7/1/10

"EL ÚLTIMO TURISTA", DE FLORENCIA GRAU

Ilustración original de F. Morillo
Florencia Grau (Vilobí del Penedès, Barcelona. 1921- 1992)

"El último turista" se publicó a principios de los años 70 en la revista Lecturas. Podéis leer más sobre el cuento y su autora en: Florencia Grau y El último turista.

© Relato publicado con el permiso de Marta Angelat Grau, hija de Florencia Grau.
(Fuente: revista Lecturas, nº 104)

Llegó a mediados de septiembre, cuando ya el pueblo había dicho adiós a los turistas y recobrado su paz y su silencio. Nadie le vio llegar. Apareció una mañana en la playa casi desierta. Era un hombre enorme, de músculos fuertes y elásticos. Tenía el cabello rojizo y los ojos como los de un tigre. O como los de un gato.
Mirarle producía inquietud y placer. Pronto el pueblo entero anduvo alborotado a causa del forastero.
Ellas comentaban:
-Es estupendo. ¡Qué hombre! Robert Redford y Alain Delon son adefesios comparados con él. ¿Será sueco? O tal vez danés o finlandés... Latino no parece...
Y replicaban ellos:
-A lo mejor es de Ciudad Real... ¡Bah!... Algún aprovechado que habrá venido a ver qué saca a cuenta de su buena fachada... ¡Como vosotras sois tan absurdamente impresionables!
Y se reían, buscando ocultar su despecho carpetovetónico. ¿De dónde habría salido aquella especie de coloso?
Ellas se preguntaban lo mismo, aunque en muy distinto tono, claro está. Todas y todos hacían comentarios y conjeturas acerca del turista rezagado que, en el umbral del apacible otoño, había venido a turbar la calma de aquel lugar.
Alba, poco aficionada a los comentarios, muy metida siempre en su pequeño o, tal vez, en su inmenso mundo interior, Alba, que tenía fama de orgullosa y arisca, nada decía, como si no le importara, como si ni siquiera hubiese reparado en el turista de los ojos
de gato. Pero llevaba tres noches sin dormir. Mientras el pueblo estaba invadido por los turistas, ella sólo bajaba a la playa de noche y se bañaba en paz a la luz de las estrellas. Alba era así, muy rara, decían. Mediado septiembre empezaba a tomar el sol; le gustaba entonces la caricia de la tibia arena sobre su piel y la quietud, el silencio del ambiente en su pensamiento. Era muy rara Alba, decían.
El forastero la vio en la playa, la miró en la playa, y no pensó que fuese rara. La vio hermosa, en el umbral del otoño también, igual que el tiempo. Y la miró, la miró mucho con sus ojos de gato, con sus ojos de tigre que sonreían maravillosamente. Por eso, Alba llevaba tres noches sin dormir. También ella se preguntaba, aunque a nadie lo decía, de dónde habría salido aquel fascinante coloso que estaba acabando con la templanza de sus nervios, con su serenidad, con su indiferencia. Cada verano llegaban al pueblo cientos de turistas atractivos, altos, fuertes y bien parecidos. Pero no eran como ése. Eran como todos y ella los veía ir y venir por las calles del pueblo y no le interesaban ni la molestaban; simplemente, la tenían sin cuidado. Pero el turista pelirrojo de los ojos de gato, era otra cosa. Tenía..., tenía algo inexplicable, incomprensible también.
En la playa, todas las mañanas, se miraban. Y ella, íntimamente, lamentaba no tener ya veinte años.
Tal vez, si fuese más joven, el turista la encontraría bonita y atractiva -ella sabía que lo había sido mucho, pero ignoraba que lo era, todavía- y se acercaría a ella, y le hablaría, y…
-¡Hola! ¿Me permites?
Él estaba allí, a su lado, increíblemente alto, increíblemente fuerte, un verdadero coloso. Sonreía y esperaba la respuesta, plantado en la arena, con la toalla de colorines echada sobre los hombros. Ella no quería sonrojarse, pues era ridículo a su edad. Pero se puso muy roja al contestar:
-Por supuesto... Siéntese... Siéntate...
El mar, apacible, manso, de aquel final de septiembre, contemplaba, indiferente, el principio de un amor.

***
El turista era extraordinario. Sabía de todo y hablaba de todo con una sencillez asombrosa. También de amor, por supuesto.
-El mundo, ¿sabes?, sólo tiene un secreto para mí: tú.
-iPobre secreto! Soy una mujer solitaria, olvidada y aburrida en este pueblo.
-Ese es el secreto. Una mujer como tú no puede, no debe estar sola. ¿Por qué lo estás?
-Porque quiero, esa es la verdad. Una vez, hace muchos años, tuve compañía. Pero poco tiempo.
-¿Le querías?
-Sí.
-¿Y él?
-Decía quererme también. Quería cubrirme de oro y de brillantes... Quería llevarme con él a ver el mundo... Quería muchas cosas Tal vez se las hubiese dado, pero…
-Pero...
-Un día llegó una holandesa que podía hacerse pesar en florines y se fue con ella... Nunca he vuelto a saber de él... Una historia vulgar, muy vulgar, ya lo ves...
-Hay mucho imbécil en este planeta... Claro que también, en este planeta, hay hombres cabales, hombres de verdad. .. Alguno ha debido buscarte... y encontrarte.
-Alguno, sí... Pero no sé si eran cabales o no, porque los ignoré... De mi fracaso sentimental me quedó el corazón como muerto.
-Como muerto, pero no muerto de verdad.
-Ahora no estoy segura. De nada estoy segura.
-¿Deseas el amor?
-Creo que sí, creo que lo he deseado siempre. Pero ya te he dicho que de nada estoy segura.
-¿Podría yo darte esa seguridad?
-Es posible... Sinceramente: te digo que un hombre como tú nunca lo había conocido.
-Lo creo... Estoy convencido... No. no te asombres ni te burles de mí No lo he dicho por vanidad... No es vanidad... Es otra cosa.
-¿Qué cosa?
-Quisiera decírtela.... pero tengo miedo.
-¿Miedo? ¿De qué?
-De que huyas de mí. No quiero asustarte.
-Si te prometo no asustarme ¿me lo dices?
-¿Estás segura de que quieres saberlo?
-Ahora, ya, quiero saberlo a costa de lo que sea. De lo que sea, ¿comprendes? Dímelo, pues no me importa lo que vaya a suceder después.
-Está bien, te lo diré, porque... porque cuando me vaya, cuando te deje, no creas que soy como el otro, como el que se fue con la holandesa.
-¿Por qué hablas de marcharte, de dejarme? ¿Por qué?
-Siéntate, Alba... Tranquilízate. Dame la mano, así. Escúchame.

***
La nave estaba aIlí, en un claro del alto bosque, oculta por los pinos y las encinas. Brillaba como plata nueva a la luz del sol poniente. Alba cerró los ojos porque no podía soportar su resplandor. La nave estaba allí, quieta, majestuosa, esperando regresar al planeta de donde había venido.
-No te he mentido, Alba, ya lo ves... Esta es mi nave espacial.
-Me pregunto si no estoy soñando…
-No, no sueñas. Esta nave es lo que aquí, en el planeta Tierra, llamáis un OVNI.
-Es maravillosa, impresionante, como una bola de plata. Me gusta, ¿sabes? Me gusta mucho.
-A mí me gusta también, pero ahora la odio porque me aleja de ti. Quisiera poder cambiarla por el más modesto de vuestros coches... y cambiarme yo por su conductor.
-No, Alba, eso no puede ser. No puedo llevarte conmigo.
-¿Por qué? Yo te quiero, tú me quieres a mí... y ahora ya estoy segura de que deseo el amor. Hace muchos años que no he sido feliz. En realidad creo que nunca lo fui. Llévame en tu nave, llévame...
-Alba, escúchame. En mi planeta nos está vedado amar a seres de otros planetas. Nos está prohibido…bajo castigos duros, muy duros. Como, por ejemplo, la muerte. No, no puedo, no quiero llevarte conmigo. Tú amas la vida, a pesar de tu soledad, de tu indiferencia. Y debes vivirla.
-Hablas sólo de mí. ¿Y tú? ¿No será que el temor al castigo de tu gente puede más en ti que el amor que me tienes? También tú amas la vida, supongo.
-Mi temor no es por mí, sino por ti. Conmigo conocerás el amor... Sí…, un amor tan intenso que ni siquiera puedes imaginarlo. Pero, después...
-Ese después me es indiferente. Quiero navegar contigo en tu nave de plata, eso es todo.
-Nuestro amor será un amor sin mañana.
-Ya te he dicho que me es indiferente. No comprendo por qué tu planeta es tan despiadado, pero lo acepto. Todos lo son, a su manera.
-Alba, quédate, no subas a mi nave. ¡No, no subas a mi nave!
-Tus ojos de tigre, tus ojos de gato, desmienten apasionadamente tus palabras. Estás deseando llevarme contigo, hombre de otro planeta.
-Sí... Te adoro, Alba. Pero sé que...
-Lo que tú sabes, yo no quiero saberlo. Lo que quiero es irme contigo. Y contigo me iré.
La nave estaba allí, quieta y brillante, entre los pinos. Y Alba pensó que sería bonito tener un ataúd de plata nueva. Alba era muy rara, decían.

***
La nave se levantó del suelo, pausadamente. Después, comenzó a girar cielo arriba, cielo arriba... Ya sólo era un punto de luz, como una estrella más en la noche oscura de septiembre. Pero la nave jamás regresó a su planeta. Estalló en el espacio y desapareció entre miles y miles de aristas brillantes, igual que una enorme bengala. El amor de Alba y el coloso de los ojos de gato no tuvo después, no tuvo mañana. Pero Alba había sido feliz.

F. G.

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