17/12/09

"EN COMPAÑÍA DE LOBOS", DE ANGELA CARTER


Angela Carter (Gran Bretaña, 1940-1992). Para más información sobre esta autora, véase Angela Carter.


En compañía de lobos,
The Company of Wolves
en:
The bloody chamber and other stories, 1979
Publicado en España como: La cámara sangrienta y otros cuentos. Traducción de Matilde Horne. Barcelona, Minotauro, 1991. 192 p.


Este relato de Angela Carter es una reescritura muy sugerente de Caperucita Roja: un cuento divertido, malicioso y subversivo desde un punto de vista feminista. Hay una película, dirigida por Neil Jordan en 1984 (con guión de éste y de la propia Carter): In company of wolves.


Una fiera y sólo una aúlla en las noches del bosque.

El lobo es carnívoro encarnado y es tan ladino como feroz; si ha gustado el sabor de carne humana, ya ninguna otra lo satisfará.

De noche, los ojos de los lobos relucen como llamas de candil, amarillentos, rojizos; pero ello es así porque las pupilas de sus ojos se dilatan en la oscuridad y captan la luz de tu linterna para reflejarla sobre ti... peligro rojo; cuando los ojos de un lobo reflejan tan sólo la luz de la luna, destellan un verde frío, sobrenatural, un color taladrante, mineral. El viajero anochecido que ve de súbito esas lentejuelas luminosas, terribles, engarzadas en los negros matorrales, sabe que debe echar a correr, si es que el terror no lo ha paralizado.

Pero esos ojos son todo cuanto podrás vislumbrar de los asesinos del bosque que se apiñarán, invisibles, en torno de tu olor a carne, si cruzas el bosque a horas imprudentemente tardías. Serán como sombras, como espectros, los grises cofrades de una congregación de pesadilla; ¡escucha!, escucha el largo y ululante aullido..., un aria de terror súbitamente audible.

La melopea de los lobos es el trémolo del desgarro que habrás de sufrir, de suyo una muerte violenta.

Invierno. Invierno y frío. En esta región de bosques y montañas no ha quedado para los lobos nada que comer. Sin cabras ni ovejas, ahora encerradas en los establos, sin los venados que han partido hacia laderas más meridionales en busca de las últimas pasturas, los lobos están enflaquecidos, hambrientos. Tan escasa es su carne que podrías contar, a través del pellejo, las costillas de esas alimañas famélicas, si acaso te dieran tiempo antes de abalanzarse sobre ti. Esas mandíbulas que rezuman baba; la lengua jadeante; la escarcha de saliva en el barbijo canoso. De todos los peligros que acechan en la noche y el bosque —parecidos, trasgos, ogros que asan niños en la parrilla, brujas que ceban cautivos en jaulas para sus festines caníbales—, de todos, el lobo es el peor porque no atiende razones.

En el bosque, donde nadie habita, siempre estás en peligro. Si traspones los portales de los grandes pinos, allí donde las ramas hirsutas se enmarañan para encerrarte, para atrapar en sus redes al viajero incauto, como si la vegetación misma estuviera confabulada con los lobos que allí moran, como si los pérfidos árboles salieran de pesca para sus amigos..., si traspones los soportales del bosque, hazlo con la mayor cautela y con infinitas precauciones, pues si por un instante te desvías de tu senda, los lobos te devorarán. Son grises como la hambruna, despiadados como la peste.

Los niños de ojos graves de las desperdigadas aldehuelas siempre llevan cuchillos cuando salen a pastorear las pequeñas majadas de cabras que proveen a las familias de leche agria y de quesos rancios y agusanados. Sus cuchillos son casi tan grandes como ellos; y las hojas se afilan cada día.

Pero los lobos saben cómo allegarse hasta tu mismo fogón.

Y aunque nosotros no les damos tregua, no siempre conseguimos mantenerlos a raya. No hay noche de invierno en que el leñador no tema ver un hocico afilado, gris, famélico, husmeando por debajo de la puerta; y cierta vez una mujer fue atacada a dentelladas en su propia cocina mientras colaba los macarrones.

Teme al lobo y huye de él; pues lo peor es que el lobo puede ser algo más de lo que aparenta.

Hubo una vez un cazador, cerca de aquí, que atrapó un lobo en un foso. El lobo había diezmado los rebaños de cabras y ovejas; se había comido a un viejo loco que vivía solo en una choza montaña arriba, entonando alabanzas a Jesús el día entero; había atacado a una muchacha que estaba cuidando sus ovejas, pero ella había armado tal alboroto que los hombres acudieron con rifles, lo ahuyentaron y hasta trataron de seguirle el rastro entre la fronda; pero el lobo era astuto y les dio fácilmente el esquinazo. Así que este cazador cavó un foso y puso en él un pato, a modo de señuelo, vivito y coleando; luego cubrió el foso con paja untada de excrementos de lobo. Cuac, cuac, gritaba el pato, y un lobo emergió sigiloso de la espesura; un lobo grande, corpulento, pesado como un hombre adulto: la paja cedió bajo su peso y el lobo cayó en la trampa. El cazador saltó detrás de él, lo degolló y le cortó las zarpas a modo de trofeo; pero de pronto ya no fue un lobo lo que tuve delante, sino el tronco ensangrentado de un hombre, sin cabeza, sin piernas, moribundo, muerto.

En otra ocasión, una bruja del valle transformó en lobos a todos los convidados a una fiesta de bodas, y ello porque el novio había preferido a otra muchacha. Solía ordenarles, por despecho, que la fueran a visitar de noche y entonces los lobos se sentaban alrededor de su cabaña y le aullaban la serenata de su infortunio.

No hace mucho, una joven mujer de nuestra aldea casó con un hombre que desapareció como por encanto la noche de bodas. La cama estaba tendida con sábanas nuevas y sobre ellas se acostó la recién casada; el novio dijo que salía a orinar, insistió en ello, por pudor, y entonces ella se tapó con el edredón hasta su barbilla y así lo esperó. Y esperó, y esperó, y siguió esperando —¿no está tardando demasiado? — hasta que al fin se incorpora de un salto y grita al oír un aullido que el viento trae desde la espesura.

Ese aullido largo, modulado, parecería insinuar, pese a sus escalofriantes resonancias, un trasfondo de tristeza, como si las fieras mismas desearan ser menos feroces mas no supieran cómo logrado y no cesaran nunca de llorar su desdichada condición. Hay en los cánticos de los lobos una vasta melancolía, una melancolía sin fin como la misma floresta, interminable como las largas noches del invierno. Y sin embargo esa horrenda tristeza, ese condolerse de sus propios, irremediables apetitos, jamás podrá conmovernos, ya que ni una sola frase deja entrever en ellos una posible redención; para los lobos, la gracia no ha de venir de su propio desconsuelo sino a través de un mediador; y es por ello que se diría, a veces, que la fiera acoge casi con regocijo el cuchillo que acabará con ella.

Los hermanos de la joven registraron cobertizos y graneros mas no hallaron resto alguno; de modo que la sensata joven secó sus lágrimas y se buscó otro marido menos tímido, que no tuviera empacho en orinar en un cacharro y en pasar las noches bajo techo. Ella le dio un par de rozagantes bebés y todo anduvo como sobre ruedas hasta que cierta noche glacial, la noche del solsticio, el momento del año en que las cosas no engranan tan bien como debieran, la más larga de todas las noches, su primer marido volvió a casa.

Un violento puñetazo en la puerta anunció su regreso cuando ella revolvía la sopa para el padre de sus hijos; lo reconoció en el instante mismo en que levantó la tranca para hacerla pasar, pese a que hacía años que había dejado de llevar luto por él, y que el hombre estuviera ahora vestido de harapos, el pelo pululante de pulgas colgándole a la espalda, sin haber visto un peine en años.

—Aquí me tienes de vuelta, doña —dijo—. Prepárame un plato de coles. Y que sea pronto.

Cuando el segundo marido entró con la leña para el fuego y el primero comprendió que ella había dormido con otro hombre, y lo que es peor, cuando clavó sus ojos enrojecidos en los pequeñuelos que se habían deslizado hasta la cocina para ver a qué se debía tanto alboroto, gritó: ¡Ojalá fuera lobo otra vez para darle una lección a esta puta! Y al punto en lobo se convirtió y arrancó al mayor de los niños el pie izquierdo antes de que con el hacha de cortar la leña le partieran en dos la cabeza. Pero cuando el lobo yacía sangrando, lanzando sus últimos estertores, su pelaje volvió a desaparecer y fue otra vez tal como había sido años atrás cuando huyó del lecho nupcial; y entonces ella se echó a llorar y el segundo marido le propinó una tunda.

Dicen que hay un ungüento que te ofrece el Diablo y que te convierte en lobo en el momento mismo en que te frotas con él. O que había nacido de nalgas y tenía por padre a un lobo [sic], y que su torso es el de un hombre pero sus piernas y sus genitales los de un lobo. Y que también su corazón es de lobo.

Siete años es el lapso de vida natural de un lobizón, pero si quemas sus ropas humanas lo condenas a ser lobo por el resto de su vida; es por eso que las viejas comadres de estos contornos suponen que si le arrojas al lobizón un mandil o un sombrero estarás de algún modo protegido, como si el hábito hiciera al monje. Y aun así, por los ojos, esos ojos fosforescentes, podrás reconocerlo; son los ojos lo único que permanece invariable en sus metamorfosis.

Antes de convertirse en lobo, el licántropo se desnuda por completo. Si por entre los pinos atisbas a un hombre desnudo, deberás huir de él como si te persiguiera el Diablo.

***

Es pleno invierno y el petirrojo, el amigo del hombre, se posa en el mango de la pala del labrador y canta. Es, para los lobos, la peor época del año, pero esa niña empecinada insiste en cruzar el bosque. Está segura de que las fieras salvajes no pueden hacerle ningún daño pero, precavida, pone un cuchillo en la cesta que su madre ha llenado de quesos. Hay una botella de áspero licor de zarzamoras, una horneada de pastelillos de avena cocinados en la solera del fogón; uno o dos potes de mermelada. La niña de cabellos de lino llevará estos deliciosos regalos a su abuela, que vive recluida, tan anciana que el peso de los años la está triturando a muerte. Abuelita vive a dos horas de marcha a través del bosque invernal; la pequeña se envuelve en su grueso pañolón, cubriéndose con él la cabeza a guisa de caperuza. Se calza los recios zuecos; está vestida y pronta, y hoy es la víspera de Navidad. La maligna puerta del solsticio se balancea aún sobre sus goznes, pero ella ha sido siempre una niña demasiado querida como para sentir miedo.

En esta región agreste, la infancia de los niños nunca es larga, aquí no existen juguetes, de modo que desde pequeños trabajan duro y pronto se vuelven cautos; pero ésta, tan bonita, la hija más pequeña y un tanto tardía, ha sido mimada por su madre y por la abuela, que le ha tejido el pañolón rojo que hoy luce, brillante pero ominoso como sangre sobre la nieve. Sus pechos apenas han empezado a redondearse; su pelo, semejante al lino, es tan claro que casi no hace sombra sobre su frente pálida; sus mejillas, de un blanco y un escarlata emblemáticos; y hace poco que ha empezado a sangrar como mujer, ese reloj interior que sonará para ella de ahora en adelante una vez al mes.

Ella existe, existe y se mueve dentro del pentáculo invisible su virginidad. Es un huevo intacto, una vasija sellada; tiene en su interior un espacio mágico cuya puerta está cerrada herméticamente por una membrana; es un sistema cerrado; no conoce el temblor. Lleva su cuchillo y no le teme a nada.

De haber estado su padre en casa, tal vez se lo hubiera prohibido, pero él está en el bosque, cortando leña, y su madre es incapaz de negarle nada.

Como un par de quijadas, el bosque se ha cerrado sobre ella.

Siempre hay algo que ver en la espesura, incluso en la plenitud del invierno: los apiñados montículos de los pájaros que han sucumbido al letargo de la estación, amontonados en las ramas crujientes y demasiado melancólicos para cantar; las brillantes orlas de los hongos de invierno en los leprosos troncos de los árboles; las pisadas cuneiformes de los conejos y venados; las espinosas huellas de las aves; una liebre escuálida como una raja de tocino dejando una estela a través del sendero donde la tenue luz del sol motea las ramas bermejas de los helechos del año que pasó.

Cuando la niña oyó a lo lejos el aullido espeluznante de un lobo, su manita avezada saltó hasta el mango de su cuchillo, mas no vio rastro alguno de lobo ni de hombre desnudo; oyó, sí, un castañeteo entre los matorrales, y uno vestido de pies a cabeza saltó al sendero; muy joven y apuesto, con su casaca verde y el sombrero de ala ancha de cazador, y cargado de carcasas de aves silvestres. Al primer crujido de ramas, ella tuvo ya la mano en la empuñadura del cuchillo, pero él al verla se echó a reír con destello de dientes blanquísimos y la saludó con una cómica pero halagadora reverencia; ella nunca había visto un hombre tan apuesto, no entre los rústicos botarates de su aldea natal, y así, juntos, continuaron camino en la creciente penumbra del atardecer.

Pronto estaban riendo y bromeando como viejos amigos.

Cuando él se ofreció a llevarle la cesta, la niña se la entregó, aunque su cuchillo estaba en ella, porque él le dijo que su rifle los protegería. Anochecía, y de nuevo empezó a nevar; ella empezó a sentir los primeros copos que se posaban en sus pestañas, pero sólo les quedaba media milla de marcha y habría sin duda un fuego encendido, un té caliente y una bienvenida cálida para el intrépido cazador y para ella misma.

El joven llevaba en el bolsillo un objeto curioso. Era una brújula. La niña miró la pequeña esfera de cristal en la palma de su mano y vio oscilar la aguja con una vaga extrañeza. Él le aseguró que esa brújula lo había guiado sano y salvo a través del bosque en su partida de caza, ya que la aguja siempre decía con perfecta exactitud dónde quedaba el norte. Ella no le creyó; sabía que no debía desviarse del camino, pues si lo hacía podría extraviarse en la espesura. Él se rió de ella una vez más; rastros de saliva brillaban adheridos a sus dientes. Dijo que si él se desviaba del sendero y se adentraba en la espesura circundante, podía garantizarle que llegaría a la casa de la abuela un buen cuarto de hora antes que ella, buscando el rumbo a través del boscaje con la ayuda de su brújula, en tanto ella tomaba el camino más largo por el sendero zigzagueante.

No te creo, y además, ¿no tienes miedo de los lobos?

Él golpeó la reluciente culata de su rifle y sonrió.
¿Es una apuesta?, le preguntó; ¿quieres que apostemos algo?

¿Qué me darás si llego a la casa de tu abuela antes que tú?

¿Qué te gustaría?, dijo ella no sin cierta malicia.

Un beso.

Los lugares comunes de una seducción rústica; ella bajó los ojos y se sonrojó.

El cazador se internó en la espesura llevándose la cesta, pero la niña, pese a que la luna ya trepaba por el cielo, se había olvidado de temer a las fieras; y quería demorarse en el camino para estar segura de que el gallardo cazador ganaría su apuesta.

La casa de la abuela se alzaba, solitaria, un poco apartada del poblado. La nieve recién caída burbujeaba en remolinos en la huerta, y el joven se acercó con pasos cautelosos a la puerta, como si no quisiera mojarse los pies, balanceando su morral de caza y la cesta de la niña, mientras tarareaba por lo bajo una canción.

Hay un leve rastro de sangre en su barbilla; ha estado mordisqueando sus presas.

Golpeó a la puerta con los nudillos.

Vieja y frágil, abuelita ha sucumbido ya tres cuartas partes a la mortalidad que el dolor de sus huesos le promete y está casi pronta a sucumbir por completo. Hace una hora, un muchacho ha venido de la aldea para encenderle el fuego de la noche y la cocina crepita con llamas inquietas. Su Biblia la acompaña, es una anciana piadosa. Está recostada contra varias almohadas, en una cama embutida en la pared, a la usanza campesina, envuelta en la manta de retazos que ella misma confeccionó antes de casarse, hace ya más años que los que quisiera recordar. Dos perros cocker de porcelana, con manchas bermejas en el cuerpo y hocicos negros, están sentados a cada lado del hogar. Hay una alfombrilla brillante, tejida con trapos viejos, sobre las tejas acanaladas. El tic tac del gran reloj de pie marca el desgaste de las horas de su vida.

Una vida regalada ahuyenta a los lobos.

Con sus nudillos velludos, ha llamado a la puerta. Tu nietecita, ha entonado, imitando una voz de soprano.

Levanta la aldaba y entra, mi queridita.

Se los reconoce por sus ojos, los ojos de una bestia carnicera, ojos nocturnales, devastadores, rojos como una herida; ya puedes arrojarle tu Biblia y luego tu mandil, abuelita, tú creías que ésta era una profilaxis segura contra esta plaga invernal... Ahora apela a Cristo y a su madre y a todos los ángeles del cielo para que te protejan, pero de nada habrá de servirte.

Su hocico bestial es filoso como un cuchillo; él deja caer sobre la mesa su dorada carga de roídos faisanes, y también la cesta de tu niña queridita. Oh, Dios mío, ¿qué le has hecho a ella? Fuera el disfraz, esa chaqueta de lienzo de los colores del bosque, el sombrero con la pluma ensartada en la cinta; el pelo enmarañado le cae en guedejas sobre la camisa blanca, y ella puede ver el bullir de los piojos. En el hogar los leños se agitan y sisean; con la oscuridad enredada en hirsuta melena, la noche y el bosque han entrado en la cocina.

Él se quita la camisa. Su piel tiene el color y la textura del pergamino, una franja erizada de pelo corre de arriba abajo por su vientre, sus tetillas son maduras y atezadas como frutos ponzoñosos, pero su cuerpo es tan delgado que podrías contarle las costillas bajo la piel si te diera tiempo para ello. Se quita los pantalones y ella ve cuán peludas son sus piernas. Sus genitales, enormes. ¡Ay, enormes!

Lo último que la anciana vio en este mundo fue un hombre joven, los ojos como ascuas, desnudo como una piedra, acercándose a su cama.

El lobo es carnívoro encarnado.

Cuando concluyó con la abuela se relamió la barbilla y pronto volvió a vestirse hasta quedar tal como estaba cuando entró por aquella puerta. Quemó el pelo incomible en el hogar y envolvió los huesos en una servilleta que escondió debajo de la cama, en el mismo arcón de madera en el que halló un par de sábanas limpias. Las tendió cuidadosamente sobre la cama, en reemplazo de las delatoras manchadas de sangre, que amontonó en la cesta de la ropa sucia, esponjó las almohadas y sacudió la manta, levantó la Biblia del suelo, la cerró y la puso sobre la mesa. Todo estaba igual que antes menos la abuelita, que había desaparecido. La leña crepitaba en la parrilla, el reloj hacía tic tac, y el joven esperaba paciente, ladino junto a la cama, con la cofia de dormir de la ancianita.

Tap-tap-tap.

¿Quién anda ahí?, trina en el cascado falsete de abuelita.

Tu nietecita.

Y la niña entró trayendo consigo una ráfaga de nieve que se derritió en lágrimas sobre las baldosas, un poco decepcionada tal vez al ver sólo a su abuela sentada junto al fuego. Pero él de pronto ha arrojado la manta, ha saltado a la puerta y se ha apoyado contra ella de espalda para impedir que la niña vuelva a salir.

La niña echó una mirada en torno y advirtió que no había ni siquiera el hueco que deja una cabeza sobre la tersa mejilla de la almohada y, qué raro, la Biblia, por primera vez, cerrada sobre la mesa. El tic tac del reloj chasqueaba como un látigo. Quiso sacar el cuchillo de la cesta pero no se atrevió a extender el brazo porque los ojos de él estaban clavados en ella: ojos enormes que ahora parecían irradiar una luz única, ojos grandes como cuencas, cuencas de fuego griego, fosforescencia diabólica.
¡Qué ojos tan grandes tienes!

Para mirarte mejor.

Ni rastros de la anciana, excepto un mechón de pelo blanco adherido a la corteza de un trozo de leña sin quemar. Al verlo, la niña supo que corría peligro de muerte.

¿Dónde está mi abuela?

Aquí no hay nadie más que nosotros dos, mi adorada.

De pronto, un inmenso aullido se elevó en torno de ellos, cercano, muy cercano, tan cercano como la huerta; el aullido de una muchedumbre de lobos; ella sabía que los peores lobos son peludos por dentro, y tembló, pese al pañolón escarlata que se ciñó un poco más alrededor del cuerpo como si pudiera protegerla, aunque era tan rojo como la sangre que ella habría de derramar.
¿Quiénes han venido a cantarnos villancicos?, preguntó.

Son las voces de mis hermanos, querida; adoro la compañía de los lobos. Asómate a la ventana y los verás.

La nieve había obstruido la mirilla y ella la abrió para escudriñar el jardín. Era una noche blanca de luna y de nieve; la borrasca se arremolinaba en torno de las fieras grises, esmirriadas, que, sentadas sobre sus ancas en medio de las hileras de coles de invierno, apuntaban sus afilados hocicos a la luna y aullaban como si se les fuera a partir el corazón. Diez lobos; veinte lobos... Tantos lobos que ella no podía contarlos, aullando a coro, como enloquecidos o desesperados. Sus ojos reflejaban la luz de la cocina y centelleaban como centenares de bujías.

Hace mucho frío, pobrecitos, dijo ella; no me extraña que aúllen de ese modo.

Cerró la ventana al lamento de los lobos, se quitó el pañolón escarlata, del color de las amapolas, el color de los sacrificios, el color de sus menstruaciones y, puesto que de nada le servía su miedo, cesó de tener miedo.

¿Qué haré con mi pañolón?

Échalo al fuego, amada mía. Ya no lo necesitarás.

Ella enrolló el pañolón y lo arrojó a las llamas, que al instante lo consumieron. Se sacó la blusa por encima de la cabeza. Sus senos pequeños rutilaron como si la nieve hubiera invadido la habitación.

¿Qué haré con mi blusa?

También al fuego.

La fina muselina salió volando como un pájaro mágico en llamaradas por la chimenea, y ella ahora se quitó la falda, las medias de lana, los zuecos; y también al fuego fueron a parar y desaparecieron para siempre; la luz de las llamas se reflejaba en ella a través de los contornos de su piel; sólo la vestía ahora su intacto tegumento de carne. Así, incandescente, desnuda, se peinó el pelo con los dedos. Su pelo parecía blanco, blanco como la nieve de afuera. De pronto se encaminó hacia el hombre de los ojos color sangre con la desordenada cabellera pululante de piojos; se irguió en puntas de pie y le desabrochó el cuello de la camisa.

Qué brazos tan grandes tienes.

Para abrazarte mejor.

Y cuando por propia voluntad le dio el beso que le debía, todos los lobos del mundo aullaron un himno nupcial del otro lado de la ventana.
Qué dientes tan grandes tienes.

Advirtió que las mandíbulas de él empezaban a salivar, y la estancia se inundó del clamor del Liebestod de la selva, pero la astuta niña ni se arredró siquiera al oír la respuesta.

Para comerte mejor.

La niña rompió a reír. Sabía que ella no era comida para nadie. Se le rió en la cara, le arrancó la camisa de un tirón y la echó al fuego, en la ardiente estela de la ropa que ella misma se quitara. Las llamas danzaron como almas en pena en la noche de Walpurgis y los viejos huesos debajo de la cama empezaron a castañetear, pero ella no les prestó atención.

Carnívoro encarnado, sólo la carne inmaculada lo apacigua.

Ella apoyará sobre su regazo la terrible cabeza, le quitará los piojos del pellejo y se los pondrá, quizá, en la boca y los comerá como él se lo ordene, tal como lo haría en una ceremonia nupcial salvaje.

Cesará la borrasca.

Y la borrasca ha cesado dejando las montañas tan azarosamente cubiertas de nieve como si una ciega hubiese arrojado sobre ellas una sábana; las ramas más altas de los pinos del bosque se han enjalbegado, crujientes, henchidas de nieve.

Luz de nieve, luz de luna, una confusión de huellas de zarpas.

Todo silencio, todo quietud.

Medianoche; y el reloj da la hora. Es el día de Navidad, el natalicio de los licántropos, la puerta del solsticio está abierta de par en par; dejad que todos se hundan.

¡Mirad! Ella duerme, dulce y profundamente, en la cama de abuelita, entre las zarpas del tierno lobo.

16/12/09

"EL DOCTOR PÁJARO-RATÓN", DE REGINALD BRETNOR


Reginald Bretnor (Alfred Reginald Kahn, escritor de nacionalidad estadounidense nacido en 1911, en la ciudad portuaria de Vladivostok, Costa del Pacífico, Siberia, Rusia, y fallecido en 1992, en Medford, Oregon)

He aquí un relato de ciencia ficción para mí muy queer y desde luego bastante perverso. Fue publicado en la antología Extraños compañeros de cama. Selección de Thomas N. Scortia. Barcelona, Martínez Roca, 1979.

Añado algunos datos más sobre el autor y algunas amistades suyas, pues me parecen interesantes:

Reginald Bretnor escribió relatos cortos de ciencia ficción, y libros de teoría militar. También es conocido porque fue amigo y socio de Anton Szandor LaVey, fundador de la Iglesia de Satán.

(Anton Szandor Lavey (Chicago, 1930- S. Francisco, 1997), fundó la Iglesia de Satán, en 1966, en California. LaVey negaba la figura de Satán como un ser malvado y lo describía como un mito, la representación de la inteligencia y la humanidad en la Tierra, pues era un ángel de Dios y pensó por sí mismo y se rebeló contra él. El satanismo de Anton LaVey decía promover la humanidad y la libertad, y renegaba del cristianismo, además de condenar los sacrificios y profanaciones que otros proclamados satánicos realizaban, a los que acusaba de ser tan estúpidos como los cristianos y de dar un mal nombre al satanismo. Creía en la dualidad entre el bien y el mal de este mundo y que el satanismo era exactamente eso, la unión de extremos, como el Yin y yang, ya que sin bien no habría mal y sin mal no habría bien. La Iglesia de Satán está reconocida como un culto legítimo en Estados Unidos)
(Datos tomados de Wikipedia)

 
 
El doctor Pájaro-ratón aprendió el inglés en sólo dos semanas. Cada mañana se encontraba con Vandercook en la puerta del bote espacial y se alejaban caminando, o al menos Vandercook caminaba, mientras el doctor Pájaro-ratón revoloteaba y brincaba sobre la fresca hierba azulada en dirección a los árboles rosáceos del seto, donde se sentaban sobre mullidas hierbas llamadas tirmlings y trogs. A Vandercook le gustaban los trogs porque no chirriaban como los tirmlings y además estaban secos.
Evidentemente, la relación no era de hecho tan informal como pudiera parecer.
Vandercook no caminaba realmente sobre la hierba. Los extraños amiguitos del doctor Pájaro-ratón extendían siempre una espléndida alfombra roja desde la puerta del bote espacial a través de la arboleda exterior y del lugar reservado a las gesticulaciones, hasta la arboleda interior. Allí servían el gran banquete de la mañana, una especie de ensalada de frutas con verduras y Smorgasbord y desplegaban sus más bonitos gestos mientras
Vandercook comía, y continuaban gesticulando hasta que la duodécima Luna de Eetwee -la más rápida, la verde - pasaba por tercera vez sobre sus cabezas.
Vandercook atribuía todo esto a su propia abundancia de recursos y velocidad de pensamiento. En cuanto el doctor Pájaro-ratón hubo aprendido inglés suficiente para preguntarle a qué se dedicaba, se presentó como enviado extraordinario y embajador plenipotenciario de la Tierra en Eetwee. Con este ardid se evitó tener que explicarle su verdadera profesión al doctor Pájaro-ratón, cómo había viajado de planeta en planeta tocando el piano y cómo brillaba la luz de las tres viejas, románticas y retorcidas lámparas de aceite sobre su lustroso cabello ondulado, su chaqué listado, su sonrisa roja y sus blancas manos velludas; y cómo las mujeres, delgadas, jóvenes y solitarias, o hambrientas y de mediana edad, o anhelantes y viejas, habían permanecido sentadas muy quietas, escuchándole y devorándole con sus estúpidos ojos humedecidos.
Pasó un mal rato cuando la personalidad del doctor Pájaro-ratón, que había florecido al amparo de su locuacidad, comenzó a presentar un inquietante parecido con la de su propio tío Edwin, una persona anciana, de sexo indeterminado, con unos ingresos suficientes para permitirse revolotear en el círculo exterior de las Artes. Cuando el doctor Pájaro-ratón le hubo llamado varias veces "querido muchacho", para ofrecer a continuación una reproducción perfecta de la risita de soprano del tío Edwin, Vandercook le preguntó francamente:
- ¿Está leyendo mis pensamientos?
El doctor Pájaro-ratón volvió a reír, emitió un silbido y respondió:
- Querido e ingenuo muchacho, me encantaría poder leerlos y saber todas las dulces ideas que le pasan por la mente. Pero no puedo. Aquí, en el querido pequeño Eetwee, somos todos muy intuitivos, pero, simplemente, no soy telepático.
Vandercook se acomodó en su trog, aceptablemente seguro de que las dulces ideas que ocupaban su mente se hallaban ocultas en lugar seguro. Esas ideas hacían referencia a lo que había estado haciendo desde su llegada y a sus planes para el futuro, formados a los quince minutos de aterrizar en Eetwee. Su profesión no ofrecía tantas compensaciones como al parecer brindaba en los días más substanciosos del siglo XX y había estado esperando la oportunidad de dejarla. Además, estaba harto de mujeres ardientes pero desagradables, por separado o llenando salas enteras. Estaba aburrido y cansado de las bromas vulgares que constantemente le hacía al respecto su gordo hermano, Hughie, sobre todo cuando eran en público y delante de sus ruidosos amigotes de cara colorada. Hughie era transportista y disponía de toda una serie de actrices, modelos y artistas de cabaret absolutamente pornográficas. Vandercook había estado reflexionando al respecto. De pronto tomó una decisión; abandonó a su empresario y piloto y emprendió la huida con el bote espacial y sus bártulos. Luego, no tardó en extraviarse hábilmente y fue a parar por casualidad a Eetwee.
En fin, muy pronto, si quería, estaría en condiciones de comprarse el harén más exquisito del mundo. Se las imaginaba morenas, rubias y pelirrojas, todas en un lujoso decorado de baño turco, mientras Hughie babeaba de envidia al otro lado de la puerta.
¡Chico, sería toda una lección para él!
En el acto comprendió que los amigos del doctor Pájaro-ratón valían dinero. Tanto valían que incluso con los que pudieran caber en su bote espacial tendría ya una fortuna.
En general, no valía la pena dedicarse a exhibir extraterrestres; eran demasiado distintos.
Un par de monos sacados de un zoológico podían robarles el espectáculo en cualquier momento. Además, precisaban atmósferas y temperaturas especiales, sin hablar ya de los menús. Pero todos los amigos del doctor Pájaro-ratón respiraban oxígeno y cada uno de ellos tenía un aspecto casi tan familiar que era posible permanecer horas enteras mirándolos e intentando descubrir dónde estaba la peculiaridad, tal como le había ocurrido al principio a Vandercook. Luego, uno acababa llegando a la conclusión de que cada uno de ellos constituía una especie distinta.
Vandercook sabía que si uno coge una copa alta, vierte en ella un vasito de coñac y otro de tequila, y luego la llena de champán, el resultado es algo único. Tal vez el cóctel recuerde un poco los ingredientes, pero pose nuevas y especiales características propias y éstas son claramente funcionales. El doctor Pájaro-ratón era así. A primera vista, a Vandercook le hacía pensar en la mezcla de un ave bastante grande, tal vez de la familia de los faisanes, y un ratón bastante grande, no un cruce forzado, ni una unión antinatural de genes hostiles, sino una sutil fusión, que a su vez modificaba los ingredientes. El doctor Pájaro-ratón no era un ratón más un pájaro. Era algo de una categoría superior. No tenía plumas ni pelo, pero poseía la resultante de ambos, una suave capa que revelaba los brillantes dibujos del plumaje ancestral bajo su gris superficie. Tenía alas que se plegaban discretamente para no interferir con su aspecto ratonil una vez posado en el suelo. Tenía un pequeño pico oscuro que se arrugaba, manos en las extremidades anteriores y posteriores y un abanico en forma de parasol, que le servía de estabilizador, en el extremo de la cola. Y en este aspecto particular, el de su total singularidad, todos sus amigos eran como él.
En cuanto pudo hacerlo, Vandercook le preguntó la razón de este hecho.
- ¿Dónde está el resto de cada especie? - le preguntó -. ¿Por qué sólo he visto uno de cada clase?
- ¿Especies? ¿Qué resto?
El doctor Pájaro-ratón parecía sorprendido.
-Claro - dijo Vandercook -. Todas las criaturas iguales entre sí, todos los osos o tigres o caballos o lechuzas, todos los..., bueno, todos los Pájaros-ratones.
- Quiere decir... - de pronto el doctor Pájaro-ratón pareció muy excitado -. ¿Quiere decir que todavía tienen especies en la Tierra?
- Pues sí, naturalmente - respondió Vandercook.
- ¡Cielo santo! Y... ¿no son infecundas?
Soltó una gran carcajada despreocupada a costa de Vandercook. Éste, cogido un poco por sorpresa, echó un rápido vistazo a los amigos del doctor Pájaro-ratón que tenía a su alrededor, abrió la boca y sacudió la cabeza sin decir palabra.
- ¡Dios mío, Dios mío! - El doctor Pájaro-ratón empezó a aletear, a silbar y a dar saltos sobre su tirmling. Luego se calmó un poco y palmeó la rodilla de Vandercook.
- Pobre, pobre criatura - murmuró -. ¡Qué aburrida debe de ser su vida, querido muchacho!
Después el doctor Pájaro-ratón le hizo muchísimas preguntas y Vandercook le dijo todo lo que consideró que podía revelar sin riesgo sobre la reproducción en la Tierra, poniendo gran cuidado, como es lógico, en no herir sus sentimientos.
Cuando hubo terminado, el doctor Pájaro-ratón intentó consolarlo lo mejor que pudo.
- Debe procurar no preocuparse demasiado - dijo amablemente -, pues estoy seguro de que algún día también ustedes llegarán a estar civilizados. Nosotros éramos primitivos, antes de la intervención del apreciado señor Gibón. Teníamos toda clase de especies, que se iban reproduciendo absolutamente sin ningún motivo.
Vandercook le preguntó quién era el amable señor Gibón, y el doctor Pájaro-ratón señaló de inmediato a uno de sus amigos, el cual el entregó una pesada bolsa marrón que llevaba. El doctor Pájaro-ratón extrajo de ella un bonito retrato tridimensional, en un estuche de plástico, de lo que parecía ser un serio mono listado con sobrias gafas y un trasero de color rojo intenso.
- Gibón es la mejor aproximación posible de su nombre en su lenguaje - declaró el doctor Pájaro-ratón -. Hizo toda clase de maravillas, pero lo más maravilloso de todo fueron sus medicinas. La primera se llamaba Fortificante mental del señor Gibón y lo vendía en deliciosas botellitas azules, rectangulares, y los otros gibones las agotaron todas y las repartieron a todos los demás para ver qué pasaba. Lo que pasó, naturalmente, fue que pronto los gibones dejaron de ser la única especie inteligente y civilizada, pues los demás eran ahora tan listos como ellos. Los leones, tigres y demás animales dejaron de matar y devorar a sus nuevos amiguitos y se hicieron ingenieros civiles, violinistas, peritos de seguros, y se doctoraron en las más interesantes ramas del saber. Todo el mundo estaba muy contento, querido muchacho.
Por unos minutos, Vandercook acarició la idea de conseguir unos cuantos cientos de litros de tónico mental y administrárselo a los leones, tigres y demás animales de la Tierra; y después tomaría el poder y se erigiría en dictador con su ayuda. Luego recordó que, en Eetwee, su único efecto había sido transformarlos a todos en pacifistas y volvió con alguna reticencia a su más modesto plan inicial.
- Pero no eran ni la mitad de felices de lo que llegarían a ser después - siguió diciendo el doctor Pájaro-ratón, pues entonces salió a la venta el Catalizador genético del señor
Gibón. Tenía sabor a regaliz, y era buenísimo y se vendía en coquetonas botellitas cuadradas de color verde, con un retrato del querido señor Gibón en la etiqueta, conque naturalmente todo el mundo lo compró. Pero lo mejor de él fue que en el acto hizo infecundas a todas las especies.
-¿A todas? - le interrumpió Vandercook, ligeramente incrédulo.
-A todas excepto a los peces, querido muchacho, y con ellos no habría tenido ninguna gracia. Actúa sobre los genes y los cromosomas y esas cosas; y en cierto modo los modifica y los adapta, de modo que sólo quedan las características más agradables y todo resulta simplemente hermoso por muy distintos que seamos. Actualmente, como es lógico, las especies están completamente mezcladas, pero cada nueva persona que nace sigue presentando lo que llamamos caracteres dominantes, dos de ellos como Pájaroratón, por ejemplo, que nos recuerdan los malos, viejos tiempos. ¡Y es tan artístico! Aquí en Eetwee, querido muchacho, lo último que se nos ocurriría es separar las ovejas de las cabras. Y aquí... - el doctor Pájaro-ratón soltó una risita y guiñó un ojo -, aquí el león realmente yace con la oveja. Sí, de verdad.
Vandercook empezaba a comprender todo el alcance del proyecto de vida del señor Gibón. Incluso él estaba anonadado.
- ¡Pero eso es imposible - exclamó -. Quiero decir..., al fin y al cabo..., los meros problemas mecánicos...
El doctor Pájaro-ratón le aseguró que no había habido absolutamente ningún problema.
- El fortificante mental del señor Gibón nos hizo muy inteligentes a todos - dijo con sencillez; y entonces, antes de que Vandercook pudiera insistir en el tema, lo abandonó con la promesa de que ya le ofrecería mayores detalles más adelante -. Pero primero, querido muchacho... - Hizo un gesto a tres de sus amigos, que se acercaron, caminando, reptando y a saltos, y tomaron asiento -, quiero presentarle a nuestro joven señor Serpiente-cerdo..., ¡una persona tan dulce y sensible! Se presentó ante la Academia Nacional y ganó el primer premio. Y el doctor Leopardo-oveja, que preparó la combinación, y la querida señorita Alce-buitre. ¿No es espléndida? Un espécimen notable que contribuyó en el arreglo. Ahora es la señora de Leopardo-oveja...
El joven señor Serpiente-cerdo enroscó la cola con embarazo; el doctor Leopardo-oveja tenía un aire de imperturbable orgullo y su consorte resultaba más bien monstruosamente recatada. Y, al contemplar el resultado, Vandercook advirtió que si bien Serpiente-cerdo eran claramente los caracteres dominantes, podían detectarse ecos y resonancias de Leopardo-oveja aquí y de Alce-buitre allá. Comprendió, asimismo, que el arte de la combinación genética en Eetwee era equivalente al arte de los arreglos florales en el Japón, pero todavía más acentuado. Por ello comentó educadamente que el señor
Serpiente-cerdo era una verdadera obra de arte, que los genios que lo habían concebido merecían toda clase de felicitaciones y que estaba encantado de conocerlos.
El doctor Pájaro-ratón tradujo todo esto y sus interlocutores se mostraron visiblemente complacidos. La combinación se retorció avergonzada. Los genios se rieron tontamente y movieron inquietos los pies. Luego todos se pusieron a hablar al unísono.
- Están sencillamente encantados, querido muchacho - declaró el doctor Pájaro-ratón - y están seguros de que usted debe haber producido toda clase de deliciosas combinaciones en su pequeño planeta y quisieran que les explicara cómo las hizo y cuántos premios ha ganado.
La mayor parte de las breves aventuras de Vandercook habían sido transacciones comerciales con admiradoras bien situadas, las cuales, se estremecía sólo de recordarlo, invariablemente intentaban casarse con él o adoptarlo. Incluso cuando había permanecido a su lado el tiempo suficiente para averiguar si se trataba de lo uno o de lo otro, ello nunca había dado lugar a ninguna pequeña combinación. Sin embargo, astutamente, decidió no mencionar este hecho a sus oyentes y se declaró padre de unas cuantas docenas de criaturas. Estas, fanfarroneó, habían ganado toda clase de premios y estuvo a punto de declarar que arias de ellas habían llegado a ser Águilas de los Muchachos Exploradores, pero decidió que era muy posible que interpretaran mal esa expresión. Todos sus hijos, dijo, eran apuestos, sanos y normales. Al oír esto, la señorita Alce-buitre quiso saber qué significado tenía la palabra normal: y cuando el doctor Pájaro-ratón se lo explicó, ella le rogó que tuviera a bien expresar sus más sinceras condolencias a su desgraciado visitante.
Vandercook los examinó a los tres y se imaginó las largas, rentables colas de visitantes alineados ante la taquilla. Se dijo que aquellas gentes de Eetwee eran listas; se precisaría un poco de lobotomía para solventarlo... Luego agradeció muy cortésmente a la señorita Alce-buitre y dijo que demasiado bien sabía él cuán monótona resultaba la vida en la Tierra, teniendo que hacer siempre las mismas combinaciones, año tras año. Explicó que ello era inevitable, pues el hombre era superior a todos los animales inferiores, hecha salvedad de su presente compañía, naturalmente. Sin embargo, en su opinión, ambas culturas podían aprender mucho una de otra; y esa era la razón, dijo, de que la Tierra le hubiera enviado a Eetwee, a fin de invitar a una misión cultural de Eetwee para que le acompañara en su viaje de regreso y realizara una larga y agradable visita a su planeta.
Sugirió que tal vez el doctor Pájaro-ratón y sus tres amigos, con otros ocho o diez más, podrían formar un buen grupo para empezar.
El doctor Pájaro-ratón parecía tener ciertas dificultades para traducir sus comentarios, y el motivo resultó evidente cuando hubo terminado. Todos rompieron a reír. El doctor
Pájaro-ratón brincaba de un lado a otro. El joven señor Serpiente-cerdo se enroscaba y se retorcía. El doctor Leopardo-oveja y la señorita Alce-buitre se bamboleaban sobre sus tirmlings.
- ¡Mi querido, absurdo, buen muchacho! - balbuceó el doctor Pájaro-ratón cuando se hubo recuperado lo suficiente para pronunciar algunas palabras -. Pretende que vayamos a la Tierra! ¿Para qué diantres? Nos divertimos tanto aquí...
Vandercook controló su impaciencia como buenamente pudo. Pasaba gran parte del tiempo imaginándose rodeado de las más apetecibles jovencitas que quepa imaginar y mirando con desdén no sólo a Hughie y todos sus vocingleros amigotes, sino también a sus antiguas protectoras, embadurnadas y teñidas, voraces, plañideras y marchitas. Esas fantasías le hacían sentirse muy viril.
El resto del tiempo lo dedicaba a largas conversaciones con el doctor Pájaro-ratón y a seguir el ritmo de la marejada social de Eetwee, expresión que sólo tuvo que tomar al pie de la letra en una ocasión, cuando le invitó a cenar el anciano señor Gaviota-marsopa.
Esas conversaciones aburrían al doctor Pájaro-ratón. Las descripciones que le hacía Vandercook de la vida de un embajador plenipotenciario y enviado extraordinario le parecían sencillamente ridículas. A fe suya, decía con retintín, no lograba comprender cómo podía quedarle ningún momento para dedicarlo a actividades artísticas. Era completamente antinatural.
Y Vandercook le replicaba que si todo ello le parecía tan raro a su anfitrión era debido a que él era un hombre, no un Pájaro-ratón, y no había disfrutado de las ventajas del fortificante mental del señor Gibón, y de todos modos iba pasando el tiempo y él tenía que emprender el regreso. ¿No querrían el doctor Pájaro-ratón y sus amigos hacerle un favor a la Tierra y acompañarle en su viaje?
Entonces el doctor Pájaro-ratón volvía a repetirle una vez más que el viaje simplemente no ofrecía ningún incentivo para ellos, que no deseaban conocer la poesía de Ezra Pound, ni los secretos de la fisión nuclear, ni The pines of Rome, ni tan sólo la versión en comics de El amante de lady Chatterley, pues ninguna de esas cosas, pese a su posible valor intrínseco, guardaba ninguna relación con la producción de pequeñas combinaciones.
Siempre que Vandercook intentaba oponer alguna objeción era la hora de un banquete o de un desfile, y el doctor Pájaro-ratón le decía que no se preocupara, que todo sería por su bien, puesto que Eetwee realmente era el mejor de todos los mundos.
Se celebraban cinco banquetes diarios en el jardín intramuros, e interminables rituales en el lugar reservado a las gesticulaciones, y meriendas al aire libre en el jardín extramuros, entre una y otra comida. Hacían visitas a ciudades vecinas y paseaban pausadamente por sus suaves calles reticuladas, en cuyas zonas sombreadas, verdes arañas agitaban su lánguido follaje. Y luego recorrieron las galerías de arte y los museos, los cuales podrían haber resultado más entretenidos si el doctor Pájaro-ratón no hubiera insistido en presentarle a todas las piezas en exhibición, obligándole a inventar un cumplido trivial tras otro para no desentonar en su calidad de embajador.
La existencia comenzaba a hacérsele bastante monótona a Vandercook. Exprimió su ingenio en busca de nuevos argumentos en favor de una misión cultural, sin conseguir nada. Luego, con la esperanza de que el fortificante mental tal vez pudiera aguzar su inventiva, comenzó a insinuar, cada vez más descaradamente, que una dosis del mismo sería bien recibida. Sus insinuaciones pasaron inadvertidas. Por fin, durante una fiesta en casa del doctor Pájaro-ratón, descubrió la pequeña botellita azul sobre una repisa del cuarto de baño, justo debajo de la bañera empotrada y se la bebió de un trago. Al día siguiente consiguió arreglar sin ninguna dificultad una cremallera que se había quedado atascada, un problema que siempre le había desbordado en el pasado. Por lo demás, la pócima no parecía haber surtido ningún efecto y se sintió bastante desalentado.
Se tornó irritable e impaciente y comenzó a perder color; y el doctor Pájaro-ratón no hizo más que empeorar las cosas preocupándose por él. Adquirió la costumbre de aletear compasivamente sobre su hombro, mientras le miraba de un modo extraño y decía:
- ¿Se siente bien, querido muchacho? ¿Seguro que es perfectamente feliz? ¿No tendrá algún pequeño problema que quiera confiarme?
Hubo un momento en que Vandercook, que ya empezaba a desesperarse, consideró la posibilidad de formular un ultimátum: o bien enviaban la misión o serían atacados por una flota espacial dotada de las armas más modernas. Pero algo, tal vez el fortificante mental del señor Gibón, le hizo sospechar que ello no les impresionaría. A cambio, optó por un ultimátum de carácter menos violento.
- Me marcho el próximo martes - le dijo al doctor Pájaro-ratón en tono casual -. Confío en que para ese día algunos de ustedes se hayan decidido a acompañarme. Pero, tanto si vienen conmigo como si no, ahora me toca a mí ofrecerles una fiesta, sólo para usted, el presidente Oso-zarigüeya y su familia y un par de amigos íntimos, el señor Serpientecerdo y sus padres, usted ya me entiende. La fiesta tendrá lugar en mi bote espacial algunas horas antes del despegue y serviré setas, corazones de alcachofa, champán y dulce de chocolate.
Naturalmente, no dijo palabra de que pensaba encerrarlos en la cabina y bombear luego una buena dosis de un fuerte anestésico, pero el doctor Pájaro-ratón se asustó mucho a pesar de todo.
- ¡Mi querido, querido muchacho! - dijo con voz chillona -. No es posible que quiera hacer eso... cuando todavía no hemos tomado tan sólo una decisión. Nos ha causado tantas preocupaciones; hemos estado considerando su caso y hemos hablado de usted. Y queremos proceder correctamente, mi buen muchacho. Queremos asegurarnos de que será feliz. ¿No podría esperar un par de días, por favor? Me gustaría que tuviera una larga charla íntima con la señorita Vaca-tortuga antes de decidirse. Ella es muy dulce y comprende todos esos problemas...
Al cabo de quince minutos de oírle hablar de esa guisa, Vandercook aceptó entrevistarse con la señorita Vaca-tortuga y dijo que aplazaría su partida hasta el jueves por la noche. No estaba dispuesto a esperar más.
- Está usted cambiado, querido muchacho -dijo con tristeza el doctor Pájaro-ratón -. Supongo que nadie le habrá dado unas gotitas de fortificante mental, ¿o se lo han dado?
¿La querida señorita Alce-buitre o alguien por el estilo?
Vandercook soltó una risita, le confió lo ocurrido en su cuarto de baño y se disculpó diciendo que sólo tenía un poco de sed.
El doctor Pájaro-ratón se secó la transpiración de su cuarzada lengüita y dijo:
- ¡Cielo santo! Y se bebió todo eso de un solo golpe. ¡Y no se desintegró! Me alegro mucho, querido muchacho.
Durante unos instantes, Vandercook se sintió claramente conmocionado; al parecer, el uso incontrolado de los elixires del señor Gibón tenía sus riesgos. Luego rechazó virilmente esas preocupaciones y se concentró en la puesta en práctica de su plan que, de momento, consistía en seguirles la corriente a las gentes de Eetwee y minimizar al máximo sus sospechas.
Tuvo una larga charla muy aburrida con la señorita Vaca-tortuga. El doctor Pájaro-ratón le había enseñado un poco de inglés y ella le hizo muchas preguntas en voz tenue y mugiente, se interesó por su carrera y quiso saber si realmente se había adaptado y por qué la Tierra enviaba embajadores a viajar de un lado a otro cuando podrían resultar mucho más útiles si se dedicaban a hacer combinaciones en sus casas. El le respondió con gran astucia y le repitió su historia sólo con leves variaciones; y se abstuvo de manifestar el menor desagrado por la molesta costumbre de la señorita Vaca-tortuga, que retraía los cuernos y hundía la cabeza en su caparazón siempre que tenía que anotar algo. Cada vez que ello ocurría, él se limitaba a pensar en las actrices, las modelos y en los celos que tendría Hughie.
Después de eso, aceptó diplomáticamente la invitación del presidente para que pasara los pocos días que le restaban de estancia con la familia Oso-zarigüeya en la mansión del ejecutivo. Se dirigió a la ciudad en compañía del doctor Pájaro-ratón y el joven señor Serpiente-cerdo. Aunque la ciudad estaba aún más alejada de los jardines que el bote espacial, las alfombras rojas cubrían cada milímetro del recorrido y el público había acudido para hacer gestos aún más eetwianos que de costumbre. Los cuatro días que siguieron no parecían tener fin. De vez en cuando, Vandercook abordaba al presidente, o a uno de los ministros, o al doctor Pájaro-ratón en persona y les preguntaba si habían tomado una decisión; siempre respondían que lo sentían tanto, pero no habían tenido tiempo, y en esa momento se iniciaba justamente un banquete en la habitación contigua y ¿no querría acompañarles?
Vandercook engordó cuatro kilos. Estaba casi a punto de estallar cuando el presidente Oso-zarigüeya le estrechó la mano después del tercer banquete del jueves y le dijo que había sido un placer tenerle como huésped en su casa - ninguna molestia, en absoluto - y le aseguró que todos estarían encantados de asistir a cuantas fiestas decidiera celebrar, cuando él quisiera, y le palmeó la espalda y le susurró que el doctor Pájaro-ratón tenía noticias muy placenteras que comunicarle sobre la decisión que habían tomado.
Vandercook se sentía muy animado cuando emprendió el camino de regreso sobre las espléndidas alfombras rojas en compañía del doctor. Su animación no le abandonó a pesar de que el doctor no paraba de reír por lo bajo y se negaba a decirle nada excepto:
- Es una sorpresa adorable..., simplemente demasiado adorable para expresarla en palabras.
Llegaron al jardín intramuros, al rincón donde los árboles que formaban la verja se abrían sobre el claro.
- Ahora tiene que cerrar los ojos, mi querido muchacho - anunció el doctor Pájaro-ratón
-. Así tendrá mucha más gracia.
Vandercook cerró los ojos, esperando ver aparecer dentro de un instante a los amigos del doctor Pájaro-ratón, bien con las maletas hechas para partir en misión cultural o bien formando un grupo ansioso de asistir a la fiesta. Tanto le daba que fuera lo uno como lo otro. Entonces el doctor Pájaro-ratón le hizo doblar la esquina y luego avanzaron varios metros. Vandercook abrió los ojos...
- ¡Mire! - exclamó el doctor Pájaro-ratón -. ¿No es una belleza? ¡Le hemos construido una casa!
Vandercook miraba anonadado. La misión cultural no se divisaba por ninguna parte.
Ante sus ojos se alzaba una casa circular de metal que recordaba un hongo muy grueso, con un porche saliente y un par de ventanas en forma de ojo de buey. Mientras el doctor Pájaro-ratón le instaba a seguir adelante tuvo la horrible sensación de que ya había visto eso antes en alguna parte.
- ¿De do-dónde han s-sacado e-ese metal? - balbuceó.
- De su desagradable y viejo bote espacial - replicó orgulloso el doctor Pájaro-ratón -.
Lo hemos fundido. Estábamos seguros de que a usted no le importaría, querido muchacho.
Vandercook le siguió a través de la puerta. Contempló las mesas y las sillas de la nave espacial a su alrededor y vio nuevas piezas de mobiliario fabricadas a partir de sus piezas antes útiles. Divisó su piano cromado y chapado en oro, con las atractivas lámparas de aceite a la antigua usanza. El doctor Leopardo-oveja, la señorita Alce-buitre y el joven señor Serpiente-cerdo, le esperaban allí reunidos, luciendo en sus rostros las expresiones satisfechas típicas de todos los comités de recepción.
- ¡Cielos! - graznó Vandercook -. ¡E-estoy varado!
- Mi querido muchacho - exclamó el doctor Pájaro-ratón -. ¡Qué inteligente es usted!
¡Ha dado exactamente en el clavo!
Todos parecían terriblemente complacidos, a excepción de Vandercook, que en el acto comprendió la enormidad de lo sucedido. Los años luz que separaban Eetwee de la Tierra dejaron de ser simplemente un breve salto de tres semanas para alcanzar toda su terrible extensión. La perspectiva de enriquecerse fácilmente con la venta de los amigos del doctor Pájaro-ratón se desvaneció en una desolada, fría oscuridad. Y otro tanto ocurrió con las damitas que debían impresionar a Hughie.
Era demasiado. Vandercook comenzó a pasearse a grandes zancadas, delirante y enfurecido. Agitó sus hirsutas manos regordetas y amenazó destruir Eetwee con todos sus habitantes. Empleó expresiones poco educadas para referirse al doctor Pájaro-ratón y todos los demás habitantes de Eetwee y habló en términos muy desagradables de la superioridad del hombre sobre todo el restó de la embrutecida creación, de la cual ellos también formaban parte, pese a toda su inteligencia.
El doctor Pájaro-ratón y sus amigos no le interrumpieron en ningún momento. En una ocasión, el doctor Pájaro-ratón comentó sotto voce:
- Pobre chico, está delirante de alegría.
El doctor Leopardo-oveja le susurró a su mujer algo sobre sedantes. Pero, excepto eso, no dijeron nada hasta que él se hubo apaciguado, lo que ocurrió de forma muy repentina.
Un minuto casi parecía a punto de cometer una violencia personal y al minuto siguiente había comprendido que, aun siendo pacifistas, el doctor Leopardo-oveja, la señorita Alcebuitre y el joven señor Serpiente-cerdo estaban dotados de horribles colmillos, o bien de impresionantes cascos, o de una terrorífica musculatura. Bruscamente se sentó.
La señorita Alce-buitre se le acercó en el acto y comenzó a acariciarle la mano. El doctor Leopardo-oveja tosió y rió suavemente en señal de simpatía. El doctor Pájaro-ratón aleteó, revoloteó y dijo:
-Mi querido, querido muchacho. Todo ha sido por su bien. Hemos hablado muchísimo de su caso y hemos decidido hacer lo más conveniente.
Siguió explicando que desde el momento de su primer encuentro le habían tomado afecto a Vandercook, pero que durante largo tiempo habían dudado sobre la conveniencia de retenerle en Eetwee. Comprendían que en él fondo de su corazón era un artista y que no había sido feliz durante todo ese tiempo, obligado a trasladarse siempre de un mundo a otro, pero, aun así, se trataba de su profesión y le veían siempre muy ansioso de emprender nuevamente el vuelo. Era un verdadero enigma. Los mejores cerebros de
Eetwee se habían dedicado día y noche a desentrañarlo.
- Y nunca diría - comentó el doctor Pájaro-ratón con una risita - qué cosa más absurda sugerí yo al principio. Creí que a usted le gustaba la diplomacia y deambular de un planeta a otro. ¡Imagínese! Realmente debí adivinar desde un comienzo que usted detestaba todo eso y lo que de verdad deseaba era instalarse en alguna parte y hacer toda clase de graciosas combinaciones...
La idea de unas graciosas combinaciones evocó un vívido cuadro mental. Vandercook se estremeció.
- ¿Qué sabe usted de eso? - dijo bruscamente -. ¡Dentro de un instante me dirá que es capaz de leer mis pensamientos!
- Cielos, no - replicó el doctor Pájaro-ratón -. Yo no puedo hacerlo pero la señorita
Vaca-tortuga sí puede. ¡Bendita sea! Es tan buena persona..., realmente lo hizo muy bien, teniendo en cuenta cuán extraño era todo para ella. Logró vislumbrar varios detalles de unos planes que tenía usted. Eran terriblemente románticos, pero por alguna razón usted no parecía verdaderamente demasiado satisfecho con ellos. Quiero decir que no parecía terriblemente entusiasmado. Pero ella comprendió la razón al primer atisbo: quienquiera que usted tuviera en mente, parecía tan desaliñado y poco atractivo. Y entonces... en fin, ella averiguó cuánto deseaba usted poder llevarse a algunos de nosotros y tuvo la impresión de que usted nos apreciaba muchísimo. Nos sentimos muy conmovidos, querido muchacho. Después de oír eso, el presidente Oso-zarigüeya, el doctor Leopardooveja, el joven señor Serpiente-cerdo y yo mismo, todos coincidimos en que usted se debatía realmente entre el amor y el deber y que, en el fondo, lo que de verdad deseaba era quedarse aquí en el querido pequeño Eetwee...
Se oyó un breve, tímido golpecito en la puerta y el doctor Pájaro-ratón exclamó:
- Adelante.
Entró la señorita Vaca-tortuga.
Vandercook la miró con abierta hostilidad.
- ¿Y me está diciendo que esa cosa leyó mis pensamientos? - preguntó -. ¿Ese... maldito monstruo de vaca-tortuga?
- Oh, ya no es la señorita Vaca-tortuga - le corrigió el doctor Pájaro-ratón -. Ahora es la señora Vandercook.
- ¿Qué? - bramó Vandercook.
- La señora Vandercook - repitió el doctor Pájaro-ratón -. Podrán hacer sus combinaciones los dos juntos. ¿No será hermoso?
Vandercook miró a su alrededor en busca de una salida. Sólo había una y el doctor Leopardo-oveja estaba mostrando los dientes apostado justo a ella. Vandercook recordó los buenos viejos tiempos y las innumerables hileras de dulces y delgadas jóvenes, dulces y jadeantes mujeres maduras y cariñosas y anhelantes ancianas, y cómo todas le devoraban con sus adorables ojos humedecidos. Rompió a llorar.
El doctor Pájaro-ratón y el joven señor Serpiente-cerdo en el acto le ayudaron a acomodarse en una silla.
- No debe tomárselo así, querido muchacho - dijo el doctor -. Ya sé que es una noticia maravillosa, maravillosa, pero no debe dejar que le afecte tanto. A fin de cuentas, le hemos traído cada día a los jardines de la luna de miel, sobre las alfombras rojas de rigor y todos los pajes y damas de honor gesticularon de la manera más adorable, y le hemos construido una casa aquí, en el mismo centro para prepararle psicológicamente. Incluso hemos conservado su piano para usted. Y ahora, querido muchacho... - Le tendió una pequeña copita de licor -. Bébase esto y se sentirá mucho mejor.
Vandercook alargó a ciegas la mano para coger la copa.
- De un solo trago - le indicó el joven señor Serpiente-cerdo.
Vandercook se lo bebió de un trago; en el acto se sintió mejor y ya era demasiado tarde cuando advirtió que la bebida estaba aromatizada con regaliz.
La señorita Alce-buitre aplaudió con sus manos en forma de alas.
- ¡Lo ven! - exclamó encantada -. ¡Les dije que no se desintegraría! Estaba seguro de que todas esas supuestas diferencias del hombre eran una tontería.
- Me alegro mucho - mugió ardientemente la señorita Vaca-tortuga.
- Es estupendo - declaró el doctor Leopardo-oveja -. Por primera vez después de siglos podemos trabajar con una especie completamente nueva. Pasará usted a la Historia, señor Vandercook.
Vandercook vislumbró el futuro en todas sus cuatro dimensiones, y todas y cada una le parecieron absolutamente detestables. Puso los ojos en blanco y apuntó un pálido dedo en dirección a la señorita Vaca-tortuga.
- No, no, n-n-no farfulló -. ¡N-no p-p-puedo quedarme aquí encerrado con eso!
El doctor Pájaro-ratón sonrió amablemente.
- No lo estará, querido muchacho. Le comprendemos mejor de lo que cree. Al fin y al cabo, esta dulce personita... - Hizo una reverencia -, advirtió que su papel de embajador no era más que una sublimación y que en realidad lo que usted deseaba era pasarse el resto de su vida revoloteando de una compañerita a otra como una querida abejita. La señorita Vaca-tortuga es sólo la primera. Mire por esa ventana.
Vandercook giró la cabeza como un robot. Afuera, junto a la puerta, esperaban pacientemente la señorita Camello-murciélago y la señorita Hipo-jirafa, la señorita Gansomono y la graciosa y pequeña señorita Rana-terrier; la señorita Yak-paloma y la señorita Foca-zorro y la gorda y madura viuda Caballo-conejo con todas sus simpáticas amigas.
La cola se extendía desde la puerta, a través del lugar reservado a las gesticulaciones y a lo largo del jardín extramuros, hasta la parcela donde antes se encontraba el bote espacial.
Poco a poco, en medio de su desesperación, Vandercook advirtió que su aspecto le era terriblemente familiar. Poco a poco, comenzó a sentirse extrañamente reconfortado.
Sollozó por última vez. Luego se dirigió al piano y exhibió su famosa, tierna sonrisa y, sin apartar ni un momento los ojos de las damas, comenzó a tocar la Sonata del Claro de Luna.

1/12/09

"EL COLLAR DE SEMLEY", DE URSULA K. LE GUIN

Úrsula K. Le Guin (USA; 1929)

Semley's necklace, ©1963.

El collar de Semley. Traducido por Ana Goldar en El mundo de Rocannon (Barcelona, Editorial Bruguera, 1982, colección Naranja)

(Puede encontrarse también este relato en El mundo de Rocannon (Barcelona, Edhasa, 1989, colección Clásicos Nebulae, traducción de Elena Rius), y en Las doce moradas del viento (Barcelona, Edhasa, 2004, colección Fantasy Nebulae, traducción de Elena Rius)


Este cuento, escrito en 1963, publicado en 1964 como “La dote de los Angyar” y en 1966 como prólogo de mi novela El mundo de Rocannon, es en realidad el octavo que publiqué, pero pienso que es el más característico y romántico de mis primeros trabajos fantásticos y de ciencia ficción. Mi estilo ha progresado, alejándose lenta y continuamente del franco romanticismo. No hay duda de que sigo siendo una romántica y eso me alegra, pero el candor y la inocencia de "El collar de Semley" se han convertido gradualmente en algo más fuerte, más duro, y más complejo.Ursula K. Guin.

Creo que esta historia será considerada una de las mejores de ciencia ficción de toda la literatura del género. En la actualidad es ya clásica, sólo cinco años después de su publicación inicial. Con todo, la idea en sí no es nueva. Todos hemos especulado con el concepto de la dilación del tiempo, con los principios de la contracción del tiempo, formulados por Einstein, cuando uno se aproxima a la velocidad de la luz. No obstante, Ursula K. Le Guin (en una narración que se convirtió en raíz de su primera novela y de toda la serie que culminaría en su soberbia La mano izquierda de la oscuridad) destila aquí este concepto tan común hasta convertirlo en la pureza del mito. Creo verdaderamente que ha dejado poco o nada todavía por decir.(Ted White. Recopilador de la antología Grandes relatos de ciencia ficción. Barcelona, ATE, 1979, traducción de Roser Berdagué, donde aparece este relato de Ursula K. Le Guin con el título “La dote de los Angyar”)




¿Cómo distinguir la leyenda de los hechos en esos mundos tan alejados en el espacio y el tiempo? Planetas sin nombre, a los que sus gentes llamaron simplemente El Mundo, planetas sin historia, donde el pasado es tema de mitos y, a su regreso, un explorador se halla con que sus propios hechos –realizados poco tiempo atrás– se han convertido en los gestos de una divinidad. Lo irracional obscurece la brecha del tiempo que atraviesan las naves espaciales, veloces como la luz, y en esa oscuridad, como malas hierbas, crecen la incertidumbre y la desproporción.
En el intento de relatar la historia de un hombre, un simple científico de la Liga, que pocos años ha partiera hacia ese mundo sin nombre, conocido apenas, cualquiera se siente como un arqueólogo entre ruinas milenarias, avanzando a través de densas marañas de hojas, flores, ramas y enredaderas hasta la repentina geometría brillante de una rueda o una pulida piedra, penetrando luego en un espacio familiar, que se presenta como un acceso luminoso a la oscuridad, al imposible titilar de una llama, al centelleo de una joya, al sólo entrevisto movimiento de un brazo de mujer.
¿Cómo separar el hecho de la leyenda, la realidad de la realidad?
En el relato de Rocannon surge la joya, el centelleo azul sólo entrevisto. Y así se inicia:

Área galáctica 8, nº 62. - FOMALHAUT II.
Formas de vida de elevado cociente de inteligencia. Contactos con las siguientes especies:
Especie 1:
A) Gdemiar (singular Gdem): elevado cociente de inteligencia, antropoides, trogloditas nocturnos; talla media 120 a 135 cm, piel clara, cabellos obscuros. En el momento de establecerse el contacto, estos cavernícolas poseían una sociedad oligárquica y estratificada con rigidez, modificada por telepatía parcial colonial, y una cultura orientada tecnológicamente según la temprana edad del acero. El nivel tecnológico se ha elevado hasta el punto C durante la misión de la Liga de los años 252-254. En el 254 un vehículo automático (desde Nueva Georgia del Sur y retorno) fue entregado a los oligarcas de la comunidad del Mar de Kirien. Nivel C-Prima.
B) Fiia (singular Fian): elevado cociente de inteligencia, antropoides, diurnos, aproximadamente 130 cm de talla; individuos observados piel y cabellos claros, en general. Unos pocos contactos han señalado aldeas de grupos nómadas, de estructura comunal, telepatía parcial colonial, con indicios de onda corta TK. La raza parece atecnológica y evasiva; esquemas culturales mínimos y cambiantes. No sujetos a contribución. Nivel E - Interrogante.
Especie II:
Liuar (singular Liu): elevado cociente de inteligencia, antropoides, diurnos; estatura media encima de los 170 cm; esta especie posee una aldea fortificada, Sociedad constituida por clanes, tecnología bloqueada (Bronce) y cultura heroico-feudal. Se ha advertido un desdoblamiento social horizontal en dos subrazas: a) Olgyior, «hombres normales», piel clara, cabellos obscuros; b) Angyar, «señores», muy altos, piel obscura, cabellos rubios...


–Es la raza de ella –dijo Rocannon, levantando la vista del Manual abreviado de formas inteligentes de vida, para mirar a la mujer de piel obscura, elevada talla y cabellos rubios, inmóvil en el centro del amplio salón del museo: erguida, con su corona de cabellos brillantes, observaba algo en una vitrina. A su alrededor se movían cuatro pigmeos ansiosos y desagradables.
–No sabía que en Fomalhaut II viviesen estos otros tipos, además de los trogloditas –dijo Ketho, el director del museo.
–Tampoco yo. Aún quedan algunas especies «no confirmadas» en esta lista; nunca ha habido contacto con ellas. Parece llegado el momento de enviar una misión investigadora más profunda. En todo caso, al menos ahora la conocemos a ella.
–Querría tener algún medio de saber quién es ella...

Provenía de una antigua familia, descendiente de los primeros reyes de los Angyar, y por encima de todas sus carencias, su cabello brillaba con el puro e inmutable oro de los de su raza. Los diminutos Fiia, a su paso, se inclinaban ya en los tiempos en que ella no era más que una niña descalza que correteaba por las praderas, la luminosa y ardiente cabellera como un cometa, sacudida por los duros vientos de Kirien.
Tierna era su edad cuando Durhal de Hallan la conoció, cortejó y llevó consigo, lejos de las ruinosas torres y ventosos espacios de su niñez, hacia la alta casa de Hallan. Allí, junto a la montaña, tampoco había comodidades, aunque perdurara el esplendor. Ventanas sin cristales, piedra desnuda en los pisos; durante la estación fría, al despertar, se podía ver la nieve nocturna acumulada junto a las ventanas. La esposa de Durhal, de pie, descalza sobre el suelo helado, trenzaba el fuego de su cabello y sonreía a su joven esposo a través del espejo de plata de su habitación. Ese espejo y el traje de boda de su madre, recamado con mil menudos cristales, constituían toda su riqueza. Los familiares lejanos de Durhal aún eran dueños de guardarropas suntuosos, mobiliarios de maderas doradas, monturas, armas y espadas de plata, joyas y alhajas sobre las que la joven esposa arrojaba miradas de envidia, volviendo sus ojos hacia una diadema de perlas o un broche de oro cuando el dueño de la joya le cedía el paso como signo de deferencia por la alta alcurnia de su linaje y matrimonio.
En el cuarto puesto a partir del trono de Hallan Revel se sentaban Durhal y su esposa Semley, tan cerca del señor de Hallan que, a menudo, el anciano ofrecía vino a Semley con su propia mano y hablaba de las cacerías con su sobrino y heredero Durhal, envolviendo a la joven pareja en una mirada de amor torvo y sin esperanzas. Escasas podían ser las esperanzas para los Angyar de Hallan y para las Tierras del Oeste, desde que aparecieran los Señores de las Estrellas, con sus casas que brincaban sobre pilares de fuego y sus tremendas armas que arrasaban montañas. Ellos habían bloqueado todos los antiguos caminos y se habían inmiscuido en las viejas guerras, y aunque los montos eran pequeños, resultaba una vergüenza insoportable para los Angyar el tener que pagarles un tributo, contribución para la guerra que los Señores de las Estrellas sostenían con algún extraño enemigo, en algún lugar del espacio abismal entre las estrellas. «Será también vuestra, esta guerra» decían; pero la última generación de los Angyar había permanecido inerte en su ociosa vergüenza, dentro de sus salones, viendo cómo enmohecían sus espadas de doble filo, cómo crecían sus hijos sin intervenir en una sola batalla, cómo sus hijas se unían a hombres pobres, incluso a los de baja cuna, sin aportar la dote de un patrimonio heroico a un noble marido. El rostro del Señor de Hallan se ensombrecía al contemplar a la pareja de cabellos dorados, al oír sus risas mientras bebían vino amargo y jugueteaban en la fría, ruinosa y antes resplandeciente fortaleza de su casta.
El propio rostro de Semley se endurecía a la vista del salón donde relampagueaba el brillo de las piedras preciosas en asientos muy por debajo del suyo, entre mestizos y hombres de casta inferior, de piel blanca y cabellos obscuros. Ella nada había aportado como dote a su esposo: ni siquiera una horquilla de plata. El vestido de Los Mil Cristales estaba reservado para el día de la boda de su hija, si nacía una niña.
Y fue una niña y la llamaron Haldre, y cuando el cabello creció en su cabecita obscura, brilló como el oro inmutable, herencia de generaciones señoriales, el único oro que jamás poseería...
Semley nunca mostró a su marido el descontento que la colmaba. Porque a pesar de su dulzura para con ella, en su duro orgullo de señor, Durhal sólo abrigaba desprecio hacia la envidia y los deseos vanos, y ella temía ese desprecio. En cambio, habló con Durossa, la hermana de Durhal.
–Mi familia fue dueña de un gran tesoro hace tiempo –le dijo–. Era un collar de oro con una piedra azul en el centro... ¿un zafiro?
Sonriente, Durossa alzó los hombros; no estaba segura del nombre.
Estaba muy avanzada la estación cálida del año, el verano de aquellos Angyar del norte, dentro de su año de ochocientos días que inicia el ciclo de los meses en cada nuevo equinoccio. Para Semley, aquél resultaba un calendario extraño, el cómputo típico de los hombres normales. Su familia se extinguía ahora, pero su sangre era más antigua y más pura que la de cualquiera de los integrantes del grupo del noroeste, que con tanta libertad se unían a los Olgyior. Sobre un asiento de piedra, Semley y Durossa contemplaban los rayos de Sol desde una ventana alta de la Gran Torre, en el apartamento de las mujeres casadas. Viuda desde su juventud y sin hijos, Durossa había sido otorgada en segundo matrimonio al Señor de Hallan, que era hermano del padre de ella. Por ser ésta una boda entre parientes y la segunda para ambos, Durossa no recibía el título de Señora de Hallan –que Semley habría de ostentar algún día–, pero se sentaba en el trono, junto al anciano señor y gobernaba con él sus dominios. Mayor que su hermano Durhal, amaba a la joven esposa de éste y se deleitaba con la rubia Haldre.
–Fue comprado –prosiguió Semley– con todas las riquezas que mi antepasado Leynen obtuvo cuando se apoderó del sur de Fief, ¡toda la riqueza de un reino por una joya! Oh, sin duda podría obscurecer a cualquier otra aquí, en Hallan, aun a esos enormes cristales que lleva tu primo Issar. Era tan bello que le dieron un nombre propio; lo llamaban Ojo del Mar. Mi bisabuela lo llevaba.
–¿Tú nunca lo viste? –preguntó la mujer, con lentitud, mientras contemplaba las verdes colinas donde el largo verano hacía soplar sus cálidos vientos incansables por entre los bosques y los caminos blancos, hasta alcanzar la lejana costa.
–Se perdió antes de que yo naciera. No, mi padre me ha dicho que fue robado antes de que los Señores de las Estrellas llegasen a nuestros dominios. El prefería no tocar el asunto, pero una anciana de la casta común, sabedora de toda clase de cuentos, siempre me ha asegurado que los Fiia han de saber dónde está.
–¡Ah, los Fiia! ¡Cuánto me gustaría verlos! –dijo Durossa–. Conocen tantas canciones y leyendas... ¿Por qué nunca vendrán a las Tierras del Oeste?
–Demasiado altas, demasiado frías, creo. Gustan del Sol de los valles del sur.
–¿Se asemejan a los gredosos?
–A ésos no los conozco; se mantienen alejados de nosotros en el sur. ¿No son blancos, como los hombres normales, y deformes? Los Fiia son graciosos; se asemejan a los niños, sólo que más delgados y sensatos. Me pregunto si sabrán dónde está el collar, quién lo robó y dónde lo oculta. Piensa, Durossa, si yo pudiera ir a una fiesta de Hallan y sentarme junto a mi marido con toda la riqueza de un reino en torno a mi cuello y eclipsar a las otras mujeres, tal como ellas eclipsan a los hombres.
Durossa inclinó el rostro hacia la niña, que examinaba sus propios piececitos obscuros sobre una manta, entre su madre y su tía.
–Semley es una simple –murmuró a la niña–; Semley, que brilla como una estrella fugaz, Semley, la mujer de un hombre que no quiere más oro que el de ella...
Y Semley, viendo las verdes colinas del verano que llegaban hasta el mar distante, callaba.
Pero cuando hubo pasado otra estación fría y hubieron regresado, una vez más, los Señores de las Estrellas para coger sus tributos por la guerra –y esta vez una pareja de gredosos enanos les servía de intérpretes, de modo que todos los Angyar se sintieron humillados hasta el límite de la rebeldía–, y cuando hubo pasado también otra estación cálida y Haldre ya había crecido hasta convertirse en una dulce y locuaz niña, Semley la llevó consigo, una mañana, hasta la solana de Durossa, en la Torre. Semley lucía una vieja capa y una capucha cubría sus cabellos.
–Ten contigo a Haldre por unos pocos días, Durossa –pidió con calma, pero de prisa–. Voy a ir al sur, a Kirien.
–¿Vas a ver a tu padre?
–Hallaré mi herencia. Vuestros primos de Harget Fief se han mofado de Durhal; incluso Parna, ese mestizo, se cree con derecho a atormentarlo porque su mujer tiene un edredón de raso para su lecho y unos pendientes de diamante y tres vestidos... ¡Esa bruja de pelo negro! Y en tanto, la mujer de Durhal ha de remendar su vestido...
–¿El orgullo de Durhal está en su mujer o en lo que ella lleva?
Pero Semley no cambió su propósito.
–Los Señores de Hallan se han convertido en hombres pobres en su propia mansión. Traeré mi dote a mi señor, tal como una de mi estirpe debe hacerlo.
–¡Semley! ¿Sabe Durhal que partes?
–Dile que el mío será un regreso feliz –respondió la joven Semley rompiendo en una breve risa gozosa, luego se inclinó a besar a su hija, y antes de que Durossa pudiese hablar ya marchaba, ligera como el viento, sobre el suelo de piedra de la solana.
Las mujeres casadas de los Angyar jamás cabalgaban, sino por necesidad, y Semley no había salido de Hallan después de su matrimonio; ahora, al montar sobre la alta silla de su animal alado se sintió niña otra vez, como la doncella indómita que había sido, cabalgando sobre escuálidas bestias con el viento del norte, a través de los campos de Kirien, pero su montura actual provenía de las montañas de Hallan, era de la mejor de las razas, de piel a rayas, recia y lustrosa, extremidades vivaces, ojos verdes, penetrantes a pesar del viento, claras y vigorosas alas que se elevaban y caían a cada lado de Semley, descubriendo y ocultando, descubriendo y ocultando las nubes por encima y las colinas por debajo.
En la tercera mañana arribó a Kirien y, una vez más, se detuvo en medio de las salas ruinosas. Su padre había estado bebiendo durante toda la noche y, como en días pasados, la luz del Sol, filtraba por entre las grietas de los techos, lo abrumaba. La presencia de su hija aumentó su disgusto.
–¿A qué has venido? –en tanto que sus ojos hinchados recorrían las paredes y el rostro de la joven; la mata de fuego de su cabellera había desaparecido y sólo gruesas arrugas le cubrían el cráneo–. ¿El joven de Hallan no se ha casado contigo y vienes aquí con tus lloros?
–Soy la mujer de Durhal; he venido a buscar mi dote, padre.
Ebrio aún, gruñó una vez más, con enfado; pero la sonrisa de ella fue tan dulce que se sintió vencido.
–¿Es verdad, padre, que los Fiia han sido los que robaron el collar, el Ojo del Mar?
–¿Cómo puedo saberlo? Son viejas leyendas. Esa joya se perdió antes de nacer yo, creo, y quisiera no haber nacido nunca. Pregúntale a los Fiia, si quieres saberlo. Vete con ellos, vuelve con tu marido, déjame solo aquí. No hay espacio en Kirien para las muchachas, el oro y todo lo demás. Aquí ya es el fin; ésta es una plaza perdida, vacía. Los hijos de Leynen han muerto todos; sus riquezas han desaparecido. Sigue tu camino.
Gris e hinchado, casi como un pordiosero en una casa ruinosa, se volvió, tambaleante, para ir a ocultarse de la luz del Sol, en los sótanos.
Con la rienda de su cabalgadura alada entre las manos, Semley abandonó el antiguo hogar. Marchaba hacia una colina escarpada, luego de atravesar la aldea de hombres normales, que la saludaron con hosco respeto. En los campos pacían las bestias aladas y semisalvajes, en grandes rebaños. Semley descendió por un valle de verde intenso, rebosante de Sol. En lo profundo del valle estaba asentada la aldea de los Fiia, y al par que ella iba descendiendo, con la rienda entre las manos, las diminutas gentes corrían a su encuentro desde huertas y jardines riendo y nombrándola con sus finas vocecillas:
–¡Salud, esposa de Hallan, Señora de Kirien, Dama de los Vientos, Semley la Bella!
Todos coreaban dulces nombres y ella los oía con placer, sin enfadarse por sus carcajadas, porque los Fiia reían a cada palabra: era su actitud habitual, hablar y reír. Se detuvo, firme y erguida en su capa azul, en el centro de la bienvenida.
–Salud, gentes blancas, habitantes del Sol, Fiia, amigos de los hombres.
Penetró en la aldea, conducida por todos, y se instaló en una de las luminosas casas, y los niños corrían y gritaban a su alrededor. Era difícil saber la edad de un Fian adulto; incluso distinguir con certeza a uno de otro era arduo, porque se movían con la rapidez de una mariposa en torno de la luz, y ella no sabía si siempre hablaba con el mismo interlocutor. Pero tuvo la sensación de que sólo uno de ellos le hablaba, por un momento, en tanto unos atendían su cabalgadura y otros le ofrecían agua y frutas de sus árboles.
–¡No han sido los Fiia quienes han robado el collar de los Señores de Kirien! –exclamaba el hombrecito–: ¿Qué podrían hacer los Fiia con el oro, Señora? Para nosotros brilla el Sol en la estación cálida y en la estación fría nos quedan los recuerdos de ese brillo. Las frutas amarillas, las hojas amarillas de fin de estación, el amarillo de la cabellera de nuestra Señora de Kirien: no tenemos otro oro.
–¿Lo robó, pues, alguno de los normales?
–¿Cómo osaría hacerlo un normal? Ah, Señora de Kirien, cómo fue robada la joya ningún mortal lo sabe, ni el hombre, ni el normal, ni el Fian, ni ninguna de las siete castas. Sólo los muertos saben cómo se ha perdido, tiempo ha, cuando Kireley el Arrogante, bisabuelo de nuestra Semley, marchó sin compañía por las cavernas del mar. Pero quizá esté entre los Enemigos del Sol.
–¿Los gredosos?
Un estallido de risa seca, nerviosa.
–Siéntate con nosotros, Semley la del cabello de Sol, llegada desde el norte.
Y se sentó a comer con los Fiia, tan complacidos con su donaire como ella lo estaba con su presencia. Pero cuando la oyeron repetir su propósito de buscar la joya entre los gredosos, si es que allí estaba, dejaron de reír; poco a poco fueron desapareciendo. De pronto estaba sola junto a la mesa con uno de ellos, tal vez el que le hablara antes de la comida.
–No vayas al encuentro de los gredosos, Semley –le dijo, y por un instante el corazón de la Señora de Hallan se estremeció.
El Fian, con un lento vaivén de la mano por encima de sus ojos, había obscurecido el aire que los rodeaba. Restos de frutas llenaban las fuentes; todos los cuencos de agua clara estaban vacíos.
–En las montañas lejanas se separaron los Fiia y los Gdemiar; hace muchos años se separaron –dijo el pequeño hombre de los Fiia–. Mucho antes de eso fuimos un solo pueblo; pero lo que nosotros somos, ellos no lo son. Lo que no somos, ellos lo son. Piensa en la luz del Sol y en la hierba y en los árboles que dan frutos, Semley. Piensa que no todos los senderos que hay son buenos.
El Fian se inclinó, con una sonrisa.
Fuera de la aldea Semley montó en su cabalgadura, dijo adiós en respuesta a los adioses, y en el viento de la tarde se remontó hacia el sudoeste, hacia las cavernas de las costas rocosas del Mar de Kirien.
Temía tener que penetrar en las cavernas para hallar a las gentes que buscaba: le habían dicho que los gredosos nunca salían fuera de sus grutas a la luz del Sol y que hasta recelaban de la luz de la Gran Estrella y de las lunas. El trayecto era largo; una vez bajó a tierra, para que su cabalgadura cazara alguna alimaña mientras ella comía un trozo de pan de su alforja. El pan estaba duro y reseco ahora y sabía a piel, aunque conservaba algo de su sabor primitivo: por un momento, comiendo sola en un claro de los montes sureños, oyó el tono apacible de una voz y le pareció haber visto el rostro de Durhal, vuelto hacia ella a la luz de las antorchas de Hallan. Y permanecía sentada, viendo el rostro austero, vívido y joven, soñando con que al regresar con toda la riqueza de un reino en torno a su cuello le diría: «He querido traer un regalo digno de mi marido, Señor...» Se apresuró luego, pero al alcanzar la costa el Sol se había ocultado, Y la Gran Estrella se ponía también. Desde el oeste se había elevado una brisa suave que viró luego para adquirir empuje. La montura de Semley luchaba contra el viento con tanto esfuerzo, que ella le dejó descender sobre la arena. La bestia plegó sus alas y encogió las gráciles patas bajo el cuerpo, con una suerte de ronroneo. Semley, de pie, se ajustaba la capa en torno a los hombros, palmeando el pescuezo del animal, que sacudió las orejas en tanto volvía a ronronear. El contacto tibio le reconfortó la mano, pero sus ojos no veían más que un cielo gris, cubierto de jirones de nubes, un mar gris, arenas obscuras. Luego, deslizándose sobre la arena, se presentó una criatura baja, sombría, luego otra, por fin todo un grupo que se agazapaba, corría, se detenía.
Los llamó en alta voz. Y aunque se hubiera dicho que no la habían advertido, en un instante la rodearon todos; pero se mantenían apartados de su montura, que cesó en sus ronroneos, crispada la piel bajo la mano de su ama. Semley cogió las riendas, confiada en la protección que la bestia le brindaba, pero temerosa de la ferocidad que podía manifestar. En silencio, las extrañas gentes la observaban, con los toscos pies descalzos inmóviles sobre la arena. No podía haber engaño: eran de la talla de los Fiia, y en todo lo demás, una sombra, una imagen negra de aquel pueblo risueño. Desnudos, contrahechos, ralos los cabellos negros, la tez gris y viscosa como la de un gusano, de piedra la mirada.
–¿Sois los gredosos?
–Somos los Gdemiar, el pueblo de los Señores de los Reinos de la Noche.
La voz tuvo una inesperada hondura y corrió pomposa a través del anochecer salino. Pero, tal como le ocurriera con los Fiia, Semley no estaba segura de quién le había hablado.
–Salud, Señores de la Noche. Yo soy Semley de Kirien, esposa de Durhal de Hallan. He venido hasta vosotros a buscar mi herencia, el collar llamado Ojo del Mar, que se perdiera tiempo atrás.
–¿Por qué lo buscas aquí, Angya? Aquí sólo hallarás arena, sal y noche.
–Porque las cosas perdidas se hallan en los lugares profundos –repuso Semley, hábil para las agudezas–, y oro que ha venido de la tierra tiene un medio de volver a ella. Y a veces lo hecho, dicen, regresa a su hacedor –no era más que una conjetura. Y fue exacta.
–Por cierto que conocemos el nombre de Ojo del Mar. Fue hecho en nuestras cavernas, tiempo ha, y vendido por nosotros a los Angyar. La piedra azul procedía de los campos de arcilla de nuestros parientes del este. Pero éstos son antiguos cuentos, Angya.
–¿Podría escucharlos en el mismo lugar en que fueron narrados?
El círculo de gentes obscuras guardó silencio por un instante, como si dudara. El viento gris barrió la arena, obscureciendo la puesta de la Gran Estrella; el sonido del mar se amortiguó. La voz profunda vibró otra vez:
–Sí, Señora de los Angyar. Podrás penetrar en las Moradas Profundas. Síguenos.
Hubo como una asechanza en la voz, pero Semley no quiso oírla. Siguió a los gredosos por la arena, llevando con la rienda corta a su cabalgadura de agudas garras.
Ante la boca de la caverna, una boca desdentada de la que surgían vahos fétidos, uno de los gredosos dijo:
–La bestia no debe entrar.
–Sí –dijo Semley.
–No –repuso todo el grupo.
–Sí, no la dejaré aquí. No me pertenece, no puedo dejarla. No os hará daño, mientras yo sujete las riendas.
–No –repitieron voces obscuras.
Pero otras asintieron:
–Como tú quieras.
Tras un instante de duda avanzaron; la boca de la cueva parecía haberse cerrado tras ellos, tanta era la oscuridad bajo la piedra. Marchaban de uno en fondo, Semley la última.
La oscuridad del túnel se debilitó; habían llegado hasta el lugar donde pendía del techo una bola de tenue fuego blanco, otra más lejos y otra. Entre ellas, como festones, negros gusanos larguísimos colgaban de las rocas. A medida que avanzaban, menor era el espacio entre una y otra bola de fuego y todo el túnel estaba iluminado con una luz brillante y fría.
Los guías de Semley se detuvieron. Tres puertas que parecían ser de acero bloqueaban el acceso a otras tantas vías.
–Aguardaremos, Angya –dijeron, y ocho de ellos permanecieron junto a ella en tanto otros tres abrían una de las puertas y la franqueaban antes de que cayera tras ellos con estrépito.
Firme y erguida se mantuvo la hija de los Angyar bajo la descolorida luz de las lámparas; su montura se echó a su lado, batiendo una y otra vez su cola a rayas, con las alas plegadas, aunque sacudidas una y otra vez por un impulso de vuelo. Detrás de Semley, en el túnel, los ocho hombres gredosos se acuclillaron, y sus voces hondas murmuraban palabras en su propia lengua.
La puerta central resonó al abrirse.
–¡Dejad que Angya penetre en el Reino de la Noche! –gritó una nueva voz, jactanciosa y resonante; un hombre gredoso, con alguna vestidura sobre el tosco cuerpo gris, apareció en el vano de la puerta e hizo señas de que se adelantaran–. ¡Entra y contempla las maravillas de nuestras tierras, los prodigios realizados por las manos de los Señores de la Noche!
Silenciosa, Semley tiró de las riendas e inclinó la cabeza para seguir a su nuevo guía por un pasaje de poquísima altura. Otro túnel iluminado se abría delante, paredes húmedas, deslumbrantes bajo la luz blanca. Sobre el suelo dos barras de acero pulido se extendían a cada lado, hasta donde llegaba la vista. Sobre las barras se apoyaba una especie de carro de ruedas metálicas. Obediente a los gestos del guía, sin trazas de vacilación o asombro en el rostro, Semley penetró en el carro e hizo que su montura la acompañara. El gredoso se sentó frente a ella, tras ajustar barras y ruedas. Se produjo un ruido estridente, el rechinar de metal sobre metal, y luego los muros del túnel comenzaron a deslizarse. Más y más veloces cada vez, los muros corrían a cada lado, y los globos de fuego se convirtieron en un trazo de luz y el aire fétido y cálido era un viento que sacudía la capucha de la mujer.
El carro se detuvo. Semley siguió a su guía por gradas de basalto hasta una vasta antesala y luego a una más vasta cámara, erosionada en la roca por el agua de los siglos o tal vez por los excavadores gredosos; aquel ámbito, que nunca conociera la luz del Sol, estaba iluminado con el misterioso brillo frío de los globos de fuego. En las paredes, tras amplias rejas, grandes paletas metálicas giraban y giraban para remover el aire viciado. En la enorme sala cerrada zumbaban las voces graves de los gredosos, el chirrido agudo y la vibración de los metales. De todo ello la roca devolvía, una y otra vez, el eco intermitente.
Allí los gredosos cubrían sus rollizos cuerpos con prendas similares a las de los Señores de las Estrellas amplios pantalones, botas flexibles, túnicas con capucha, aunque las pocas mujeres que se dejaban ver, serviles enanas siempre apresuradas, estaban desnudas. La mayoría de los hombres eran soldados que portaban armas parecidas a los terribles lanzarrayos de los Señores de las Estrellas, si bien Semley pudo advertir que se trataba de simples garrotes de metal. Lo que vio, lo vio sin observar; avanzó por donde la conducían, sin volver la cabeza ni a derecha ni a izquierda. Cuando hubieron llegado frente a un grupo de gredosos que lucían diademas de acero sobre sus cabellos, el guía se detuvo y con voz profunda anunció:
–¡Los excelsos Señores de Gdemiar!
Eran siete y todos le habían clavado los ojos con tal arrogancia pintada en sus grises rostros terrosos que ella sintió deseos de reír.
–He venido hasta vosotros para buscar el tesoro perdido de mi familia, Señores del Reino de las Tinieblas –dijo en tono solemne–. Busco el botín de Leynen, el Ojo del Mar –su voz sonaba débil en medio del estrépito.
–Así nos lo han dicho nuestros mensajeros, Semley, señora de Hallan –esta vez logró determinar quién le había hablado: un individuo más bajo que los otros, que apenas si le llegaría al pecho y lucía un resto fiero en el rostro–. No poseemos lo que buscas.
–En otro tiempo lo tuvisteis, se dice.
–Mucho es lo que se dice allí donde el Sol centellea.
–Y las palabras son llevadas por el viento, allí donde el viento sopla. No pregunto cómo se ha perdido el collar ni cómo ha vuelto a vosotros, sus artífices de antaño. Esas son viejas historias, antiguas habladurías. Sólo intento encontrarlo ahora. Vosotros no lo poseéis, pero quizá sepáis dónde está.
–No está aquí.
–Estará, pues, en otro lugar.
–Está donde tú no puedes llegar; no, a menos que cuentes con nuestra ayuda.
–Ayudadme, pues; os lo pido en mí condición de huésped vuestra.
–Se ha dicho: los Angyar toman; los Fiia dan; los Gdemiar dan y toman. Si hiciéramos esto por ti, ¿qué nos darías?
–Mi gratitud, Señores de la Noche.
Y permaneció firme y bella, sonriente entre ellos. Todos la contemplaban con asombro maligno, con hosco sentimiento.
–Escucha, Angya, grande es el favor que pides; no sabes cuánto; no puedes comprenderlo. Perteneces a una raza que no lo comprenderá, porque sólo os cuidáis de cabalgar en los vientos, de levantar cosechas, pelear a espada y vocear juntos. ¿Pero quién fabrica vuestras espadas de acero brillante? ¡Nosotros, los Gdemiar! Vuestros jefes vienen aquí, a los Campos de Arcilla, compran sus espadas y se alejan sin mirar ni comprender. Pero ahora tú estás aquí, podrás mirar, podrás observar algunas de las maravillas infinitas de nuestra raza: las luces que arden por siempre, el carro que se impulsa a sí mismo, las máquinas que hacen nuestras ropas y cuecen nuestros alimentos y purifican nuestro aire y nos sirven en todo. Debes saber que todas estas cosas están más allá de tu entendimiento. Y tenlo presente: ¡Nosotros, los Gdemiar, somos amigos de aquellos a los que llamáis Señores de las Estrellas! Con ellos hemos ido a Hallan, a Roohan, a Hul-Orren, a todas vuestras mansiones, para ayudarlos a entenderse con vosotros. Los Señores a quienes los orgullosos Angyar pagáis tributo son nuestros amigos. Ellos nos favorecen tal como nosotros los favorecemos. Pues bien, ¿qué significa para nosotros tu agradecimiento?
–Esto lo debéis contestar vosotros –repuso Semley–, no yo. Te he hecho mi pregunta, contéstala, Señor.
Por un instante los siete se agruparon para hablar y callar luego. Las miradas la buscaron, la evitaron, el silencio se densó. Una muchedumbre se agrupaba en torno a ellos, crecía con rapidez y sin ruidos. Repentinamente Semley estuvo rodeada de centenares de opacas cabezas negras, hasta que se cubrió de gente todo el suelo de la caverna resonante, excepto un pequeño espacio cercano a la Señora de Hallan. La bestia alada se agitaba, entre el temor y el enojo demasiado tiempo reprimidos, y sus ojos se dilataban como cuando un animal de su especie se veía obligado a volar de noche. Semley acarició la tibia piel de la cabeza, murmurando:
–Tranquilízate, mi valiente señor del viento...
–Angya, te llevaremos hasta donde está el tesoro –una vez más le había hablado el gredoso de la cara blanca y diadema de acero–. No podemos hacer otra cosa. Deberás venir con nosotros en demanda del collar, hasta donde están quienes ahora lo poseen. La bestia alada no podrá acompañarte. Debes partir sola.
–¿Cuán largo será el viaje, Señor?
El gredoso apretó los labios con fuerza.
–Será prolongado, Señora. Aunque no haya de durar más que una larga noche.
–Agradezco vuestra cortesía. ¿Podréis cuidaros de mi montura por esta noche? Ningún daño debe ocurrirle.
–Dormirá hasta tu regreso. Habrás cabalgado en una bestia aérea mucho mayor cuando vuelvas a ver esta tuya. ¿No preguntas adónde te llevaremos?
–¿Podremos emprender ya ese viaje? Quisiera no faltar por mucho tiempo de mi hogar.
–Sí. En seguida –los labios grises se distendieron.
De lo ocurrido en las horas siguientes Semley no podría dar cuenta. Todo era prisa, confusión, estrépito, sorpresa. Mientras ella acariciaba la cabeza de su cabalgadura, un gredoso introdujo una larga aguja en la corva dorada de la bestia. Semley estuvo a punto de gritar, pero el animal se agitó apenas y luego, entre ronroneos, quedó dormido. Con claras muestras de miedo, un grupo de hombres cogió a la bestia dormida para llevársela. Más tarde vio cómo una aguja se introducía en su propio brazo, quizá para probar su valor, porque no se sintió adormecida, aun cuando no estaba cierta de ello. Viajó en carros que atravesaban puertas de hierro innumerables cavernas abovedadas. Hubo un instante en que el carro rodó por una caverna estrecha, por completo sombría y la oscuridad estaba poblada de raras alimañas. Oyó sus chillidos, los gritos roncos, y vio grandes bandadas frente a las luces del carro; cuando pudo verlas a la débil luz blanca, comprobó que no tenían alas y que eran ciegas. Y cerró los ojos ante tal visión. Pero había más túneles a recorrer, y siempre más cavernas, más cuerpos grises, y feas caras y retumbantes voces graves, hasta que por fin llegaron al aire libre. Era noche cerrada; elevó la vista, feliz, hacia las estrellas y la única luna resplandeciente, la pequeña Heliki que brillaba en el oeste. Pero los gredosos estaban aún junto a ella y la hacían penetrar en otro carro o en otra cueva, no estaba cierta. Era un espacio pequeño, lleno de diminutas luces temblorosas, muy estrecho y claro, después de las enormes cavernas húmedas y de la noche iluminada de estrellas. Otra aguja penetró en sus carnes y le dijeron que tendría que dejarse atar en una especie de silla plana: ligaduras en la cabeza, manos y pies.
–No lo permitiré –dijo Semley.
Pero al ver que sus cuatro acompañantes gredosos se dejaban atar, se sometió. Quedaron solos. Hubo un estruendo y luego un hondo silencio; un peso enorme, invisible, la oprimía; luego desapareció todo: peso, sonido, todo.
–¿He muerto? –preguntó Semley.
–Oh, no, Señora –respondió una voz desagradable.
Al abrir los ojos entrevió una cara blanca, inclinada sobre ella, una gran boca sumida, ojos como piedras. Sus ligaduras habían desaparecido y dio un brinco: no tenía peso ni cuerpo. Se sintió como una mera ráfaga de terror en el viento.
–No te haremos daño –dijo la voz o varias de ellas–. Permítenos tan sólo tocar tu cabello; déjanos tocarlo...
El carro tembló un tanto. Fuera de su única ventana se extendía una noche total... ¿o era bruma, o nada? Una larga noche, le habían dicho. Muy larga. Sentada, inmóvil, soportó el contacto de las gruesas manos grises sobre su cabello. Luego quisieron tocarle las manos, los pies y los brazos, y uno, la garganta: saltó entonces en pie, y mostró los dientes; los gredosos retrocedieron.
–No te hemos hecho daño, Señora –le dijeron.
Sacudió su cabeza.
Cuando se lo ordenaron, volvió a tenderse en la silla y a dejarse atar. Cuando la luz se tornó dorada, a través de la ventana, hubiera querido llorar ante aquel espectáculo, pero cayó desfallecida.


–Bien –dijo Rocannon–, al menos ahora sabemos a qué raza pertenece.
–Querría tener el medio de saber quién es –murmuró el director–. Busca algo que tenemos aquí, en el museo. ¿No es lo que han dicho los trogloditas?
–No los llames trogloditas –observó Rocannon, lleno de escrúpulos; como exoetnólogo, especializado en formas de vida inteligentes, se resistía al empleo de tales palabras–. No son hermosos, pero tienen el grado C entre nuestros aliados... Me pregunto por qué la Comisión los escogió a ellos para el plan de desarrollo, aun antes de tomar contacto con todas las especies inteligentes. Apuesto a que lo decidieron los de Centauro; a los centaurianos siempre les han gustado los cavernícolas nocturnos. Creo que aquí tenemos la especie II.
–Parecen tenerle un temor respetuoso, estos trogloditas.
–¿Tú no?
Ketho contempló a la mujer una vez más, y se ruborizó, sonriente.
–Vaya, en cierto modo; jamás, en dieciocho años, había visto tan bello tipo alienígena, ni aquí ni en Nueva Georgia del Sur. Y, de hecho, jamás había visto ninguna mujer tan bella. Parece una diosa –el rubor le cubrió ahora la calva, porque Ketho era un hombre tímido, nada afecto a las hipérboles; pero Rocannon asintió con sobriedad.
–Preferiría hablarle sin estos trog... Gdemiar de por medio. Pero no hay manera –Rocannon se encaminó hacia los visitantes y, cuando ella volvió su espléndido rostro, le hizo una profunda reverencia, hasta plantar un rodilla en tierra, con la cabeza doblada y los ojos cerrados.
Era lo que él denominaba un «gesto de acercamiento intercultural» y lo ejecutaba con cierta gracia. Cuando se irguió, la mujer habló, sonriente.
–Ha dicho «salud, Señor de las Estrellas» –gruñó uno de los pigmeos, en su monserga galáctica.
–Salud, Señora de los Angyar –respondió Rocannon–. ¿En qué podemos complacer a la Señora nosotros, los del museo?
Tras los gruñidos del troglodita, la voz de la mujer se deslizó como una brisa de plata.
–Ha dicho que, por favor, le devolváis su collar, tesoro de sus ancestros remotos.
–¿Qué collar? –preguntó el científico.
La mujer, que le había comprendido, señaló el centro de una vitrina que exhibía una pieza magnífica: una cadena de amarillo oro, macizo pero delicado en su orfebrería, con un enorme zafiro azul engastado en el centro. Rocannon enarcó las cejas, mientras Ketho murmuraba sobre su hombro:
–Tiene buen gusto. Es el collar Fomalhaut, una pieza única.
La joven sonrió a los dos hombres y volvió a hablarles.
–Ha dicho: Señores de las Estrellas, Joven y Anciano, Habitantes de la Casa de los Tesoros, este tesoro es mío. Mucho, mucho tiempo atrás. Gracias.
–¿De dónde salió esta pieza, Ketho?
–Veamos; déjame consultar el catálogo. Aquí lo tengo. Aquí está. Salió de estos trog... bueno, lo que sean, Gdemiar. Al parecer estos tipos tienen la obsesión de los negocios; tuvimos que dejarles comprar la nave con que han venido, una AD-4. El collar fue parte del pago. Fue hecho por ellos.
–Apostaría a que ya no pueden hacer esta clase de trabajo; ahora están adiestrados en la rama industrial.
–Pero se diría que piensan que la joya pertenece a esta mujer y no a ellos o a nosotros. Ha de ser importante, Rocannon, o no le habrían dedicado tanto tiempo a esta diligencia. El intervalo objetivo entre Fomalhaut y aquí debe de ser considerable.
–Varios años, sin duda –contestó el etnólogo, que sabía de viajes espaciales–. No muchos.
–Bueno, ni el Manual ni la Guía me dan datos suficientes para una estimación correcta. Está claro que estas especies no han sido estudiadas bien. Los pigmeos le deben estar manifestando mera cortesía. O quizá una guerra interracial dependa del maldito zafiro. O quizá los deseos de ella sean órdenes, porque la consideran superior. O, a pesar de las apariencias, puede que ella esté prisionera, que sea un señuelo. ¿Cómo podemos saber...? ¿Puedes disponer de las piezas, Ketho?
–Oh, sí. Todos los objetos de la sala Exótica están, técnicamente, en carácter de préstamo, no son de nuestra propiedad, ya que estas reclamaciones se han producido siempre. Pocas veces ha habido negativas. Paz, antes que nada, hasta que llega la Guerra...
–Entonces creo que es mejor que se lo entregues.
Ketho sonrió.
–Es un privilegio –dijo, y abriendo la vitrina cogió la gruesa cadena de oro; luego, tímido, la tendió hacia Rocannon–. Dásela tú.
Y la piedra azul, por un instante, refulgió en las manos del científico. Pero su mente estaba lejos; se volvió hacia la espléndida alienígena con el manojo de fuego azul y oro. Ella no alzó las manos para cogerlo, sino que inclinó la cabeza y él deslizó el collar sobre sus cabellos. Refulgía como una brasa en torno a su garganta broncíneo dorada. Parecía tan llena de orgullo, delectación y gratitud que Rocannon enmudeció y el director murmuró en su propia lengua:
–Es un placer, un gran placer...
La mujer inclinó la cabeza en un saludo hacia Ketho y Rocannon, luego se volvió hacia sus guardias (¿o captores?) y envolviéndose en la capa azul atravesó el salón y se marchó.
–A veces siento... –comenzó Rocannon.
–¿Qué? –preguntó Ketho con voz ronca, tras una larga pausa.
–A veces siento, cuando... me encuentro con estas gentes de mundos que conocemos tan poco, a veces... siento como si transitara por el margen de una leyenda, de un mito trágico, tal vez, que no alcanzo a comprender...
–Sí –dijo el director, aclarándose la garganta–. Me pregunto... Me pregunto cuál es su nombre.


Semley la Bella, Semley la Dorada, Semley la del Collar. Los gredosos se habían plegado a su deseo y también lo habían hecho los Señores de las Estrellas, en aquel terrible lugar al que la llevaran los gredosos, la ciudad que estaba al término de la noche. Le habían hablado y le habían devuelto con alegría su tesoro.
Pero aún no había podido desechar el sentimiento opresivo de aquellas cavernas que la rodearon, donde la roca la aplastaba, las voces retumbaban y las grises manos se tendían a... Ya era suficiente. Había pagado por el collar; bien. Ahora le pertenecía. La cuenta estaba saldada, el pasado era pasado.
Su montura alada se había deslizado fuera de una gran caja, con los ojos como velados y la piel escarchada; en un principio, al abandonar las cuevas de los Gdemiar no había querido volar. Ahora el animal estaba restablecido, y volaba en un suave viento sureño, a través del cielo brillante, hacia Hallan.
–Rápido, rápido –le decía, entre sonrisas, a medida que el viento despejaba la oscuridad de sus pensamientos–, quiero llegar pronto junto a Durhal...
Y volaron, veloces, de regreso a Hallan, donde llegaron al atardecer del segundo día. Ya las cavernas de los gredosos no eran más que una pesadilla lejana; estaban a mil pasos de Hallan y atravesaron el Puente del Precipicio, donde los bosques prosperan. En la luz dorada del crepúsculo desmontó en las cuadras y caminó entre las rígidas estatuas de los antepasados heroicos; los guardias, en el portal, se inclinaron, sin dejar de admirar la mágica joya que lucía en torno a su garganta.
En la sala de entrada detuvo a una joven que pasaba, una joven bellísima, parienta cercana de Durhal, por su aspecto, aunque Semley no lograba recordar su nombre.
–¿Me conoces, doncella? Soy Semley, la esposa de Durhal. ¿Le dirás a la Señora Durossa que he regresado?
Porque temía entrar y, quizá, hallarse sola en presencia de Durhal necesitaba el apoyo de Durossa.
La niña la observaba con extrañeza; murmurando «sí, Señora», se precipitó hacia la Torre.
Semley permaneció de pie en la ruinosa sala dorada. Nadie acudía.
¿Estarían cenando en el Gran Salón? El silencio era agobiante. Tras unos momentos, Semley se encaminó hacia la escalinata de la Torre. Pero una anciana le salió al encuentro, atravesando el piso de piedra, con los brazos abiertos, sollozante.
–¡Oh, Semley, Semley!
Jamás había visto a aquella mujer de cabellos grises, y dio un paso atrás.
–¿Quién eres tú, Señora?
–Soy Durossa, Semley.
Se mantuvo silenciosa y sin moverse durante todo el tiempo en que Durossa, entre abrazos y sollozos, le preguntaba si era verdad que los Gredosos la habían capturado y la habían puesto bajo hechizo por todos esos largos años. ¿O habían sido los Fiia con sus extrañas artes? Luego Durossa dejó de llorar y dio un paso atrás.
–Aún estás joven, Semley. Tan joven como en el día en que te marchaste. Y llevas el collar en tu cuello...
–He traído mi presente a mi marido Durhal. ¿Dónde está él?
–Durhal ha muerto.
Semley quedó petrificada.
–Tu marido, mi hermano Durhal, el Señor de Hallan, fue muerto en una batalla hace siete años, nueve años después de tu partida. Los Señores de las Estrellas jamás regresaron. Entramos en guerra con las Castas del Este, con los Angyar de Log y con Hul-Orren. Durante la lucha Durhal cayó herido por la lanza de un normal, porque su cuerpo tenía poca protección, y su espíritu ninguna. Yace sepultado en los campos cercanos al pantano de Orren.
Semley giró sobre sí misma.
–Allí lo buscaré, pues –dijo mientras cubría con la mano la cadena de oro–. Le entregaré mi dote.
–¡Aguarda, Semley! ¡La hija de Durhal, tu hija! ¡Aquí está, Haldre la Bella!
Era la joven con la que ya había hablado, a la que había preguntado por Durossa, una joven de tal vez diecinueve años, con los mismos ojos azules obscuros de Durhal. De pie junto a Durossa, no quitaba sus ojos profundos de aquella Semley que era su madre y tenía su misma edad. Iguales eran sus años, sus cabellos de oro, su belleza; sólo que Semley era apenas más alta y lucía la piedra azul en su pecho.
–Es tuyo. Tómalo. ¡Para Durhal y para Haldre lo he traído desde el fin de una larga noche! –Semley gritó estas palabras en tanto se arrancaba la pesada cadena, que cayó sobre la piedra con un frío y musical sonido–. ¡Es tuyo, Haldre! –gritó una vez más.
Agitada por el llanto se volvió y se alejó de Hallan, por el puente y la escalinata, precipitándose en el bosque de la ladera montañosa.

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