5/1/10

"LA LECHE DE PARAÍSO", DE ALICE SHELDON-JAMES TIPTREE JR.


Alice Sheldon (USA, Chicago, 1915-1987) Publicó casi toda su obra con el seudónimo masculino James Tiptree Jr., y algunos relatos con el seudónimo femenino Raccoona Sheldon. Una autora imprescindible para disfrutar del género de la ciencia ficción.


La leche de Paraíso (The Milk of Paradise, 1975)
en: Warm Worlds and  Otherwise, 1975.
Publicado en España como  Mundos cálidos y otros. Barcelona, Edhasa, 1985. 242 p. (Nebulae, 67).

(Para más información sobre esta autora, véase Alice B. Sheldon, la doble vida de Alice B. Sheldon, James Tiptree Jr.)



En el cubo de las caricias, a horcajadas sobre el vientre de él, ella fluía caliente y desnuda y le ofrecía sus tetas duras, pequeñas. Él tuvo una convulsión y de pronto se encontró vomitando en el desagüe.
-¡Timor! ¡Timor!
No era su nombre.
-Lo siento. -Devolvió un poco más de U4-. Te lo advertí, Seoul.
Ella se incorporó allí donde él la había arrojado, absolutamente sorprendida.
-¿Eso significa que no me quieres? Pero si todos en esta estación...
-Lo lamento. Yo te lo había dicho. -Empezó a meterse en su traje entero gris, de largas mangas, abullonadas en los codos-. No sirve. Nunca sirve de nada.
-Pero tú eres Humano, Timor. Como yo. ¿No estás contento de que te hayan rescatado?
-Humano. -Escupió en el desagüe-. Eso es lo único que te interesa.
Ella estaba boquiabierta. Él estiraba hacia arriba los ceñidos pantalones, con tablas en la rodilla y el tobillo.
-¿Qué te hacían, Timor? -Seoul se mecía hacia atrás y hacia adelante sobre el trasero-. ¿De qué manera te han amado que yo no pueda...? -gimió.
-Es por lo que son, Seoul -respondió él pacientemente, mientras arreglaba los puños gris claro.
-¿Eran así? ¿Grises y brillantes? ¿Por eso usas...?
Se volvió hacia ella: un chico bajo, vestido de gris, con ojos ardientes en el rostro sereno.
-Uso esto para ocultar mi horrible cuerpo Humano -dijo con dureza-. Para no enfermarme. Comparado con ellos yo era un... un Crot. Como tú.
-Ohhh...
La cara de él se suavizó.
-Si los hubieras visto, Seoul. Altos como el humo y siempre con música, con... algo que no puedes imaginar. Nosotros no tenemos... -Dejó de tironear de sus guantes grises; se estremeció-. Más hermosos que todos los hijos de los hombres -dijo dolorosamente.
Ella se abrazó a sí misma, entornando los ojos.
-Pero están muertos, Timor. Muertos. Me lo has dicho.
El se endureció, se apartó de ella, con una mano en su zapato gris.
-¿Cómo podían ser mejores que los Humanos? -insistió ella-. Todo el mundo sabe que sólo hay Humanos y Crots. Yo no creo que eso fuera tu Paraíso, creo que...
Él hizo girar la cerradura de intimidad.
-¡Timor, espera! ¿Timor?
El sonido que no era su nombre lo siguió por los brillantes corredores; los pies lo transportaban ciegamente por la seca dureza, luchando por respirar regularmente y por controlar el puño que lo agitaba desde adentro.
Cuando se contuvo vio que estaba en una parte de la estación que aún no conocía.Pero eran todas iguales, como el hospital y Entrenamundo. Prismas apergaminados.
Una anciana Crot-ella se acercó sonriendo de modo vacío y arrastrando la piel. A él se le revolvió nuevamente el estómago al ver la roja huella que dejaba. Los Crots locales eran de alto grado, equivalentes a subnormales Humanos. Caricaturas. Subhumanos.
¿Por qué los dejaban en las estaciones?
Un zumbido le advirtió del equipo de aire que había frente a él; se desvió y pasó ante un anuncio con luces de destello: SÓLO HUMANOS. Más allá estaba el salón de juegos donde había conocido a Seoul. Lo encontró vacío, atiborrado de juegos rudimentarios y gargantas mecánicas. Eso que los señores de la galaxia llamaban música. Tan engreídos de su fealdad. Pasó junto al bar de U4, hizo una mueca, y oyó el chapoteo del agua.
Lo atrajo vivamente. En Paraíso había habido agua, un agua que... Se acercó a la piscina de la estación.
Dos cabezas emergieron del agua, sacudiendo el pelo negro.
-Hola, el nuevo.
Miró la humedad, la carne oliva del muchacho.
-¡Fluye! Ven, nuevo.
Por un momento vaciló, un extranjero vestido de gris. Luego su cuerpo se irguió y volvió a desnudarse, mostrando el odiado color rosado.
-Hola, ¡fluye de veras!
El agua estaba clara y equivocada, pero se sintió mejor.
-Ottowa -le dijo un chico.
-Hull. -Eran gemelos.
-Timor -mintió, girando, resbalando en el líquido. Quería... Quería...
Manos color oliva en sus piernas, entre las burbujas.
-¿Te gusta?
-En el agua -dijo oscuramente. Ellos rieron.
-¿Eres un sub? ¡Ven!
Él enrojeció, vio que era una broma y los siguió.
El cubo de la piscina estaba sombreado y húmedo y casi agradable. Pero la carne de ellos se tornaba caliente y aceitosa y él no podía hacer lo que ellos querían.
-No fluye hacia ninguna parte -dijo el llamado Ottowa.
-No vais a... -Ellos estaban atareados cada uno con el otro. Dolorido, sin secarse, les dijo furiosamente-: ¡Humanos! ¡Humanos feos y de cabeza hueca! No sabéis qué es fluir.
Entonces lo miraron, demasiado asombrados para enojarse.
-¿De dónde eres, nuevo? -preguntó Ottowa.
No servía de nada, no habría debido.
-De Paraíso -dijo fatigadamente, poniéndose sus sedas grises.
Ellos se miraron.
-Ese planeta no existe.
-Existe-dijo-. Existe. Existía. -Y salió, mirando hacia otro lado, a las brillantes extensiones vacías. Aquietaba su rostro enderezaba el breve árbol de su columna vertebral. ¿Cuándo estaría en el espacio, cuándo se le permitiría hacer sencillamente su trabajo? Las insensatas inmensidades, las estrellas vacías. Mejor. Dibuja tres veces un circulo a su alrededor y cierra tus ojos con sagrado temor, porque él se ha alimentado de melón y ha bebido...
Una mano cayó desde atrás sobre su hombro.
-Así que eres el jovencilo Crot.
La vieja furia lo azotó. Con los puños listos, levantó la mirada.
Al sueño. Boquiabierto de incredulidad, vio que la delgada cara morena era Humana.
Un Humano, y no mucho mayor que él. Pero leve como una nube, gracioso como un fantasma, como...
-Soy Santiago. Hay trabajo que hacer. Sigueme, Crotty.
La vieja costumbre cerró sus puños; automáticamente su garganta dijo:
-Mi-nombre-es-Timor.
El de rostro oscuro giró levemente; el golpe cayó de plano sobre su hombro. Una desdeñosa sonrisa de dios.
-Pax, pax. -Oscura voz de terciopelo-. Timor, hijo del gran explorador fallecido Timor.
Los cumplidos de mi padre: ahora, ¿quieres poner tu trasero en la nave de reconocimiento que he sacado? El Sector D lo necesita y nos faltan manos. Tus antecedentes dicen que sirves.
Santiago. Su padre debía ser el jefe de estación corpulento y oscuro que lo había recibido ayer. Cómo podía ese...
-Certificado de aprendizaje -dijo su voz.
Santiago asintió y salió con él sin mirar atrás para ver si Timor lo seguía.
El vehículo era flamante y del mismo modelo en que Timor había aprendido.
Automáticamente desarrolló la rutina de transyección fuera del sistema, repitiendo los controles como un loro, sin atreverse a mirar de frente la alta figura de la consola.
Cuando estuvieron preparados para el primer tránsito, Santiago se volvió hacia él.
-¿Todavía simulas?
Timor apartó su mirada de los oscuros imanes.
-Seoul me contó un poco. Para mí no hay confusión posible: obviamente un Crol no puede engendrar un hombre.
-...
-Mi padre me ha fastidiado demasiado tiempo. El hijo de su querido compañero de exploración, Timor, salvado de los extraterrestres. Tu padre y el mío salían juntos al espacio: lo escucharás todo cuando volvamos. El piensa que eres el Explorador Timor reencarnado. Mi padre pidió por ti, ¿sabes?
-Sí. -Timor se puso de pie.
Los ojos lo estudiaron.
-Me alegro de que lo haya hecho. Tus antecedentes son un poco raros.
-¿Qué quieres decir?
-Todo ese expediente de psiconsejo. Supongo que han tenido que reconstruirte completamente. ¿Qué edad tenías cuando te encontraron?
-Diez -dijo Timor, ausente-. ¿Por qué has examinado mis...?
-No simules más. El hombre que sale al espacio quiere saber quién lo acompaña, ¿no es justo?... Diez años con... Está bien, no lo diré. Pero si no eran Crots, ¿qué eran? A los únicos que conocemos es a los Crots.
Timor respiró hondo. Si de alguna manera pudiera excitar la comprensión sin palabras... Pero estaba tan cansado.
-No eran Crots -dijo a la delgada cara color de humo-. Comparados con ellos... –Se apartó.
-No quieres hablar.
-No.
-Es una pena -dijo con ligereza Santiago-. No nos vendría mal una súper raza.
En silencio se ocuparon del tránsito, establecieron los principales parámetros de su trayectoria y los controles secundarios. Luego Santiago se desperezó y se dirigió a los armarios.
-Ahora podríamos descansar y comer, el próximo tránsito será dentro de una hora. Y entonces habrá tiempo para dormir. -Con una extraña y arcaica ceremoniosidad abrió la comida.
Timor advirtió que estaba hambriento. Y más alla de sus visceras, la puñalada de un hambre más profunda. Parecía bien comer así con otro Humano, íntimamente, en el espacio abismal. Antes siempre había sido el discípulo al que se controla. Ahora...
Se endureció, reunió todo su desdén.
-¿U4?
-No.
-Entonces prueba esto. Es lo mejor de la estación. No debes de haber descansado mucho desde que llegaste de Entrenamundo.
Era verdad. Timor tomó el bulbo que le ofrecían.
-¿Dónde está el Sector D?
-En dirección de Deneb. Seis tránsitos. Abrirán tres nuevos sistemas y estamos tratando de que todos reciban abastecimientos.
Entonces hablaron un poco acerca de la estación y de la extraña vida encapsulada de
Entrenamundo. A pesar de si mismo, Timor sentía que sus nudos se deshelaban peligrosamente.
-¿Música?
Santiago sorprendió su inadvertido parpadeo.
-¿Te molesta? Tus extraterrestres tenían mejor música, ¿verdad?
Timor asintió.
-¿Había ciudades?
-Oh, sí.
-¿Verdaderas ciudades? ¿Como Mescalon?
-Más hermosas. Diferentes. Con muchas melodías -dijo dolorido.
El rostro oscuro lo miraba.
-¿Dónde están ahora?
-En Paraíso. -Timor sacudió la cabeza con cansancio-. Quiero decir, el planeta se llamaba Paraíso. Pero todos han muerto. Los exploradores me dijeron que sufrían una enfermedad.
-Es lamentable.
Hubo una pausa. Luego Santiago dijo, como si divagara:
-Hay una espiral de planetas que se llaman Paraíso algo o Paraíso de alguien. ¿No sabes las coordenadas por casualidad?
En la cabeza de Timor sonó la alarma.
-¡No!
-Te las dirían...
-No, no. Las he olvidado. Ellos nunca...
-Quizá podríamos drogarte -dijo Santiago, sonriendo.
-¡No!
El esfuerzo lo arrancó de su soporte. Mientras se sostenía torpemente, advirtió que la cabina parecía muy pequeña y estaba llena de curiosos halos.
-Había ciudades, has dicho. Hablame de ellas.
Él quería decir que dejaran de hablar, que era hora del tránsito. Pero se encontró hablando de las ciudades con el oscuro fantasma. Las ciudades de su mundo perdido, de Paraíso...
-Luz de oscuro color rubí. Y música. La música de muchos, y el barro...
-¿El barro?
Su corazón corría, saltaba. Miró en silencio al ángel fantasma.
-Sigue -dijo severamente el ángel.
Timor comprendió súbitamente.
-Me has drogado.
Los finos labios de Santiago temblaron.
-La gente. ¿Has dicho que eran hermosos?
-Más hermosos que todos los hijos de los hombres -dijo Timor sin poder evitarlo; sus palabras rezumaban.
-¿Fluían?
-Fluían. -Timor sacudía la cabeza, torturado-. Más que cualquier Humano. Más que tú.
Me amaban -gimió, tendiendo los brazos hacia los fantasmas-. Tú te pareces un poco a ellos. ¿Porqué...?
Parecía que Santiago hacía algo en la consola.
-¿Me parezco? -De los dientes blancos surgía un halo.
-No -respondió Timor. De pronto estaba muy frío-. Tú eres meramente Humano. Es que no eres rosado, y eres alto. Pero sólo un Humano. Para ellos, los Humanos son Crots.
-¿Los Humanos son Crots? -El rostro de cuchillo, negro azulado, cerníase letal sobre él-. Te empeñas en ello, nuevo. ¿Así que tus extraterrestres son algo mejor que los Humanos? ¿Los meros Humanos te hacen vomitar? Eso te convierte en algo muy, muy especial. Y es muy práctico que todos hayan muerto y nadie los haya visto. ¿Sabes una cosa, Timor, hijo del Crot Timor? Creo que mientes. Sabes dónde es.
-No.
-¿Dónde?
Timor se oyó gritar; la máscara de ébano cambió.
-Está bien, no finjas. He visto lo bastante de tus antecedentes para saber en qué sector te recogieron. No es demasiado lejos de nuestro rumbo. Tú has dicho que la primaria era de color rojo oscuro, ¿verdad? El ordenador la encontrará: no puede haber muchas enanas de clase M por aquí.
Se apartó. Timor intentó detenerlo, pero sus manos, afectadas por la droga, sólo tocaron el casco.
-No miento, no miento...
El ordenador decía en tono monocorde:
-Primarias Beta clase M Sector Dos cero punto zeta punto delta solución uno cuatro repito uno cuatro.
-Ah -dijo Santiago-. Catorce es demasiado. -Frunció el ceño; Timor estaba tranquilo.
-Debe haber algo que sepas. Algún criterio. Quiero encontrar ese Paraíso.
-Están todos muertos -susurró Timor.
-Quizás -dijo Santiago-. Quizá no. Y quizá mientes, o quizá no. De todos modos quiero verlo. Si las ciudades están allí, habrá algo que podamos usar. O te dejaré allí para siempre. ¿Para qué crees que vienes, nuevo? Alguien está ocultando algo y yo voy a descubrirlo.
-No puedes encontrarlos. No permitiré que les hagas daño. -Timor oyó que la voz se abría paso a través de capas de irrealidad. Podía ver que las luces de la cabina arrojaban reflejos violeta sobre la frente de Santiago. Unas estrellas negras, de bordes dorados, lo pinchaban. El rostro de un sueño.
-Yo no les haría daño. -La voz era nuevamente aterciopelada-. ¿Por qué haría daño a Paraíso? Quiero verlos. Quiero ver las ciudades. Podríamos verlas juntos. Me las mostrarías. -El sueño crecía y se acercaba. Calidez. Fusión-. Me las mostrarías quieres volver a Paraíso.
La mirada de Timor se desenfocaba.
-Quizás alguno de ellos esté vivo todavía. Quizás podamos ayudarles.
Sus profundidades se sacudían; ardientes manantiales afloraban.
-Santiago... -Sus manos amasaban ricamente la excitación. Si no fuera todo tan seco, tan brillante...
Las luces bajaron hasta un fulgor azul.
-Sí -dijo Santiago. Su túnica se abría y caía; su carne oscura resplandecía-. Querría compartir esa belleza, debes de sentirte muy solo.
Los labios de Timor se movieron, sin palabras.
-Dime cómo era... esa luz...

*******

No, no, no, no, no, no...
Su boca era un fuego, hasta sus pulmones estaban resecos. En alguna parte la voz parloteaba y callaba. Sus ojos tenían costras.
-No, no -graznó; en su boca había algo de plástico.
-Chupa, estúpido.
Brotó el líquido. Lo tragó ávidamente y la azulada oscuridad se puso en foco.
-Eso se pasa. Estarás perfectamente cuando lleguemos a Paraíso.
-¡No! -Timor se enderezó, tratando de aferrar la alta forma que se alejaba. Ahora recordaba todo, la droga y Santiago.
Lo habían drogado.
Eso que no debía ocurrir nunca.
Pero Santiago le sonreía.
-Oh, sí, pequeño Timor o comoquiera que te llames. Tú mismo lo has dicho. Períodos sin sol. Una binaria, ¿lo sabías? Un sistema oscuro. Y ese conjunto que tú llamabas Huevas de Pescado. El ordenador lo descubrió.
-¿Lo has encontrado? ¿Has encontrado Paraíso?
-Estamos a un tránsito de distancia.
Una fría explosión en su interior, una fuente de luz insoportable. Santiago lo había drogado y había hallado Paraíso. No podía creerlo.
Lentamente se echó atrás, bebió algo más, mirando soñoliento a Santiago. Ahora creía.
Recorrerían las calles de Paraíso. Su orgulloso Humano vería. Una señal centelleó.
Santiago volvió la mirada.
-Señal previa de llamada. Pero no pueden saber que hemos cambiado el rumbo. –Se encogió de hombros-. Ya veremos cuando el mensaje se aclare. No volveré.
-Santiago. -Timor sonrió-. Hemos fluido. Jamás se lo he dicho antes a un Humano.
Pero las estrellas negras no se acercaron.
-Tal vez. Me lo pregunto. Has dicho muchas cosas. Si tu Paraíso resulta un mundo
Crot... -Las ventanas de la nariz de Santiago se afinaron-. Un cambio de los Crots en Humanos...
-Ya verás. Ya verás.
-Puede ser. -Sonó la señal del tránsito, y de pronto la cabeza de Timor se aclaró.
-Pero están muertos -exclamó-. No quiero verlos, Santiago. Muertos no. ¡No nos lleves allí!
Santiago lo ignoró y continuó ocupándose del rumbo. Timor se acercó, tironeó de sus brazos y recibió un golpe que lo envió contra un soporte.
-¿Qué te preocupa? ¿Por qué estás tan seguro de que todos han muerto?
La boca de Timor se abrió, se cerró. ¿Por qué estaba tan seguro? En su cerebro parecía disolverse una armadura. ¿Quién le había dicho eso? Él era tan joven... ¿Podía ser un error? ¿Una mentira?
-Y si no es así -Santiago recorrió la cabina con la vista-, ¿serán amistosos?
-¿Amistosos? -Una temerosa alegría brotaba en Timor, peligrosa, incontenible. Vivos.
¿Era posible? -Oh, sí.
-Aunque quizás, después de esa enfermedad... -insistió Santiago. Inició el control-.
Asegúrate de que nuestro Ambax funciona.
Timor apenas lo escuchó. Cumplió la rutina como un zombie. Por fin Santiago lo hizo a un lado.
-Ve a lavarte. Por si encontramos a tus amigos.
Parecía flotar a menos de la gravedad nominal del vehículo de reconocimiento, arrastrado por olas alternadas de alegría y temor. Se concentró en la imagen de sí mismo y de Santiago entrando en las ciudades vacías. Sin música, pero las espiras, la luz... Su amargo amante vería cómo había fluido ese mundo.
Frenaban para entrar en el sistema. A su lado una sombría estrella creció, se eclipsó, reapareció.
-Ése. El tercero.
Las redes gravitacionales entraron en acción. Timor vio un gran conjunto estelar que giraba en la pantalla.
-¡Las Huevas de Pescado!
Paraíso. Iban a aterrizar en Paraíso.
-¿Dónde están las ciudades?
-Debajo de las nubes.
-Nueve décimos de océano. No veo caminos. Ni campos.
-Es así. No las necesitan. Los espacios abiertos son... eran para el juego o la danza en el agua.
-Una abertura. Aterrizaré junto al mar.
Mientras reducía la velocidad, la impresora de señales se puso en marcha. Santiago la hizo a un lado. Las nubes los rodearon in crescendo, luego se tornaron tenues. Entonces las redes se apoderaron de ellos y los depositaron en una luz de oscuro color rubí.
Ante ellos, la pantalla mostraba una lechosa suavidad: el mar. Una costa regular, y más allá, unos bosques bajos. Y una larga línea almenada que tocó el corazón de Timor. Esto no era real. Esto era real.
Santiago fruncía el ceño ante el mensaje recibido.
-Han perdido la cabeza. ¿Que volvamos por motivos médicos?
Timor apenas lo oyó. La puerta giratoria era un vórtice que lo atraía a la hermosa penumbra, a esa luz resplandeciente de rubí. Real.
-Tu momento de la verdad, nuevo.
La puerta se abrió y salieron a Paraíso. Una saludable humedad penetró en los pulmones de Timor.
-Ug, que humedad. ¿Estás seguro de que esto es respirable?
-Ven. La ciudad.
-¿Dónde están tus espiras?
El ocaso, el suelo cubierto de dulzura, lamido por el mar tranquilo y somero. Con impaciencia tironeó del brazo de Santiago, sintió que él trastabillaba.
-¿Dónde está la ciudad?
-Ven. -En la penumbra, chapotearon a través de un bosquecillo de árboles blandos y bajos cargados de frutas, junto a la curva de un mar que sólo llegaba a la altura de los tobillos.
-¿Se supone que eso es una ciudad?
Timor miró las bajas murallas almenadas que sólo el poniente iluminaba. Parecían más bajas de lo que recordaba; más bajas, pero entonces él sólo era un niño.
-Están abandonadas. Desmoronadas.
-Barro. ¿Qué es eso?
Unas pequeñas cosas grises avanzaban agazapadas hacia ellos, fuera de las murallas; se detenían para mirar.
-Ésos -dijo Timor- deben ser los criados. Los obreros. Parece que no han muerto.
-A su lado, los Crots son Humanos.
-No, no.
-Y aquéllas no son sino chozas de barro.
-No -repitió Timor. Avanzó, empujando a su amigo que no quería ver-. Solamente se han deteriorado.
-¿En siete años?
Una suave música llegó a oídos de Timor. Tres de los seres agazapados se acercaban.
Los tres de un color gris de paloma, como él mismo; pero era piel, y no seda, lo que se ensanchaba en codos y rodillas. Anchos pies grises, y entre ellos, bajo los pliegues del vientre, los gigantescos genitales de dos de ellos que dejaban un triple surco en el barro blando. El tercero tenía una hilera central de grandes ubres. De las aberturas de sus rostros negro azulados surgían suaves sonidos burbujeantes.
Oscuras gemas, incrustadas de oro como los ojos tristes de los sapos, encontraron su mirada. El mundo se disolvía en la transparencia. La música...
Un terrible clamor estalló. Timor giró. El extraño, a su lado, reía. Dientes crueles que ladraban. -Muy bien, mi amigo Crot. Así que éste es tu Paraíso. -Santiago gritaba y reía-.
Ni siquiera Crots. Subcrots. Habla con tus amigos, Crot -dijo-. Responde.
Pero Timor no comprendía. Algo salía de él; una cosa muy cuidadosamente construida y que casi lo había matado se disolvía.
«Es absolutamente necesario que este niño sea reacondicionado por completo -dijo en la voz de un extraño-. Es el hijo del explorador Timor.» Pero sus palabras ya nada significaban para él, porque había oído su nombre entre la música. Su verdadero nombre, el nombre de su infancia, entre las suaves manos y cuerpos grises de su primer mundo.
Los cuerpos que le habían enseñado el amor en el barro, el fresco barro.
La cosa que estaba a su lado profería sonidos dolorosos.
-¡Querías la belleza! -Timor gritó sus últimas palabras Humanas.
Y de pronto estaban en el suelo, luchando y rodando en el barro blando, los cuerpos grises a su lado. Hasta que vio que ya no había lucha sino amor, amor como el de siempre, su fluir verdadero, mientras las voces crecían y la cosa embarrada debajo de él que estaba muerta o agonizante resbalaba en la confusión gris, en la música de muchos que fluían juntos en Paraíso a la oscura luz de rubí.


(Para más información sobre esta autora, véase Alice B. Sheldon, la doble vida de Alice B. Sheldon, James Tiptree Jr.)

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