10/1/10

RELATOS DE ANGELA CARTER EN ESTE BLOG


Angela Carter (Gran Bretaña, 1940-1992). Para más información sobre esta autora, véase Angela Carter.

Estos son los relatos de Angela Carter (excelente escritora de narrativa gótica y fantástica) que puedes encontrar en la Biblioteca, todos aparecieron en el libro The bloody chamber and other stories (1979), publicado en España como: La cámara sangrienta y otros cuentos. Traducción de Matilde Horne. Barcelona, Minotauro, 1991. 192 p.
- "La dama de la casa del amor", de Angela Carter.

- "En compañía de lobos", de Angela Carter.

- "El rey elfo", de Angela Carter.

"LA DAMA DE LA CASA DEL AMOR", DE ANGELA CARTER

Angela Carter (Gran Bretaña, 1940-1992). Para más información sobre esta autora, véase Angela Carter.


La dama de la casa del amor
(The Lady of the House of Love)
en:
The bloody chamber and other stories, 1979
Publicado en España como: La cámara sangrienta y otros cuentos. Traducción de Matilde Horne. Barcelona, Minotauro, 1991. 192 p.


Con el tiempo, cuando el acoso de las almas en pena llegó a hacerse intolerable, los campesinos abandonaron la aldea dejándola a la sola merced de esos sutiles y vengativos habitantes que manifiestan su presencia en sombras, sombras casi imperceptiblemente sesgadas, sombras y más sombras incluso a mediodía, sombras que no provienen de nada visible; o en el rumor, a veces, de sollozos en una alcoba inhóspita donde un resquebrajado espejo que cuelga de una pared no refleja una presencia; o en una cierta desazón que ha de afligir al viajero lo bastante incauto como para detenerse a beber en la fuente de la plaza que de un grifo incrustado en la boca de un león de piedra gorgotea aún chorros de agua cristalina. Un gato deambula por un jardín cubierto de maleza; hace una mueca y escupe, arquea el lomo, huye de algún intangible saltando sobre sus cuatro patas tiesas de terror. Y ahora nadie se acerca ya a esa aldea al pie del castillo donde la bella sonámbula perpetúa sin remedio sus crímenes ancestrales.
Vestida con un antiguo traje de novia, la hermosa reina de los vampiros se sienta a solas en su mansión alta y lóbrega bajo la mirada delirante y atroz de los retratos de sus ancestros, cada uno de los cuales revive, a través de ella, una ominosa existencia póstuma; ella cuenta y recuenta las cartas del Tarot proyectando sin cesar una constelación de posibilidades, como si la azarosa caída de los naipes sobre la carpeta de felpa roja pudiera precipitada desde su gélido y oscuro encierro a una comarca de perpetuo estío y obliterar, así, la perenne tristeza de una joven que es a la vez la Muerte y la Doncella.
Su voz vibra cargada de sonoridades distantes como ecos en una caverna; ahora te hallas en el lugar de la aniquilación, ahora te hallas en el lugar de la aniquilación. Ella, ella misma es una caverna poblada de ecos, un sistema de repeticiones, un circuito cerrado. «¿Puede un pájaro cantar tan sólo la canción que sabe, o podrá quizás aprender una nueva?» Ella acaricia con sus largos dedos de uñas afiladas los barrotes de la jaula donde canta su alondra, arrancándole un tañido quejumbroso como si rasgase las cuerdas del corazón de una mujer de metal. Sus cabellos caen como lágrimas.
Aunque el castillo ha sido casi enteramente abandonado a la merced de los ocupantes fantasmales ella tiene sus propios aposentos, su salón y su alcoba; postigos cerrados herméticamente y cortinas de tupido terciopelo impiden que se filtre el más leve rayo de luz natural. Hay una mesa redonda de una sola pata cubierta de un rojo tapete de felpa sobre el que ella extiende su inevitable tarot; este cuarto nunca está más que mortecinamente iluminado por una lámpara de gruesa pantalla en el manto de la chimenea y las figuras barrocas del empapelado granate han sido oscuras, tétricamente desdibujadas por la lluvia que se cuela a través del techo resinoso y que va dejando a su paso zonas de manchas dispersas, huellas ominosas como las que han dejado sobre las sábanas los amantes muertos. Depreciaciones de la podredumbre, hongos por doquier. La araña que jamás se enciende está tan cubierta de polvo que los cairel es han perdido su forma; arañas industriosas han tejido marquesinas en los rincones de este ámbito ornamentado y decadente, han apresado en sus suaves redes grises los vasos de porcelana del manto de la chimenea. Pero la dueña y señora de toda esta decrepitud no advierte nada.
Delante de la mesa redonda, sentada en una silla de apolillado terciopelo borravino, distribuye las cartas; a veces la alondra canta, pero casi siempre permanece en silencio, un taciturno montón de plumas pardas. De vez en cuando, rasgando los barrotes de la jaula, la condesa la despertará para una breve cadenza; le place oída anunciar que no puede escaparse.
Cuando el sol se pone ella se levanta y va inmediatamente a la mesa donde juega su eterno solitario hasta que empieza a sentir hambre, hasta que se convierte en una bestia rapaz. Es tan hermosa que no es natural; su belleza es una anomalía, una aberración, ya que ninguno de sus rasgos posee ninguna de esas conmovedoras asimetrías que nos reconcilian con lo imperfecto de la condición humana. Su belleza es un síntoma de su diferencia, de que ella no es humana.
Las blancas manos de la bella tenebrosa barajan los naipes del destino. Las uñas de sus dedos son más largas que las de los mandarines de la antigua China; y cada una de ellas acaba en una punta finísima. Estas uñas, y los dientes agudos y blancos como púas de azúcar nieve, son los signos visibles del destino que melancólicamente intenta eludir con la ayuda de los arcanos; con esas garras y dientes afilados en centurias de cadáveres, ella es el último retoño del árbol ponzoñoso crecido de los ijares de Vlad el Empalador, aquel que merendaba cadáveres en los bosques de
Transilvania.
Las paredes de su alcoba están tapizadas de negro satén bordado con lágrimas de perlas. En los cuatro rincones hay urnas funerarias y pebeteros que exhalan intensas y adormecedoras humaredas de incienso. En el centro, rodeado por enormes candelabros de plata, hay un complicado catafalco de ébano. Envuelta en un négligé de encaje blanco un poco manchado de sangre,
la condesa cada día al amanecer trepa hasta su catafalco y se acuesta en un ataúd abierto.
Un rodetudo sacerdote de la fe ortodoxa estaqueó al malvado de su padre en una encrucijada cárpata cuando a ella no le habían salido aún los dientes de leche. En el momento en que lo estaqueaba, el fatídico conde exclamó: «Nosferatu ha muerto. ¡Viva Nosferatu!
Ahora ella es la dueña y señora de todos los bosques de almas en pena y de las misteriosas moradas de los vastos dominios de su padre; es la comandante hereditaria del ejército de sombras que acampa en la aldea al pie de su castillo, esas sombras que penetran en los bosques transformadas en búhos, murciélagos y zorros, las que hacen que la leche se agrie y que la nata rehúse batirse en mantequilla, las que montan los caballos toda la noche en desenfrenada carrera y los abandonan por la mañana convertidos en sacos de piel y hueso, las que desagotan las ubres de las vacas y, especialmente, atormentan a las niñas púberes con desmayos, desarreglos menstruales, enfermedades de la imaginación.
Pero a ese poder suyo, sobrenatural, la condesa, ella, es indiferente, como si lo estuviera soñando. En su sueño, ella desearía ser humana, pero no sabe si es posible. El tarot despliega siempre la misma configuración; invariablemente, da vuelta La Papesse,
La Mort, La Tour Abolie, sabiduría, muerte, disolución.
En las noches sin luna su guardiana le permite salir al jardín.
Este jardín, un lugar inusualmente lóbrego, ofrece una estrecha semejanza con un cementerio, y todos los rosales que plantara su difunta madre han crecido hasta conformar un murallón espinoso que la encarcela en el castillo de su heredad. Cuando la puerta trasera se abra, la condesa husmeará el aire y aullará. Se deja ahora caer en cuatro patas; agazapada, temblorosa, olisquea su presa.
Delicioso crujir de huesos frágiles de los conejos y las pequeñas alimañas peludas que ella persigue con su efímera velocidad cuadrúpeda; llorosa, furtivamente, volverá a casa con las mejillas embadurnadas de sangre. Vierte agua de la jarra en el lebrillo; se lava la cara con los respingos, los mohínes melindrosos de una gata.
Ese margen voraz de sus noches de cazadora en el jardín umbrío -agazaparse, saltar sobre la presa- cerca su habitual sonambulismo atormentado, su vida o imitación de vida. Las pupilas de esta alimaña nocturna se dilatan y brillan. Toda garras y dientes, ella ataca, devora. Nada, sin embargo, puede consolarla del horror de su condición, nada. Recurre al mágico consuelo del mazo del tarot y baraja las cartas, las despliega, las lee, las recoge con un suspiro, las baraja otra vez, construyendo constantemente hipótesis en torno de un futuro que es irreversible.
Una vieja muda vela por ella, para asegurar que nunca vea el sol, que permanezca todo el día en su ataúd, para mantenerla alejada de los espejos y de cualquier superficie que pueda reflejarla, para cumplir con todas las funciones de los sirvientes de los vampiros.
Todo en esta dama hermosa y espectral, reina de la noche, reina del terror, es como debe ser... salvo la horrible repugnancia por su propia condición.
No obstante, si un aventurero desprevenido hace un alto en la plaza de la aldea abandonada para refrescarse en la fuente, una vieja con un vestido negro y un delantal blanco emerge al instante de una casa. Ella te invitará con sonrisas y ademanes; tú la seguirás.
La condesa necesita carne fresca. De pequeña, era como un zorro y se contentaba con los conejillos que chillaban lastimeramente cuando ella, con voluptuosa repulsión, les hincaba los dientes en la garganta; con los ratones de agua y los ratones de campo que palpitaban apenas un momento entre sus dedos de bordadora. Pero ahora ella es una mujer, necesita hombres. Si te detienes demasiado tiempo junto al risueño surtidor, te llevarán de la mano a la alacena de la condesa.
Durante todo el día, yace en su ataúd envuelta en su negligé de encaje manchado de sangre. Cuando el sol se pone detrás de la montaña, ella bosteza, se estira y se pone el único vestido que posee, el traje de novia de su madre, para sentarse y leer sus cartas hasta que empieza a sentir hambre. Ella aborrece el alimento que
come; le gustaría llevarse los conejillos a casa, darles lechuga, mimarlos y hacerles un nido en su secreter chinesco rojo y negro, pero el hambre siempre acaba por rendirla. Hinca los dientes en la garganta donde una arteria late de miedo; con un gritito de dolor y repugnancia soltará el desinflado pellejo del cual ha extraído todo el alimento. Y lo mismo les sucede a los pastores y gitanillos que, ignorantes o temerarios, vienen a lavarse los pies en el agua de la fuente; el ama de llaves de la condesa los conduce a la sala donde, encima de la mesa, los naipes siempre muestran La Parca. La condesa en persona les servirá café en unas tacitas preciosas y resquebrajadas, y bizco chitos de azúcar. Los gañanes se sientan con una taza temblorosa en una mano y un bizcocho en la otra y miran boquiabiertos a la condesa en sus galas de satén,
que les sirve café de una cafetera de plata y parlotea volublemente para que ellos se sientan a sus anchas, un sentirse a sus anchas que les será fatal. Una cierta inmovilidad en sus ojos sugiere que su tristeza es inconsolable. A ella le gustaría acariciar esas mejillas enjutas y cetrinas, peinar con sus dedos los hirsutos cabellos.
Cuando ella los toma de la mano y los conduce a su alcoba, casi no pueden creer la suerte que han tenido.
Más tarde, su ama de llaves juntará los despojos en un ordenado montón y los envolverá en las ropas ya no más necesarias. Luego, discretamente, enterrará este paquete mortal en el jardín. En las mejillas de la condesa la sangre estará mezclada con lágrimas; su guardiana le escarba las uñas de las manos con un pequeño mondadientes de plata para limpiar los fragmentos de piel y hueso que hayan quedado en ellas.
Fa fu fo fef
siento olor a sangre de inglés.
Hacia el fin de un bochornoso verano en los años púberes del presente siglo, un joven oficial del ejército británico, rubio, vigoroso y de ojos azules, después de visitar a amigos en Viena, decidió pasar el resto de su licencia explorando las poco conocidas altiplanicies de Rumania. Al escoger quijotescamente la bicicleta para su travesía por los trillados caminos de tierra, no dejó de percibir la humorada de su elección: «Al país de los vampiros, rueda que rueda». Y así, riendo, emprende su aventura.
Tiene esa característica propia de la virginidad, el más y el menos ambiguo de los estados; ignorancia pero, al mismo tiempo, poder en latencia; y, además, inexperiencia, que no es lo mismo que ignorancia. Él es más de lo que sabe, y posee, por añadidura, el encanto peculiar de esa generación para la cual la historia ha reservado ya un destino específico y ejemplar en las trincheras de Francia. Este ser afincado en el cambio y el tiempo está a punto de colisionar con la eternidad gótica e intemporal de los vampiros, para quienes todo es como siempre ha sido y será, cuyas cartas forman siempre la misma figura.
Pese a ser tan joven, es también racional, y ha elegido para su gira por los Cárpatos el medio de transporte más racional del mundo. Montar una bicicleta entraña, de por sí, una cierta protección contra los temores supersticiosos, por cuanto la bicicleta es el producto de la razón pura aplicada al movimiento. ¡La geometría al servicio del hombre! Dadme dos esferas y una línea recta y os mostraré cuán lejos puedo llevadas. Voltaire mismo pudo haber inventado la bicicleta, que tanto ha contribuido al bienestar del hombre y para nada a su ruina. Beneficiosa para la salud, no despide humos malsanos y sólo permite las velocidades más decorosas.
¿Cómo podría una bicicleta ser jamás un instrumento del mal?
Un beso, sólo uno, despertó a la Bella Durmiente del Bosque.
Los dedos de la condesa, dedos cerosos de imagen santa, dan vuelta una carta llamada Les Amoureux. Nunca, nunca antes... nunca antes la condesa se ha echado una suerte que entrañara amor. Tiembla, se estremece, sus grandes ojos se cierran bajo los párpados finamente estriados, nerviosamente trémulos; la hermosa cartomante se ha servido, esta vez, la primera, una mano de amor y de muerte.
Llegue vivo o llegue muerto
he de moler sus huesos para hacer mi alimento.
Con los albores violáceos del anochecer, el m'sieu inglés asciende trabajosamente la colina rumbo a la aldea que ha atisbado desde muy lejos; debe desmontar la bicicleta y empujada, la senda es demasiado empinada para pedalear. Espera hallar una posada acogedora en donde pasar la noche; tiene calor, hambre, sed, está cansado, polvoriento... Al principio, qué decepción descubrir los tejados hundidos de las cabañas y las altas malezas abriéndose paso a empellones a través de las pilas de tejas caídas, los postigos colgando desconsolados de sus goznes, un paraje enteramente desierto y la vegetación exuberante cuchichea secretos, obscenos se diría, aquí donde si uno fuera lo suficientemente imaginativo podría casi imaginar caras que haciendo muecas sarcásticas asoman fugazmente bajo los ruinosos aleros... Pero la aventura misma, y el consuelo de la vívida luminosidad de las malvalocas que aún se atreven a florecer en los hirsutos jardines, y la belleza del fulgurante atardecer, pronto prevalecieron sobre su desencanto y hasta mitigaron la vaga desazón que había comenzado a sentir. Y aún manaba agua límpida, cristalina de la fuente a la que las mujeres de la aldea iban a lavar la ropa; agradecido, se lavó los pies y las manos, acercó la boca a la espita, y dejó correr por su rostro el chorro helado.
Cuando levantó la empapada, gratificada cabeza de la boca del león, vio, junto a él, llegada a la plaza en silencio, a una mujer vieja que le sonreía efusiva, casi conciliadora. Llevaba un vestido negro y un delantal blanco con un manojo de llaves atado a la cintura; y el pelo gris pulcramente enroscado en un rodete bajo la toca de hilo blanco que usan las mujeres de edad de la región.
Lo saludó con una reverencia, y le hizo señas de que la siguiera.
Como él titubeara, señaló la mole de la mansión que alzaba su siniestra fachada por encima de la aldea; se frotó el estómago, señaló su boca, volvió a frotarse el estómago, la clara mímica de una invitación a cenar. Luego, una vez más, le hizo señas de que lo siguiera, para volverse resueltamente sobre sus talones como si
no fuera a admitir negativa alguna.
Una violenta vaharada del perfume embriagador a rosas rojas le golpeó el rostro no bien salieron de la aldea, una ráfaga de opulento dulzor, vagamente corrupto, que le suscitó un vértigo sensual lo bastante intenso como para casi derribarlo. Demasiadas rosas. Demasiadas rosas florecían en las enormes matas que flanqueaban el sendero, matorrales erizados de espinas, y las flores mismas eran casi demasiado exuberantes, cada flor una inmensa multitud de pétalos aterciopelados, un tanto obscenos en su exceso, los tallos agresivos de tan cargados de retoños. De esta jungla emergía a regañadientes la mansión.
A esa luz dorada, sutil y espectral del sol poniente, siempre embargada de nostalgias por el día que se va, el rostro sombrío de la mansión, en parte casa solariega, en parte alquería fortificada, inmensa, anfractuosa, una desmantelada aguilera en la cresta del peñasco a cuyo pie serpenteaba el villorrio, le trajo a la memoria los cuentos de la infancia en las noches de invierno, cuando él y sus hermanos se contaban unos a otros historias de aparecidos que tenían como escenario lugares como éste, y luego muertos de miedo a la cama, con candiles para alumbrar las escaleras que repentinamente se habían vuelto aterradoras. Estuvo casi a punto de arrepentirse de haber aceptado la muda invitación de la vieja; pero ahora, de pie ante esa puerta de roble erosionada por el tiempo -mientras ella escogía una gran llave de hierro de la tintineante argolla que llevaba a la cintura- supo que era demasiado tarde para volverse atrás y se recriminó con impaciencia que al fin y al cabo ya no era un niño para asustarse de sus propias fantasías.
La anciana abrió la puerta, que giró hacia atrás sobre goznes que chirriaron con acentos melodramáticos, y luego, sin pérdida de tiempo y pese a sus protestas, se apoderó de su bicicleta. Él sintió que el corazón se le encogía al ver el hermoso símbolo biciclo de la racionalidad desvanecerse en las oscuras entrañas de la mansión, para ser arrumbado sin duda en alguna dependencia húmeda donde nadie la aceitaría ni revisaría sus neumáticos.
Pero, perdido por perdido -para bien o para mal- con su juventud y su vigor y su blonda belleza, al amparo del invisible y por él ignorado pentáculo mágico de su virginidad, traspuso los umbrales del castillo de Nosferatu y ni siquiera tembló en la ráfaga de aire frío que, como de la boca de una tumba, emanaba del oscuro y cavernoso intenor.
La vieja lo condujo hasta una pequeña cámara donde había una negra mesa de roble, cubierta con un limpio mantel blanco, y sobre este mantel, cuidadosamente dispuesta, una pesada vajilla de plata, un tanto empañada como si alguien de aliento fétido hubiese respirado sobre ella, pero con un solo cubierto. Curiosísimo pero que curiosísimo: invitado a cenar en el castillo, ahora tendría que cenar a solas. De todos modos, a una indicación de la vieja se sentó. Aunque aún no había caído la noche, las cortinas estaban herméticamente cerradas y sólo por la luz escasa que goteaba de una única lámpara de petróleo pudo ver cuán lúgubre era aquella estancia. La anciana comedida y diligente sacó para él de un antiguo bargueño de roble carcomido una botella de vino y un vaso; mientras él, pensativo, bebía su vino, ella desapareció pero no tardó en volver trayendo una humeante bandeja del guiso típico de la región, carne condimentada, pastas y una rebanada de pan negro. Hambriento después un largo día de viaje, comió con ganas y hasta limpió el plato con la miga, pero esta rústica comida no era por cierto el agasajo que él había esperado de la aristocracia provinciana, y además le intrigaban las ojeadas catadoras que mientras comía le lanzaba la muda.
Pero la vieja corrió a buscar una segunda porción no bien él hubo terminado la primera, y parecía por lo demás tan amable y servicial que él tuvo la certeza de que amén de esta cena podría contar con una cama para pasar la noche en el castillo, de modo que se reprendió ásperamente por el infantil desánimo que le causaran el tétrico silencio, el frío viscoso del lugar.
Cuando terminó el segundo plato la anciana se acercó indicándole con gestos que debía levantarse de la mesa y seguirla una vez más. Hizo una pantomima de beber; él supuso que ahora lo invitarían a tomar café en otra estancia, con algún miembro más encumbrado de la casa que no habría deseado cenar en su compañía pero que de todas maneras desearía ahora conocerlo. Un honor, sin duda; por deferencia a la opinión que su huésped pudiera formarse de él se enderezó la corbata y sacudió las migas de su chaqueta de tweed.
Lo sorprendió descubrir cuán ruinoso era el interior de la casa -telarañas, vigas roídas por la carcoma, mampostería en derrumbe- pero la vieja muda lo arrastraba resueltamente, como atado al hilo de luz del carrete de su linterna, a lo largo de interminables corredores, subiendo escaleras de caracol, atravesando galerías donde los ojos pintados de los retratos de familia parpadeaban fugazmente a su paso, ojos que pertenecían, advirtió, todos y cada uno, a rostros de una bestialidad absolutamente memorable.
Al fin la vieja se detuvo delante de una puerta y él oyó un leve tañido metálico, quizá el sonido de las cuerdas de un clavicémbalo. Y acto seguido, oh maravilla, la líquida cascada del canto de una alondra trayéndole, como del corazón mismo de la tumba de Julieta -ah, si él lo hubiera sabido-, todo el frescor de la mañana.
La vieja llamó a la puerta con los nudillos; la voz más acariciadoramente seductora que él jamás oyera respondió en un francés con marcado acento extranjero, la lengua adoptiva de la aristocracia rumana: «Entrez». Al principio, sólo vio una forma, una forma imbuida de una tenue luminosidad, una forma que captaba y reflejaba en sus superficies ambarinas la poca luz que alumbraba la estancia; la forma se definió al cabo como un vestido de miriñaque de satén blanco, drapeado con encaje aquí y allá, un vestido pasado de moda hacía ya cincuenta o sesenta años pero obviamente alguna vez destinado a una boda. Y entonces vio a la joven que lo vestía; una muchacha frágil como el esqueleto de una libélula, tan etérea, tan leve, que el traje parecía colgar suspendido en el aire denso como si nadie lo habitara, una aparición fabulosa, una prenda articulada en la que ella habitaba como un espectro en una máquina.
Toda la luz de la habitación provenía de una lámpara con la mecha apenas encendida y protegida por una gruesa pantalla verdosa en el manto de la distante chimenea; la vieja que lo acompañaba resguardó su linterna con la mano como si quisiera proteger a su señora de una visión demasiado repentina, o al invitado de verla a ella demasiado de súbito. De manera que fue así, poco a poco, a medida que sus ojos fueron acostumbrándose a la semioscuridad, como vio lo hermoso e increíblemente joven que era aquel emperifollado espantapájaros. Y se le antojó una niña que se hubiera puesto las ropas de su madre, una niña quizá vestida con la ropa de su madre muerta, con la intención de devolverla, siquiera por un instante, nuevamente a la vida. La condesa estaba de pie, detrás de una mesa baja, al lado de una jaula vulgar, bonita, de alambre dorado; absorta, las manos extendidas en una actitud casi de vuelo; pareció tan sorprendida de verlos entrar como si no fuera ella quien los invitara a hacerla.
Con su rostro blanquísimo, la adorable cabeza de muerte circundada por los largos y oscuros cabellos que caían tan lacios como si estuviesen empapados, parecía una novia salvada de un naufragio. Los ojos negros, enormes, con esa expresión de absoluto desamparo, de criatura huérfana de amor, casi le partieron el alma, y sin embargo se sintió turbado, casi repelido por su boca extraordinariamente carnosa, una boca de labios gruesos, llenos, prominentes, de un rojo púrpura vibrante, una boca mórbida.
Más aún -aunque al punto apartó la idea de su mente-, la boca de la ramera. Ella tiritaba sin cesar, un temblor famélico, una palúdica agitación de los huesos. Se dijo que no podía tener más de dieciséis o diecisiete años, con la belleza febril, malsana de una tísica. Ella era la chatelaine de toda esta decadencia.
Con un sinfín de tiernas precauciones la vieja alzó ahora su linterna para mostrar a la señora el rostro de su invitado. Al verlo, la condesa dejó escapar un débil maullido y agitó las manos en un ademán ciego, aterrorizado, como si quisiera empujarlo fuera de la estancia, y al hacerla chocó contra la mesa y una relampagueante mariposa de naipes cayó al suelo. Su boca se abrió en una «o» redonda de dolor; se tambaleó un momento y luego se dejó caer en su silla, donde permaneció como si ya no pudiera moverse.
Una recepción desconcertante. Chistando, chasqueando la lengua, la vieja tanteó apresuradamente la mesa hasta encontrar un enorme par de gafas verde oscuro, semejantes a las que usan los mendigos ciegos, y las colocó sobre la nariz de la condesa.
Él se adelantó para levantar las cartas de una alfombra que -notó con sorpresa- estaba en parte podrida, en parte encostrada de toda suerte de hongos de aspecto virulento. Las recogió y las apiló casi sin mirarlas, porque no significaban nada para él, si bien le parecieron un juguete un tanto extraño para una jovencita.
¡Qué imagen tan macabra, un esqueleto haciendo cabriolas!
La cubrió con una más alegre -una joven pareja de enamorados sonriéndose el uno al otro- y puso otra vez los juguetes en una mano tan delgada que casi podía verse la frágil red de huesos bajo la piel translúcida, una mano de uñas tan largas, tan aguzadas como púas de banjo.
Al contacto de sus dedos, ella pareció revivir un poco y hasta casi sonrió al erguirse.
-Café -dijo- Debéis tomar café. -Amontonó a un lado el mazo de barajas para que la vieja pudiera poner delante de ella un hervidor de plata, una cafetera de plata, la jarrita de crema, el azucarero, las tazas de porcelana, todo dispuesto ya en una bandeja también de plata, un insólito aunque deslucido toque de elegancia en este interior devastado cuya señora brillaba etérea como con un resplandor propio, malsano, submarino.
La vieja acercó una silla para el joven y, parloteando sin voz, abandonó la estancia dejándola aún un poco más oscura.
Mientras la joven dama se ocupaba de la preparación del café, él tuvo tiempo de contemplar, con cierta repugnancia, una nueva serie de retratos de familia que decoraban las paredes mohosas y desconchadas de la habitación; todos aquellos rostros lívidos parecían crispados por una demencia febril, y los labios carnosos, los ojos inmensos, extraviados, que todos tenían en común, guardaban una alarmante semejanza con los de la infeliz víctima de la endogamia que ahora filtraba con paciencia su fragante brebaje, aun cuando en su caso cierta gracia extraña hubiese transformado tan exquisitamente aquellos rasgos. La alondra, concluido su ritornello, estaba muda desde hacía largo rato. Ningún sonido salvo el tintinear de la plata sobre la porcelana. Al cabo de un momento, ella le tendió una tacita diminuta con rosas pintadas.
-Bienvenido -dijo, con esa voz suya que tenía las sonoridades tumultuosas del océano, una voz que no parecía brotar de su inmóvil, blanquísima garganta-o Bienvenido a mi chateau.
Rara vez recibo visitas, y es una gran desgracia, pues nada me anima tanto como la presencia de un forastero... Este lugar, ahora que la aldea ha sido abandonada, es tan solitario..., y mi única compañera, pobrecita, no puede hablar. A menudo paso tanto tiempo en silencio que a veces imagino que pronto yo misma olvidaré las palabras y ya nunca en esta casa nadie volverá a hablar.
Le ofreció un bizcochito de azúcar de un plato de Limoges; sus uñas arrancaban carillones de la antigua porcelana. Su voz, brotando de esos labios rojos semejantes a las rosas obesas de su jardín, labios que no se mueven..., su voz curiosamente descarnada; es como una muñeca, pensó él, el muñeco de un ventrílocuo o, más bien, una ingeniosa pieza de relojería. Porque parecía accionada por una especie de energía lenta, incongruente, ajena a ella, una energía que ella no podía controlar; como si al nacer, años atrás, la hubieran provisto de una cuerda como de reloj, y el mecanismo, al desgranarse inexorablemente, fuera a dejarla exánime, sin vida. Esta idea, la idea de que ella pudiera ser un autómata, una marioneta de terciopelo blanco y piel negra, incapaz de moverse por sus propios medios, no lo abandonaba del todo; y en verdad lo conmovía profundamente. El aire carnavalesca de su vestido blanco acentuaba su irrealidad, como si fuera una triste colombina extraviada en los bosques tiempo ha, y que nunca llegara a la feria.
- Y la luz. Debo disculparme por la falta de luz... Una dolencia de los ojos, un mal hereditario...
Las gafas de ciego reflejaban dos veces su rostro agraciado; si lo mirara sin ellas, sin la protección de los oscuros cristales, él la deslumbraría, como el sol que a ella le estaba vedado mirar, y al instante la consumiría. Pobre pájaro nocturno, pobre ave carnicera.
Vous serez ma proie.
Qué hermosa garganta tenéis, monsieur, es como una columna de mármol. Cuando entrasteis por la puerta nimbado por la dorada luz del día estival, del que yo nada sé, nada, la carta llamada Les Amoureux acababa de emerger del turbulento caos de imágenes; y me pareció que habíais descendido del naipe a mi oscuridad y por un momento pensé que tal vez vos mismo la irradiabais.
No quiero hacerte daño. Te esperaré en la oscuridad, en mi traje de novia.
El prometido ha llegado; y entrará en la cámara que le ha sido preparada.
Yo estoy condenada a la soledad y a las tinieblas; no quiero hacerte daño.
Seré muy dulce, lo prometo.
(¿Y podrá el amor liberarme de las sombras? ¿Puede un pájaro cantar tan sólo la canción que sabe, o podrá quizás aprender una nueva?)
Mira, mira cómo me he preparado para ti. Siempre he estado preparada para ti. Te he estado esperando con mi traje de novia, ¿por qué has tardado tanto? Muy pronto todo habrá concluido, todo.
No sentirás ningún dolor, amado mío.
Ella misma es una casa habitada por fantasmas. No se posee a sí misma. Sus antepasados vienen, a veces, y espían por las ventanas de sus ojos, yeso es terrible, aterrador. Ella tiene la misteriosa soledad de los estados ambiguos, flota en una tierra de nadie entre la vida y la muerte, durmiendo y despertando detrás del matorral de flores dentadas, el sanguinario botón de rosa de Nosferatu.
Los bestiales antepasados de las paredes la condenan a la perpetua repetición de sus propias pasiones.
(Un beso, sin embargo, sólo uno, despertó a la Bella Durmiente del Bosque.)
Nerviosamente, para ocultar sus voces interiores, ella mantiene una fachada de charla insubstancial en francés, mientras sus ancestros le hacen guiñas y muecas desde las paredes; por mucho que ella intenta imaginar alguna otra, sólo conoce una forma de consumación.
Una vez más lo desconcertaron esas garras como de ave de rapiña que coronaban aquellas manos maravillosas; la sensación de creciente extrañeza que empezó a adueñarse de él desde que en la aldea se había empapado la cabeza bajo el agua de la fuente, desde que había traspuesto los lóbregos portales del castillo fatal, lo dominaba ahora por completo. De haber sido un gato, habría huido de esas manos saltando hacia atrás sobre sus cuatro patas rígidas de terror, pero él no es un gato, él es un héroe.
Una incredulidad esencial en lo que ven sus ojos lo sostiene, incluso allí, en el boudoir de la mismísima condesa de Nosferatu; tal vez hubiera dicho que hay ciertas cosas que no debiéramos creer posibles aun cuando sean reales. Podría haber dicho: es absurdo creer lo que los ojos ven. No tanto porque él no crea en ella; él puede verla, ella es real. Si ella se quita las gafas oscuras, de sus ojos manarán a raudales todas las imágenes que pueblan esta tierra habitada por ánimas de vampiros; pero como él a causa de su virginidad (aún no sabe lo que es el miedo) y de su heroísmo (que lo iguala al sol) es inmune a las sombras, ve frente a él, antes que nada, a una muchacha fruto de la endogamia, extremadamente sensitiva, sin padre, sin madre, que ha permanecido demasiado tiempo a oscuras, pálida como una planta que nunca ve la luz y casi ciega a causa de una enfermedad hereditaria de los ojos. Y aunque hay un algo que lo desasosiega, no puede sentir terror; de modo que es como el niño del cuento de hadas, ese niño que no sabe temblar y para quien ni los aparecidos ni los ogros ni las alimañas ni el Diablo con todo su séquito surtirán el efecto deseado.
Es esta falta de imaginación lo que confiere al héroe su heroísmo.
Él aprenderá a temblar en las trincheras. Pero esta muchacha no puede hacerla temblar.
Ha caído la noche. Los murciélagos bajan en picada y chillan del otro lado de las ventanas herméticamente condenadas. Se ha bebido todo el café y ha comido los bizcochitos de azúcar. La charla de ella ha ido decayendo, diluyéndose y ha cesado al fin; ahora, en silencio, ella se retuerce los dedos, juega con el encaje de su vestido, se agita nerviosa en su silla. Chistan las lechuzas, y también su mobiliario chirría y cuchichea en torno de nosotros.
Ahora te hallas en el lugar de la aniquilación, ahora te hallas en el lugar de la aniquilación. Ella vuelve la cabeza para eludir la luminosidad azul de sus ojos; sabe que no puede ofrecerle más consumación que la única que conoce. Hace tres días que no come. Es hora de cenar. Es hora de dormir.
Suivez moi.
Je vous attendais.
Vous serez ma proie.
En el tejado maldito el cuervo grazna. «Hora de cenar, hora de cenar», repican los retratos en las paredes. Un hambre pavorosa le roe las entrañas; ella lo ha esperado toda su vida sin saberlo.
El apuesto ciclista, casi sin poder creer en la suerte que ha tenido, la seguirá a su alcoba; las bujías encendidas en torno del altar propiciatorio arden con una llama baja, clara, la luz cabrillea en las lágrimas de plata engarzadas en la pared. Ella prometerá, con la voz misma de la tentación: «Tan pronto caigan mis vestidos, presenciarás una sucesión de misterios».
Ella no tiene una boca con la cual besar, ni tiene manos para acariciar; sólo los colmillos y las garras de una bestia de presa.
Tocar el brillo mineral de la carne que descubre el frío resplandor de las velas es invitar a su abrazo fatal; con su voz grave, dulce, ella entonará la nana de la casa de Nosferatu.
Abrazos, besos; tu cabeza dorada, tu dorada cabeza de león, aunque nunca haya visto un león, sólo lo he imaginado; tu cabeza de sol, aunque sólo en la carta del tarot haya visto su imagen; tu cabeza dorada, la del amante que soñé que alguna vez vendría por fin a liberarme, caerá hacia atrás, con los ojos en blanco, en un espasmo que tu tomarás por el del amor, y no el de la muerte. En mi invertido lecho nupcial, es el desposado el que se desangra.
Desnudo y muerto, pobre ciclista; ha pagado el precio de una noche con la condesa, un precio para algunos demasiado alto, y para otros no.
Mañana su fiel servidora enterrará los huesos al pie de los rosales.
El alimento de que se nutren las rosas les confiere ese color opulento, ese perfume embriagador que insinúa, lascivamente, placeres prohibidos.
Suivez moi.
-¡Suivez moi!
El apuesto ciclista, que duda de la cordura de su anfitriona, acata prudentemente su histérico mandato y la sigue a la otra habitación; desearía tomarla entre sus brazos y protegerla de esos antepasados suyos que la espían desde las paredes.
¡Qué alcoba tan macabra!
Su coronel, un viejo libertino de apetitos morbosos, le había dado la tarjeta de un burdel de París en donde, aseguraba el sátiro, con sólo diez luis es pagaría una alcoba tan lúgubre como ésta, con una muchacha desnuda en un ataúd; entre bambalinas, el pianista del burdel tocaba en un armonio el Dies Irae, y en medio de todos los perfumes del gabinete de un embalsamador, el cliente obtenía el placer necrofílico de un supuesto cadáver. Él había rechazado bonachonamente la sugerencia del viejo de tan extraña iniciación; ¿podría ahora acaso aprovecharse como un criminal de la infeliz criatura delirante, con esas manos descarnadas ardientes de fiebre, las uñas como garras yesos ojos que con su terror, su tristeza y su terrible y frustrada ternura desmentían todas las promesas de su cuerpo?
Tan delicada y condenada, pobrecita. Irremediablemente condenada.
Sin embargo creo, estoy seguro de que ella no sabe lo que hace.
Tiembla como si sus miembros no estuvieran correctamente articulados, como si pudiera desarmarse al temblar. Levanta las manos para desabrochar el cuello de su vestido y sus ojos se arrasan de lágrimas, lágrimas que se deslizan bajo el aro de sus gafas oscuras. No puede quitarse el vestido de novia de su madre si no se quita antes los anteojos; ha malogrado el ritual, y éste ya no es inexorable. El mecanismo que hay en ella le ha fallado ahora, ahora, cuando más lo necesita. Cuando se quita las gafas oscuras éstas se le escapan de los dedos y se hacen añicos contra el embaldosado. En su drama no cabe la improvisación; y este ruido imprevisto, mundano, de cristales al romperse, rompe por completo el perverso hechizo de la alcoba. Busca a ciegas en el suelo, boquiabierta, las esquirlas, y con el puño se enjuga en vano las lágrimas que le bañan el rostro. Y ahora, ¿qué va a hacer?
Cuando se agacha para tratar de recoger los fragmentos de vidrio, una esquirla filosa se le clava en la yema del pulgar; lanza un grito agudo, real. Se arrodilla en medio de los cristales rotos y observa cómo la brillante cuenta de sangre forma una gota.
Nunca había visto antes su propia sangre, no su propia sangre.
Y ejerce sobre ella una terrible fascinación.
En esa alcoba vil, asesina, el apuesto ciclista aporta los remedios inocentes de la infancia; él mismo, por su sola presencia, es un exorcismo. Toma con dulzura la mano de ella y enjuga la sangre con su propio pañuelo, pero sigue manando a borbotones, y entonces él pone su boca contra la herida. Élla enjugará mejor al besada, como lo habría hecho su madre si viviera.
Todas las lágrimas de plata caen de la pared con un delicado tintineo. Sus ancestros pintados desvían la mirada y rechinan los colmillos.
¿Cómo puede ella soportar el dolor de volverse humana?
El final del exilio es el final del ser.
Lo despertó el canto de la alondra. Los postigos, las cortinas, y hasta las ventanas largo tiempo condenadas de la horrenda alcoba se hallaban abiertas de par en par, y la luz y el aire entraban a raudales; ahora podía verse lo charro que era todo, lo delgado y barato que era el satén, y el catafalco no de ébano sino de papel pintado de negro y estirado sobre varillas de madera, como de utilería. El viento había arrancado multitud de pétalos de las rosas del jardín, y esta resaca carmesí revoloteaba fragante por el suelo. Las bujías se habían consumido y ella debió haber soltado a su alondrita, ya que ahora estaba posada en el borde del ridículo ataúd, y entonaba para él su extático canto matutino. Él tenía los huesos rígidos y doloridos. Después de acostada en la cama, había dormido en el suelo con su chaqueta por almohada.
Pero ahora no quedaba de ella ningún rastro visible, excepto un négligé de encaje abandonado al descuido sobre el arrugado satén negro del edredón, ligeramente manchado como por la sangre menstrual de una mujer, y una rosa proveniente quizá de los espinosos matorrales que se sacudían al otro lado de la ventana.
El aire cargado de incienso y de olor a rosas le hacía toser. Sin duda la condesa se había levantado temprano para disfrutar del sol, y se habría deslizado al jardín en busca de una rosa para él. Se puso de pie, atrajo la alondra a su muñeca y la llevó hasta la ventana.
Al principio el ave mostró ante el cielo la renuncia natural de una criatura largo tiempo enjaulada, pero cuando él la lanzó a las corrientes del aire, extendió las alas y se elevó alejándose hacia la límpida bóveda azul del firmamento. Él siguió la trayectoria de su vuelo con el corazón ensanchado de júbilo.
Luego entró de puntillas en el boudoir; la mente le bullía de proyectos. La llevaremos a Zurich, a una clínica, allí tratarán su histeria nerviosa. Luego a un oculista, por su fotofobia, y a un dentista, para que arregle sus dientes. Cualquier manicura competente podría ocuparse de sus garras. Haremos que vuelva a ser la joven encantadora que en realidad es; yo la curaré de todas estas pesadillas.
Las pesadas cortinas están descorridas y dejan entrar los brillantes fucilazos de las primeras luces de la mañana; en la desolación del boudoir ella está sentada delante de su mesa redonda, con su vestido blanco, las cartas extendidas frente a ella. Se ha quedado dormida sobre las cartas del destino, tan manoseadas, tan manchadas, tan gastadas por el constante barajar que en ninguna puede verse ya la imagen.
Ella no duerme.
En la muerte parecía mucho más vieja, menos hermosa, y así, por primera vez, plenamente humana.
Me desvaneceré en la luz de la mañana; yo no era más que un invento de la oscuridad. Y te dejo como recuerdo la oscura rosa dentada que arranqué de entre mis muslos, como una flor sobre una sepultura. Sobre una sepultura.
Mi guardiana se ocupará de todo.
Nosferatu siempre asiste a sus propias exequias; ella no irá al cementerio sin un séquito. Y ahora la vieja se materializa llorando y con un gesto le indica que se vaya. Luego de una búsqueda por varios cobertizos pestilentes, él descubrió su bicicleta y renunciando a sus vacaciones pedaleó directamente hasta Bucarest, donde en el poste restante encontró un telegrama que le ordenaba incorporarse de inmediato a su regimiento. Mucho después, cuando ya en los cuarteles volvió a vestir el uniforme, descubrió que aún tenía la rosa de la condesa; debió guardada en el bolsillo del pecho de su chaqueta, después de hallar el cadáver. Y qué extraño, pese a que la había traído de tan lejos, desde Rumania, la flor no parecía del todo marchita, y en un impulso, puesto que la joven había sido tan adorable y su muerte tan imprevista y patética, decidió tratar de revivir su rosa. Llenó el vaso de lavarse los dientes con agua de la garrafa y puso en él la rosa con la corola ajada a flor de agua.
Cuando volvió del rancho esa noche salió a su encuentro por el corredor de piedra de la barraca la embriagadora fragancia de las rosas del conde de Nosferatu, y en su cuarto espartano flotaba el perfume de una flor deslumbrante, aterciopelada, monstruosa, cuyos pétalos habían recobrado su primitiva lozanía y elasticidad; su corrupto, brillante, ominoso esplendor.
Al día siguiente su regimiento se embarcó con destino a Francia.

8/1/10

"EL ÚLTIMO VUELO DEL DOCTOR AIN", DE ALICE SHELDON-JAMES TIPTREE JR.

Alice Sheldon (USA, Chicago, 1915-1987) Publicó casi toda su obra con el seudónimo masculino James Tiptree Jr., y algunos relatos con el seudónimo femenino Raccoona Sheldon. Una autora imprescindible para disfrutar del género de ciencia ficción.

El último vuelo del doctor Ain (The Last Flight of Doctor Ain, 1975)
en: Warm Worlds and  Otherwise, 1975.
Publicado en España como  Mundos cálidos y otros. Barcelona, Edhasa, 1985. 242 p. (Nebulae, 67).

(Para más información sobre esta autora, véase Alice B. Sheldon, la doble vida de Alice B. Sheldon, James Tiptree Jr.)

El doctor Ain fue reconocido en el vuelo de Omaha a Chicago. Otro biólogo –de Pasadena- salió del lavabo y vio a Ain sentado en una butaca del pasillo. Cinco años antes, ese hombre había envidiado los enormes subsidios que Ain recibía. En ese momento le dedicó una fría inclinación de cabeza y se sorprendió ante la intensidad de la respuesta de Ain. Casi se volvió para hablar con él, pero se sentía demasiado fatigado; como casi todo el mundo, se debatía contra la gripe.
La azafata que entregaba los abrigos después del aterrizaje también recordó a Ain: un hombre alto y delgado, de pelo color herrumbre, sin particularidad alguna. Se puso en fila sin dejar de mirarla; como ya tenía puesto su impermeable, ella pensó que era alguna forma extravagante de ligue y lo despidió con un gesto.
Vio que Ain trastabillaba entre el smog del aeropuerto, aparentemente solo. A pesar de los grandes anuncios de la Defensa Civil, O'Hare tardó en descender al subterráneo.
Nadie advirtió a la mujer.
La mujer herida, agonizante.
Ain no fue identificado en camino a Nueva York; pero en la lista del avión de las 2:40 figuraba un «Ames», que podía ser el nombre de Ain mal escrito. Lo era. El avión había dado vueltas durante una hora mientras Ain veía cómo la costa marina cubierta de humo se inclinaba, se enderezaba, volvía a inclinarse monótonamente.
La mujer estaba más débil. Tosía y tironeaba débilmente de las cicatrices de su cara, escondida a medias por su largo pelo. Su pelo, Ain lo veía, esa cabellera que había sido espléndida, estaba rala y apagada. Miró hacia el mar, obligándose a pensar en unas rompientes limpias y frescas. En el horizonte vio una vasta alfombra negra: en alguna parte un petrolero había abierto sus compuertas. La mujer volvió a toser. Ain cerró los ojos. El avión estaba envuelto por la nube de contaminación.
Luego lo vieron mientras se registraba para el vuelo de BOAC a Glasgow. Las instalaciones subterráneas del aeropuerto Kennedy eran un hirviente cocido de gente; el sistema de ventilación no estaba a la altura de esa cálida tarde de septiembre. La hilera de pasajeros se agitaba y sudaba, mientras miraba tediosamente el noticiero. SALVAD LAS ÚLTIMAS VERDES MORADAS. Un grupo ecologista protestaba por la defoliación y drenaje de la cuenca del Amazonas. Algunas personas recordaron más tarde los hermosos colores de las imágenes de la nueva bomba limpia. La hilera se comprimió para permitir el paso de un grupo de hombres uniformados. Usaban botones donde se leía:
¿QUIÉN TIENE MIEDO?
En ese momento, una mujer reparó en Ain. Sostenía un periódico, que ella oyó crujir entre sus manos. Ni ella ni su familia padecían la gripe, de modo que lo pudo ver con claridad. Él tenía la frente sudorosa. Ella alejó a sus niños.
Ain usaba el spray Instac para la garganta, recordó la mujer. No le parecía muy bueno el Instac. Ella y sus niños usaban Kleer. Mientras ella lo miraba, Ain había vuelto la cabeza para mirarla de frente, con la boca llena de spray. ¡Qué desconsideración! Le volvió la espalda. No recordaba que él hubiese hablado con ninguna mujer, pero había escuchado atentamente cuando leyeron en el escritorio el destino de Ain. ¡Moscú!
También el empleado del escritorio lo recordaba con desaprobación. Se había registrado solo, afirmó. Ninguna mujer viajaba a Moscú, pero no hubiera sido difícil que llevara un pasaje abierto. (En ese momento, ellos estaban seguros de que ella lo acompañaba.)
El vuelo de Ain era vía Islandia, con una hora de escala en Keflavik. Ain salió al parque del aeropuerto a respirar con gratitud el aire marino. Respiraba unas cuantas veces, y se estremecía. Más allá del ruido de los bulldozers se oía el mar, que tocaba con sus enormes garras el teclado de la tierra. El pequeño parque tenía un bosquecillo de abetos amarillentos y una bandada de collalbas buscaba alimento en sus senderos. El mes próximo estarían en el norte de África, pensó Ain. Tres mil kilómetros sobre sus alas diminutas. Les arrojó algunas migajas de un paquete que tenía en el bolsillo.
La mujer parecía más fuerte allí. Jadeaba en la brisa, sus grandes ojos fijos en Ain. Por encima de ella, los abetos eran tan dorados como cuando la había visto por primera vez, el día que su vida había comenzado... Él estaba agazapado detrás de un árbol, mirando una musaraña, cuando vio ondular la hierba y reconoció la asombrosa carne desnuda de una muchacha, cremosa, con puntas rosadas, que se acercaba hacia él entre los dorados helechos. El joven Ain contuvo la respiración y ocultó su nariz entre el húmedo musgo mientras su corazón latía desenfrenadamente. Y luego vio ese espléndido pelo que caía por su fina espalda, bailando sobre sus nalgas de forma de corazón mientras la musaraña corría por su mano paralizada. El lago estaba absolutamente sereno, plata polvorienta bajo el cielo nublado, y ella no agitaba el follaje dorado más que un roedor fugaz. El silencio retornó; los árboles ardían como antorchas por donde la chica desnuda había pasado a través del bosque, reflejada en los ojos brillantes de Ain. Durante un momento, creyó que había visto una Oreada.
Ain fue el último en subir. La azafata creía recordar que parecía inquieto. No pudo identificar a la mujer; había muchas a bordo, y niños. Su lista de pasajeros tenía varios errores.
Un camarero del aeropuerto de Glasgow recordaba que un hombre parecido a Ain había pedido gachas escocesas y había comido dos tazones, aunque por supuesto no eran verdaderas gachas de avena. Una joven madre con un cochecito lo vio arrojar migas a las aves.
Cuando se presentó en la ventanilla de BOAC lo saludó un profesor de Glasgow que iba a la misma conferencia de Moscú. Ese hombre había sido uno de los maestros de Ain.
(Se sabía ahora que Ain había hecho estudios de posgraduado en Europa.) Ambos charlaron todo el tiempo durante su viaje a través del Mar del Norte.
-A mí también me extrañó -dijo luego el profesor-. «¿Por qué ha venido dando un rodeo?», le pregunté. Respondió que los vuelos directos estaban completos. -Se vio que esto no era exacto: aparentemente Ain había evitado el vuelo directo a Moscú con la esperanza de pasar inadvertido.
El profesor habló con entusiasmo de los trabajos de Ain:
-¿Brillantes? Desde luego. Es un hombre obstinado, además. Muy, muy obstinado. Era como si un concepto, y con frecuencia la cosa más sencilla, lo detuviera en seco y lo fascinara. Y no dejaba de merodear alrededor en lugar de pasar al próximo punto, como hubiera hecho una mente más dócil. En verdad, me pregunté al principio si no era un poquito obtuso. ¿Pero no recuerda usted que, como se ha dicho, la capacidad de asombrarse ante las cosas corrientes caracteriza a la mente superior? Y por supuesto, así se demostró cuando nos sorprendió a todos con el asunto de la conversión de las enzimas. Es una lástima que su gobierno lo apartara de esa línea. No, él no dijo nada de eso; yo se lo digo a usted, joven. Hablamos mucho de mi trabajo. Me asombró que él estuviera tan al tanto. Me preguntó cuáles eran mis sentimientos al respecto, lo que volvió a sorprenderme. Ahora bien, comprenda: yo no había visto al hombre durante cinco años, y parecía... Bueno, quizás cansado. ¿Y quién no lo está? Estoy seguro de que le alegraba ese viaje: saltaba a estirar las piernas en cada escala. En Oslo, incluso en Bonn. Sí, alimentaba a las aves, pero eso no era una cosa rara en él. ¿Su vida social? ¿Alguna causa de izquierdas? Joven: he dicho lo que he dicho en consideración a la persona que me lo ha presentado, pero debe usted saber que es una impertinencia pensar mal de Charles Ain, o que él pueda ser capaz de una acción incorrecta. Buenas noches.
El profesor no dijo una palabra de la mujer que había en la vida de Ain.
Y no habría podido decirla, aunque Ain ya estaba en términos íntimos con ella en la época de la universidad. No había dejado ver a nadie hasta qué punto estaba obsesionado con ella, con el milagro, con la inagotable riqueza de su cuerpo. Se veían en todos sus momentos libres, a veces en público, pretendiendo un encuentro casual entre desconocidos bajo los ojos de sus amigos, delatando apenas su mutua alegría con grave formalidad. Y después, en la intimidad, ¡qué intenso era su amor! Jubilosamente la poseía, no le permitía reservas. Soñaba con ella, con sus dulces manantiales y sus zonas sombreadas y su blanca gloria ondulando a la luz de la luna, hallando siempre nuevas dimensiones de su alegría.
Entre el canto de las aves y las liebres jóvenes que saltaban en la pradera, el peligro de su debilidad parecía muy lejano. Algunos días oscuros tosía un poco, pero él también...
En aquellos años no pensaba que fuera urgente estudiar la enfermedad.
En la conferencia de Moscú todo el mundo reparó en Ain en uno u otro momento, lo que era natural si se tenía en cuenta su estatura profesional. Era una reunión pequeña de muy alto nivel. Ain llegó tarde; ya había concluido la primera jornada, y él debía presentar su ponencia el tercer y último día.
Mucha gente habló con él y varios compartieron su mesa durante las comidas. A nadie sorprendía que hablara poco; era un hombre reservado salvo en el raro caso de alguna acalorada discusión. Varios de sus amigos lo encontraron algo fatigado y susceptible.
Un ingeniero molecular indio que lo vio cuando utilizaba su spray bromeó con él y le preguntó si había traído la gripe asiática. Un colega sueco recordaba que lo habían llamado por teléfono durante la comida; al regresar, Ain contó que en su laboratorio habían advertido que faltaba algo importante. Hubo nuevas bromas y Ain dijo alegremente:
-Pues sí, muy activo.
En ese momento, uno de los biólogos del Chicom inició sus tareas diarias de propaganda acerca de la guerra bacteriológica y acusó a Ain de fabricar armas biológicas.
Ain lo dejó sin argumentos cuando respondió:
-Tiene usted toda la razón.
Por común consenso, se hablaba muy poco de aplicaciones industriales, contaminación industrial y temas de ese tipo. Y nadie recordaba haber visto a Ain con una mujer que no fuera la vieja señora Vialche, que difícilmente podía subvertir nada desde su silla de ruedas.
Su única ponencia no fue buena, ni siquiera recordando que se trataba de Ain. Siempre había hablado mal en público, pero normalmente exponía sus ideas con esa claridad típica de las mentes de primera. En esa ocasión parecía confuso, y con poco nuevo que decir. El público perdonó esto y lo atribuyó a los efectos moderadores de la seguridad. Ain desarrolló un intrincado argumento acerca del curso de la evolución, en el que aparentemente intentaba demostrar que algo marchaba realmente muy mal. Cuando lo cerró con una referencia al pájaro campana de Hudson, que «cantaba para una raza posterior», varios de los presentes se preguntaron si había bebido.
La gran infracción a la seguridad llegó justamente al final, cuando empezó bruscamente a describir los métodos que había empleado para obtener la mutación y el rediseño del virus de la leucemia. Explicó el procedimiento con admirable claridad en cuatro frases y se detuvo. Luego describió sencillamente los efectos de la nueva cepa, que sólo alcanzaban un valor máximo en los primates superiores. El índice de recuperación entre los mamíferos inferiores y los demás órdenes se acercaba al 90 por ciento. Cualquier animal de sangre caliente servía como portador del virus. Además, éste conservaba su viabilidad casi en cualquier medio, y sobrevivía perfectamente en el aire. El índice de contagio era extremadamente alto. Y casi casualmente, Ain añadió que ningún primate sometido al virus, así como ningún ser humano accidentalmente expuesto, había sobrevivido más de veintidós días.
Estas palabras cayeron en un silencio que sólo interrumpió el ruido de los pies del delegado egipcio que corría hacia la puerta. Luego cayó una silla dorada cuando el americano salió disparado.
Ain no parecía consciente de que el público estaba en una parálisis de incredulidad.
Todo había ocurrido con tal rapidez... Un hombre que se estaba sonando la nariz miraba con los ojos desorbitados más allá de su pañuelo. Otro, que encendía una pipa, emitió un quejido cuando el fuego llegó a sus dedos. Dos hombres que charlaban junto a la puerta no oyeron sus palabras, y sus risas resonaron en el silencio mortal en que aún vibraban las últimas palabras de Ain: «Realmente, no vale la pena intentar nada.»
Más tarde comprendieron que había intentado explicar que el virus utilizaba los propios mecanismos inmunizadores del cuerpo, de modo que la defensa era por definición imposible.
Eso fue todo. Ain miró a su alrededor esperando vagamente alguna pregunta, y luego atravesó el salón por el pasillo. Cuando llegó a la puerta, la gente lo rodeó ansiosamente.
Giró y dijo con cierta impaciencia:
-Sí, por supuesto está muy mal. Ya lo he dicho. Todos nos hemos equivocado. Y ahora, todo ha terminado.
Una hora después descubrieron que se había marchado, en un vuelo de Sinair a Karachi.
Los hombres de la seguridad lo alcanzaron en Hong Kong. Parecía ya muy enfermo, y los acompañó dócilmente. Regresaron a los Estados Unidos por Hawai.
Sus captores eran personas civilizadas: vieron que era un hombre amable y lo trataron del mismo modo. No tenía armas ni drogas. Lo sacaron a pasear, esposado, en Osaka; le permitieron dar miguitas a las aves y escucharon con interés su informe acerca de las rutas migratorias de la gallineta común. Tenía la voz muy ronca. En ese momento, sólo lo requerían por los problemas de seguridad. Nadie les había hablado de una mujer.
Dormitó la mayor parte del viaje a las islas; pero cuando las avistaron se arrimó a la ventanilla y empezó a murmurar. El hombre de seguridad tuvo entonces la primera sospecha de que había una mujer implicada y puso en marcha su magnetófono.
-«Azul, azul y verde hasta que ves las heridas. Oh, muchacha, oh hermosa, no morirás. No te dejaré morir. Te lo aseguro, muchacha, ya ha pasado todo... Ojos brillantes... Mírame, quiero verte viva. Reina, cuerpo delicioso, muchacha, ¿te he salvado? Oh, terrible de conocer, noble, hija de Caos, vestida de luz azul y dorada... La bola de la vida arrojada al cielo, girando, sola en el espacio... ¿Te he salvado?»
Al final del viaje, estaba visiblemente febril.
-Ella puede haberme engañado, ¿sabe? -dijo confidencialmente a un hombre del gobierno-. Tiene que estar preparado para eso, por supuesto. La conozco. -Se echó a reír suavemente-. Es cosa muy seria... Retuerce el corazón...
Al llegar a San Francisco estaba feliz.
-¿Sabéis que las nutrias volverán? Estoy seguro. Ese terreno ganado al mar no durará; aquí habrá nuevamente una bahía.
Lo pusieron en una camilla en la Base Aérea Hamilton, y estaba inconsciente un momento después del despegue. Pero antes había insistido en arrojar las últimas migas que le quedaban a las aves de la pista.
-Las aves tienen sangre caliente, ¿sabe? -dijo al agente que lo esposaba a la camilla.
Luego Ain sonrió dulcemente y quedó inerte. Permaneció así casi los diez días restantes de su vida. Por supuesto, en ese momento a nadie le importaba. Los dos hombres del gobierno murieron rápidamente, apenas terminaron de analizar los restos del alimento para aves y del spray para la garganta. La mujer del Kennedy había comenzado a sentirse mal.
El magnetófono que pusieron junto a su lecho no dejó de funcionar; pero si hubiera habido cerca alguien que pudiera oír la grabación, sólo habría encontrado balbuceos.
-Gea Gloriatrix -canturreaba-. Gea, muchacha, reina...
Por momentos se mostraba grandioso y atormentado.
-Nuestra vida, tu muerte -gritaba entonces-. Nuestra muerte hubiera sido también la tuya, no era necesario, no era necesario...
En otras ocasiones acusaba.
-¿Qué has hecho con los dinosaurios? -preguntaba-. ¿Acaso te molestaban? ¿Cómo hiciste, con ellos? Fría, reina, eres demasiado fría. Esta vez has estado muy cerca, muchacha -deliraba. Y luego lloraba, acariciaba las ropas de la cama, se ponía sentimental.
Sólo en el último instante, entre su propia inmundicia, sediento, encadenado aún a la cama en que lo habían olvidado, recobró de pronto la coherencia. En el tono claro y ligero de un enamorado que planea un paseo al campo en verano, preguntó al magnetófono:
-¿Has pensado alguna vez en los osos? Con tantas posibilidades... Es curioso que nunca hayan adelantado más. Por casualidad, ¿no estabas tratando de salvarlos, muchacha? -Rió con su garganta destrozada, y más tarde murió.

(Para más información sobre esta autora, véase Alice B. Sheldon, la doble vida de Alice B. Sheldon, James Tiptree Jr.)

"Y DESPERTÉ Y ME HALLÉ AQUÍ EN EL LADO FRÍO DE LA COLINA", DE ALICE SHELDON-JAMES TIPTREE JR.

Y desperté y me halle aquí en el lado frío de la colina (And I Awoke and Found Me Here on the Cold Hill’s Side, 1973)

Alice Sheldon (USA, Chicago, 1915-1987) Publicó casi toda su obra con el seudónimo masculino James Tiptree Jr., y algunos relatos con el seudónimo femenino Raccoona Sheldon. Una autora imprescindible para disfrutar del género de la ciencia ficción.

(Para más información sobre esta autora, véase Alice B. Sheldon, la doble vida de Alice B. Sheldon, James Tiptree Jr.)

Estaba de pie absolutamente inmóvil junto a una compuerta de servicio, contemplando el vientre del acoplamiento Orión encima de nosotros. Llevaba un uniforme gris y su pelo color óxido estaba cortado muy corto. Lo tomé por un ingeniero de la estación.
Eso fue un error por mi parte. Los periodistas no pertenecen estrictamente a las entrañas del Gran Enlace. Pero en mis primeras veinte horas no había hallado ningún lugar desde donde tomar una foto de una nave alienígena.
Giré mi holocam para mostrar su gran insignia de la World Media y empecé mi discurso acerca de Lo Que Significa Para La Gente De Allá Abajo que pagaban por todo aquello.
–...puede que sea un trabajo de rutina para usted, señor, pero les debemos a todos ellos el compartir...
Su rostro se volvió, lento y tenso, y su mirada pasó sobre mí desde una distancia peculiar.
–Las maravillas, el dramatismo –repitió desapasionadamente. Sus ojos se enfocaron en mí–. Consumado estúpido.
–¿Puede decirme qué razas están llegando ahora, señor? Si puedo conseguir aunque sólo sea una imagen...
Me hizo una gesto con la mano hacia la portilla. Giré ansiosamente mis lentes hacia arriba, al largo casco azul que bloqueaba el campo de estrellas. Más allá de ella podía ver la masa de una nave negra y dorada.
–Ésa es la de una foramen –dijo–. Hay un carguero de Belye en el otro lado, ustedes lo llaman Arcturus. No hay mucho tráfico en estos momentos.
–Es usted la primera persona que me ha dicho dos frases desde que llegué aquí, señor. ¿Qué son esas pequeñas naves multicolores?
–De Procya. –Se encogió de hombros–. Siempre son redondas. Como nosotros.
Aplasté mi rostro contra el vitrito y miré. Las paredes resonaron. En algún lugar sobre nuestras cabezas los alienígenas estaban desembarcando en su sector privado del Gran Enlace. El hombre miró su muñeca.
–¿Está esperando para salir, señor?
Su gruñido hubiera podido significar cualquier cosa.
–¿De qué parte de la Tierra es usted? –me preguntó con su tono duro.
Empecé a decírselo, y de pronto vi que me había olvidado. Sus ojos estaban en ninguna parte, y su cabeza se inclinó lentamente hacia el marco de la portilla.
–Váyase a casa –dijo con voz espesa. Capté un fuerte olor a sebo.
–¡Hey, señor! –Sujeté su brazo, sacudido por un rígido temblor–. Tranquilo, hombre.
–Estoy esperando..., esperando a mi esposa. Mi querida esposa. –Dejó escapar una corta y desagradable risa–. ¿De dónde es usted?
Se lo repetí.
–Váyase a casa –murmuró–. Váyase a casa y tenga hijos. Mientras pueda.
Una de las primeras bajas de la GR, pensé.
–¿Es eso todo lo que sabe usted? –Su voz se alzó, estridente–. Estúpidos. Vistiendo según sus estilos. Ropa gnivo. Música aoleelee. Oh, veo sus boletines de noticias –se burló–. Fiestas nixi. Un año de sueldo por un flotador. ¿Radiación Gamma? Váyase a casa, lea la historia. Bolígrafos y bicicletas.
Inicio un lento deslizamiento hacia abajo en la media gravedad. Mi único informador. Nos debatimos confusamente; él no quería tomar una de mis sobertabs, pero finalmente lo llevé a lo largo del corredor de servicio hasta un banco en una bodega de carga vacía. Trasteó con un pequeño cartucho de vacío. Mientras le ayudaba a desenroscarlo, una figura de almidonado blanco asomó la cabeza por la bodega.
–¿Puedo ayudar, sí? –Sus ojos eran saltones, su rostro estaba cubierto de erizado pelo. ¡Un alienígena, un procya! Empecé a darle las gracias, pero el hombre del pelo rojo me cortó.
–Piérdete. ¡Fuera de aquí!
La criatura se retiró, con sus grandes ojos húmedos. El hombre perforó el cartucho y luego se lo llevó a la nariz e inspiró profundamente con el diafragma. Miró su muñeca.
–¿Qué hora es?
Se lo dije.
–Las noticias –dijo–. Un mensaje para la ansiosa y esperanzada raza humana. Una palabra acerca de esos encantadores y apreciados alienígenas a los que tanto amamos. –Me miró–. Impresionado, ¿no es así, chico periodista?
Por aquel entonces yo ya lo tenía catalogado. Un xenófobo. El complot de los alienígenas para apoderarse de la Tierra.
–Oh, Cristo, no podría importarles menos–. Hizo otra profunda inspiración, se estremeció y se enderezó–. Al infierno con las generalidades. ¿Qué hora ha dicho que era? Está bien. Le diré cómo lo averigüé. De la manera difícil. Mientras aguardamos a mi querida esposa. Puede sacar esa pequeña grabadora de su manga también. Escúchela alguna vez para usted mismo..., cuando sea demasiado tarde. –Dejó escapar una risita. Su tono se había vuelto parlanchín..., una voz educada–. ¿Ha oído hablar alguna vez de estímulos supranormales?
–No –dije–. Espere un minuto. ¿Azúcar blanco?
–Algo parecido. ¿Conoce usted el bar del Pequeño Enlace en D.C.? No, es usted australiano, ha dicho. Bien, yo soy de Burned Barn, Nebraska.
Inspiró profundamente, como si comprobara algún enorme desarreglo de su alma.
–Accidentalmente derivé en el bar del Pequeño Enlace cuando tenía dieciocho años. No. Corrija eso. Uno no va a Pequeño Enlace por accidente, del mismo modo que uno no hace su primer disparo por accidente.
»Uno va a Pequeño Enlace porque lo ha estado deseando, ha estado soñando con ello, alimentándose con cada indicio y pista al respecto, allá en Burned Barn, desde antes de que uno empiece a tener vello en la entrepierna. Lo sepa usted o no. Una vez estás fuera de Burned Barn, ya no puedes impedir el ir a Pequeño Enlace, del mismo modo que un gusano marino no puede impedir alzarse hacia la luna con la marea.
»Tenía una identificación completamente nueva en el bolsillo que me autorizaba a consumir licor. Era temprano; había algún lugar vacío al lado de algunos humanos en el bar. Pequeño Enlace no es un bar-embajada, ¿sabe? Lo descubrí más tarde cuando los alienígenas del gran castillo se fueron..., cuando se marcharon. La Nueva Hendidura, la Cortina junto a la Dársena de Georgetown.
»Y se fueron solos. Oh, de tanto en tanto efectúan algún intercambio cultural con unas cuantas parejas canosas de otros alienígenas y algunos humanos pretenciosos. La Amistad Galáctica con un poste de tres metros.
»Pequeño Enlace era el lugar al que iban los órdenes inferiores, los funcionarios y conductores en busca de un poco de diversión. Incluidos, amigo mío, los pervertidos. Aquellos dispuestos a llevarse a los humanos. A la cama, quiero decir.
Rió quedamente y se olió de nuevo el dedo, sin mirarme.
–Oh, sí, por la noche, cada noche, Pequeño Enlace era la Amistad Galáctica. Pedí... ¿qué? Una margarita. No tuve el valor de pedirle al irritable camarero negro uno de los licores alienígenas que había detrás de la barra. Había poca luz. Yo intentaba mirar a todos lados a la vez, sin que se notara demasiado. Recuerdo aquellos mentecatos blancos..., liranos, eso eran. Y un lío de velos verdes que decidí que era un ser múltiple de alguna parte. Capté un par de miradas humanas en el espejo del bar. Miradas hostiles. Entonces no capté el mensaje.
»De pronto un alienígenas se abrió paso justo a mi lado. Antes de que pudiera reponerme de mi parálisis, oí su confusa voz:
–¿Ares antusiasta del futebol?
»Un alienígena me había hablado. Un alienígena, un ser de las estrellas. Me había hablado. A mí.
»Oh, Dios, yo no tenía tiempo para el fútbol, pero hubiera sido capaz de proclamar mi pasión por la papiroflexia, por las rimas cursis..., por cualquier cosa con tal de que siguiera hablando. Le pregunté acerca de los deportes en su planeta natal, insistí en pagar sus bebidas. Escuché alelado mientras barbotaba una detallada exposición de un juego por el que yo ni siquiera hubiera vuelto los ojos. El «grain bay pashkers». Sí, y me di cuenta de una forma confusa de que había problemas entre los humanos a mi otro lado.
»De pronto aquella mujer, una muchacha en realidad, aquella muchacha dijo algo con voz aguda y desagradable e hizo girar su taburete hasta chocar con el brazo con el que yo sujetaba mi bebida. Ambos giramos al unísono.
»Cristo, incluso ahora puedo verla. La primera cosa que me impresionó fue la discrepancia. No era nada..., pero era espectacular. Transfigurada. Lo rezumaba, lo irradiaba.
»Lo siguiente fue que tuve una horrible erección con tan solo mirarla.
»Me incliné un poco hacia delante para que mis ropas la ocultaran, y mi derramada bebida goteó sobre ellas, empeorando las cosas. Ella palmeó vagamente lo derramado y murmuró algo.
»Yo me quedé mirándola, intentando imaginar qué me había golpeado. Una figura ordinaria, una blanda ansia en su rostro. Unos ojos pesados, de aspecto saciado. Estaba totalmente erotizada. Recuerdo que su garganta pulsaba. Tenía una mano alzada tocando su pañuelo, que se había deslizado por su hombro. Vi feroces moraduras allí. Comprendí de inmediato que aquellas moraduras tenían algún significado sexual.
»Ella miraba más allá de mi cabeza, con su rostro convertido en un plato de radar. Luego emitió un «ahhh» que no tenía nada que ver conmigo y sujetó mi antebrazo como si fuera una barandilla. Uno de los hombres detrás de ella se echó a reír. La mujer dijo «Disculpe» con una voz ridícula y se deslizó detrás de mí. Giré en redondo tras ella, casi sobresaltando a mi amigo del futebol, y vi que habían entrado algunos sirianos.
Aquella fue la primera vez que veía a los sirianos en carne y hueso, si es la palabra. Dios sabe que había memorizado cada noticiario, pero no estaba preparado. Esa altura, esa cruel delgadez. Esa abrumadora arrogancia alienígena. Aquellos eran azul marfil. Dos machos con un inmaculado atuendo metálico. Luego vi que había una hembra con ellos. Indigo marfileña, exquisita, con una débil sonrisa permanente en aquellos labios duros como hueso.
»La muchacha que me había dejado les estaba conduciendo a una mesa. Me recordó a un maldito perro que desea que le sigas. Justo en el momento en que la gente los ocultaba vi que un hombre se unía a ellos. Un hombre robusto, vestido con ropas caras, con algo estropeado en su rostro.
»Entonces empezó la música y tuve que disculparme ante mi peludo amigo. Y la danzarina sellice salió, y mi introducción personal al infierno empezó.
El hombre pelirrojo guardó silencio durante un minuto, soportando la autocompasión. Algo estropeado en su rostro, pensé; encajaba.
Recobró su compostura.
–Primero le proporcionaré la única observación coherente de toda mi velada. Puede verlo aquí en Gran Enlace, siempre lo mismo. Fuera de los procya, se trata de humanos con alienígenas, ¿no? Muy raras veces se trata de alienígenas con otros alienígenas. Nunca alienígenas con humanos. Son los humanos quienes quieren entrar.
Asentí, pero no me estaba hablando a mí. Su voz fluía como si estuviera drogado.
–Ah, si, mi sellice. Mi primera sellice.
»En realidad no están bien formadas, ¿sabe?, bajo esas capas. No tienen cintura, por así decirlo, y sus piernas son cortas. Pero parecen fluir cuando andan.
»Aquella fluyó a la zona iluminada por el foco, envuelta hasta el suelo en seda violeta. Uno sólo podía ver una cascada de pelo negro y borlas por todas partes y un rostro estrecho como el de un ratón de campo. Su color era gris topo. Poseen todos los colores, su pelaje es como flexible terciopelo por todas partes; sólo que el color cambia sorprendentemente alrededor de sus ojos y labios y otras zonas. ¿Zonas erógenas? Ah, muchacho, ellas no tienen zonas.
»Empezó a ejecutar lo que llamamos una danza, pero no es una danza, es su movimiento natural. Como el sonreír, digamos, en nosotros. La música creció, y sus brazos ondularon hacia mí, dejando que la capa se abriera y cayera poco a poco. Debajo iba desnuda. El foco empezó a recorrer las marcas de su cuerpo, siguiendo la abertura de su capa. Sus brazos flotaron hacia los lados, y vi más y más.
»Estaba fantásticamente marcada, y las marcas se estremecían. No eran pintura corporal..., estaban vivas. Sonreían, esa es una buena palabra para describirlo. Como si todo su cuerpo estuviera sonriendo sexualmente, haciendo señas, haciendo mohines, hablándome. ¿Nunca ha visto usted una danza del vientre egipcia clásica? Olvídela..., es algo torpe y desmañado comparado con lo que una sellice puede hacer. Aquella estaba madura, cerca del final.
»Alzó los brazos, y aquellas resplandecientes curvas color limón pulsaron, ondularon, se combaron, contrajeron, latieron, evolucionaron hacia increíbles permutaciones provocativas, incitantes. Ven a mi, hazlo, hazlo aquí y aquí y aquí y ahora. No podías ver el resto de ella, sólo un malicioso destello de su boca. Todos los humanos masculinos en la sala estaban ansiosos por lanzarse sobre aquel increíble cuerpo. Quiero decir que era dolor. Incluso los otros alienígenas permanecían quietos, excepto uno de los sirianos que mordisqueaba una bandeja.
»Antes de que ella llegara a media actuación me sentía como si no tuviera brazos ni piernas... No le aburriré con lo que ocurrió a continuación; antes de que terminara hubo varias peleas y yo salí. Mi dinero se agotó la tercera noche. Ella ya no estaba al día siguiente.
»Afortunadamente, entonces no había tenido tiempo de averiguar el ciclo sellice. Eso vino después de que volviera al campus y descubriera que necesitabas graduarte en electrónica en estados sólidos para solicitar trabajo fuera del planeta. Yo era pre-med, pero no había obtenido esa graduación. Eso sólo me llevaba hasta el Primer Enlace por aquel entonces.
»Oh, Dios, el Primer Enlace. Pensé que estaba en el cielo: las naves alienígenas entrando y nuestros cargueros saliendo. Los vi a todos, a todos menos a los auténticamente exóticos, los tanquies. Y sólo ves a unos pocos de esos en un ciclo, incluso aquí. Y los yyeirs. Nunca ha visto usted ninguno de ellos.
»Váyase a casa, muchacho. Vuelva a su propia versión de Burned Barn...
»Cuando vi al primer yyeir dejé caer todo lo que llevaba y eché a andar tras él como un perro famélico, sólo respirando. Ya habrá visto usted a los pix, por supuesto. Como sueños perdidos. El hombre está enamorado y ama lo que se desvanece... Es el aroma, uno no puede adivinarlo. Lo seguí hasta que me encontré con una puerta cerrada. Gasté los créditos de medio ciclo enviándole a la criatura el vino que llaman lágrima de estrellas... Más tarde descubrí que era un macho. Eso no me preocupó en absoluto.
»Uno no puede practicar el sexo con ellos, ¿sabe? No hay forma. Procrean por medio de la luz o algo así, nadie lo sabe exactamente. Hay una historia acerca de un hombre que abordó a una mujer yyeir y lo intentó. Lo despellejaron. Historias...
Empezaba a divagar.
–¿Qué hay de aquella muchacha en el bar, volvió a verla usted?
Pareció regresar de alguna parte.
–Oh, sí. La vi de nuevo. Se lo había estado montando con los dos sirianos, ¿sabe? Los machos lo hacen en pareja. Dicen que es el sexo total para una mujer, si puede resistir el daño de esos picos. No lo sé. Me habló un par de veces después de que terminaran con ella. Ya no sirve de ninguna forma para los hombres. Se tiró por el puente de la Calle P... El hombre, pobre bastardo, intentó hacer feliz él solo a esa puta siriana. El dinero ayuda, por un tiempo. No sé cómo acabó.
Miró de nuevo a su muñeca. Vi la pálida piel desnuda donde había habido un reloj para señalarle el tiempo.
–¿Es ese el mensaje que desea transmitir usted a la Tierra? ¿Nunca amar a un alienígena?
–Nunca amar a un alienígena... –Se encogió de hombros–. Sí. No. Oh. Jesús, ¿acaso no lo ve? Todo va hacia fuera, nada vuelve. Como los pobres polinesios condenados. Para empezar, estamos destripando la Tierra. Cambiando materias primas por basura. Símbolos de status alienígena. Grabadoras, cocacolas y relojes del Ratón Mickey.
–Bueno, hay una preocupación acerca de la balanza comercial. ¿Es ese su mensaje?
–La balanza comercial. –Hizo rodar sardónicamente las palabras–. Me pregunto si los polinesios tenían alguna palabra para eso. ¿Acaso no lo ve? Está bien, ¿por qué está usted aquí? Quiero decir usted personalmente. ¿Por encima de cuántos tipos tuvo que trepar...?
Se puso rígido cuando oyó pasos fuera. El esperanzado rostro del procya apareció por la esquina. El hombre pelirrojo le gruñó algo y desapareció. Empecé a protestar.
–Oh, al tonto exprimidor le encanta. Es el único placer que nos ha quedado... ¿No puede verlo, hombre? Somos nosotros. Así es como nos ven, los auténticos.
–Pero...
–Y ahora conseguiremos el barato impulsor C, estaremos en todas partes, exactamente igual que los procya. Por el placer de servir como monos de carga y mantenedores de enlaces. Oh, aprecian nuestras pequeñas e ingeniosas estaciones de servicio, la hermosa gente estelar. No nos necesitan, ¿sabe? Sólo somos una divertida conveniencia. ¿Sabe que hago yo aquí, con mis dos títulos? Los mismo que hacía en el Primer Enlace. Desatasco tuberías. Friego. A veces sustituyo algún accesorio.
Murmuré algo; la autocompasión se estaba haciendo pesada.
–¿Amargado? Muchacho, es un buen trabajo. A veces consigo hablar con alguno de ellos. –Su rostro se crispó–. Mi esposa trabaja como..., oh, demonios, usted no lo entendería. Haría..., corrección, he hecho..., cualquier cosa que la Tierra me ofreciera sólo por esa posibilidad. Verles. Hablar con ellos. De tanto en tanto tocar a uno. En alguna ocasión, muy de tarde en tarde, hallar a uno lo bastante bajo, lo bastante pervertido, como para desear tocarme...
Su voz se apagó y de pronto se volvió fuerte.
–¡Y lo mismo hará usted! –Me miró con ojos intensos–. ¡Vuelva a casa! Vuelva a casa y dígales que abandonen eso. Que cierren los puertos. ¡Que quemen hasta la última cosa alienígena perdida de la mano de Dios antes de que sea demasiado tarde! Eso es lo que los polinesios no hicieron.
–Pero seguro que...
–¡Pero seguro que una mierda! La balanza comercial... la balanza de la vida, muchacho. No sé cuál es nuestro índice de natalidad, no es ése el asunto. Nuestra alma está rezumando fuera de nosotros. ¡Estamos desangrándonos!
Inspiró profundamente y bajó el tono de su voz.
–Lo que intentó decirle es que esto es una trampa. Hemos golpeado el estímulo supranormal. El hombre es exógamo..., toda nuestra historia es un largo impulso hacia hallar e impregnar al extranjero. O ser impregnado por él, también funciona para las mujeres. Cualquiera con un color diferente, una nariz diferente, cualquier cosa, tiene que ser jodido o hay que morir en el intento. Eso es un impulso, ¿sabe?, es innato en nosotros. Funciona muy bien mientras el extranjero es humano. Durante millones de años eso ha mantenido a los genes circulando. Pero ahora nos hemos encontrado con alienígenas que no pueden joder, y estamos dispuestos a morir intentándolo... ¿Sabe usted que no puedo tocar a mi esposa?
–Pero...
–Mire, si le da usted a un pájaro un huevo falso como los suyos pero más grande y más brillantemente pigmentado, echará su propio huevo fuera del nido e incubará el falso. Eso es lo que estamos haciendo.
–Sólo habla usted de sexo. –Estaba intentando ocultar mi impaciencia–. Esto está muy bien, pero el tipo de historia que esperaba...
–¿Sexo? No, es algo más profundo. –Se frotó la cabeza, intentando aclarar la droga–. El sexo es sólo parte de ello, hay más. He visto misioneros de la Tierra, maestros, gente asexuada. Maestros... terminan reciclando desechos o empujando flotadores, pero están atrapados. Se quedan. Vi a una anciana de espléndido aspecto, era sirviente de un chico cu’ushbar. Un anormal... su propio pueblo lo hubiera dejado morir. Esa mujer limpiaba sus vómitos como si fueran agua bendita. Hombre, es algo mucho más profundo..., algún culto del cargo del alma. Estamos hechos para soñar hacia fuera. Ellos se ríen de nosotros. Ellos no están hechos así.
Hubo ruido de movimientos en el corredor contiguo. La gente se preparaba para ir a cenar. Tenía que librarme de él e ir con ellos; quizá pudiera hallar al procya. Una puerta lateral se abrió y una figura echó a andar hacia nosotros. Al principio pensé que era un alienígena, luego vi que era una mujer con un estrafalario cascarón corporal. Parecía cojear ligeramente. Tras ella pude divisar la gente que se encaminaba a la cena pasar al otro lado de la puerta abierta.
El hombre se puso en pie en el momento en que ella se volvía hacia la bodega. No se saludaron el uno al otro.
–La estación sólo emplea a parejas felizmente casadas –me dijo con aquella desagradable risa–. Nos damos el uno al otro... consuelo.
Tomó una de las manos de ella. Ella se estremeció cuando la depositó sobre su brazo, y dejó pasivamente que él le diera la vuelta, sin mirarme.
–Disculpe que no se la presente, mi esposa parece fatigada.
Vi que uno de los hombros de la mujer estaba grotescamente lleno de cicatrices.
–Dígaselos –dijo él, al tiempo que se volvía–. Vuelva a casa y dígaselos. –Entonces volvió la cabeza con brusquedad hacia mí y añadió en voz baja–: Y permanezca alejado del escritorio de los syrtis o lo mataré.
Se alejaron corredor arriba.
Cambié apresuradamente las cintas, con un ojo clavado en las figuras que pasaban al otro lado de aquella puerta abierta. De pronto, entre los humanos, tuve un atisbo de dos esbeltas formas escarlatas. ¡Mis primeros auténticos alienígenas! Cerré la grabadora y me apresuré a meterme detrás de ellos.

FIN

7/1/10

RELATOS DE MARÍA GUERA Y ARTURO MENGOTTI EN ESTE BLOG

Estos son los relatos, de ciencia ficción y fantásticos, de María Guera y Arturo Mengotti que puedes encontrar en este blog, pincha en el que quieras leer:

- "Aborrece la sal", de María Guera y Arturo Mengotti.

- "Cuando deliré", de María Guera y Atturo Mengotti.

- "Herencia de sueños", de María Guera y Arturo Mengotti.

- "No todo mi ser morirá", de María Guera y Arturo Mengotti.

- "Nosotros amamos la luz", de María Guera y Arturo Mengotti.

- "Se cerraron como un rollo de pergamino", de María Guera y Arturo Mengotti.

Más información sobre estos autores en:

"EL ÚLTIMO TURISTA", DE FLORENCIA GRAU

Ilustración original de F. Morillo
Florencia Grau (Vilobí del Penedès, Barcelona. 1921- 1992)

"El último turista" se publicó a principios de los años 70 en la revista Lecturas. Podéis leer más sobre el cuento y su autora en: Florencia Grau y El último turista.

© Relato publicado con el permiso de Marta Angelat Grau, hija de Florencia Grau.
(Fuente: revista Lecturas, nº 104)

Llegó a mediados de septiembre, cuando ya el pueblo había dicho adiós a los turistas y recobrado su paz y su silencio. Nadie le vio llegar. Apareció una mañana en la playa casi desierta. Era un hombre enorme, de músculos fuertes y elásticos. Tenía el cabello rojizo y los ojos como los de un tigre. O como los de un gato.
Mirarle producía inquietud y placer. Pronto el pueblo entero anduvo alborotado a causa del forastero.
Ellas comentaban:
-Es estupendo. ¡Qué hombre! Robert Redford y Alain Delon son adefesios comparados con él. ¿Será sueco? O tal vez danés o finlandés... Latino no parece...
Y replicaban ellos:
-A lo mejor es de Ciudad Real... ¡Bah!... Algún aprovechado que habrá venido a ver qué saca a cuenta de su buena fachada... ¡Como vosotras sois tan absurdamente impresionables!
Y se reían, buscando ocultar su despecho carpetovetónico. ¿De dónde habría salido aquella especie de coloso?
Ellas se preguntaban lo mismo, aunque en muy distinto tono, claro está. Todas y todos hacían comentarios y conjeturas acerca del turista rezagado que, en el umbral del apacible otoño, había venido a turbar la calma de aquel lugar.
Alba, poco aficionada a los comentarios, muy metida siempre en su pequeño o, tal vez, en su inmenso mundo interior, Alba, que tenía fama de orgullosa y arisca, nada decía, como si no le importara, como si ni siquiera hubiese reparado en el turista de los ojos
de gato. Pero llevaba tres noches sin dormir. Mientras el pueblo estaba invadido por los turistas, ella sólo bajaba a la playa de noche y se bañaba en paz a la luz de las estrellas. Alba era así, muy rara, decían. Mediado septiembre empezaba a tomar el sol; le gustaba entonces la caricia de la tibia arena sobre su piel y la quietud, el silencio del ambiente en su pensamiento. Era muy rara Alba, decían.
El forastero la vio en la playa, la miró en la playa, y no pensó que fuese rara. La vio hermosa, en el umbral del otoño también, igual que el tiempo. Y la miró, la miró mucho con sus ojos de gato, con sus ojos de tigre que sonreían maravillosamente. Por eso, Alba llevaba tres noches sin dormir. También ella se preguntaba, aunque a nadie lo decía, de dónde habría salido aquel fascinante coloso que estaba acabando con la templanza de sus nervios, con su serenidad, con su indiferencia. Cada verano llegaban al pueblo cientos de turistas atractivos, altos, fuertes y bien parecidos. Pero no eran como ése. Eran como todos y ella los veía ir y venir por las calles del pueblo y no le interesaban ni la molestaban; simplemente, la tenían sin cuidado. Pero el turista pelirrojo de los ojos de gato, era otra cosa. Tenía..., tenía algo inexplicable, incomprensible también.
En la playa, todas las mañanas, se miraban. Y ella, íntimamente, lamentaba no tener ya veinte años.
Tal vez, si fuese más joven, el turista la encontraría bonita y atractiva -ella sabía que lo había sido mucho, pero ignoraba que lo era, todavía- y se acercaría a ella, y le hablaría, y…
-¡Hola! ¿Me permites?
Él estaba allí, a su lado, increíblemente alto, increíblemente fuerte, un verdadero coloso. Sonreía y esperaba la respuesta, plantado en la arena, con la toalla de colorines echada sobre los hombros. Ella no quería sonrojarse, pues era ridículo a su edad. Pero se puso muy roja al contestar:
-Por supuesto... Siéntese... Siéntate...
El mar, apacible, manso, de aquel final de septiembre, contemplaba, indiferente, el principio de un amor.

***
El turista era extraordinario. Sabía de todo y hablaba de todo con una sencillez asombrosa. También de amor, por supuesto.
-El mundo, ¿sabes?, sólo tiene un secreto para mí: tú.
-iPobre secreto! Soy una mujer solitaria, olvidada y aburrida en este pueblo.
-Ese es el secreto. Una mujer como tú no puede, no debe estar sola. ¿Por qué lo estás?
-Porque quiero, esa es la verdad. Una vez, hace muchos años, tuve compañía. Pero poco tiempo.
-¿Le querías?
-Sí.
-¿Y él?
-Decía quererme también. Quería cubrirme de oro y de brillantes... Quería llevarme con él a ver el mundo... Quería muchas cosas Tal vez se las hubiese dado, pero…
-Pero...
-Un día llegó una holandesa que podía hacerse pesar en florines y se fue con ella... Nunca he vuelto a saber de él... Una historia vulgar, muy vulgar, ya lo ves...
-Hay mucho imbécil en este planeta... Claro que también, en este planeta, hay hombres cabales, hombres de verdad. .. Alguno ha debido buscarte... y encontrarte.
-Alguno, sí... Pero no sé si eran cabales o no, porque los ignoré... De mi fracaso sentimental me quedó el corazón como muerto.
-Como muerto, pero no muerto de verdad.
-Ahora no estoy segura. De nada estoy segura.
-¿Deseas el amor?
-Creo que sí, creo que lo he deseado siempre. Pero ya te he dicho que de nada estoy segura.
-¿Podría yo darte esa seguridad?
-Es posible... Sinceramente: te digo que un hombre como tú nunca lo había conocido.
-Lo creo... Estoy convencido... No. no te asombres ni te burles de mí No lo he dicho por vanidad... No es vanidad... Es otra cosa.
-¿Qué cosa?
-Quisiera decírtela.... pero tengo miedo.
-¿Miedo? ¿De qué?
-De que huyas de mí. No quiero asustarte.
-Si te prometo no asustarme ¿me lo dices?
-¿Estás segura de que quieres saberlo?
-Ahora, ya, quiero saberlo a costa de lo que sea. De lo que sea, ¿comprendes? Dímelo, pues no me importa lo que vaya a suceder después.
-Está bien, te lo diré, porque... porque cuando me vaya, cuando te deje, no creas que soy como el otro, como el que se fue con la holandesa.
-¿Por qué hablas de marcharte, de dejarme? ¿Por qué?
-Siéntate, Alba... Tranquilízate. Dame la mano, así. Escúchame.

***
La nave estaba aIlí, en un claro del alto bosque, oculta por los pinos y las encinas. Brillaba como plata nueva a la luz del sol poniente. Alba cerró los ojos porque no podía soportar su resplandor. La nave estaba allí, quieta, majestuosa, esperando regresar al planeta de donde había venido.
-No te he mentido, Alba, ya lo ves... Esta es mi nave espacial.
-Me pregunto si no estoy soñando…
-No, no sueñas. Esta nave es lo que aquí, en el planeta Tierra, llamáis un OVNI.
-Es maravillosa, impresionante, como una bola de plata. Me gusta, ¿sabes? Me gusta mucho.
-A mí me gusta también, pero ahora la odio porque me aleja de ti. Quisiera poder cambiarla por el más modesto de vuestros coches... y cambiarme yo por su conductor.
-No, Alba, eso no puede ser. No puedo llevarte conmigo.
-¿Por qué? Yo te quiero, tú me quieres a mí... y ahora ya estoy segura de que deseo el amor. Hace muchos años que no he sido feliz. En realidad creo que nunca lo fui. Llévame en tu nave, llévame...
-Alba, escúchame. En mi planeta nos está vedado amar a seres de otros planetas. Nos está prohibido…bajo castigos duros, muy duros. Como, por ejemplo, la muerte. No, no puedo, no quiero llevarte conmigo. Tú amas la vida, a pesar de tu soledad, de tu indiferencia. Y debes vivirla.
-Hablas sólo de mí. ¿Y tú? ¿No será que el temor al castigo de tu gente puede más en ti que el amor que me tienes? También tú amas la vida, supongo.
-Mi temor no es por mí, sino por ti. Conmigo conocerás el amor... Sí…, un amor tan intenso que ni siquiera puedes imaginarlo. Pero, después...
-Ese después me es indiferente. Quiero navegar contigo en tu nave de plata, eso es todo.
-Nuestro amor será un amor sin mañana.
-Ya te he dicho que me es indiferente. No comprendo por qué tu planeta es tan despiadado, pero lo acepto. Todos lo son, a su manera.
-Alba, quédate, no subas a mi nave. ¡No, no subas a mi nave!
-Tus ojos de tigre, tus ojos de gato, desmienten apasionadamente tus palabras. Estás deseando llevarme contigo, hombre de otro planeta.
-Sí... Te adoro, Alba. Pero sé que...
-Lo que tú sabes, yo no quiero saberlo. Lo que quiero es irme contigo. Y contigo me iré.
La nave estaba allí, quieta y brillante, entre los pinos. Y Alba pensó que sería bonito tener un ataúd de plata nueva. Alba era muy rara, decían.

***
La nave se levantó del suelo, pausadamente. Después, comenzó a girar cielo arriba, cielo arriba... Ya sólo era un punto de luz, como una estrella más en la noche oscura de septiembre. Pero la nave jamás regresó a su planeta. Estalló en el espacio y desapareció entre miles y miles de aristas brillantes, igual que una enorme bengala. El amor de Alba y el coloso de los ojos de gato no tuvo después, no tuvo mañana. Pero Alba había sido feliz.

F. G.

Datos personales