad las líneas, recordad siempre que no son más que trazos.
-Son más que eso y tú lo sabes, Thur -murmuró un sobrecogido pensamiento común- Son una máquina receptora del Mal.

-Acordaos entonces de vosotros mismos, tratad de mantener la unidad del alma. Aislaos dentro de ella, únicamente se puede valer de percepciones conocidas para crear imágenes fantásticas. Ignorad el viento negro, el polvo seco. Recordad la luz ¡Rápido! -repetí- Yo quedo aquí para vigilar. Velaré contra vuestras pesadillas.

Corrieron desparramándose en todas direcciones, y pude seguirles en su huida por el brillo de sus cuerpos y el ondular de sus capas. Me recordaban insectos fosforescentes que se debatieran en una tela de araña.

Vi que se sentían incapaces de atravesar las líneas transversales que cortaban la espiral y chocaban contra ellas, rechazados por invisibles paredes. Sus pensamientos se transformaron en desesperanza y de nuevo brotó el pánico. Estaban obligados a girar, siempre entre sus propios pasos, desorientados. Al fin se detuvieron, atrapados otra vez en el cepo, ante los obstáculos. Tuve la certeza de que habían cedido a la fascinación de su imagen negativa, igual que las alondras que, en otro tiempo, atrapaban los niños con espejos.

Rebusqué en el vasto silencio de mi cerebro. Tenía que ser transformado en la máquina que contrarrestase a esa máquina maligna. Su maqueta había existido siempre en el abismo sin fondo de mi ser auténtico, en los más profundos estratos de mi mente, allá donde se enterraban las mismas de mi humanidad y los contrarios han unidos, abolida su, perpetua pugna.

Estaba en ese lugar en el que el hombre, desde su interior, es capaz de percibir toda Ia realidad y reposa encerrado el universo entero. Esa máquina necesaria para luchar contra la espiral podía ser simbolizada en una gigantesca piedra preciosa, un diamante tallado en tantas facetas como dimensiones distintas vivían mis compañeros en ese mismo instante, para detectar a la vez todos sus tiempos y espacios de extrañeza y reflejarlos en mi conciencia.

Una ciudad de tortuosas callejuelas, bajo la caliginosa luna que en su estela arrastraba equívocos guiñapos de nubes, semejantes a confusos sueños medio borrosos de sortilegios, cargados de maldad. Y en el mismo centro de la ciudad vi el insoportable resplandor de la tosca estatua, calentada al rojo blanco. El falso dios exigía víctimas, su ávido vientre repleto de leños en ascuas. El hedor insoportable de la carne quemada, que se alzaba en una niebla amarillenta y viscosa hasta la sonrisa monstruosa del ídolo. Los niños eran arrojados por sus propias madres a las garras tendidas, mientras los alaridos se confundían con el bramido rítmico de un tambor, que latía como un gigantesco corazón enloquecido. Los hombres lanzaban risas agudas, las caras pintadas con grotescos chafarrinones que agrandaban aún más sus ojos desorbitados y teñían de bermellón sus mejillas y sus labios; perfumados con mirra y adornados con collares y diademas de nardos. Estridencia de tirsos que agitaban mujeres medio desnudas, embriagadas de latigazos y bebida de dátiles fermentados. Promiscuidad de seres humanos y alimañas, al fondo de los oscuros callejones...

Mandé a mi compañero atravesar la barrera de la ilusión. Yo era ahora él y su mente una faceta de la mía. Su figura resplandeciente cruzó, alzando el aleteo de su capa. Llamó a las puertas de las casas para anunciar la destrucción a los pocos que merecían salvarse. La tierra se estremeció y del cielo cayó un solo rayo, mensajero de muerte. Después un polvo impalpable borró la proyección.

Luchábamos contra la destrucción con la necesaria respuesta de destrucción. Uno ya estaba a salvo.

A la luz fosforescente de las antorchas, las sombras de las brujas se entrelazaban, se arrastraban y saltaban. Gemían las flautas hechas con huesos de muerto y el pandero era la tensa y seca piel de un ahorcado... Hormigueaba la abominación en furtivos movimientos. Presidía la ceremonia desde su trono negro el Señor del Mal, coronado de horror, apestando a macho cabrio. Conseguí que mi amigo destruyese la aparición de las tinieblas con la imagen del sol y el evocado claror del canto de un gallo. Las siluetas huyeron y así pude derribar otro muro.

Alambradas y torres desde las que hombres torvos, empuñando armas, vigilaban a sus hermanos. Un desamparado rebaño humano que había sido obligado a perder ya la última dignidad y se encaminaba desnudo bajo la tormenta de nieve, empujado por las pesadas botas de los verdugos, hacia las cámaras de gas. Y después la ignominia final del pulcro y blanco laboratorio, que esperaba los cuerpos para fundirlos y desintegrarlos en sus componentes químicos aprovechables. Cuerpos que habían encerrado un alma y no podrían resurgir de sus cenizas.

Un torbellino de nieve lavó la visión en su blancura mágica y redimió a mi compañero de su martirio.

Vi, rodeado por la selva de lianas, el Templo de los Guerreros con su Patio de Mil Columnas, erizado de serpientes emplumadas. A su entrada, el terrible dios de la lluvia aguardaba a que en su regazo horadado cayese la ofrenda de los corazones palpitantes de los cautivos. Sacerdotes vestidos de negro, con los cabellos apelmazados por la sangre coagulada, trabajaban sin descanso hasta mellar los cuchillos de obsidiana. La cavidad del pecho rebosaba y el aire era aún sofocante. Muy lejos se amontonaban algodonosas nubes de tormenta, que se negaban a avanzar, exigiendo más víctimas.

Las facetas de mi yo reflejaban, absorbían y destruían una proyección tras otra.

Y había más y más, formas retorcidas y colores enloquecedores, voces de falsos profetas, hipocresía de falsos milagros demoníacos, el verdadero Mal que rebasa los límites de la conciencia normal, que sumerge en éxtasis, como la santidad. El otro lado.

Yo lo captaba y trataba de comprender, sin descanso, hasta que consiguiese rechazar ese horror que intentaba vencemos con armas tomadas de nosotros mismos, a su mundo.

y uno después de otro, mis compañeros liberados se integraban conmigo y se incorporaban a la lucha. Por fin la espiral comenzó a difuminarse, arrastrada por el vendaval, que huyó para transportar a la disfrazada presencia hacia la dimensión de locura, condenación y odio que la había vomitado. Detrás de ella no quedaron rastros, como si nunca hubiese existido.

Ignoraba el tiempo transcurrido en la lucha, podía ser sólo unos instantes. Yo aguardaba otra vez, en pie en medio de la gran nave de cristal, rodeado de mis amigos, ignorantes de su destino y de que me deberían la salvación en un futuro incalculable.

Por un momento me sentí confuso, cogido en falta, desasido del mundo que me rodeaba, como si en mi desplazamiento hubiese sido desenfocada mi fórmula vital y, para restablecer el contacto, tuviese que encajar los datos en ecuaciones que se ordenaban a más velocidad que la luz, fuera del pensamiento que gobernaba el existir de mis compañeros.

Las columnas seguían en pie, eran indestructibles llamaradas de puros colores que abrían pórticos de claridad. Atrás y adelante de ellos el Mal estaba borrado, ni una huella en la virginal magia del aire.

Pero ellos no me permitieron descansar, después de la lucha agotadora.

-Thur. ¿Qué es lo que te impulsa a hacer eso?

-¿De qué podéis acusarme ahora? -balbuceé.

-Es un juego absurdo o una broma de mal gusto. Puedes estar satisfecho de lo que has aprendido, conseguiste hacerte invisible hasta para nuestras mentes.

-Lo hice de una forma totalmente inconsciente y sin propósito de burla. Es algo aprendido, pero que aún no he conseguido controlar.

En mí estaba el miedo. Deseaba con toda mi alma asirme a ellos, no ser rechazado del último grupo de hombres. Cualquier momento de descuido, una emoción sin control, podían arrastrarme fuera de la corriente del tiempo, arrojarme hacia el pasado o el porvenir o contra un mundo inhóspito donde me sumergiría sin su ayuda. O al vacío absoluto, al abismo ascendente de la nada.

-No ha hecho nada reprochable durante su ausencia -interrumpió uno-. Aunque nos sea imposible seguir su rastro, yo sé, y vosotros también lo sabéis, que no ha utilizado su poder para dañarnos. Para nosotros los humanos, por desgracia, siempre ha sido oscura y contradictoria la lectura del destino. Sin embargo intuyo que, en alguna dirección de su huida, nos ha servido de ayuda.

Me eché a reír, con rabia de su orgullosa torpeza.

-Vosotros conserváis tan sólo una pequeña porción de humanidad, que se os escapa constantemente, porque casi os avergonzáis de retenerla, mientras que en mí permanece íntegra. .Y si vais a intentar aislarme porque esa diferencia represente una amenaza para vuestra estabilidad -añadí con ira-, yo me erijo en dueño absoluto de mi destino y escojo la auténtica soledad, el aislamiento entre vosotros,.. Estáis demasiado engreídos en vuestra serenidad e ignoráis cuán vulnerables os hace.

-¿Es una advertencia que debemos agradecerte, Thur?

-Es solamente una despedida.

Les volví las espaldas, rebosante de un inútil enojo, ante sus benévolas sonrisas, que me perdonaban todo de antemano. Pero ¿por qué les reprochaba la frialdad de su agradecimiento por un favor que aún no les había hecho?

Acució mi marcha la vehemente llamada del hogar abandonado y el recuerdo del tranquilo transcurrir del tiempo de antaño. Cuando ya me dirigía hacia él, conjurándole en mi espíritu, capté el último comentario silencioso del grupo:

-Thur nunca dejará de estar vinculado a la Tierra y sentir la nostalgia. Siempre deseará encontrar obstáculos para superarlos.

Me detuve un instante ante la puerta, que dejé sellada con mi pensamiento, al partir, para responder a su destello de acogida. Su sensible mecanismo reconoció mi frecuencia mental y giró suavemente, sin esfuerzo. Franqueé el umbral y al fin sentí que me invadía la paz del hallarme en casa, dentro de mí mismo. Cerré el dispositivo de la entrada, borrando la idea de su existencia de mi imaginación.

Mi primer cuidado fue cubrir con mi capa negra el espejo que me servía para comunicarme con mis compañeros, y a través del cual podían observarme en cualquier momento. Antes había sido un continuo lazo de unión; a través de los espejos permanecíamos siempre juntos, cerrando nuestro círculo.

Después encendí, acariciándolo con la yema de los dedos, el enorme zafiro que derramaba un suave y al mismo tiempo destellante azul, para servirme de lámpara central. Ordené la energía en formas funcionales, que se adaptaran con sus curvas al descanso o con sus superficies planas al apoyo y la labor. Tal vez cediese al capricho de grabar la historia de mis aventuras, para nadie o para mi recuerdo.

Al fin estaba rodeado del ambiente que no sé si me merecía, pero que era semejante a mi espíritu, en el que mi fantasía no era una huida, sino un trabajo de construcción sobre la materia inerte.

Me sentía enormemente fatigado, con un cansancio de arrastrar años de extrañeza y ausencia de intimidad conmigo mismo, en perpetua lucha.

Extinguí con un chasquido de dedos el fulgor azul y, a través del techo de cristal, ordené el paso a los rayos de luz negra, para modelarme con ella un lecho en el que me hundí inmediatamente.

Cerré los ojos, quizá fuera aún capaz de dormir, lo deseaba hasta la desesperación. Era sólo un hombre. Sin compañía. Ni siquiera una bestia amiga a la que acariciar, dar sencillas órdenes y que siguiera mis huellas con fidelidad, un animal de piel suave en la que descansar mis manos fatigadas, descargando a través de su tacto caliente la preocupación.

Los animales quedaron en la Tierra, abandonados a su suerte. Pero quedaba la fantasía con su poder de crear, acaso...

Me despertó el arco iris que la luz rosada del amanecer proyectaba atravesando el techo. Quise negarme a emprender el camino solitario del día y volver al seguro refugio del sueño sin sueños. El roce de algo húmedo y áspero en la palma de mi mano abierta me obligó a incorporarme, sobresaltado y en guardia.

Sí, allí estaba, tendida a mis pies, como si un resorte la hubiese hecho saltar de un cajón secreto de mi imaginación, para sorprenderme mientras dormía. Surgida de mi nuevo conocimiento, que tanto me inquietaba admitir.

Era una bestia hermosa, un felino de pelaje gris, aterciopelado, tachonado en sus puntas por un polvillo centelleante de estrellas. Su tamaño era el de una gigantesca pantera, igual a las que habitaron las junglas de nuestro antiguo mundo cuando no estaba aún abandonado y muerto.

Apoyó la cabeza achatada sobre mi hombro y clavó las enormes esmeraldas vivas de sus pupilas en mis ojos, con una mirada seria y cariñosa, cargada de animal fidelidad. Me dio su aliento en la cara, olía a musgo y especias, a plantas bañadas por el rocío.

Acaricié su cuello musculoso, con un vaivén distraído, mientras mi mente se preocupaba por la forma de que me valdría para ocultarla a mis compañeros. ¿Necesitaría alimentarla? Era un animal de presa y podía suceder que, cuando el hambre la hostigase, intentara salir para atacar o la imperiosa necesidad la volviera contra mí.

Su garganta vibraba, los ojos entornados en dos oblicuas rayas por el placer. Luego me sonrió. Sí, fue una verdadera sonrisa de una voluptuosa calidad femenina, con una súplica de amistad, mostrando sus mortales colmillos, los plateados bigotes erizados.

Me llegó su pregunta, que me dejó atónito por lo inesperada. Yo contaba, por supuesto, con sus sentimientos, que había deseado de una manera egoísta, pero no estaba preparado para recibir un pensamiento animal en mi mente abierta.

-¿Cómo me vas a llamar, amo? Deseo tener un nombre. -La interrogación sonó en mi cerebro como un susurro de hojas secas, tan bajo era el afectuoso ronroneo de sus palabras.

-Creo -recapacité- que te debo llamar sencillamente Pantera. Eres única, y es el auténtico nombre que te mereces. Los demás ya no tienen significado.

-Entonces yo debo llamarte Hombre, porque también es lo mejor que puedo escoger para ti. Sé que te llaman Thur, pero si a ti debo nombrarte según tu verdadero significado, tu nombre será Amo. Y ahora -añadió con un canturreo, mientras estiraba sus poderosos músculos- me gustaría hacer algo ¿Te acuerdas de jugar?

Me agaché para recoger del suelo un fragmento de luz multicolor posado en su caída a través del vidrio del techo, desintegrado en un extraño espectro estelar de fantásticos matices, un juguete que había caminado durante millones de años para que nosotros lo utilizásemos.

Le di la forma de un pájaro, moldeándolo toscamente con mis manos. Pantera comprendió y se colocó en posición de acecho, agachada y con el cuerpo tenso, dispuesta para el salto, mientras golpeaba impaciente el suelo con la cola.

Se lo lancé en un revoloteo chisporroteante, alternativamente visible u oculto, según cruzase zonas de claridad o de penumbra.

Pantera dio un tremendo salto y lo abatió de un certero zarpazo. Cuando se cansó de perseguir al pájaro, lo recogí y lo hice girar y girar entre mis palmas para transformarlo en una esfera, una magnífica pelota que podía perseguir, atrapar o dejar escapar un poco, igual que a una presa viva.

Mientras, me senté a reflexionar. Yo mismo me había encerrado en la casa y había alzado una barrera psíquica para cortar mi comunicación con los otros. Ahora me sentía desolado, agobiado por la soledad y una vez más, atrapado. Aun no había transcurrido siquiera uno de nuestros días en reclusión voluntaria.

La fiera posó con cuidado su pata de terciopelo, las uñas encerradas en sus estuches, sobre mi rodilla y me interrogó, ladeando la cabeza para observarme:

-¿Estás preocupado, Amo? Creo que la preocupación es algo inherente a la raza humana -añadió, después de reflexionar.

Me eché a reír y casi me sobresaltó el sonido de mi propia carcajada. ¡Hacía tanto tiempo que no oía risas! Mi creación sabía incluso decirme frases escogidas.

Pantera me lanzó una mirada astuta, un rápido relámpago verde, y luego fingió seguir jugando con la pelota de luz, medio desgarrada.

-Pero tú no eres humano, quiero decir como los antiguos hombres de la Tierra, .al igual que yo -continuó, no se si para vengarse de mi risa o para consolarme- no soy una auténtica pantera. Soy parte tuya y tan distinta de lo que fue una fiera como tú de los seres las cazaban.

Leí en su pensamiento una vaga desesperanza. Quizá al crearla la había dado, con mis recuerdos, instintos imposibles de satisfacer, ajenos a mí. Ansia de acechar la noche, de perseguir presas huidizas, olfatear el libre viento en busca de rastros.

Sentí un nudo en la garganta, ella era una verdad que me dirigía un reproche.

-Tienes razón, nos estamos engañando con falsos nombres, necesitaremos clasificarnos de alguna nueva forma para ser justos.

-¿Y cuáles otros podrás inventar? Déjalo estar así, Amo. Estos son bastante buenos y, si rebuscásemos, puede que no encontrásemos nada. Mejor es inventar un nuevo juego -me propuso, mientras arrojaba lejos, de un zarpazo, el inútil guiñapo de luz- Si siquiera pudiésemos salir, tú te esconderías y yo me entrenaría a seguirte por tu olor.

-¿Acaso tengo yo un olor?

-Naturalmente, puesto que tienes un cuerpo. Fíjate, es tan intenso en tu ropa, que sería capaz de encontrarte en una noche de niebla.

Se acercó con sus pisadas afelpadas hacia la capa que ocultaba el espejo, para olfatearla, restregándose contra ella con un ronroneo satisfecho. Al rozarla, cayó al suelo. Vi a la fiera endurecerse, rígida, el hocico entreabierto para lanzar un gruñido de advertencia antes de atacar, y la cola azotando los ijares.

-Nos observan. ¿No lo sientes? Ábreme una puerta para que pueda salir -me imploró su sombrío pensamiento felino- y ya no volverán a hacerte ningún daño.

–Son incapaces hasta de idearlo, Pantera. Ni tan siquiera sienten curiosidad. No necesito que me defiendas de ellos.

-Lo comprendo -reflexionó Pantera, y su verde mirada de piedra preciosa transparente se clavó en mis ojos- Todo lo que puedes decir de ellos son negaciones y la negación... ¿no es un mal? Tenemos que huir de aquí, yo quiero escapar contigo, estamos enjaulados.

-Pero... ¿adónde?

-A un lugar en el que crezcan árboles, haya ríos que vadear...

Dejé de oír sus pensamientos. Sentí otra vez el vértigo, el silbido del tiempo, el helado horror de precipitarme en el caos, mientras me derrumbaba a través de eones que tronaban al chocar conmigo.

Abrí mis pulmones oprimidos por la angustia del vacío. Ya había aire que respirar.
Olía a tierra recién regada, y de muy lejos acudió a mi memoria un aroma a café que al hervir se desborda sobre la placa ardiente del fogón. Me atreví a levantar los párpados, que había mantenido fuertemente apretados durante el instante de la caída, en defensa contra la negrura total de la nada.

Estaba echado en el suelo fresco y Pantera era el erizado pelaje gris que se apelotonaba contra mi cuerpo, en busca de protección.

Era el lugar que siempre añoré, el antiguo huerto de los abuelos, en un crepúsculo de primavera. Volví a las sensaciones de mi infancia, las colinas eran montañas y los matorrales de hierba bosques profundos.
Ahora también, hundido entre las raíces de los arbustos, me sentía empequeñecido, en un mundo gigante.

Me puse en pie y las cosas volvieron a sus proporciones justas pero conservaron su cualidad mágica. Los árboles frutales, podados con esmero, estaban cubiertos de botones rosados, a punto de estallar. Apuntaba una luna de un jugoso color naranja.

Empujé la cerca y un deseo incontenible guió mis pasos hacia la casa. Pantera me seguía, deteniéndose de vez en cuando para olfatear en el suelo la pista instantánea del salto de una ardilla o el trazo de huida de un conejo asustado.

La puerta de la casa permanecía entreabierta a la espera de visitantes, y los ancianos aguardaban igual que en mi memoria, sentados junto a la chimenea. La abuela tenía las manos callosas cruzadas sobre el regazo, debía estar rezando. El fuego iluminaba la cara apergaminada y curtida por el sol del abuelo, tenía los ojos cerrados y no volvió siquiera la cabeza al oír mis pasos, tal vez durmiera.

Eran demasiado viejos para asombrarse de nada o tener miedo a los fantasmas. Pantera restregó su cabeza contra las rodillas de la abuela que, sonriendo, se inclinó a acariciarla con la misma tranquilidad que si se tratase de un gato vecino de visita. Luego me miró fijamente:

-No sé si me habré quedado dormida, me suele suceder en cuanto me siento junto a la lumbre y el calor me templa los huesos. No temáis, mi marido no os puede ver, ya hace años que tuvimos la desgracia de que se quedara ciego.

No me dio siquiera tiempo a contestarla y continuó, muy deprisa:

-Eres mucho más alto que mi nieto y eso que es un buen mozo. Sin embargo, te encuentro parecido a él, aunque seas un extraño. No lo comprendo -añadió, sacudiendo la cabeza- Sois tan iguales como un hijo puede ser a su padre.

-Soy tu mismo nieto, sólo que vengo de muy lejos, hacia delante.

-No, eso si que no puede ser -alzó la mano para poner en orden sus cabellos plateados y sus ideas- Thur está en la fiesta.

-Es que yo también soy Thur.

Traté de que mi pensamiento abriese sus mentes a la comprensión.

-¿De más allá de la muerte, acaso? -me interrogó-. No, tampoco es eso. La muerte es un descanso y tú no descansas nunca. Prefería haber guardado esa esperanza para ti. Nosotros al menos confiamos en el reposo eterno.

El antiguo reloj de pesas chirrió y desgranó las horas de la Tierra, con golpes cansados. Sentí que me oprimía el pecho la angustia de su tiempo.

Debíamos marchamos, mi presencia no significaba nada allí, tan sólo añadía inquietud. Inesperadamente, el abuelo, que hasta entonces había escuchado con indiferencia, como si ya hubiese cruzado esa frontera en que se confunden lo cotidiano y lo fantástico, interrumpió el silencio para ordenar:

-Ofrécele un plato de sopa. Ha debido ser un viaje muy largo y vendrá con hambre.

-¿Puedes tomarla ahora que eres tan distinto? -me preguntó la abuela con timidez-. Sabes lo mucho que te gusta.

-Lo intentaré, quiero recordar su sabor.

Se levantó y, con temblorosos movimientos, preparó un mantel a cuadros rojos y blancos y dispuso un cubierto en una pequeña mesa cerca del fuego.

-Te la he conservado al calor, pero hay que dejar también para el otro.

Era delicioso sentir deshacerse en la boca la fragancia de las verduras recién cortadas. Pantera bostezó, con envidia, de una forma ostentosa. Estaba tumbada a mis pies y, a través de los ojos entrecerrados, lanzó una súplica con su mente astuta. La abuela fue hasta la alacena y sacó un trozo de carne cruda, que la fiera tomó con delicadeza de su mano.

-¿Sabéis lo que me gustaría hacer ahora? -interrogué dudoso-. Quisiera verme tal como era.

-Ve con cuidado -me interrumpió el abuelo, con una clarividencia inesperada.– Thur es muy joven y aún es capaz de asustarse. Ignoro cual es ahora tu aspecto, pero no todo el mundo puede resistir la prueba de encontrarse consigo mismo.

-No -protestó la abuela- Su aspecto es demasiado maravilloso, no puede atemorizarle. Tan alto y esbelto, vestido con algo que reluce como el cobre de los candelabros cuando se refleja en ellos la llama de la chimenea.

-Volveré en seguida para despedirme de vosotros, y no temáis nada, me ocultaré a él. ¡Vámonos! -ordené a Pantera, que ronroneaba, satisfecha, mientras se limpiaba el hocico con las patas.

Salimos al campo, ya violeta y plata. Los álamos se columpiaban a la orilla del río, difuminados por la neblina que se alzaba del agua. El césped se hundía bajo los pasos. Verdaderamente, estaba en la única creación hecha a la medida del hombre.

Me llegó un eco de acordeones y violines y el rítmico golpeteo de los tacones sobre la plataforma de madera. Brillaban hileras multicolores de farolillos de papel. La carretera estaba desierta y nos atrevimos a caminar por ella. Paró la música entonces, sustituida por cataratas de carcajadas y aplausos, la noche vibraba de juventud. Confiaban, sin saber que cerca de ellos estaba el fin.

Se hizo un momentáneo silencio y nos detuvimos, alerta. Percibí unos pasos que se aproximaban, alguien venía hacia nosotros, silbando el estribillo de la melodía; una voz de muchacha gritó su nombre, el mío, pero él continuó andando sin hacerla caso.

Pantera se hundió de un salto entre los matorrales, yo fui menos rápido y el muchacho tuvo tiempo de verme, recortado por la luz de la luna. El estupor le paralizó, y la música alegre que había lanzado contra el cielo cayó de su boca, como cortada por una guadaña.

Durante unos instantes nos contemplamos, casi desafiándonos. En mí había nostalgia, en mi antiguo yo un horror fascinado del que le era imposible reaccionar.

Entonces aulló el motor de un coche que avanzaba a toda velocidad, sin esperar obstáculos en la ruta vacía. Intenté arrastrarle antes de que al pasar la curva cayese sobre nosotros, pero me rechazó con la fuerza que da el pánico. Sentí que también su cerebro me rechazaba, hirviente de locura. Su cuerpo rebotó contra la máquina y fue arrastrado por las ruedas. Después el automóvil continuó su camino, sin detenerse.

Quedó tendido a unos pasos de mí. Mi cuerpo, abandonado en medio de un charco oscuro que se hacía más y más ancho, la cara en la que se empezaban a marcar las sombras de la muerte vuelta hacia las estrellas.

Pantera se deslizó furtiva, y el chasquido de una ramita bajo sus patas me volvió a la realidad. Vi como e1 hocico se estremecía al olfatear la sangre, la sujeté con fuerza y sentí bajo mi mano el lomo erizado.

Un insoportable dolor, la angustia de la agonía aullaban dentro de mí. Le arrastré, sintiéndome desfallecer casi, hasta un claro entre los arbustos, cubiertos de gotas de rocío. Necesitaba luz para el trabajo que iba a emprender y concentré sobre ellas los raudales azulados que vertían los distantes astros, hasta que conseguí hacerlos destellar como miles de cirios encendidos.

A lo lejos aulló un perro solitario, para guiar al alma que intentaba romper sus ligaduras. No podía dejarle morir o todo caería en el absurdo y yo sería solamente un espectro, la realidad de mi existencia una burla siniestra y sin sentido, una pesadilla después de la muerte.

Mis dedos se hundieron en la carne desgarrada y con mi voluntad tensa soldé los huesos aplastados, enlacé las venas, empujé la corriente de la sangre hacia el corazón y le marqué el compás de sus latidos. Después, borré los rastros de las cicatrices. No era el cuerpo lo que más me importaba sino el daño que hubiese podido recibir el cerebro. Todo me pareció en orden, la conmoción le ayudaría a olvidar.

Ahora no estoy tan seguro de haber realizado un buen trabajo. Tuve que precipitarme, sin tiempo para comprobar. Alguna silenciosa zona de la materia debió rebelarse entonces para condenarme a esta extrañeza, a escoger siempre la evasión, a preferir el destierro al grupo.

Había ordenado a Pantera que vigilase el camino mientras yo reparaba mi cuerpo destrozado. Estaba inmóvil en la actitud de una antigua esfinge, y sus ojos eran dos tranquilizadoras señales verdes que con su parpadeo me transmitían seguridad. No había peligro de presencia humana por las cercanías.

Me ayudó a transportar la carga inerte hasta la puerta del hogar. Allí quedé, abandonado a mi destino. Después, como un malhechor, sin despedidas, sin dejar un recuerdo siquiera, me lancé desesperado a la búsqueda del pensamiento ordenado, de los símbolos precisos para encontrar la encrucijada por donde huir hacia mi estrella. Durante un instante de angustia interminable no ocurrió nada, allí seguían los manzanos plantados a distancias iguales, medidas por los pasos de algún antepasado. Luego volví a sumergirme en el océano sin fondo.

Y ya estaba allí, bajo la bóveda de música congelada en miles de colores desconocidos en la Tierra.

Supe al instante que esta vez no habría perdón ni posibilidad de redención, eso eran para ellos palabras sin significado con las que me permitieron jugar. Yo no era más que un extraño a la fraternidad del grupo, que siempre había trastornado su difícil equilibrio. Les obligaba a recordar que, durante millones de años, fuimos tan sólo bestias guiadas por el ciego instinto. Al fin tenían conquistada la serenidad con la que contemplaban el paso de los siglos, en paz consigo mismos, sin buscar nada, con todas las metas previstas. Sus mentes podían ordenarlo todo, gobernaban las máquinas, no las toscas maquinarias terrestres sino sencillos puentes tendidos entre la materia y los complicados circuitos de sus cerebros. Pero no podían dominar mi rebeldía.

Eran un grupo armónico y yo el grano de arena que dificultaba el funcionamiento perfecto. Estaban siempre despiertos y habían olvidado el pecado; el castigo también, por lo tanto sólo era una palabra inútil.

-Thur -me ordenó uno en nombre de todos-, debes volver al planeta donde te enseñaron esa técnica que no has aprendido a manejar y te domina. Es un conocimiento innecesario y tendrá que ser borrado de tu mente para que puedas permanecer con nosotros. Solamente esos seres pueden hacerla. No nos interesa poseerla.

Algo dentro de mí se sublevó contra la orden. Pantera, agazapada a mi lado, gruñía sordamente, intuyendo el peligro.

–Y -añadió- destruye esa cosa horrible que te ha divertido crear.

-Pero -protesté- tiene en ella parte de mi vida que la he dado, es algo que me pertenece. Vosotros no podéis ordenar la destrucción. ¿Acaso soy un estorbo porque poseo conocimientos nuevos? Pueden abrirnos nuevos caminos y transformar los deseos en realidades.

-¡Destrúyela! -insistió su pensamiento, carente de emociones- Estás alimentando sueños con peligro para todos.

Pantera saltó igual que una saeta gris, tan inesperada como esos fuegos artificiales que encendimos en nuestra infancia y cruzaron silbando el cielo. Intenté retenerla, pero era tan imposible como sujetar el pensamiento huido. Un instante después, mi compañero yacía en el suelo, con el cuello vuelto en una postura inverosímil, semejante a una estatua de plata que, al ser derribada de su alto pedestal, se hubiese tronchado. Alrededor de su cabeza se iba formando una mancha sombría y espesa, una aureola de muerte. Y yo lo había hecho.

Retrocedimos todos, despavoridos. Pantera nos desafiaba con las poderosas garras clavadas en los hombros del amigo muerto, en defensa de su presa. La llamé para obligarla a cedernos el cuerpo, pero antes de que pudiera evitarlo recibió el impacto de sus mentes unidas para rechazarla. Durante un momento permaneció erguida, desafiándonos con los blancos colmillos, en la actitud de una bestia rampante de fantasía heráldica. Después, sencillamente, se borró. Hacia ese almacén desconocido donde van a parar los sueños humanos rechazados en la vigilia.

Algo que había estado antes en mi cerebro se borró con ella, dejándome una sensación de horror. Todavía me sentía tan próximo al odio, a la sed de sangre. Tal vez contaminado por la lucha que sostuve para salvar a mis compañeros y que aún estaba por venir.
Sentí deseos de esconderme, de buscar una guarida para refugiarme en ella como un animal acosado. Era insoportable. Un resorte ignorado de mi mente saltó, al igual que Pantera, inesperadamente, y caí fulminado.

Desperté ausente de mi cuerpo, que había quedado abandonado en la estrella, junto al del compañero muerto. Recibí una sensación de acogida, de saludo amistoso. Giraba arrastrado entre los nubarrones de densa humareda verde, azotado por el latigazo violeta de los relámpagos, mordido por el eterno viento de tempestad que constituía la esencia de aquel planeta extraño.
Oí su música de bienvenida, llena de alegría, como si celebrase una broma ajena al pensamiento humano. El torbellino de chispas se alzó y, unido a ellos, me sentí volar, atravesando cataratas de radiante púrpura con flotantes alas de oro. Liberado de peso, del dolor, de la distancia, del sufrimiento de vivir.

–¡Qué fácil te ha resultado encontrarnos!
–cantaron unidos a mi giro-. Seguramente estarás contento. Aprovechaste tan bien nuestras enseñanzas, que ya no necesitas de tu cuerpo para tus desplazamientos. Así resulta mucho más fácil y podrás quedarte siempre entre nosotros si lo deseas.

-Os ruego que me liberéis -imploró mi mente-. Estoy dominado por la técnica que enseñasteis. Se adueña de mí cuando menos lo espero.

-Funciona siempre siguiendo la pauta de tus deseos, no según tus conveniencias –fue su enigmática respuesta.

-Pero, ¿por qué lo hicisteis así? -interrogué indignado.
-Dada tu contradictoria condición humana, pensamos que anhelarías lo inesperado y desearías eso que llamáis dolor. Tal vez no nos detuvimos a analizarte detalladamente, es tan difícil captar esas funciones toscas...

-Pero -protesté- por vuestra culpa vuelto a hacer el mal. Y el mal estaba abolido entre nosotros, lo dejamos atrás...

-¿Qué es el mal? -y las chispas vibraron arrastrándome con ellas más y más arriba, en un surtidor irisado, envuelto en una sensación de alegría en la existencia- Ese Mal abandónalo, déjalo olvidado con tu cuerpo. Aquí entre nosotros podrás al fin ser libre.

La tentación era terrible, pero no solucionaba nada a mi alma humana. En realidad, equivalía a una pérdida de la libertad, del derecho a elegir. A la pérdida también de la debilidad de mi carne, incapaz de resistir aquellas atronadoras descargas de energía sin que su belleza destruyese mis sentidos.

-No -insistí- Lo único que deseo es conseguir que mi conciencia pueda dominar la técnica impresa en mi mente.

-¿Y qué es la conciencia? -centelleó esa música que percibía al mismo tiempo como un perfume y a una vez con mil sensaciones que les pertenecían.

Parecían verdaderamente interesados, sin su forma habitual de dirigirse a mí, como a un animal que intenta un juego desconocido y que con su torpeza incita a una burla bondadosa. Trataron de comprenderme y comenzaron a instruirme con paciencia, mientras mi mente giraba en su mismo torbellino, unida a su sonido claro, a sus percepciones a un tiempo misteriosas y razonadas.

Cuando estuve seguro de que no podría ya equivocarme en mi camino, la nostalgia me guió a recuperar mi cuerpo abandonado.
Y volví a sentir el martilleo del corazón, midiendo el tiempo de mi vida. Aparté de mí la fascinante y siniestra extrahumanidad y recuperé la posesión en toda su amplitud de mi yo, de mi antiguo yo terrestre.

Abrí los ojos; había permanecido acostado, en mi hogar de la estrella. A través del espejo, capté que mis compañeros estaban esperando el momento de mi vuelta. Tuve la inmediata sensación de que me escudriñaban, tratando de localizar entre los recovecos de mi cerebro un resto de conocimiento que aún permaneciese grabado y fuese ajeno a ellos. Pero ese conocimiento era ahora tan diáfano, que se alzaba como una barrera impenetrable.

Estaba solo para siempre. Mi singularidad me condenaba a no tener un amigo. Añoraba con ansia verdadera amistad, la que se basa en la hermandad del alma y no vacila ante el sacrificio total.

Entonces recordé. Hubo un hombre, o acaso solo su sombra, que no vaciló en hacer eso por mí; deseaba buscarlo, salir a su encuentro cruzando la corriente y volver a construir entre nosotros ese mundo de conocimiento que nace entre los solitarios y desplazados.

Lentamente, ordené los cálculos. No quería fallar el resultado por una torpeza o un descuido. El conocimiento adquirido funcionaba por sí mismo, sin titubeos ni detenciones para comprobar datos equivocados.

***

En el campamento ardían las hogueras y en torno a ellas los soldados se repartían el botín del saqueo.

El viento precursor del amanecer sacudía los ahorcados, que se balanceaban, colgando de las ramas secas. Pesaba el olor a quemado, graznaban los cuervos, se oían quejas y juramentos en una confusión de lenguas. A lo lejos, relinchos y golpeteo de cascos de caballos que erraban sin dueño, resplandor de incendios.

Contra el cielo sombrío se destacaba la blancura de los muros almenados que guardaban la ciudad, y los dorados minaretes, bajo el plateado creciente, lanzaban destellos de despedida antes de su destrucción.

Flotaban estandartes blancos con rojas cruces en tranquilas ondas. Un tropel de hombres con abigarrados uniformes manchados de fango y sangre sondeaban los charcos con sus lanzas, en busca de cadáveres retenidos en el fondo, entre las raíces. Un rostro lívido subió hacia la superficie y la luz de las estrellas al reflejarse en el agua podrida lo envolvió en una aureola irisada.

Me preguntaron el santo y seña y ellos mismos me dictaron la respuesta con su pensamiento; así pude atravesar las líneas.

Le encontré en su tienda. Velaba, sentado en un tosco lecho construido con cuatro tablas y cubierto de fardos de brocado sucio. A la cabecera, un maravilloso tapiz bordado en el que dos ángeles accionaban la rueda del tiempo, coronada de astros.

Sostenía en su mano un enorme vaso enjoyado como un cáliz, que latía con destellos rojos cuando se alzaba la llama de la antorcha. Estaba solo, tal y como yo esperaba: Sus ojos abstraídos contemplaban la agonía de los tiznones en el brasero.

Llevaba el mismo traje que en el cuadro, de terciopelo verde, con calzas ceñidas y amplias mangas ribeteadas de piel. Pero polvoriento y desgastado hasta mostrar la trama del tejido. Su rostro había enflaquecido y las facciones tenían una expresión de dureza que yo no conocía en él. Se había despojado del peto de acero y a sus pies dormitaba el lebrel negro.

Alzó su mirada azul, atrevida y limpia, cuando oyó mis pasos. Se puso en pie, alerta y sin temor.

-Dios te guarde, Chrestien -le saludé.

-¿Cómo conoces mi nombre, extranjero?

Un toque de clarín desgarró el aire, para anunciar el comienzo de un nuevo día de lucha. Levanté la cortina de la tienda y señalé hacia el primer tinte matinal que vibraba en la bruma.

-Porque, aunque vengo de muy lejos, nos une una hermandad. Nosotros, Chrestien, amamos la luz.

Con una sonrisa de bienvenida, me tendió la copa, llena de vino caliente que olía a especias.

Noviembre, 1967


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